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Para orar

Yo dancé al amanecer, al empezar el mundo,
y dancé en la luna y en las estrellas y en el sol,
y bajé del cielo y bailé en la tierra:
nací en Belén.

ESTRIBILLO:
“Danza, pues, dondequiera que estés.
Yo soy el Señor de la Danza”, dijo Él.
“Os ayudaré a todos, dondequiera que estéis,
y a todos os sacaré a danzar”, dijo Él
.

Yo dancé para el escriba y el fariseo,
pero ellos no quisieron danzar y no quisieron seguirme.
Dancé para el pescador, para Santiago y Juan:
ellos vinieron conmigo y danzamos. (Estribillo…)

Yo dancé en sábado y curé al paralítico.
La gente santa dijo que era una vergüenza.
Me azotaron y me desnudaron y me colgaron,
y me dejaron morir allá en la cruz. (Estribillo…)

Yo dancé el viernes, cuando el cielo se volvió negro.
Es difícil danzar con el demonio detrás.
Sepultaron mi cuerpo y pensaron que había acabado,
pero yo soy la danza y todavía sigo. (Estribillo…)

Ellos me tumbaron, pero yo salté.
Yo soy la vida que nunca, nunca muere.
Viviré en vosotros, si vivís en mí.
“Yo soy el Señor de la Danza”, dijo Él. (Estribillo…)

(Sydney Carter, traducido del inglés)
Publicado por José Arregui en atrio

Carta de Pilar Rahola a González Faus

Estimado amigo, hace ya un año que te debía estas palabras, después del diálogo que tuvimos sobre la trascendencia espiritual. Pero como lo urgente siempre devora a lo necesario, la respuesta se ha demorado. Sin embargo, aquí estamos otra vez en Semana Santa y otra vez hablando de Dios.

Agradecí tu preciosa descripción de lo que era la fe, espléndidamente resumida en el canto de Atahualpa Yupanki: “Hay cosas en este mundo / más importantes que Dios / que un hombre no escupa sangre / pa que otros vivan mejor”.

Ese Dios que me mostraste, que no busca la contemplación de sí mismo sino ser contemplado en el dolor de la gente, es un Dios ante el que me inclino. Creer no forma parte de mi diccionario, porque estoy más cercana al nihilismo que al bálsamo religioso. Pero hace años que entendí que la trascendencia espiritual había convertido a simples mortales en silenciosos héroes que dedicaban su vida a mejorar la de todos.

Ese Dios que los ilumina, y que traza una línea de entrega, es un concepto maravilloso que me seduce a pesar de mi lejanía. Gentes como vosotros, creyentes de ese Dios de luz, sois un ejército de bondad que tiñe el mundo con la pintura del amor. Y cuando observo vuestro recogimiento en días como éstos, sobrecargados de simbolismo, algo de vuestra paz me serena.

Sabes mejor que yo, no en vano eres un gran pensador de la fe, que Dios es también la excusa del mal pequeño y… del mal en mayúsculas. Aborrezco profundamente la fe de los fanáticos, la conversión de la espiritualidad en un arma de intolerancia, la imposición de los credos, la represión del dogma, la negación del pensamiento.

Ese Dios castigador forma parte de la peor historia de la humanidad y es, sin duda, enemigo de tu Dios. Esa es la grandeza de tu creencia, que sitúas al ser humano en el centro de la fe, y es ese centro terrenal el que da sentido a tu espiritualidad.

Quizás estamos más cerca de lo previsible, porque lo que tu llamas fe, yo llamo ética, pero los dos concebimos el compromiso con nuestro tiempo y nuestra gente. Te confesaré -¡qué verbo más apropiado!- que la Semana Santa me carga mucho. Tanta exhibición, tanto barroquismo callejero, tanta dramaturgia impostada, no sé, me aleja de esa creencia íntima y humilde que engrandece a gentes como tú.

Ese Dios que pasean con tanta hipérbole me parece un Dios vanidoso y excesivo, más propio del consumo que del recogimiento. Y además, esa obsesión con el martirio, ¡qué tortuosa idea! Pero tu Dios, en cambio, es una idea luminosa que consigue interpelarme a pesar de no hablar su lenguaje.

Decía García Márquez que la idea de la existencia de Dios le desconcertaba tanto como la negación de esa idea. Por ahí debemos andar algunos, en desconcierto permanente. Pero sea como sea, el Dios que tú muestras sólo me da certezas. Porque el amor es quizá la única certeza que no tiene desmentido.

La mañana radiante, que la oscura noche de muerte y de pecado ha generado, está llena de luz, alegría, ilusiones, sonrisas, realidades felices y paz, mucha paz, frutos todos de la Resurrección gloriosa de Cristo, nuestro Salvador.

¡¡Aleluya, aleluya: Resucitó, según dijo!!

Si, hermanos y hermanas del “Resucitado” y de nuestra Señora de la Paz, alegrémonos y que la felicidad inunde nuestras vidas.
Fuera tristezas, fuera ya penitencias, lejos de nosotros la melancolía, la resignación y el dolor, pues hoy Domingo es un día de triunfo, de gloría, de vida, de luz, de paz interior y exterior, porque somos los humanos las criaturas más afortunadas de la creación, al haber sido salvadas por Cristo.

Y no seríamos dignos de tal Señor y de tal Madre, si no manifestáramos pública y clamorosamente a los cuatro vientos lo que sentimos y lo que vivimos.

Nuestro desfile procesional, que en unos instantes vamos a iniciar un año más, es privilegiada ocasión para demostrar a Úbeda y al Mundo entero lo que sentimos y lo que vivimos desde que un día más o menos lejano entramos a formar parte de la Cofradía más importante de la Semana Santa; sí, repito, la más importante, pues “si Jesús no hubiera resucitado, vana sería nuestra Fe”, según nos enseña el Apóstol.

En el marco de nuestro desfile procesional, con la belleza de nuestras túnicas tocadas con el blanco de la Paz y el rojo del Amor, con la delicadeza y exquisitez de las mantillas que ensalzan la elegancia y la belleza de nuestras hermanas cofrades, con el perfume del incienso y de las flores y el agradable olor de la cera, con los delicados y armoniosos sonidos de la música, con los redobles y roncos sones de tambores y timbales y con los agudos sones de las trompetas manifestemos nuestra ALEGRÍA por estar y sentirnos salvados, porque las puertas del Paraíso están abiertas para toda la Humanidad y, sobre todo, porque Cristo está VIVO, tras su RESURRECCIÓN gloriosa.

Transmitamos esta certeza y esta felicidad a todos los que nos rodean y que ellas sean prendas también de nuestro triunfo y salvación.
Hermanos y hermanas cofrades se nos invita, un año más, a acompañar con respeto, amor y mucha alegría a nuestros Titulares por las calles de nuestra Ciudad, como signo de nuestra Fe y nuestro compromiso con JESÚS, nuestro Salvador.

¡¡Feliz procesión!!

Fernando Gámez de la Blanca, Hermano de la Cofradía nº 27.- SS.CC. Centro de Úbeda

Los apóstoles de Jesús comenzaron su predicación anunciando este hecho indiscutible: Jesús de Nazaret, quien fue clavado en una cruz y sepultado RESUCITÓ. Todo su mensaje giró en torno de esta noticia. Hoy la Iglesia también centra todo su trabajo apostólico en JESÚS RESUCITADO.

A partir de esta VERDAD, se realiza la evangelización, hace dos mil años y hasta nuestros días. 
La resurrección de Jesús es el hecho más importante de toda la Historia de la Salvación. Es un asunto fundamental (sin Resurrección sería absurda, y no tendría razón de ser nuestra fe). Si Cristo no hubiera resucitado, la Iglesia no podría anunciar ninguna Buena Noticia de salvación para nadie.
San Pablo lo afirma claramente: “Si Cristo no fue resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada ni queda nada de lo que creen ustedes…. Y… ustedes no pueden esperar nada de su fe…. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos…” (1Co 15, 14; 17; 20). La Resurrección de Jesús es una VERDAD, a la que de ninguna manera debemos renunciar, y a la que debemos anunciar, si nos llamamos cristianos.

Se buscan TESTIGOS DEL RESUCITADO:

Jesús dijo a Tomás: “Tu crees porque has visto. Felices los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29)

Estas palabras de Jesús: “Felices los que creen sin haber visto“, se refieren a nosotros, a los cristianos de hoy que seguimos encontrando a Cristo Resucitado, aunque “no lo veamos” con los ojos del cuerpo, los efectos que se producen son exactamente los mismos: somos “felices”, porque tenemos la certeza de que creemos en algo real; porque tenemos una esperanza diferente a quienes no creen; porque vamos por la vida luchando por hacer realidad el sueño de Jesús: vivir el Reino de Dios entre los hombres.

Piensa, a quién le debes tu fe: ¿a tus padres?, ¿a un sacerdote?, ¿a un catequista?, ¿a algún amigo?. La fe es un don de Dios que recibimos en el bautismo, pero también es consecuencia del testimonio de alguien que ya se encontró con Jesús Resucitado. Quizá tú has sido la causa de la fe de alguna persona. ¡felicidades!, esa es la tarea de todos los cristianos.

Pero…. si tu eres alguien que siente que su fe no es firme, es probablemente porque no has hallado a alguien que te de testimonio de su encuentro con Jesús Resucitado, ¿o no lo has querido ver? ¡no te desanimes!. Vale la pena que busques entre las personas que conoces.

Busca a alguien que ya lo haya encontrado. Pero para ello tienes que entrar en el “ambiente” donde están estas personas: es gente común, pero se distingue en que vive los valores cristianos: la verdad, la justicia, el amor y la paz.

Seguramente están entre tus compañeros de trabajo o de escuela; quizá entre tus vecinos; cuando vayas a Misa los domingos, o en algún grupo parroquial. Seguro que en esos ambientes puedes encontrar a esos testigos de la Resurrección que viven inmersos en el mundo transmitiendo el amor de Jesús de Nazaret.

Cada vez que veas a alguien que vive esos valores del Reino de Dios, es porque es un Testigo del Resucitado; obsérvalo, pregúntale por qué cree y por qué vive de tal manera. Con toda seguridad su testimonio te contagiará y tú también serás un testigo más, ayudando a Jesús a transformar al mundo.

Pedro Saéz Gordillo SS.CC. Centro de Úbeda

Vivir para la vida

“ No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado no está aquí” (Marc 16, 1-7)

La vida es la meta. No vivimos para la muerte ni luchamos para nada; lo nuestro es vivir para la vida y luchar por algo bueno, por lo mejor, si es posible.

Lo comprobamos en todos los quehaceres y empresas, en las pequeñas obras de cada día y en los compromisos de más largo alcance.
Trabajamos y nos esforzamos siempre por algún bien, por conseguir alguna meta anhelada, por llegar a alcanzar aquello que, pensamos, nos trae algo o mucho de felicidad. Por aquello que, según creemos, nos hace felices.

Vamos, pues, por la vida con corazón de vida y no de muerte. Vamos siempre de esperanza y para la esperanza, de la mejor y más definitiva esperanza, la que da sentido a toda nuestra existencia.
Sin duda ninguna, queremos la vida; queremos la vida que es vida. Y esto como meta final de la existencia y como anhelo constante en nuestro caminar por esta vida. Siempre la vida, lo bueno y lo bello…; nunca queremos ni luchamos por la muerte, por aquello que aniquila o destruye el bien, la verdad o belleza.

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere no puede dar fruto; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12,24)

Nos resulta fácil imaginarnos la escena que evoca el Señor con su ejemplo en este pasaje del Evangelio. Nos resulta fácil y aleccionador, al mismo tiempo, imaginarnos al labrador que prepara el campo, lo cultiva una y cien veces para que todo esté a punto para la hora de la siembra. Tras sembrar y cubrir la semilla –“el grano de trigo…”-, descansa hasta que comienza a crecer. Luego, el labrador sigue el desarrollo con alegría y esperanza, hasta que contempla el tallo y la nueva espiga, hasta que llega la hora de la recolección, la hora de la “vida” de la espiga bien granada. Por eso y para eso, para esa hora de vida, ha sido necesario el dolor y la muerte, el hundimiento del grano en el surco y su correspondiente ruptura y destrucción. Por eso y para eso ha sido necesario todo el trabajo del labrador.

Este ejemplo nos remite a los que vemos y vivimos cada día. Trabajamos y madrugamos por algo bueno, por algo que merezca la pena para nuestra vida. Trabajamos y luchamos por nosotros mismos o por los demás, por la obra más personal o por la obra comunitaria, y siempre con el empeño de lograr “vida” y conseguir las mejores metas para uno mismo y también para los otros. Así en casa o en la empresa…; así en el colegio o en la parroquia…; así con mi grupo o con los ajenos a mi grupo…; así en los días de trabajo y también en los días de fiesta…

A este anhelo de vida y plenitud, de felicidad, nuestra fe le pone nombre propio: la vida de Cristo resucitado.

Tomás Burgos-Salaverry; SS.CC. Centro de Úbeda

¡Crucifícalo! ¡ Crucifícalo !

Es Viernes Santo.

Es un día de cruz y de muerte.

Es un día de “ escándalo “ para unos y de “ necedad “ para otros.

Es un día de abandono, de huída de un Gran Proyecto.

Es un día de negros nubarrones que se adentran en nuestra cabeza.

Es un día de un total desconcierto para nuestra “ alma”.

Es un día que no queremos que suceda en nuestra “historia”.

Es un día en el que nos interrogamos ¿ por qué ?

Es un día en el que nos preguntamos ¿ por qué el dolor, el sufrimiento, la muerte de un Inocente, de un hombre que pasó su vida haciendo el bien, curando a los enfermos, resucitando a sus amigos, tuvo esa muerte, y muerte de Cruz ?

La respuesta la tenemos en Él.

Su Vida para salvar nuestras vidas.

Su Amor para salvar nuestro amor.

Su Eternidad para salvar nuestra eternidad.

Su Muerte para librarnos de la muerte.

Su Dios Padre para ser nuestro Dios Padre.

Su Confianza plena en Dios para nuestra plena confianza en Dios.

Antonio Tallante SS.CC. Centro de Úbeda

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.

Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”.

Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”.
“No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”.
“Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”.
Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”.

Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”.
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?
Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy.
Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.

Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.

Reflexión

Con este pasaje del Evangelio de San Juan quedamos introducidos en la parte central de los acontecimientos más relevantes de nuestra fe. Ya estamos de lleno en ellos. LA ÚLTIMA CENA.

Jesús quiere despedirse de sus seguidores, de sus amigos. Otra vez su gran humildad. Su gesto lleno de ternura. Va lavándoles los pies a aquellos hombres que lo habían visto ordenar a los vientos y a las olas la quietud en la tormenta, que le habían visto dar la luz a los ojos de los ciegos, hacer andar a los paralíticos, sanar a los leprosos, resucitar a los muertos. Y ahora, con un amor sin medida, con una humildad sin límites les está lavando los pies.

Pedro está asustado, no acierta a comprender, pero ante las palabras de Jesús, le pide que le lave de los pies a la cabeza. Jesús va más allá, está pensando en la humanidad y en esta humanidad estamos nosotros y falta poco para que no seamos lavados con agua, sino con su sangre que nos limpia y nos redime.

Jesús, entre los doce están los pies de aquel que te va a traicionar. Y creo que tus manos tuvieron que temblar al lavar los pies de Judas. Acariciaste aquellos pies con amor y con tristeza y nos mandaste hacer eso mismo con nuestros semejantes, sin distinciones de éste porque me cae bien o de éste no porque me cae mal. ¡Que no olvidemos tu ejemplo y tu mandato, Señor!

Que a todos los que nos rodean en nuestro cotidiano vivir, los aceptemos como son y tengamos ante ellos esa postura de amor y de humildad que tú nos pides.

…Y después, no quisiste dejarnos solos y haces del pan tu Cuerpo y del vino tu Sangre y te quedas para ser nuestro alimento.

Jesús Sacramentado, te pedimos que nos enseñes a quererte, como tú nos quieres, enséñanos a ver tu rostro en el rostro de nuestros semejantes, danos tu luz para comprender que el amor, para que realmente sea amor, tiene que concretarse en obras. ¡Tenemos tanto que aprender de ti, Señor!

Señor, ayúdanos a vivir desde hoy con una actitud de servicio y disponibilidad.

Juana Mari Ruiz. SS.CC. Úbeda.