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Archive for the ‘religión’ Category

“Iban de camino subiendo a Jerusalén ,
y Jesús marchaba delante de ellos, y
los que le seguían tenían miedo.”
(Mc 10,32
)

En el mes de nisán , Jesús comunicó a los suyos su decisión: quería subir a Jerusalén como peregrino, acompañado por sus discípulos. Es fácil imaginarse la alegría al llegar a la ciudad, cansados después de un largo viaje. Jesús decide entrar montado en un asno, como un modesto peregrino, deseando la paz a todos. Según se nos cuenta, los peregrinos que “le seguían” le aclamaban cantando: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

A semejanza de Jesús, a nosotros nos toca subir a nuestro particular Jerusalén. No nos vale con caminar por nuestras calles y callejones siguiendo a las diferentes cofradías en sus desfiles procesionales, deleitándonos con los sonidos de las trompetas y tambores, o la belleza y el sentimiento que nos transmiten las imágenes en sus tronos al vaivén que marcan sus costaleros. Tampoco nos vale ir de templo en templo.

Si prestamos atención escucharemos a Jesús preguntarnos:

¿Me amas?

Y seguramente nos sorprenderá pero no nos extrañará en demasía que dude de nosotros, porque no nos enseñaron al Dios benevolente, perdonador, creativo, cercano y compañero; no el Dios mágico, sino el que magnifica; no el que da únicamente si le damos, sino el pedagogo de la dicha. Si no nos lo enseñaron de pequeños en casa, Dios terminará siendo un extraño con el que solo cruzamos palabras sueltas en los bautizos, en las pocas bodas que llegamos a tiempo y en los entierros, antes del pésame y los compromisos. Debemos pedir perdón -cada uno tenemos nuestra llave y nuestra culpa- por los intereses creados que obligan a muchos inocentes a sufrir hambre, por inducirlos a la droga, por traficar con su inocencia , por el despilfarro de la palabra en tantas promesas que nunca llegan, por el daño infinito causado con tantas mentiras…

Se acercan momentos duros para Jesús de Nazaret, la angustia en medio de la quietud del jardín, la amistad del falso amigo, el amigo que cree en él y sin embargo le negará a la hora de la verdad. No debe extrañarnos que nos diga una vez más:

¿Me amas?

Y quizás podamos responderle, Señor no me faltan ganas de seguirte, tus palabras nivelan los desniveles de mi pensamiento. Se que las mujeres han estado a tu lado en todo momento, no han renegado de ti, estuvieron a tu lado en la cruz y ellas fueron las primeras en verte al resucitar. Pero a nosotros nos pides que intentemos ser “como” los niños, es decir que nos aficionemos un poco a lo pequeño para que podamos entrar más fácilmente por las puertas del amor que suelen ser tan estrechas; por las puertas de la Verdad, que suelen estar tan cerradas.

Y sigues preguntando:

¿Me amas?

Ojalá seamos capaces de decirte: ¡Si! ¡Te amo! Porque nos has enseñado a convivir con Dios como con un amigo que nos podemos llevar a los toros o al fútbol , nos propones un nuevo estilo de relación, de conocimiento y de progreso entre los hombres, el amor envuelto en misericordia. Un amor desmemoriado de daños que nos trae de la mano el sosiego de la esperanza, “Amaos los unos a los otros” sabiendo que los frutos pertenecen al reino de la intimidad, donde los intereses son del ciento por ciento.

¡Feliz subida a Jerusalén!

Felipe Tudela SS.CC. Centro de Úbeda

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Cuaresma es silencio

Cuarenta, cuarentena, cantar las cuarenta, cuaresma. Dentro del año litúrgico, tiempo de ayuno, abstinencia, mortificación, arrepentimiento, penitencia. En el nacional catolicismo de posguerra, tenebroso recuerdo para los que somos mayores, un tiempo dominado por el clero, ejercicios espirituales, misiones populares. Tiempo de tristeza de color morado.
 
Historia
 
Siglo II. Se fijó un domingo para celebrar la pascua de resurrección del Señor. A su alrededor brotó una minicuaresma de dos días de ayuno: viernes y sábado santos. Unidos al domingo de resurrección formaron el triduo santo. El ayuno del viernes y sábado santos no era ayuno de comida. Era ayuno de eucaristía. Era como participar en la muerte, para participar en la resurrección.
 
Siglo III. El triduo se extiende a una semana. Avanzado el siglo se prolonga a seis semanas. El fin es preparar a los catecúmenos al bautismo. Se escogen como textos básicos del curso catecumenal los capítulos evangélicos de la samaritana, el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.
 
Siglos IV al VII. El Imperio se ha hecho cristiano. El cristianismo se transforma en Imperio. El evangelio no estaba preparado para digerir tanto poder como le cayó “en suerte”. En muchos sentidos, en el siglo IV, la Iglesia perdió la brújula.
 
En aquel tiempo a la iglesia se le plantea el problema de qué hacer con los pecadores públicos y los apóstatas que querían volver a la comunión cristiana. Habían apostatado, o renunciado a Jesús con su vida pública. ¿Cómo podrían volver al seno de la comunidad?
 
Se encontró una solución comunitaria, pública y “sacramental”. Mientras los catecúmenos se preparaban para el bautismo, ellos mostraban su arrepentimiento durante la cuaresma y eran reincorporados mediante el perdón comunitario. Y volvían a participar en la eucaristía de la comunidad junto a los nuevos cristianos. Se tardó tiempo en quitar a la comunidad el ejercicio de perdonar al extraviado y entregárselo al poder clerical.
 
La cuaresma fue así tomando cuerpo:
1. iniciación catecumenal;
2. tiempo de reconciliación para los apóstatas y pecadores públicos arrepentidos;
3. preparación de toda la comunidad para la gran fiesta de la pascua.
 
En la Edad Media la cuaresma era una tregua de Dios. No se hacían guerras, se cerraban los juzgados y los teatros.
 
Actualidad
 
La cuaresma, hoy, es tiempo sin influencia social. Fin de los carnavales. La realidad es que, por mucho que se esfuercen el papa, los obispos, los párrocos y conventos, en la calle, en la masa cristiana es tiempo sin mensaje cuyo sentido se ha evaporizado. Ni el ayuno, ni la penitencia, ni la mortificación tienen sentido. Algunos devotos añoran el ramadán de los musulmanes.
 
Yo propondría al clero más liberado, a las comunidades de base y a los que van por libre que se olviden de los ayunos, de las mortificaciones y promuevan a los suyos, la medicina y la práctica del silencio.
 
Me explico. La vorágine propia de nuestra era, actúa como una batidora que rompe nervios, y desencuaderna nuestra intimidad. Se nos complican las relaciones con los demás, y con la misma tierra que pisamos. El estrés, y a veces el miedo de vivir, corroen la belleza de existir. Huimos hasta de nosotros mismos.
 
¿Y vienen los clérigos a hablarnos de remordimientos, mortificaciones, ayunos y arrepentimientos? ¡Si yo lo que necesito es paz, seguridad!  Puede que me falten diez minutos al día para mirar las estrellas. Puede que necesite una brújula: verme parte de la inmensa humanidad que sufre. He perdido los mapas y sufro nostalgia de mi débil fe en un Dios Padre.
 
Quizá nos hace falta una cuaresma de silencios. Ratos de silencio. Un hombre no puede vivir sin espacios de silencio.
 
¿Dónde el silencio, cuándo? No lo sé. En el campo, en una iglesia solitaria, sin ceremonias ni rezos. Cualquier sitio en el que poder miramos hacia dentro, sin prisas y con honestidad, para recomponer nuestra verdad ante nosotros. El silencio es buena medicina para los nervios rotos, para las angustias, para tomar la medida a nuestros problemas.
 
Hazte una cuaresma sin cenizas, sin ayunos. Sólo con ratos de silencio. Lo necesita el hombre, sea cristiano o ateo.
 
Quizá todos, creyentes y agnósticos, necesitemos, incluso más que “ponernos a bien con Dios”, ponernos a bien con nosotros.
 
Quizá esté fallando más el hombre que el cristiano. Quizá nos haga más falta el silencio que los ayunos.

Luis Alemán en Fe Adulta

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El teólogo Benjamin Forcano, ha publicado en Atrio el siguiente artículo, en él nos invita a hacer una reflexión cristiana sobre la muerte.

El trágico accidente en Barajas suscita desolación e impotencia. Si siempre la muerte es indigerible, ésta nos revuelve y hace que, por una vez, la miremos de frente.

A pesar de todo, seguimos actuando como si la muerte no existiera o nunca nos tuviera que alcanzar. Si tuviéramos asimilada esta certeza esencial, seguramente afrontaríamos la vida de otra manera. Llega en estos casos de modo brutal, con desconsuelo irremediable y en lo inmediato no valen palabras ni consejos. Pero, calladamente bulle en nuestro interior la reflexión, en busca de sentido y explicación. Las vidas -nuestras vidas- por tanto tiempo y con tanto esmero cultivadas y protegidas se esfuman en un instante horrible. ¿Vale la pena seguir? ¿Qué sentido tiene esto?

La muerte, creo, coloca cada cosa en su lugar. Cuando te asomas a ti desde ella ves que la muerte es la vida misma: recibida, dependiente, finita.

La cuestión, por tanto, es la muerte como cuestión personal. ¿Qué sentido le das?

Los psicólogos, cuando atienden en estos casos, hacen una tarea humana admirable: explican, descubren, serenan. Ellos son un eslabón más en esa cadena compleja de la ciencia, de la ética, de la mística, de la teología. Por eso, difícilmente pueden soldar las heridas si, al fondo, no aparece una explicación válida y positiva, que levante y haga caminar. Hay que ofrecer claves, de las que sólo el ser humano se ocupa.

Desgraciadamente nuestra cultura occidental, con ser cristiana, ha malogrado una cultura altamente positiva que obliga a reconvertir la muerte en vida y resurrección. Lo importante es lo que pensamos de la muerte: ¿viene con ella el vacío y la nada o la plenitud y el todo?

“Para el ser humano, escribe el teólogo Leonardo Boff, la muerte constituye un drama y una angustia. Todo en su ser clama por una vida sin fin, pero no por eso puede detener los mecanismos de la muerte. San Pablo gritaba: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Y respondía: “Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor”. En esta frase se encuentra la esencia pura del cristianismo. Alguien nos libró de la muerte. En ese alguien la vida se mostró más fuerte que la muerte e inauguró una sintropía superior.

La resurrección no hay que entenderla como reanimación, sino como una revolución dentro de la evolución, como un saltar a un tipo de orden vital no sometido ya a la entropía. En ese proceso, la vida mortal se transfigura y alcanzó tal densidad de realización que la muerte no consigue penetrar en ella y hacer su obra devastadora. La angustia milenaria desaparece, se sosiega el corazón, cansado de tanto preguntar por el sentido de la vida mortal. Si Jesús resucitó, nosotros los humanos, sus hermanos y hermanas, hemos sido alcanzados por esta resonancia morfogenética de otro orden y presenciamos anticipadamrente un poco del fin bueno de la creación y de la vida”.

Yo, en una sociedad mayoritariamente católica, donde se proclama desde el inicio ( Nunca, en ningún lugar, de nadie, se dijo lo que de Jesús: ha resucitado) como artículo de fe la resurrección de Jesús de Nazaret, considero normal y vivificante el “recurso a esta fe” como apoyo primordial a la hora de vivir tragedias como ésta.

Yo creo en la resurrección. Y, para los que creemos con fe cristiana, no hay dos mundos, el mundo de acá y el mundo de allá. Hay solamente un mundo, el mundo de Dios. Lo que hay son niveles de visibilidad. Nuestros ojos materiales captan sólo lo que cae dentro de un tipo de vibración luminosa. Pero la mente y la fe captan el otro lado del mundo, ahí donde Dios es la realidad suprema que todo lo crea. Y lo mismo pasa con la vida. No hay una vida terrenal y otra celestial. Lo que Dios ha creado es la vida sin más. Y la vida tiene etapas de realización: comienza un día y ya no termina más. Nos vamos desarrollando sustentándonos en la fuente de la vida, que es el Dios vivo. Por eso la vida eterna ya se da aquí y ahora, hasta alcanzar su expresión definitiva.

De nuevo, el teólogo Boff:

“La muerte es una invención de la vida para que la vida pueda continuar viviendo bajo otra forma. Morir no implica abandonar este mundo, sino que significa entrar más profundamente en este mundo, en su corazón, ahí donde habita Dios en su gloria y en su supremo dinamismo vital. Por eso los cristianos decimos: morir es cerrar los ojos para ver mejor, no vivimos para morir, sino morimos para resucitar y para vivir más y mejor. En razón de esta comprensión los así llamados muertos no son muertos. Son vivos en otro estadio de vida . Los “muertos” no están ausentes de nuestro mundo, son apenas invisibles a nuestros ojos, están presentes”.

Contra todo lo que se podía esperar, Jesús, muerto violentamente en la cruz, sale victorioso de la muerte, no vencen los crucificadores sino el crucificado. El hombre justo, y por justo, crucificado, es resucitado por Dios, el Dios de la justicia y del amor.

Esto es lo nuevo y lo escandaloso. Jesús es una Buena Nueva para los crucificados de este mundo. El escándalo, que Jesús vence, no es el de la muerte humana en cuanto hecho natural y universal, sino el drama de la muerte constantemente infligida al justo. Esa víctima inocente es la que Dios resucita, devolviéndole la vida y demostrando que la justicia es más fuerte que la injusticia y la vida más fuerte que la muerte.

La resurrección nos asegura que entraremos en una vida totalmente distinta; entraremos en esa primera y última realidad a la que damos el nombre de Dios; continuaremos siendo nosotros mismos sin la limitación espacio-temporal de nuestra forma terrena; seguirá nuestra identidad transfigurada. Dios no necesita, para conservar nuestra identidad, los restos mortales de nuestra existencia terrena. La corporeidad de la resurrección no necesita que el cuerpo muerto vuelva a la vida.

Para los cristianos, la muerte es tránsito a Dios: “Nuestra fe, -escribe el superconocido teólogo Hans Küng- no es una prueba estrictamente racional, sino una actitud de confianza perfectamente razonable, por la que nos fiamos de que el Dios del comienzo es también el Dios del final, de que el Dios que es el Creador del mundo y del hombre, es también el que lleva a estos a su plenitud”.

Acabo con una experiencia inolvidable: Hace años, un 10 de febrero, celebramos en Sevilla el entierro del cura Diamantino, llamado el cura de los pobres. Centenares y centenares de personas estaban allí, gentes de todas partes y de todos los colores. Presidía el cardenal y le rodeaban en la Misa 100 curas. Todos querían hablar, recordar, agradecer. Eran visibles la emoción y las lágrimas. Yo también hablé, y a Diamantino allí de cuerpo presente, le hice esta pregunta: Y ahora, ¿dónde estás tú, Diamantino? Porque no hay duda que tú perdurarás en la memoria, en el cariño y en las obras admirables que nos dejaste. Pero, tú, ahora, ¿dónde estás? ¿Dónde estás tú , ahora, tú? Y concluía yo con estas palabras: Diamantino, hermano: rota la crisálida de tus restos, te hallas vivo, nuevo, más allá de la muerte. Has entrado para siempre en el invisible Reino de Dios. Hermano Diamantino, ¿Te lloramos o nos felicitamos?

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Martes, 22 de julio

Confieso que me gustan mucho los gestos más “atrevidos” del Papa Benedicto XVI. Por tales tengo que, en su viaje a Australia, haya expresado en público la vergüenza que siente ante los abusos sexuales a menores cometidos por algunos sacerdotes y religiosos de aquel país, haya exhortado además para que esa vergüenza sea un sentir común a la Iglesia y a todos los católicos, y haya dicho que la compasión y el cuidado para con las víctimas exige también la entrega de los culpables a la Justicia. No soy quién para acusar a nadie sin compasión en causa alguna, ni tiraré piedras contra los pecadores en ningún caso, pero reconozco que la misericordia no está reñida con “practicar la verdad y la justicia” donde se ha instalado el pecado y la injusticia. Esto es así, por más que las personas siempre merezcan compasión cristiana y, una vez regenerados, oportunidades nuevas en la vida.

Más me sorprende y me agrada que el Papa haya recibido a una representación de las víctimas para escucharlas y ofrecerles el aliento de la compasión y el perdón en nombre toda la Iglesia a la que él representa. No soy un especialista en la materia, ni me he procurado toda clase de información para saber si las víctimas han quedado “satisfechas” con este gesto inusual, pero me complace mucho su hondura moral y pastoral.

Pesando a partir de esta experiencia, me gustaría añadir:

Creo en la Iglesia que hace gestos muy claros y muy nuevos en relación con las víctimas del género que sean; muy particularmente, cuando esa Iglesia, miembros suyos muy cualificados, forman parte de quienes causaron el daño y lo hicieron valiéndose del prestigio de su ministerio eclesial.

Creo en la Iglesia cuyo anciano Papa se marcha a miles de kilómetros de su Sede para reconocerse cabeza de una comunidad universal de creyentes que tiene necesidad de contar la Buena Nueva, y no evita reconocerse madre de aquéllos que más pecaron y lo hicieron contra los más pequeños. Podía haber callado; antes lo hizo; podía haber dicho que ya no eran sus hijos; hay ideas “teológicas” para casi todo; pero, no lo dijo; al contrario, ha dicho que nos comprometamos todos en un sentir común de vergüenza contra ese pecado, y que siendo delito, los hechos exigen la entrega de los culpables a la justicia.

Creo en la Iglesia cuyo anciano Papa, teólogo sabio e intelectual culto, corre a los cuatro puntos cardinales del mundo para contar la Buena Nueva de Jesucristo. Lo hace con profundidad de cristiano y teólogo, y lo hace con inteligencia para “la provocación” cultural. No me callaré que es un Papa teológica y doctrinalmente, “conservador”, y por tal entiendo, con una “débil o tenue asunción de los significados históricos y prácticos de la Encarnación”. Voz del Espíritu en el mundo, lleno de perspicacia para lo que amenaza al alma humana, ¡qué nadie lo ignore!, pero voz entrecortada y apagada en su eco público por una asunción insuficiente del ser humano, un ser demasiado “abstraído respecto a las estructuras sociales y la historia”. (¿concepción “neoplatónica” y “neoagustiana”?).

Creo en la Iglesia cuyo anciano Papa, dignísimo siempre en la actitud moral y pedagógico sin ambages en la palabra creyente, se acerca al mundo de las víctimas de los hijos de la Iglesia para pedirles perdón, y hacerlo de corazón. Me llega. Me gustaría que las víctimas constituyeran la clave moral y religiosa de su discurso. No sólo cuando se refiere a ellas en nombre de nuestros pecados. También cuando nos hablar a todos de Dios, del Dios de Jesucristo, quisiera que las víctimas, fuesen el quicio de su acogida de la fe, la esperanza y la caridad ante el mundo. Y me gustaría que lo fuesen todas las víctimas, las de todas la inmoralidades, personales, institucionales y estructurales, las interpersonales y las sociales, las morales y las materiales. Tengo la esperanza, tenue todavía, pero cierta, de que esta manera de recorrer el mundo, colocando muy cerca del centro a algunas víctimas, terminará devolviéndoles toda la primacía que a ellas les reconoce la fe en Jesucristo, porque así fue él mismo, Cristo de Dios e Hijo: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque…”.

Creo en la Iglesia, cuyo anciano Papa “descoloca” en cierta medida a aquéllos mismos que lo invitan, y sin desautorizarlos, sin embargo tiene gestos de justicia y amor más radicales de lo previsto, y gestos de mano tendida en la dialéctica social con “los adversarios” que hacen ver a las claras lo ridículo de algunas posturas “más papistas que las del Papa”. Por tales tengo, ¡por ejemplo y cerca de nosotros!, a los que califican de totalitaria la situación cultural y política española, con una falta de rigor en el concepto, en la valoración de los hechos, y sobre todo, en la actitud de disenso hacia los adversarios sociales, ¡qué no odiados enemigos!, que al escuchar al Papa debieran como mínimo reconocer que “la misma pretensión de verdad moral y religiosa”, requiere otra actitud intelectual y ética en una sociedad como la nuestra. (Supongo que no será la única) ¡Viniendo además de donde venimos y con lo que como Iglesia hemos sido hasta los años del Concilio! Todo el mundo me entiende.

Publicado en La mirada samaritana por J. Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete

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Publicado en atrio por José Mª Castillo

A veces me da por pensar que muchas cosas se arreglarían en el mundo si nunca utilizáramos lo que no se debe utilizar. Según el Diccionario de la RAE, utilizar es “aprovecharse de una cosa”. Se trata, por tanto, de un verbo que, si se aplica como se debe aplicar, se usa sólo para referirse a “cosas”, nunca a “personas”. Y además se usa para referirse a aquellas cosas de las que “nos aprovechamos”.

Y, la verdad, utilizar a una persona para aprovecharse de ella, resulta intolerable. Es evidente que, cuando se utiliza a una persona (para lo que sea y como sea), el uso se convierte en abuso. Lo cual es inmoral. Porque el abuso de las personas es humillante y desencadena la violencia en casi todas sus formas posibles.

Pues bien, si todo esto es así, lo lógico sería tener sumo cuidado para no extralimitarse nunca en conductas a las que se pueda aplicar el verbo utilizar. Y sin embargo es un hecho que todos los días y a todas horas, seguramente sin darnos cuenta de lo que hacemos, la pura verdad es que estamos utilizando a los que podemos utilizar, unas veces porque son ellos mismos los que se dejan utilizar y, en otros casos, porque hay mucha gente que, si quiere sobrevivir, no tienen más remedio que dejarse utilizar. Sin olvidar que, a veces, somos tan egoístas y tan insensatos que no reparamos en usar y abusar de todo, absolutamente de todo aquello de lo que nos podamos aprovechar.

Por tanto, un principio ético fundamental es que todo lo que sea utilizar a alguien es una deshonestidad. Pero además, cuando hablamos de la inmoralidad de la utilización, es importante caer en la cuenta de que existe el peligro constante de utilizar a las personas tanto más cuanto éstas son más débiles. Por eso en este mundo sin entrañas se utiliza tanto y tantas veces a los pobres, a los trabajadores, a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a los que se ven en situaciones desesperadas y sin salida en la vida. Pero más débiles que los vivos son los muertos. Y si se trata de muertos a los que podemos presentar como víctimas, tanto mejor. Y mejor aún si fueron víctimas del terror y la violencia. Entonces, el dolor de los que murieron y la humillación de los que pudieron escapar de la muerte, eso es de lo más rentable que circula ahora por el macabro mercado del utilitarismo mediático y político. En tal caso, la desvergüenza se puede echar a la calle incluso con orgullo, quizá no tanto porque le importan las víctimas, sino porque las utiliza de manera “inteligente” para desgastar al oponente político. Las técnicas del utilitarismo publicitario han alcanzado una perfección tan refinada, que ya resulta una vulgaridad rutinaria utilizar la belleza femenina para vender pasta de dientes, pongo por caso. Ahora se invoca la “solidaridad” con el dolor del Tercer Mundo, no para aliviar ese dolor, sino para entontecernos más a todos y además sacarnos el dinero a cambio de cosas que no sirven nada más que para alimentar nuestras pueriles vanidades, nuestras debilidades inconfesables o simplemente nuestra ingenuidad.

Pero, siendo tan grave como es cuanto acabo de mencionar, abunda cada día más y más una generalización del utilitarismo que me saca de quicio. Me refiero a la utilización de tecnologías sofisticadas para producir la sensación generalizada de que cada día vivimos mejor, cuando en realidad lo que se consigue es que cada día vivimos más controlados, más uniformados y hasta más satisfechos en nuestra vida incondicionalmente sumisa a quien satisface las necesidades que nos han creado. Hipotecamos nuestras viviendas, nuestros coches, nuestro tiempo, nuestra forma de descansar, todo lo que sea necesario para poder vivir como a todos nos han metido en la cabeza que hay que vivir. En el recordado Mayo del 68, el libro de cabecera de los “progres” era “El hombre unidimensional”, de Herbert Marcuse. En ese libro se leía que “el confort, la eficacia, la razón, la falta de libertad en un marco democrático, he ahí lo que caracteriza la civilización industrial avanzada y es el testimonio de nuestro progreso técnico”. Marcuse denunciaba, ya entonces, la utilización de la técnica más avanzada, para utilizarnos a todos indiscriminadamente, sin que nos diéramos cuenta de que nos están utilizando. De forma que, como se decía ya en la pasada década de los 60, no tiene gran importancia que todo esto se haga en un sistema autoritario o en un sistema no autoritario que practica la satisfacción progresiva de las necesidades. Lo que importa de verdad es que todos somos utilizados. En un sistema de vida, de sociedad y de economía que ha llegado a tal perfección en su eficacia, que nos utilizan sin que nos demos cuenta de que somos utilizados y además eso nos gusta hasta el extremo de que vivimos encantados en un sistema tan brutalmente utilitario que está liquidando el mundo en que vivimos y sus energías, pero se nos ha educado para hacer eso con tanta fruición que nos ponemos nerviosos y nos angustiamos si nos dicen que el sistema ha entrado en crisis. A la crisis nos resistimos con uñas y dientes. Porque lo que de verdad anhelamos es seguir siendo tan buenos utilitarios que, si llega el caso, podamos fenecer todos, víctimas de la utilización que se hace de nosotros y en la que vivimos increiblemente satisfechos.

Ya no hablo de lo que nunca se debe utilizar. Denuncio con todas mis fuerzas la utilización que hacemos todos de todos, la utilización en la que vivimos y moriremos encantados.

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El texto completo del Credo del pueblo de Dios, pronunciado solemnemente por Pablo VI el 39 de junio, en la traducción oficial en lengua española:

“Creemos en un solo Dios…”

Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles —como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida— y de las cosas invisibles —como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles— y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal.

Creemos que este Dios único es tan absolutamente uno en su santísima esencia como en todas sus demás perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y caridad. Él es el que es, como él mismo reveló a Moisés, él es Amor, como nos enseñó el apóstol Juan de tal manera que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia de aquel que quiso manifestarse a si mismo a nosotros y que, habitando la luz inaccesible , está en si mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e inteligencias creadas. Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de sí mismo, revelándose a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los vínculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad, cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida íntima y dichosa del Dios santísimo, la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros podemos entender de modo humano.

Sin embargo, damos gracias a la divina bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante los hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad.

Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí, la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad.

Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. El es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, u homoousios to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad, completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona.

El mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia. Padeció bajo Poncio Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención. Fue sepultado, y resucitó por su propio poder al tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subió al cielo, de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará. Y su reino no tendrá fin.

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre celeste.

Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo y que ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime, fue preservada inmune de toda mancha de culpa originaly que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas.

Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención, la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste, y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos.

Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de la gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno.

Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

Confesamos creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los niños, que todavía no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, de modo que, privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, del agua y del Espíritu Santo, a la vida divina en Cristo Jesús.

Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual; Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste. Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud. Porque la Iglesia hace por ellos que sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la vivifica y la mueve. Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.

Heredera de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apóstoles, cuya palabra siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comunión con él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espíritu Santo, compete a la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres plenamente por el Señor Jesús. Nosotros creemos todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con magisterio ordinario y universal, para ser creídas como divinamente reveladas. Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro cuando habla ex cathedra y que reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio.

Nosotros creemos que la Iglesia, que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una por la fe, y el culto, y el vínculo de la comunión jerárquica. La abundantísima variedad de ritos litúrgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia legítima de patrimonio teológico y espiritual y de disciplina peculiares no sólo no dañan a la unidad de la misma, sino que más bien la manifiestan.

Nosotros también, reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y verdad, que como dones propios de la misma Iglesia empujan a la unidad católica y creyendo, por otra parte, en la acción del Espíritu Santo, que suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de esta unidad esperamos que los cristianos que no gozan todavía de la plena comunión de la única Iglesia se unan finalmente en un solo rebaño con un solo Pastor.

Nosotros creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente. Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna.

Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial.

En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino, como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico.

La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

Confesamos igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo, cuya figura pasa, y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no tienen aquí en la tierra ciudad permanente, los estimula también, a cada uno según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los más pobres y a los más infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su único Salvador. Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor con que ella espera a su Señor y el reino eterno.

Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo —tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón— constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos.

Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios, como Él es y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza.

Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis. Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero.

Bendito sea Dios, santo, santo, santo. Amén.

Pablo PP. VI

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