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Archive for 13 octubre 2008

El periódico La Vanguardia publica en su edición de hoy un estudio sobre la lectura de la Biblia y creo que confirma algo que ya se intuia .

Decir Biblia católica no es sinónimo de Biblia protestante u ortodoxa, y muchísimo menos de Biblia judía. La palabra procede del griego ta biblia (los libros), en plural, pues es un conjunto de tales. La Biblia católica consta de 73 libros divididos entre el Antiguo Testamento (la Biblia de los judíos, que tiene 46 libros) y el Nuevo Testamento, que incluye los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Cartas y el Apocalipsis. La Biblia católica más recomendada ahora, desde el punto de vista crítico, teológico y académico, es la Biblia de Jerusalén, así llamada por haber sido preparada por un equipo internacional de biblistas, bajo la dirección de la famosa Escuela Bíblica de Jerusalén. Apareció primero en francés en 1956, y la primera edición española es de 1967. Pero los españoles leen poco la Biblia. Según un estudio del instituto italiano Eurisko, España resultó el país con menos interés al respecto (véase el gráfico). El estudio constató que se lee más la Biblia en países donde el catolicismo no es mayoritario, pues las confesiones cristianas surgidas de la Reforma han alentado más su lectura que la Iglesia católica. Ha sorprendido el caso de la Rusia poscomunista, donde la ortodoxia recobra fieles y la Biblia se lee cada vez más.

En la deliciosa iglesia romana de Santa Práxedes, un tablero recoge el anecdotario de la ignorancia supina de muchos turistas en materia religiosa. Ejemplo: un guía italiano casi se santigua cuando, mientras enseña el Coliseo a un grupo de estadounidenses, uno pregunta si fue ahí donde murió Jesús. El escaso conocimiento de la Biblia que muestran ciudadanos de tradición cristiana – creyentes y no creyentes- de países occidentales en avanzado estado de secularización inquieta a la Iglesia católica, y preocupa también a muchos intelectuales laicos. Durante tres semanas, desde el pasado lunes y hasta el 26 de octubre, 253 obispos de todo el mundo convocados por el Papa están analizando la influencia religiosa y social de las Sagradas Escrituras, y debatiendo estrategias para promover su difusión. “Se verifica un cierto desapego de los fieles con respecto a la Biblia, cuya consultación no puede decirse que constituya una experiencia generalizada”, lamenta el Instrumentum Laboris,el documento de trabajo del sínodo.

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¿Dónde va Québec? A propósito de fe y laicismo

Marc Ouellet, cardenal de Québec? ha escrito un interesante articulo de un tema que merece la pena seguir con atención.

Inmediatamente declaro mi convicción de que la crisis de valores y la búsqueda de significados son tan profundas y urgentes en Québec que tienen repercusiones graves incluso en la salud pública, y esto genera enormes gastos para el sistema de salud. La sociedad de Québec se apoya desde hace cuatrocientos años en dos pilares, la cultura francesa y la religión católica, que forman la armadura básica que ha permitido integrar los otros componentes de su actual identidad pluralista. Sin embargo, esta armadura se ha vuelto frágil a causa del debilitamiento de la identidad religiosa de la mayoría francófona.

El debate actual toca directamente la religión y las relaciones entre las comunidades culturales, pero el verdadero problema no se refiere a la integración de los inmigrantes, que se hace más difícil por sus pedidos de carácter religioso. Las estadísticas revelan que los pedidos de acogida por motivos religiosos son mínimos, lo que significa que la razón de las tensiones actuales se debe buscar en otro lugar. Que no se atribuya pues la responsabilidad de la crisis profunda de la sociedad de Québec a aquellos que llegaron aquí en búsqueda de un refugio o a sus religiones consideradas invasivas. Los refugiados y los inmigrantes nos traen frecuentemente la riqueza de sus testimonios y de sus valores culturales, que se agregan a los valores propios de la sociedad de Québec. La acogida, el compartir y la solidaridad deben pues seguir siendo actitudes básicas respecto a los inmigrantes y sus necesidades humanas y religiosas.

El verdadero problema, para retomar la expresión más bien vaga que alienta la difusión del slogan de moda “La religión en lo privado o en la Iglesia pero no en público”, ya no es más el del “lugar que la religión ocupa en el espacio público”. ¿Qué cosa es el espacio público? ¿La calle, el parque, los medios, la escuela, el municipio, el parlamento nacional? ¿Acaso es necesario desaparecer del espacio público el monumento dedicado a monseñor François de Laval y el dedicado al cardenal Taschereau? ¿Es necesario prohibir el saludo “feliz navidad” de las sedes parlamentarias y sustituirlos por “felices fiestas”, para ser más correctos? ¿Los símbolos religiosos característicos de nuestra historio, y por lo tanto constitutivos de nuestra identidad colectiva, se han vuelto recuerdos fastidiosos y feos que han de meterse en un cajón? ¿Es necesario eliminarlos del espacio común para satisfacer a una minoría laicista radical que es la única que se queja, en nombre de la igualdad absoluta de los ciudadanos y ciudadanas?

Los creyentes y los no creyentes llevan consigo el propio credo o no-credo a todos los espacios que frecuentan. Están llamados a vivir juntos, a aceptarse y a respetarse recíprocamente, a no imponer su propio credo o no-credo, ni en privado ni en público. ¿Quitar cada signo religioso de un lugar público identificado culturalmente según una tradición bien definida con su dimensión religiosa no equivale quizá a promover la ausencia de credo como único valor que tiene derecho de ser afirmado? La presencia del crucifijo en el parlamento nacional, en el municipio y en el cruce de las calles no es el signo de cualquier religión de Estado. Es un signo identificador y cultural ligado a la historia concreta de una población que tiene derecho a la continuidad de sus instituciones y de sus símbolos. Este símbolo no es en primer lugar un signo confesional, sino el testimonio de la herencia cultural de toda una sociedad marcada por su vocación histórica de cuna de la evangelización de América del Norte. Precisamente el gobierno de la provincia canadiense de Québec recientemente ha rechazado una propuesta para quitar el crucifijo del aula del parlamento.

El verdadero problema de Québec no es pues la presencia de signos religiosos o la aparición de nuevos signos religiosos que invaden el espacio público. El verdadero problema de Québec es el vacío espiritual creado por una ruptura religiosa y cultural, desde la pérdida sustancial, que deja desorientados a las ciudadanas y ciudadanos, desmotivados, sujetos a la inestabilidad y atraídos por valores pasajeros y superficiales. Este vacío espiritual y simbólico mina desde el interior la cultura de Québec, disipa sus energías vitales y genera la inseguridad y la falta de raíces y de continuidad con los valores evangélicos y sacramentales que la han nutrido desde sus mismos orígenes.

Un pueblo cuya identidad se ha configurado fuertemente durante los siglos sobre la fe católica no puede de un día para otro vaciarse de su esencia, sin que haya consecuencias graves a todos los niveles. De allí el descarrío de los jóvenes, la caída vertiginosa de los matrimonio, la ínfima tasa de natalidad y el número aterrador de aborto y suicidios, para hablar sólo de algunas de las consecuencias que se agregan a las condiciones precarias de los ancianos y de la salud pública. Para terminar, este vacío espiritual y cultural es mantenido por una retórica anticatólica repleta de clichés, que desafortunadamente se encuentra demasiado frecuentemente en los medios.

Ello favorece una verdadera cultura del desprecio y de la vergüenza respecto a nuestra herencia religiosa y destruye el alma de Québec. Ha llegado la hora de preguntarse: “¿Québec, que has hecho de tu bautismo?” Ha llegado la hora de frenar el fundamentalismo laicista impuesto por medio de fondos públicos y encontrar nuevamente un equilibrio mejor entre tradición e innovación creadora al servicio del bien común. Se debe aprender de nuevo el respeto de la religión que ha forjado la identidad de la población y el respeto de todas las religiones, sin ceder a la presión de los integristas laicos que reclaman la exclusión de la religión del espacio público.

Québec está maduro para una nueva evangelización profunda, que se dibuja en ciertos ámbitos a través de iniciativas de catequesis importante, como también a través de esfuerzos comunitarios de retorno a las fuentes de nuestra historia. Una renovación espiritual y cultural es posible si el diálogo entre Estado, sociedad e Iglesia retoma su curso, constructivo y respetuoso de nuestra identidad colectiva que es pluralista.

* * *

En el cuadro de un debate sobre “compromisos razonables” no se puede ignorar el cambio radical que el Estado de Québec acaba de introducir respecto al lugar de la religión en las escuelas.

Este cambio provoca el desconcierto y el enfado de muchos padres que se ven privados, en el nombre de una última reforma y de la modernización del sistema educativo de Québec, de un derecho adquirido. Sin tener en cuenta el primado del derecho de los padres y de su voluntad claramente explicitada de mantener la libertad de elección entre una enseñanza confesional y una moral, el Estado suprime la enseñanza confesional e impone un curso obligatorio de ética y de cultura religiosa en las escuelas tanto públicas como privadas.

Ninguna nación europea ha adoptado nunca una orientación tan radical que revoluciona las convicciones y la libertad religiosa de los ciudadanos. De aquí deriva el malestar profundo y el sentimiento de impotencia que muchas familias experimentan respecto a un Estado omnipotente que parece no temer la influencia de la Iglesia y que puede imponer su ley sin condicionamientos superiores. La suerte más escandalosa es la reservada a las escuelas católicas privadas que se ven obligadas por el juego de las subvenciones gubernativas a dejar al margen la propia enseñanza confesional a favor del curso impuesto por el Estado en todas partes y a todo nivel.

¿La operación de reenfocar la formación ética y religiosa del ciudadano por medio de este curso obligatorio llegará a salvar un mínimo de puntos de referencia para asegurar una vida común y armoniosa? Lo dudo y más aún estoy convencido de lo contrario, ya que esta operación se hace a costas de la libertad religiosa del ciudadano, sobre todo de la de la mayoría católica. Además está basada exclusivamente en un “conocimiento” de las creencias y de los ritos de seis o siete religiones. Dudo que los profesores, verdaderamente poco preparados para asumir este desafío, puedan enseñar con completa neutralidad y en modo crítico las nociones que son para ellos incluso menos comprensibles que sus propias religiones. Se requiere de mucha ingenuidad para creer que este milagro de enseñanza cultural de las religiones fabricará un nuevo pequeño habitante de Québec, un pluralista, un experto en relaciones interreligiosas y un crítico de todos los credos. Lo menos que se puede decir es que la sed de valores espirituales estará muy lejos de ser apagada y que una dictadura del relativismo corre el riesgo de volver más difícil la transmisión de nuestra herencia religiosa.

La cultura rural de Québec expone una cruz un poco por todas partes en el cruce de las calles. Esta “cruz del camino” invita a rezar y a reflexionar sobre el sentido de la vida. ¿Qué elección se impone a nuestra sociedad para que el Estado tome decisiones iluminadas y verdaderamente respetuosas de las conciencias religiosas de los individuos, de los grupos y de las Iglesias? A pesar de ciertos desvíos debidos a los estímulos recurrentes pero limitados del fanatismo, la religión sigue siendo una fuente de inspiración y una fuerza de paz en el mundo y en nuestra sociedad, a condición de que no sea manipulada por intereses políticos o perseguida en sus aspiraciones legítimas.

La reforma impone que la ley someta las religiones al control y a los intereses del Estado, poniendo fin a las libertades religiosas adquiridas por generaciones. Esta ley no sirve al bien común y no podrá ser impuesta sin que sea precipitada como una violación de la libertad religiosa de los ciudadanos y de las ciudadanas. No sería razonable mantenerla como ha sido emanada, ya que instauraría un legalismo laicista restringido que excluye la religión del espacio público. Los dos pilares de nuestra identidad cultural nacional, la lengua y la religión, están llamados históricamente y sociológicamente a sostenerse mutuamente o a derrumbarse juntos. ¿No ha llegado el momento en que una nueva alianza entre la fe católica y la cultura emergente vuelva a dar a la sociedad de Québec más seguridad y confianza en el porvenir?

Québec vive desde siempre de la herencia de una tradición religiosa fuerte y positiva, exenta de grandes conflictos y caracterizada por el compartir, por la acogida del extranjero y de la compasión hacia los más necesitados. Es necesario proteger y cultivar esta herencia religiosa fundada en el amor, que es una fuerza de integración social mucho más eficaz que el conocimiento abstracto de cualquier noción superficial de seis o siete religiones. Es importante sobre todo, en este momento, que la mayoría católica despierte, que reconozca sus verdaderas necesidades espirituales y se vuelva a ligar a sus prácticas tradicionales para estar a la altura de la misión que le es propia desde sus orígenes.

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Unas personas comulgaban y otras eran bendecidas. Unas extendían las manos para recibir el pan de vida y otras las juntaban e inclinaban la cabeza.

La escena sorprendió a los turistas españoles en Japón. Entraron a mitad de la misa y tomaron fotos desde el último banco. Admiraban la compostura nipónica y el ritmo pausado de la liturgia. Pero les extrañó la fila ordenada para la comunión. Desde los primeros bancos a los últimos, todo el mundo iba al altar, aunque no comulgasen.

En Japón no se concibe la misa sin participar en la eucaristía. Por otra parte, es corriente la presencia de personas no católicas (de otra confesionalidad, de otra religión, o de ninguna); se sentirían excluídas quedándose en el banco mientras el resto comulga.

Una fórmula cuidadosa lo resuelve: “Quienes vayan a comulgar, dice la monición, abran las manos para recibir la eucaristía. Quienes deseen una bendición pueden acercarse en la misma hilera, aunque no sean personas bautizadas, y solicitarla con las manos juntas”.

Por contraste, a los turistas católicos japoneses en Madrid les extrañaba una iglesia en que sólo comulgaba una minoría: “¿Es habitual asistir sin participar?”, me preguntaron y me ví en apuros al responder: “En mi país perduran la educación religiosa anticuada: exageraciones sobre la confesión antes de la comunión, malentendidos sobre sexualidad y contracepción, visión estrecha de la eucaristía, asistencia rutinaria a misa por cumplir, predicaciones que, en vez de invitar, alejan … ”.
El japonés que hizo la pregunta sonreía asintiendo, pero sin entender….

(Publicado en Vida Nueva, 13, IX, 08).

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salesianos en la red

Dos noticias relacionadas con la presencia de los salesianos en internet.

Se ha renovado el portal salesiano www.donbosco.es y se irá renovando poco a poco. Habrá que estar atentos a los cambios. Y visitarlo confrecuecnia.

Otra noticia relacionada con internet, Jose Miguel Nuñez tiene un blog titulado palabras al oido os animo a visitarlo también.

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