Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 24 junio 2008

La palabra “crisis” se repite constantemente y por diversos motivos. ¿Somos alarmistas sin motivo?
¿Nos agarramos a la dichosa palabra en lugar de utilizar otras más adecuadas? ¿Acaso es más fácil decir “crisis” que pararnos a pensar en las causas reales de lo que sucede? Yo no sé la respuesta, pero nuestro hermano cooperador Fernando Gámez me ha enviado la reflexión que publicamos hoy en nuestro blog. Creo que nos debería invitar a reflexionar seriamente.

El médico ingles Ronald Gibson, comenzó una conferencia sobre conflictos generacionales, citando cuatro frases:

1). ‘Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos’.

2). ‘Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible.’

3). ‘Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos’

4). ‘Esta juventud esta malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura’

Después de éstas cuatro citas, quedó muy satisfecho con la aprobación, que los asistentes a la conferencia, daban a cada una de las frases dichas.

Recién entonces reveló el origen de las frases mencionadas:

La primera es de Sócrates (470-399 a.C .)

La segunda es de Hesíodo (720 a.C.)

La tercera es de un sacerdote del año 2.000 a.C.

La cuarta estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas de Babilonia (Actual Bagdad) y con más de 4.000 años de existencia.

Padres y Madres de familia…

RELÁJENSE PUES SIEMPRE FUE ASÍ….

Enviado por Fernando Gámez

Read Full Post »

Abba, Padre

ABBA, PADRE

Alberto de Mingo escribe en la revista Misión Joven números 372-373 este documentado artículo sobre el uso y significado de ABBA. Creo que merece la pena leerse.

Jesús se refirió a Dios como «Padre». Pero esto es difícilmente original. En multitud de religiones, se apela a la divinidad como padre de los humanos. Según G. Schenk, «La invocación de la divinidad bajo el nombre de padre pertenece a los fenómenos primordiales de la historia de las religiones». Contrasta esta afirmación global, referida a las religiones del mundo, con el hecho de que «el Antiguo Testamento es muy reservado en el uso de esta designación de padre en relación con Yahvé». Esta reserva se explica como reacción contra el uso de la imagen del dios padre por los pueblos cananeos, vecinos y enemigos de Israel. La expresión «padre» aplicada a Dios traía un eco de representaciones míticas que los profetas rechazaban decididamente. La Biblia Hebrea evita la metáfora «Padre» para prevenir el deslizamiento hacia formas de comprender a Dios propias de sus vecinos paganos.

A los profetas les interesa enfatizar que el Dios de los judíos es trascendente y no se confunde con las realidades de este mundo. Pero esta prevención no implica que la imagen de Dios Padre esté ausente de la Biblia Hebrea. El profeta Jeremías escribió: «Y me decía [Dios]: Me llamarás ‘Padre mío’ y no te volverás de detrás de mí» (3,19). E Isaías: «Tú, YHWH, eres nuestro padre» (63,16). En el Salmo 103, leemos «Como un padre tiene compasión con sus hijos, así YHWH se compadece de los que le temen» (Sal 103,13). En la oración Shemoneh Esreh, una plegaria judía que aún hoy se recita en las sinagogas, podemos leer: «Perdónanos, Padre nuestro, porque hemos pecado, perdónanos, Rey nuestro, porque hemos cometido falta. Porque tú eres Dios bueno y perdonador. Bendito eres, YHWH, misericordioso y rico en perdón». Es claramente injusto el estereotipo que ha contrapuesto el «Dios cercano» de los cristianos y el «Dios lejano e innombrable» de los judíos.

Si bien en el uso de la imagen de padre para referirse a la divinidad, Jesús no fue original, sí lo fue en el modo directo con el que se dirigió a Dios llamándole «Abba». No existe en la literatura judía un ejemplo semejante de alguien que haya llamado a Dios así. Pero incluso esta peculiaridad ha de entenderse dentro de una imagen de Dios que era compartida en muchos de sus rasgos por contemporáneos judíos. Sin el marco que ofrece la religión de Israel, ni Jesús ni el cristianismo serían comprensibles.

El origen y significado de la palabra «Abba», tal como fue empleado por Jesús y por el cristianismo primitivo, ha hecho correr ríos de tinta. Este debate se sustenta, en realidad, en sólo tres textos del Nuevo Testamento, dos en las cartas paulinas (Gal 4,6 y Rom 8,15) y una en el Evangelio según San Marcos (14,36), los únicos lugares en los cuales puede encontrarse este término.

Se ha convertido en lugar común la idea, popularizada por Joachim Jeremias, de que la expresión «Abba» tendría su origen en el lenguaje infantil. Según esta interpretación, «abba» sería el equivalente al castellano «papá» o «papi». El mismo Jeremias abjuró más tarde de esta posición considerándola «un caso de inadmisible ingenuidad», pero el error continuó extendiéndose. No existen argumentos serios que fundamenten esta forma de traducir el término. Por el contrario, pueden aducirse evidencias textuales del uso de «Abba» por adultos en documentos judíos antiguos, como el Targum.

Es un producto de la imaginación moderna la idea de que Jesús se dirigió a Dios como un niño a su padre a través del uso de una palabra proveniente del lenguaje infantil. «Abba» es sencillamente el vocativo de «Ab» (padre), un término usado por igual por adultos y niños, que no denota de por sí una especial intimidad o ternura, mucho menos un matiz infantil. Abba no es papá, y menos aún, papi.

Jesús utilizó, entre otras metáforas la de «padre» para referirse a Dios, con esto no aportó nada radicalmente nuevo que no fuera de uso en las religiones de la humanidad en general o en la suya, el judaísmo, en particular. Lo original de Jesús fue el modo en que fue dibujando una imagen de Dios a través del uso de ésta y otras metáforas. En sus parábolas, Jesús narra un padre bien distinto de los padres de su cultura patriarcal. Quizás ninguna resulta más ilustrativa que la que se nos presenta en el relato, así llamado, del hijo pródigo (Lc 15,11-32).

En esta historia, el menor de dos hermanos pide a su padre «la parte de la hacienda que me corresponde». En aquella sociedad, igual que en la nuestra, los hijos no se repartían los bienes paternos en vida, sino a su muerte, como herencia. Pero este padre, contra toda expectativa, distribuye su herencia en vida al hijo que se lo pide. Lo que viene a continuación es más previsible. El joven que se ve de pronto en posesión de una fortuna lo malgasta irresponsablemente y se queda al poco tiempo sin nada. Luego llega la penuria, y entonces, -la narración deja claro que lo que le motiva es el hambre, no los sentimientos más nobles- decide volver a casa. En el camino, prepara el discurso del reencuentro: «Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus trabajadores» (Lc 15,18-19).

El verdadero momento de la sorpresa llega ahora, en el desenlace de la parábola: el padre, verdadero protagonista del relato, hace algo que en el contexto sociocultural de Jesús y sus oyentes resultaba chocante: corre, se echa sobre cuello de su hijo y lo besa (15,20). Correr y tener tales efusiones de afecto fuera del ámbito de la casa era un comportamiento impropio, vergonzante para un patriarca de aquella cultura. El padre del hijo pródigo se comporta como una madre. – «¡Qué vergüenza!», exclamaría un defensor del orden establecido – Y, sin embargo, millones de hombres y mujeres de aquella cultura y de muchas otras se han conmovido hasta las entrañas al escuchar este relato de Jesús.

REYES y padres eran las figuras de autoridad por excelencia en el mundo antiguo. En las sociedades grecorromanas, como en la mayoría de las sociedades de la era preindustrial, las dos instituciones básicas eran la casa o familia (oikós en griego) y la ciudad (polis en griego), que cumplía con las funciones del estado. Esto marca una gran diferencia con respecto a las sociedades modernas. En nuestro mundo actual hay una gran variedad de instituciones además de la familia y el estado, que constituyen el denso tejido de la sociedad civil, entre las que juega un papel fundamental la empresa.

La mayoría de los ciudadanos adultos de las sociedades modernas pasan la mejor parte de sus días en empresas, y a ellas dedican gran parte de sus energías. No era así en la época grecorromana. El término «economía» (norma -nomos- de la casa -oikós-) da testimonio de cómo en el mundo antiguo, el proceso productivo se realizaba en la familia. En aquella sociedad, el paterfamilias era el jefe del ámbito laboral, como lo es hoy el director o superior jerárquico en la empresa.

La paternidad, que es en nuestros días una función sobre todo afectiva y al margen del trabajo productivo, era en aquella época una función, ante todo, de poder. El padre organizaba el trabajo y exigía obediencia. Podía en el caso del derecho romano administrar justicia a los miembros de su casa, incluida la aplicación de la pena de muerte. El «padre» de la antigüedad no es el «papá» de la familia de la era posindustrial.

Llamar a Dios «rey» y «padre» es reconocer la autoridad de Dios. En esto Jesús fue muy poco original. Cualquier religión que se precie afirma que la divinidad es una fuerza superior con autoridad sobre los humanos y la realidad. Lo peculiar de Jesús fue el modo en que presentó a este padre y rey. Jesús ofrece una imagen del poder de Dios que subvierte las imágenes humanas del poder. Dios es poderoso, incluso Todopoderoso, pero no ejerce su poder al modo de los poderosos de la tierra. Jesús invita a sus discípulos a convertirse por su comportamiento en metáforas vivas de este otro poder:

«Sabéis que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero entre vosotros no es así, sino que cualquiera de vosotros que desee llegar a ser grande será vuestro servidor, y cualquiera de vosotros que desee ser el primero será siervo de todos» (Mc 10,42-44)

Jesús no dice que Dios es padre para hacernos entender que Dios nos ama como nos ama nuestro padre. Justo al contrario, lo hace para decirnos que Dios nos ama en un modo en que los padres no se atreven a amar en una cultura patriarcal. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios no para decirnos que Dios ejerce el poder como lo haría un rey, sino justo al contrario, para subvertir el modo en que gobiernan los poderosos de la tierra.

Dios es llamado «Padre» no sólo ni fundamentalmente para ofrecer una imagen cercana y cariñosa de Dios, sino sobre todo para subvertir lo que la cultura patriarcal entiende por paternidad. Esto explica, al menos en parte, por qué Jesús prefirió la imagen de «padre» a la de «madre» para referirse a Dios: quería poner en cuestión el poder, un atributo paterno y no materno en aquella cultura. Que Jesús no comenzara su oración con «Madre nuestra que estás en los cielos» no es ni mucho menos una prohibición del uso de imágenes femeninas para referirnos a Dios. El uso de invocaciones a Dios en femenino puede dar continuidad a intuiciones profundas del Evangelio.

Las parábolas de Jesús son expresiones de este poder alternativo, metáforas que hacen intuir la verdadera naturaleza del poder Dios, que no se impone jamás. Abren la puerta a un ámbito en el que el amor, lejos crear dependencia, es fuente de libertad. En palabras del biblista español Rafael Aguirre, «el Reino de Dios es oferta desarmada a la libertad humana».

(El artículo es más largo. Se puede encontrar en la Revista)

Read Full Post »

No es fácil opinar sobre una huelga, suele haber datos que no se terminan de conocer, intenciones ocultas o simplemente desinformación.
J.Ignacio Calleja, SJ, en su blog La mirada samaritana hace un interesante reflexión que pienso nos puede dar pie a la nuestra.

La huelga en el sector del transporte y de la pesca, y la ya próxima de los agricultores u otras que puedan venir, me preocupa y afecta como a cualquier ciudadano, y me provoca reflexiones muy variadas. Hace tiempo, una huelga importante nos movilizaba en la Iglesia, en los organismos y sectores pastorales de la Iglesia más próximos a “lo social”, en pos de su estudio, análisis, discernimiento, mensaje público de denuncia y anuncio, etc.

Era ciertamente la novedad de la democracia, pero no menos una convicción extendida en la Iglesia sobre la vocación cristiana pensada, sinceramente, como caridad y justicia social. Como no me gusta vivir añorando tiempos pasados, lo cito sólo como la fotografía de algo que fuimos y que, con modos contemporáneos, tenemos que recuperar como un valor del cristianismo de la Encarnación ante situaciones sociales de gran crisis. Me alegra, por ello, ver a D. Antonio (Cañizares) refiriéndose el día del Corpus, si no me equivoco en la Homilía, a las situaciones de pobreza que acarrea la crisis económica que ya está aquí. Es una nimiedad, pero es un detalle. La “cosa” claro va más lejos y no hay manera de pensarla en serio sin plantearse el modelo mismo de vida, producción y consumo, el reparto de sacrificios y bienes, y el concepto mismo de propiedad y bienestar.

Como observador de la realidad, más que como analista social, que es otra cosa más técnica y de otro lugar, me llaman la atención muchos detalles en torno a esta huelga y sobre las reacciones que provoca. Sobre la huelga en sí, no soy un experto, pero tengo la impresión de que la causa es objetiva, los costes de producción para muchos de los transportistas autónomos son insostenibles; luego hay razón para la huelga; ¿pero es justa sin más, por ser huelga de gente que trabaja duro y al límite de sus beneficios? Yo siempre estaré del lado del que vive de su trabajo, y sí es duro, más aún. Pero esto no significa que todo se justifique así. Sería demagogia por mi parte. (Además hay otros trabajadores que también cuentan, y si no, que se lo pregunten a la gente del campo, con sus productos recogidos y a la espera de que todo termine, para llevarlos al mercado. ¡Y las frutas y hortalizas no esperan! ¡Falta tienen!).

Me explico. Parece probado que el sector está sobredimensionado, que hay mucha más oferta que demanda; esa oferta es en parte legal y en parte ilegal, es decir, hay mucha economía y competencia sumergida, (“gente que trabaja a cualquier coste y sin licencias”). Puedo pensar que es picaresca, y puedo pensar también, y pienso, que priman razones de supervivencia. Cuando las cosas se ponen difíciles, el mercado salta por los aires; el fuerte defiende su posición de poder (y está más preparado); y el débil busca salvarse tirando precios y condiciones. Supongo que el mercado no es transparente y que las situaciones son muy distintas, así que los juicios generales son difíciles.

Presumo que un mercado libre y eficaz no permite unas tarifas mínimas como se exigen por los huelguistas. Y presumo que el coste del combustible está gravado con impuestos, pero tengo entendido que el “gasóleo profesional” tiene poco margen de juego, vamos que los impuestos son ya reducidos. En todo caso, no parece lógico subvencionarlo y cobrarlo por debajo de sus costes. Sería ridículo. Tampoco estoy de acuerdo, lo digo más rotundamente, que hayan de bajar, para todos, los impuestos sobre combustibles que compramos fuera y contaminan tanto. Sólo serviría para ahorrar en otros gastos sociales que por mi parte creo más justos. Siempre hablamos de lo que ingresa el Estado, pero la cuestión es en qué gasta, y deberá seguir haciéndolo. Critiquemos la eficiencia, pero no que ingresa mucho, si gasta bien. Además las infraestructuras de transporte son caras, muy agresivas con el medio, y es lógico pagarlas entre los consumidores. Nadie puede pensar su trabajo sin estos costes externos para la comunidad.

Sí creo que los Estados Democráticos debieran entrar sin contemplaciones en las Empresas Petroleras, y ver su mercado, su administración y su realización de beneficios. ¿Se atreverán? ¿Podrán? ¿Para qué sirve Europa si no puede o quiere decir nada en este sentido? Así que el Gobierno debe ofrecerles, ahora vuelvo a los huelguistas, compensaciones sociales y fiscales que les permitan vivir, pero no tarifas que creen mercados cerrados y corporaciones de intereses blindadas. O de otro modo, medidas anti-oligopolios, sí, y todas; medidas contra la economía sumergida, sí y todas; medidas proteccionistas o corporativistas, no.

En este mismo sentido, en cuanto a la huelga y su justicia, tengo casos cercanos de todo tipo. Sólo los cito para justificar mi “confusión”. Gente que ha dejado la carretera para ir a un empresa, como trabajador de una cadena, porque le es más rentable; gente que ha contratado un trabajador para su camión, y le ha dado para otro camión; gente que está en cooperativa y que no sale a la huelga por miedo a lo que le pueda pasar, y gente que se ha hecho de “oro” en diez años con dos camiones. No sé bien a qué carta quedarme. En general, creo que es un trabajo duro y difícil, sometido a horarios muy prolongados, que se ha complicado mucho con los costes del combustible, y que está sobredimensionado ya antes de la crisis, y más ahora con la crisis general de la construcción, y todo lo que conlleva en reducción del transporte. Detrás hay personas, y eso es lo que importa en cuanto a cómo se les hace justicia, pero no, de cualquier modo y a costa de lo que sea, y porque sí. No se puede sostener artificialmente la rentabilidad de una inversión en todo momento, con crisis o sin ella.

Y aquí el gobierno, el que acaba de ganar las elecciones, no sé si sabe bien qué hacer. De hecho, no parece hacer nada. Yo creo que Solbes y su equipo está convencido de que el modelo de crecimiento español ha llegado a su fin, y que hay que dejar a los mercados que nos lleven a otra situación. Quiero creer esto y no que están desconcertados. Pero vaya Usted a saber. No sé qué es peor. Por tanto, el problema sería, y es, de qué iniciativas económicas favorecer, qué situaciones de personas atender ya y con cuánto, porque son los perdedores, y quiénes tienen tanto poder económico y de presión que pueden falsear la salida y la proporción en los sacrificios. Por tanto el problema es de pactos y de iniciativas. Me temo que el gobierno crea que los pactos, si acaso y con los que presionen mucho, y las iniciativas, las que dicte el mercado. Yo sin embargo siempre creo en los pactos y en el reparto de esfuerzos, aunque cueste más llegar a sacar la cabeza; entiendo que con menos olvidados y mejor repartido el sacrificio, las cosas siempre son más justas. Esto me importa mucho, no sólo cómo se sale de algo y en cuánto tiempo, sino a costa de quiénes más y menos, y con qué reparto de esfuerzos. Y siempre sin olvidar que la propia actividad del transporte, su “megadesarrollo”, es tan necesaria como condicionada a un estilo de vida insostenible y despilfarrador de lo escaso.

He dicho que observaba reacciones diversas y añado algunas otras. Por ejemplo, la gente que pasa por el lugar de los piquetes parece que aplaude a los huelguistas. Así somos. Es la cultura del hoy por ti y mañana por mí. La comparto, aunque se presta a veces a una falta de discernimiento notable de cada caso y supuesto. Es lo que intento en esta nota, diferenciar y apreciar.

Y luego están “los medios”, me refiero aquí a los de información televisada, sobre todo. Se lo toman como un acontecimiento deportivo, que retransmiten en directo. Importa la primicia. Tengo para mí que pronto en las huelgas, los piquetes tendrán un chivato que les avise en rojo, cuando emiten las cadenas en directo. Un poco choteo me está pareciendo el modo de informar. Todo, menos entender las reivindicaciones, las razones y sinrazones. Todo banal, porque todo es ya “España directo” o “Está pasando”. Es la cultura informativo del “está pasando” y lo “cuento primero”, pero qué cuenta y con que profundidad, “nada y muy superficialmente”. Está claro que estoy decepcionado con ellos hace tiempo. Eso de “los medios” por contar los primeros una primicia de “nada”, está tan aceptado que se ha convertido en una justificación del medio y el periodista por sí misma. Deberían pensarlo de nuevo.

En fin, para un post, ya está bien. Quise colgarlo ayer miércoles por la mañana, y se me olvidó. Después ha habido un muerto y un herido grave, y otros casos igualmente serios y pendiente de confirmación. Ésta es otra cuestión. Sólo pensaba dos cosas y escritas a vuela pluma. Quería salir por un momento de nuestra subcultura “eclesiástica”. Saludos.

Read Full Post »

Publicado en atrio por José Mª Castillo

A veces me da por pensar que muchas cosas se arreglarían en el mundo si nunca utilizáramos lo que no se debe utilizar. Según el Diccionario de la RAE, utilizar es “aprovecharse de una cosa”. Se trata, por tanto, de un verbo que, si se aplica como se debe aplicar, se usa sólo para referirse a “cosas”, nunca a “personas”. Y además se usa para referirse a aquellas cosas de las que “nos aprovechamos”.

Y, la verdad, utilizar a una persona para aprovecharse de ella, resulta intolerable. Es evidente que, cuando se utiliza a una persona (para lo que sea y como sea), el uso se convierte en abuso. Lo cual es inmoral. Porque el abuso de las personas es humillante y desencadena la violencia en casi todas sus formas posibles.

Pues bien, si todo esto es así, lo lógico sería tener sumo cuidado para no extralimitarse nunca en conductas a las que se pueda aplicar el verbo utilizar. Y sin embargo es un hecho que todos los días y a todas horas, seguramente sin darnos cuenta de lo que hacemos, la pura verdad es que estamos utilizando a los que podemos utilizar, unas veces porque son ellos mismos los que se dejan utilizar y, en otros casos, porque hay mucha gente que, si quiere sobrevivir, no tienen más remedio que dejarse utilizar. Sin olvidar que, a veces, somos tan egoístas y tan insensatos que no reparamos en usar y abusar de todo, absolutamente de todo aquello de lo que nos podamos aprovechar.

Por tanto, un principio ético fundamental es que todo lo que sea utilizar a alguien es una deshonestidad. Pero además, cuando hablamos de la inmoralidad de la utilización, es importante caer en la cuenta de que existe el peligro constante de utilizar a las personas tanto más cuanto éstas son más débiles. Por eso en este mundo sin entrañas se utiliza tanto y tantas veces a los pobres, a los trabajadores, a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a los que se ven en situaciones desesperadas y sin salida en la vida. Pero más débiles que los vivos son los muertos. Y si se trata de muertos a los que podemos presentar como víctimas, tanto mejor. Y mejor aún si fueron víctimas del terror y la violencia. Entonces, el dolor de los que murieron y la humillación de los que pudieron escapar de la muerte, eso es de lo más rentable que circula ahora por el macabro mercado del utilitarismo mediático y político. En tal caso, la desvergüenza se puede echar a la calle incluso con orgullo, quizá no tanto porque le importan las víctimas, sino porque las utiliza de manera “inteligente” para desgastar al oponente político. Las técnicas del utilitarismo publicitario han alcanzado una perfección tan refinada, que ya resulta una vulgaridad rutinaria utilizar la belleza femenina para vender pasta de dientes, pongo por caso. Ahora se invoca la “solidaridad” con el dolor del Tercer Mundo, no para aliviar ese dolor, sino para entontecernos más a todos y además sacarnos el dinero a cambio de cosas que no sirven nada más que para alimentar nuestras pueriles vanidades, nuestras debilidades inconfesables o simplemente nuestra ingenuidad.

Pero, siendo tan grave como es cuanto acabo de mencionar, abunda cada día más y más una generalización del utilitarismo que me saca de quicio. Me refiero a la utilización de tecnologías sofisticadas para producir la sensación generalizada de que cada día vivimos mejor, cuando en realidad lo que se consigue es que cada día vivimos más controlados, más uniformados y hasta más satisfechos en nuestra vida incondicionalmente sumisa a quien satisface las necesidades que nos han creado. Hipotecamos nuestras viviendas, nuestros coches, nuestro tiempo, nuestra forma de descansar, todo lo que sea necesario para poder vivir como a todos nos han metido en la cabeza que hay que vivir. En el recordado Mayo del 68, el libro de cabecera de los “progres” era “El hombre unidimensional”, de Herbert Marcuse. En ese libro se leía que “el confort, la eficacia, la razón, la falta de libertad en un marco democrático, he ahí lo que caracteriza la civilización industrial avanzada y es el testimonio de nuestro progreso técnico”. Marcuse denunciaba, ya entonces, la utilización de la técnica más avanzada, para utilizarnos a todos indiscriminadamente, sin que nos diéramos cuenta de que nos están utilizando. De forma que, como se decía ya en la pasada década de los 60, no tiene gran importancia que todo esto se haga en un sistema autoritario o en un sistema no autoritario que practica la satisfacción progresiva de las necesidades. Lo que importa de verdad es que todos somos utilizados. En un sistema de vida, de sociedad y de economía que ha llegado a tal perfección en su eficacia, que nos utilizan sin que nos demos cuenta de que somos utilizados y además eso nos gusta hasta el extremo de que vivimos encantados en un sistema tan brutalmente utilitario que está liquidando el mundo en que vivimos y sus energías, pero se nos ha educado para hacer eso con tanta fruición que nos ponemos nerviosos y nos angustiamos si nos dicen que el sistema ha entrado en crisis. A la crisis nos resistimos con uñas y dientes. Porque lo que de verdad anhelamos es seguir siendo tan buenos utilitarios que, si llega el caso, podamos fenecer todos, víctimas de la utilización que se hace de nosotros y en la que vivimos increiblemente satisfechos.

Ya no hablo de lo que nunca se debe utilizar. Denuncio con todas mis fuerzas la utilización que hacemos todos de todos, la utilización en la que vivimos y moriremos encantados.

Read Full Post »

Nos acaba llegar la noticia del nombramiento del nuevo Inspector para el sexenio 2008-2014. Se trata de D. Francisco Ruiz Millán. Al que las quinielas apuntaban como “ganador”.

Viejo conocido de Úbeda, lo felicitamos de todo corazón y rezaremos para que su mandato sea fructífero para todos.

¡Bienvenido y cuenta con nosotros!

Read Full Post »

Fernando Vidal- Profesor de Sociología en la Universidad Pontificia Comillas- publica en la revista Vida Nueva una nueva reflexión sobre la asignatura Educación para la Ciudadnía.

Tras meses de debates, hay la convicción de que la batalla con Educación para la Ciudadanía (EpC), si hubiera sido promovida por el PP -estaba en sus planes-, no hubiera suscitado la oposición de la derecha católica (y, paradójicamente, seguramente sí la progresista).

Sin duda, el Gobierno lo podía haber hecho mejor. Pero EpC ya no sólo se usa como ariete contra ZP, sino que es una cuña ultra para forzar una orza conservadora de la Iglesia en España. Las fronteras de esa división no están claras, porque es curioso que entidades de tanto peso como colegios del Opus Dei o cientos de órdenes y congregaciones religiosas hayan decidido impartirla adaptándola a sus centros.

Hay un pequeño pero poderoso sector católico hipercrítico con las 2.000 escuelas católicas, que busca desestabilizarlas a través de un debate tan desproporcionado como el de la EpC. Se usa la EpC para dar cuerpo a un sector de derecha neoconservadora entre los padres -y alumnos- dentro de cada centro. Forma parte de la estrategia más general de reproducir la estrategia de la Mayoría Moral en España, sostenida sobre un conjunto de entidades católicas que eran de todos y ahora están ocupadas por la derecha más extrema y los viejos nuevos movimientos católicos. Si el Episcopado se ve más dividido que nunca y los religiosos se ven atacados es porque hay quien los quiere forzar para lograr una hegemonía neocon.

Se planea una Carta Pastoral sobre EpC en una de las archidiócesis y, sin duda, sería la espoleta que visibilice públicamente la profunda división de la diócesis y lleguen por fin hasta Roma todas las voces que tanto se hacen callar. Cuántas energías volcadas en crear división y qué pocos esfuerzos para unir. Nos sobran estrategas y falta más episcopado que, como agua en este estío, sean liderazgo espiritual en este tiempo de sequía.

Read Full Post »

El texto completo del Credo del pueblo de Dios, pronunciado solemnemente por Pablo VI el 39 de junio, en la traducción oficial en lengua española:

“Creemos en un solo Dios…”

Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles —como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida— y de las cosas invisibles —como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles— y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal.

Creemos que este Dios único es tan absolutamente uno en su santísima esencia como en todas sus demás perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y caridad. Él es el que es, como él mismo reveló a Moisés, él es Amor, como nos enseñó el apóstol Juan de tal manera que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia de aquel que quiso manifestarse a si mismo a nosotros y que, habitando la luz inaccesible , está en si mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e inteligencias creadas. Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de sí mismo, revelándose a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los vínculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad, cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida íntima y dichosa del Dios santísimo, la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros podemos entender de modo humano.

Sin embargo, damos gracias a la divina bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante los hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad.

Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí, la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad.

Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. El es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, u homoousios to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad, completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona.

El mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia. Padeció bajo Poncio Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención. Fue sepultado, y resucitó por su propio poder al tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subió al cielo, de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará. Y su reino no tendrá fin.

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre celeste.

Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo y que ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime, fue preservada inmune de toda mancha de culpa originaly que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas.

Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención, la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste, y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos.

Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de la gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno.

Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

Confesamos creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los niños, que todavía no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, de modo que, privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, del agua y del Espíritu Santo, a la vida divina en Cristo Jesús.

Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual; Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste. Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud. Porque la Iglesia hace por ellos que sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la vivifica y la mueve. Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.

Heredera de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apóstoles, cuya palabra siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comunión con él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espíritu Santo, compete a la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres plenamente por el Señor Jesús. Nosotros creemos todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con magisterio ordinario y universal, para ser creídas como divinamente reveladas. Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro cuando habla ex cathedra y que reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio.

Nosotros creemos que la Iglesia, que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una por la fe, y el culto, y el vínculo de la comunión jerárquica. La abundantísima variedad de ritos litúrgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia legítima de patrimonio teológico y espiritual y de disciplina peculiares no sólo no dañan a la unidad de la misma, sino que más bien la manifiestan.

Nosotros también, reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y verdad, que como dones propios de la misma Iglesia empujan a la unidad católica y creyendo, por otra parte, en la acción del Espíritu Santo, que suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de esta unidad esperamos que los cristianos que no gozan todavía de la plena comunión de la única Iglesia se unan finalmente en un solo rebaño con un solo Pastor.

Nosotros creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente. Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna.

Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial.

En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino, como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico.

La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

Confesamos igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo, cuya figura pasa, y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no tienen aquí en la tierra ciudad permanente, los estimula también, a cada uno según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los más pobres y a los más infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su único Salvador. Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor con que ella espera a su Señor y el reino eterno.

Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo —tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón— constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos.

Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios, como Él es y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza.

Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis. Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero.

Bendito sea Dios, santo, santo, santo. Amén.

Pablo PP. VI

Read Full Post »