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Archive for 31 mayo 2008

O místicos o descreidos

Ron Rolheiser , publica en la revista Ciudad Redonda

Hace unas décadas, en la generación anterior, Karl Rahner afirmó que pronto llegaría un tiempo en el que cada uno de nosotros sería o un místico o un descreído (no-creyente).

¿Qué quiere decir Rahner y qué implica esto?

En un primer nivel esta afirmación significa que los que hoy en día quieran mantener la fe tendrán que estar orientados hacia el interior de sí mismos mucho más que en las generaciones previas. ¿Por qué? Porque antes, hasta nuestra generación actual, en el mundo secular , por lo general, la cultura ayudaba a vivir la fe. Vivíamos en culturas (con frecuencia sub-culturas inmigrantes y étnicas) en las que la fe y la religión formaban parte integrante del entramado mismo de la vida. Fe e iglesia estaban incrustadas en la sociología misma. Se requería una acción resistente y anormal para no ir a la iglesia el domingo. Hoy, como sabemos, ocurre todo lo contrario. Se requiere una decisión firme, anclada en nuestro interior, para ir a la iglesia los domingos. Vivimos, hoy en día, en una diáspora moral y eclesial, y experimentamos una soledad especial que normalmente la acompaña. Tenemos pocos apoyos externos para nuestra fe.

La cultura ya no comporta consigo la fe ni la iglesia. Dicho sencillamente, nosotros antes sabíamos cómo ser creyentes y cristianos practicantes cuando vivíamos dentro de comunidades que nos arropaban y ayudaban a vivir la fe, comunidades en las que parecía que la inmensa mayoría creía, la inmensa mayoría iba a la iglesia, y la inmensa mayoría tenía el mismo esquema de valores morales. No por casualidad, estas comunidades eran con frecuencia inmigrantes, pobres, poco ilustradas, y culturalmente marginadas. En ese tipo de entorno la fe y la iglesia funcionan y se abren camino con más facilidad. ¿Por qué? Porque, entre otras razones, como dijo Jesús, es difícil para los ricos entrar en el reino de los cielos.

Ser creyentes comprometidos hoy, tener una fe que informe realmente nuestras vidas, requiere encontrar un sostén interior más profundo que el apoyo y seguridad que podamos encontrar al formar parte de una mayoría “que sabe”, en la que nos sentimos cómodos al pensar que, ya que todos los demás están haciendo esto, esto probablemente tiene sentido. Muchos de nosotros vivimos ahora en situaciones en las que creer en Dios y en la iglesia implica encontrarnos solos, sin el apoyo de la mayoría, y a veces sin el apoyo aun de los más cercanos a nosotros, esposa o esposo, familia, amigos, colegas. Esa es una de las cosas a las que Rahner se refiere cuando dice que pronto seremos o místicos o no-creyentes, descreídos.

Pero ¿en qué consiste ese profundo armazón interior, necesario para sostenernos? ¿Qué es lo que nos puede dar el apoyo que necesitamos?

Lo que nos puede ayudar a mantener firme nuestra fe cuando nos sentimos “más solos que la una”, es crear un centro interior de fortaleza, de sentido y de afectividad arraigados en algo más profundo que lo que la gente opina y que lo que la mayoría está haciendo en cualquier momento dado. Tiene que haber una fuente, más profunda que el apoyo y la afirmación superficiales, que nos dé sentido, justificación y energía con vistas a seguir haciendo lo que la fe nos exige. ¿Y…cuál es esa fuente?

Según el evangelio de Juan, las primeras palabras atribuidas a Jesús son una pregunta: “¿Qué buscáis?” (Jn 1,37). En el fondo, todo lo que Jesús hace y enseña en el resto del evangelio de Juan sugiere una respuesta a esa pregunta: Estamos buscando el camino, la verdad, la vida, el agua viva que calme nuestra sed, el pan bajado del cielo que sacie nuestra hambre. Pero esas respuestas son en parte abstractas. Al final del evangelio, todo viene a cristalizarse en una sola imagen o icono:

El domingo de Pascua por la mañana, María Magdalena sale en busca de Jesús. Le encuentra en un huerto (el lugar arquetipo donde los amantes se encuentran), pero ella no le reconoce. Jesús se vuelve hacia ella y, repitiendo la pregunta con la que comenzaba el evangelio de Juan, le pregunta: “¿Qué estás buscando?” María replica que está buscando el cuerpo muerto de Jesús, y le pide si pudiera darle alguna pista e información sobre dónde puede estar ese cuerpo. Y Jesús le dice simplemente: “¡María!”. Él pronuncia el nombre de la mujer con amor. Y ella cae a sus pies.

Fundamentalmente, en esencia, eso es todo el evangelio: ¿Qué estamos buscando en el fondo, al fin y al cabo? ¿Cuál es el fin de todo deseo? ¿Qué es lo que nos impulsa a ir a los huertos buscando amor? El deseo de oír a Dios pronunciando nuestros nombres con amor. Oír a Dios que nos dice con cariño: “María”, “Rubén”, “Tere”, “Maribel”, “Tuchu”…

Hace unos años, al principio de unos Ejercicios Espirituales, nuestro director comenzó diciéndonos. “Esta semana voy a intentar hacer con ustedes una sola cosa; voy a intentar enseñarles a orar de modo que alguna vez (quizás no esta semana, o quizás ni siquiera este año, pero sí alguna vez) os abráis a Dios en oración de tal modo que podáis oír al mismo Dios que os susurra personalmente “¡Te quiero!”, porque, a no ser que ocurra esto, siempre estaréis insatisfechos, buscando algo que os pueda dar la plenitud; plenitud que nunca acabáis de experimentar. Nada será nunca del todo correcto y perfecto. Pero una vez que oigáis a Dios pronunciar esas palabras -“Te quiero”-, no necesitaréis ya recurrir a esa búsqueda inquieta y agitada intentando lograr la plenitud”.

Justo. Oír a Dios pronunciar nuestros nombres con amor es el corazón del misticismo, y es también el sostén interior que necesitamos cuando nos enfrentamos por fuera con incomprensiones y por dentro con depresión, cuando nos sentimos precisamente “más solos que la una”.

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Tendrá los ojos grandes y juguetones, para mirar siempre con dulzura y con disfrute su tierra, la naturaleza, las cosas, y sobre todo a las personas. Mirará como Dios mira, con profundo cariño y ternura. Verá todo en color, y no en blanco y negro, ni tampoco en escala de grises. Será observador y un gran detector de necesidades. Guiñará el ojo al pobre, al “perdido”, a la presa, al drogadicto, a la enferma, al terrorista. Su mirada será regeneradora al cruzarse con otra mirada, porque transmitirá cariño, agradecimiento y esperanza.

Tendrá orejas grandes, para escuchar siempre. Escuchará al cansado, al triste, al que tiene que pedirse permiso para quererse a si mismo, al que no sabe esperar, al que le falta fe. Escuchará a la divorciada vuelta a casar, al homosexual, al hereje, al crítico, al anticlerical, al “distinto”. Escuchará de verdad, y aprenderá escuchando.

Tendrá la boca pequeña y bien cerrada cuando se trate de criticar, de adoctrinar, de “saberlo todo”, de imponer o de ser dogmático. Y tendrá la boca grande cuando se trate de dar esperanza, de sonreír, de besar, de cantar a la vida, de contagiar, de agradecer, de reírse de sí mismo. Para todo esto su boca, sus labios, su sonrisa, serán gigantes.

Sus brazos serán largos, sus manos grandes, para agarrar, abrazar, acariciar, aplaudir, unir y reponer. Serán finas y sensuales a la hora de acariciar, de expresar el cariño y la ternura, y serán duras, resistentes y siempre manchadas a la hora de trabajar, de crear, de inventar, de mejorar la sociedad, de embarrarse por los otros. Será un buen constructor de puentes, y un buen destructor de muros. Usará sus manos para ayudar, para sostener, para regalar, y para “poner lazos” a los regalos que reciba: ¡sus hermanos!

Tendrá arrugas encantadoras, bien ganadas, de esas que no hablan de la edad, sino del amor, del desgastarse por el otro.

Sus pies serán grandes y descalzos, para recorrer los caminos de la vida con sencillez, al estilo del Galileo, sintiendo la tierra en sus pies desnudos, sin moqueta doctrinal. Se sentirá uno con su tierra, con la hermana naturaleza. Y hará de este mundo la casa de todos.

Tendrá un corazón gigante y siempre rebosando de inocencia, ilusión, disfrute, adolescencia, cariño, gestos, regalos, personas, palabras y silencios. Bombeará vida y agradecimiento, optimismo y entrega, esperanza y amor hasta el extremo.

Sus pulmones estarán bien hinchados: de aire puro, fresco, de novedad, de Dios (éste será su oxígeno).

Tendrá las espaldas anchas, para superar los golpes de la vida, para no darle importancia a lo que no es fundamental, para relativizarse a sí mismo… y para cargar con el débil y el cansado. Su columna será resistente para defender al pobre, al último, al que no cuenta. Pero no se pondrá a la defensiva ante las críticas y nuevas realidades del mundo, sino que aprenderá de ellas. Será una columna flexible, elástica, juguetona y bailarina.

Su piel transpirará mucho, porque orará intensamente, se aireará y se renovará a cada momento, cuidando mucho su vida interior. La transpiración será la fuente de su inspiración. No llamará “inspiración” a lo que no venga del buen humor y de la fe en los seres humanos, incluidos sus errores y sus payasadas.

Sus órganos sexuales serán juguetones, intensos, fértiles, y con una gran potencia transmisora de vida. Juguetones para “jugársela por el otro” (y no para “jugar con el otro”). Generará vida, multiplicará cristianos, transmitirá impulso y pasión por la Vida. No entenderá su ser en Dios sin su dimensión corporal y sexual, sin su capacidad de disfrute.

Tendrá una memoria selectiva: muy pequeña a la hora de recordar las ofensas, los pecados de los demás, las propias miserias. Tampoco recordará demasiado los dogmas, los ritos, aspectos secundarios de la tradición y las normas del derecho canónico. Tendrá, en cambio, una memoria gigante a la hora de acordarse del amor de Dios, de Jesús, a la hora de amar, de agradecer, de animar, de ser positivo, de sentirse salvado, de contagiar fe y ganas de vivir desde las bienaventuranzas. En cada situación detectará con facilidad el “aire de familia” práctico con el Nazareno, con sabor a “Reinado de Dios”.

Será inteligente, pero humilde. Reconocerá que no sabe de todo (y menos lo que se refiere a Dios), que no puede hablar de todo. Asumirá sus limitaciones, su capacidad de equivocarse, lo cual le será de gran ayuda a la hora de ser reflexivo y prudente.

El hemisferio creativo de su cerebro estará muy desarrollado, porque será muy ingenioso, poético, músico, informal, poco solemne… ¡sanamente imprevisible! Hará todo nuevo cada día.

Dispondrá de un cerebro ceLebrado (con gran capacidad celebrativa), que le ayudará a vivir cada momento del día, cada encuentro comunitario como una auténtica fiesta. Huirá de celebraciones des-celebradas, que secuestran la frescura del encuentro fraterno. En la espontaneidad, en la naturalidad, en el encuentro y en la complicidad, encontrará la “solemnidad” para vivir lo importante de su fe. Experimentará la presencia de Cristo de una manera nueva, profundamente comunitaria, profundamente humana, profundamente solidaria, profundamente encarnada, claramente des-ritualizada.

Tendrá poca capacidad espacial, porque no entenderá de territorios, posesiones, fronteras ni propiedad privada. No sabrá qué es Norte y Sur, ni Este y Oeste. Para él no existirán “izquierdas y derechas”, ni “católicos y protestantes”, ni “cristianos y musulmanes”. Tampoco sabrá lo que es “arriba” y “abajo”, ni usará palabras como “jerarquía” o como “superior”. Simplemente amará con locura, sirviendo de un modo organizado, pero sin divinizar las estructuras.

Y tendrá mínima capacidad temporal, porque para él el tiempo estará parado. No utilizará la palabra “prisa”, ni pedirá permiso al reloj para reír, cantar, aplaudir y dar besos. Nunca dirá “no tengo tiempo”, porque siempre estará dispuesto a arrimar el hombro cuando se le necesite. Entenderá el pasado-presente-futuro de una manera peculiar: se acordará de los errores del pasado, para no repetirlos. Relativizará las insistencias del presente, porque sabe que serán matizadas. No absolutizará las formas, porque sabe que pasarán. Esperará y construirá un futuro más humano. Se sentirá unido a todos los cristianos del pasado, del presente y del futuro, sabiendo que hay unidad en la multiformidad, sin insistir en lo que será relativizado.

Le “dolerá el bolsillo”, porque será solidario y compartirá sus bienes. Pero no le dolerá el espíritu, ya que se ensanchará con cada acto de generosidad.

Aprenderá siempre, gozará siempre, agradecerá siempre, aplaudirá siempre, se querrá a sí mismo con locura, y amará hasta el extremo.

Tendrá un poco de loco, otro poco de enamorado, otro de poeta, otro de payaso, otro de soñador, y otro de músico, necesarios para construir ese otro mundo posible.

El cristiano que yo sueño será plenamente humano, plenamente “comunidad” y plenamente feliz.

¿Cómo es el cristiano que tú sueñas?

Mario Cervera. Publicado en Atrio

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los invisibles

Carolina Fernández,publica en la en la revista Fusión( una revista diferente, para un lector diferente, al que le guste pensar, opinar, expresarse libremente y tomar decisiones) esta interesante reflexión.

Erase una vez un país que no quería a sus inmigrantes. Explicándolo mejor, diremos que no quería a los inmigrantes en general ni a los suyos en particular, entendiendo como “suyos” aquellos que están viviendo en el país desde hace tiempo en una situación relativamente normalizada, léase contrato laboral e impuestos al día, que en definitiva es lo que a la administración más le importa. Falta un pequeño detalle, diminuto, ínfimo, a saber: podrían ser expulsados en cualquier momento. Son ilegales. Ilegales que trabajan, que cumplen con sus compromisos sociales y que viven con la soga al cuello conscientes de que en cualquier momento los embarcan en un avión de vuelta a su casa.
Pero hete aquí que los ilegales están un poco hartos ya de contribuir al sostenimiento del país, sin recibir a cambio más que malas caras y discursos políticos plagados de tópicos sobre el grave problema que supone para un país la inmigración ilegal. Por eso se han propuesto demostrar que sí, efectivamente, para un país supone un grave problema seguir manteniendo en la ilegalidad a miles de trabajadores extranjeros. ¿Cómo demostrarlo? Sencillo: dejando de trabajar. Huelga. Los ilegales en huelga. Brazos cruzados y a ver qué pasa. ¿Puede haber un plan más brillante?
Y así ha sido. Hablamos de Francia, país donde Sarkozy echa mano cuando le viene bien de un trasnochado discurso que pretende vender a los votantes mano dura frente a la inmigración. Sarkozy, el mismo que se llenó la boca de críticas al gobierno de Zapatero cuando promovió la regularización de trabajadores en España, ahora se ve forzado a estudiar una medida similar, si no quiere que se le desmonte medio país. Y es que los enfants de la patrie ya no quieren trabajar en determinados puestos. Rechazan la hostelería, el comercio, la limpieza, la seguridad privada, la construcción… Los franceses no quieren servir café au lait, ni tostar croissants, ni hornear baguettes. Y sin cafés, croissants ni baguettes el país se hunde. No hay Sarkozy que lo salve.
Así las cosas, decíamos, los ilegales han ido a la huelga.
Hago un paréntesis para subrayar algo fascinante que tienen los franceses, y es ese savoir faire cuando se trata de organizar una huelga. No se lanzan a una chapuza cualquiera, no. Tampoco andan ratoneando tiempos y dineros, para al final acabar pegando cuatro alaridos delante de un ministerio, megáfono en mano, gritando consignas chuscas al ritmo del chiki chiki. No. Los franceses cuando van a la huelga se lanzan a la yugular del sistema, y puestos ahí, con los dientes hincados, esperan a ver quién cede antes. Va a ser que ese corporativismo ‘huelguil’ imposible de ver en España, es herencia del espíritu de la Revolución Francesa. Aquí todo es mucho más folclórico y menos efectivo, herencia de nuestras ínfulas, que siempre quedaron en nada. Vale que ahora no estamos hablando de franceses en sentido estricto, sino de inmigrantes en Francia, pero es evidente que algo se les ha pegado.
Bien. Recapitulemos. A ver si lo entiendo: los ilegales no pueden ser contratados porque a los empresarios les cae un puro si lo hacen, sin embargo sí trabajan, y mucho. No existen pero pagan impuestos. Pagan impuestos desde el limbo. Trabajan sin existir. Y como trabajadores que son, van a la huelga. Sin embargo como ilegales que son, no pueden ser reconocidos como trabajadores… Entonces ¿quién sirve los cafés en Francia? La huelga de este sector invisible es una jugada brillante, porque descubre elegantemente la incoherencia de un sistema que se apoya en ellos, sin que se atreva a reconocer su existencia. Es la soberbia de los ricos.
Afortunadamente, hay una parte de la sociedad que ya ha caído en la cuenta de que no se puede ser tan simple a la hora de la demagogia y la retórica anti inmigración que gastan alegremente algunos gobiernos. Y afortunadamente es una parte de la sociedad a la que el gobierno no puede ningunear. Son los empresarios, hartos de las trabas legales para contratar, de no cubrir puestos vacantes y de arriesgarse a un proceso judicial si tratan con un ilegal. Es el absurdo de un sistema que, sin esa mano de obra, tendría graves problemas para mantenerse a flote. Las sociedades, mal que les pese a algunos, ya no pueden estructurarse sin inmigración. El resto son argumentos tontos para votos facilones.
¿Y en España? En España tranquilos todos, que aquí no pasa nada mientras no nos dejen sin nuestras cañitas con tapa, a falta de café au lait.

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El influyente cardenal elogia a Lutero, defiende el debate sobre el celibato y la ordenación de mujeres y reclama una apertura del Vaticano en materia de sexo

JUAN G. BEDOYA publica en El País un extracto del libro del Cardenal Martini, jesuita, titulado Coloquios nocturnos en Jerusalén

“La Iglesia debe tener el valor de reformarse”. Ésta es la idea fuerza del cardenal Carlo Maria Martini (Turín, 1927), uno de los grandes eclesiásticos contemporáneos. Con elogios al reformador protestante Martín Lutero, el cardenal le pide a la Iglesia católica “ideas” para discutir hasta la posibilidad de ordenar a viri probati (hombres casados, pero de probada fe), y a mujeres. También reclama una encíclica que termine con las prohibiciones de la Humanae Vitae, emitida por Pablo VI en 1968 con severas censuras en materia de sexo.

El cardenal Martini ha sido rector de la Universidad Gregoriana de Roma, arzobispo de la mayor diócesis del mundo (Milán) y papable. Es jesuita, publica libros, escribe en los periódicos y debate con intelectuales. En 1999 pidió ante el Sínodo de Obispos Europeos la convocatoria de un nuevo concilio para concluir las reformas aparcadas por el Vaticano II, celebrado en Roma entre 1962 y 1965. Ahora vuelve a la actualidad porque se publica en Alemania (por la editorial Herder) el libro Coloquios nocturnos en Jerusalén, a modo de testamento espiritual del gran pensador. Lo firma Georg Sporschill, también jesuita.

Sin tapujos, lo que reclama Martini a las autoridades del Vaticano es coraje para reformarse y cambios concretos, por ejemplo, en las políticas del sexo, un asunto que siempre desata los nervios y las iras en los papas desde que son solteros.

El celibato, sostiene Martini, debe ser una vocación porque “quizás no todos tienen el carisma”. Espera, además, la autorización del preservativo. Y ni siquiera le asusta un debate sobre el sacerdocio negado a las mujeres porque “encomendar cada vez más parroquias a un párroco o importar sacerdotes del extranjero no es una solución”. Le recuerda al Vaticano que en el Nuevo Testamento había diaconesas.

Son varios los periódicos europeos que ya se han hecho eco de la publicación de Coloquios nocturnos en Jerusalén, subrayando la exhortación del cardenal a no alejarse del Concilio Vaticano II y a no tener miedo de “confrontarse con los jóvenes”.

Precisamente, sobre el sexo entre jóvenes, Martini pide no derrochar relaciones y emociones, aprendiendo a conservar lo mejor para la unión matrimonial. Y rompe los tabúes de Pablo VI, Juan Pablo II y el papa actual, Joseph Ratzinger. Dice: “Por desgracia, la encíclica Humanae Vitae ha tenido consecuencias negativas. Pablo VI evitó de forma consciente el problema a los padres conciliares. Quiso asumir la responsabilidad de decidir a propósito de los anticonceptivos. Esta soledad en la decisión no ha sido, a largo plazo, una premisa positiva para tratar los temas de la sexualidad y de la familia”.

El cardenal pide una “nueva mirada” al asunto, cuarenta años después del concilio. Quien dirige la Iglesia hoy puede “indicar una vía mejor que la propuesta por la Humanae Vitae”, sostiene.

Sobre la homosexualidad, el cardenal dice con sutileza: “Entre mis conocidos hay parejas homosexuales, hombres muy estimados y sociales. Nunca se me ha pedido, ni se me habría ocurrido, condenarlos”.

Martini aparece en el libro con toda su personalidad a cuestas, de una curiosidad intelectual sin límites. Hasta el punto de reconocer que cuando era obispo le preguntaba a Dios: “¿Por qué no nos ofreces mejores ideas? ¿Por qué no nos haces más fuertes en el amor y más valientes para afrontar los problemas actuales? ¿Por qué tenemos tan pocos curas?”

Hoy, retirado y enfermo -acaba de dejar Jerusalén, donde vivía dedicado a estudiar los textos sagrados, para ser atendido por médicos en Italia-, se limita a “pedir a Dios” que no le abandone.

Además del elogio a Lutero, el cardenal Martini desvela sus dudas de fe, recordando las que tuvo Teresa de Calcuta. También habla de los riesgos que un obispo tiene que asumir, en referencia a su viaje a una cárcel para hablar con militantes del grupo terrorista Brigadas Rojas. “Los escuché y rogué por ellos e incluso bauticé a dos gemelos hijos de padres terroristas, nacidos durante un juicio”, relata.

“He tenido problemas con Dios”, confiesa en un determinado momento. Fue porque no lograba entender “por qué hizo sufrir a su Hijo en la cruz”. Añade: “Incluso cuando era obispo algunas veces no lograba mirar un crucifijo porque la duda me atormentaba”. Tampoco lograba aceptar la muerte. “¿No habría podido Dios ahorrársela a los hombres después de la de Cristo?” Después entendió. “Sin la muerte no podríamos entregarnos a Dios. Mantendríamos abiertas salidas de seguridad. Pero no. Hay que entregar la propia esperanza a Dios y creer en él”.

Desde Jerusalén la vida se ve de otra manera, sobre todo las parafernalias de Roma. Martini lo cuenta así: “Ha habido una época en la que he soñado con una Iglesia en la pobreza y en la humildad, que no depende de las potencias de este mundo. Una Iglesia que da espacio a las personas que piensan más allá. Una Iglesia que transmite valor, en especial a quien se siente pequeño o pecador. Una Iglesia joven. Hoy ya no tengo esos sueños. Después de los 75 años he decidido rogar por la Iglesia”.

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24

Hay fechas que lo dicen todo y la del 24 lo es. Para todos los salesianos del mundo el 24 no es un número es algo más, es la señal que nos acerca a Ella. Por, Con, Para Ella lo hemos oído, lo hemos mamado y lo llevamos en el corazón. Hoy es 24.

Ya está

No hay nada más que decir

Tenemos una cita y allí nos veremos todos.

Este año hay novedades importantes. La cita es más temprana, nos vemos a las 18,30 y en la Iglesia de San Pedro.

Allí, recordando viviendas antiguas, María Auxiliadora saldrá acompañada de todos, ( si, todos) por el Real, Plaza de Andalucía, Mesones, Nueva, Callejón de Santiago, Vandelvira, Miguel Hernández, Ramón Gutierrez, Evaristo Sánchez y se encerrará en su casa desde finales de los 60.

Nos vemos

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María Auxiliadora será proclamada Alcaldesa Honoraria de la ciudad de Morón de la Frontera (Sevilla) en un acto que tendrá lugar el mismo día de su festividad, el próximo sábado 24 de mayo.Dicho acto, pendiente de confirmar, se prevé consistirá en un Pleno extraordinario, a las 12:00 de la mañana en el Salón de Plenos del Ayuntamiento, al que podrán acudir cuantos ciudadanos y devotos de María Auxiliadora lo deseen.

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Un nuevo comentario de Juan Masiá en su blog vivir y pensar en la frontera

¡Ojalá nuestra manera de celebrar el Corpus nos haga regresar a la cotidianidad con las pilas recargadas de fe, esperanza y amor para mucho tiempo! No venimos a la celebración para cumplir un precepto o, como decían nuestras abuelas, para “despacharse” o “quitarse el cuidado” de obligación dominical. Venimos a celebrar, compartir y convivir.

No venimos a dormitar durante una homilía aburrida, que repita los tópicos de que el mundo está mal, o que nos persigue el gobierno o ¡qué miedo que viene el coco del laicismo, el secularismo o el relativismo!.

No venimos a admirar custodias de plata toledanas o murcianas, ni a presentarles armas con homenajes militares de tiempos del nacionalcatolicismo, con políticos y damas encopetadas, vistosos y vistosas para ser vistos en engalanada procesión.

Si Amós estuviera en un balcón de Toledo cuando pasa la procesión, diría: “Odio vuestras fiestas” (Amós 5,21), aunque las presidan cardenales. Si Malaquías estuviera a su lado, corearía: “No acepto la ofrenda de vuestras manos” (Mal 1, 10). Si estuviera Melquisedec, nos invitaría a la autenticidad del extranjero que dio sentido a una simple ofrenda de pan y vino (Gen 14, 19). Isaías comparó la comunidad ideal con un banquete (Is 25, 6). Eliseo hizo de panadero para más de cien personas hambrientas (2 R 4, 42-44). Todo este telón de fondo encuadraba el encargo de Jesús: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 16).

Hoy es un día para recordar los tres gestos de Jesús: vista al cielo en acción de gracias, ojos fijos en el pan mientras lo parte y mirada alrededor. Primero, da gracias a la fuente de la vida. Segundo, contempla el pan, fruto de la tierra y del trabajo de muchos hombres y mujeres, que ha de partirse y compartirse. Tercero, invita a repartir y… a asegurarse de que el reparto es justo, que no se han quedado, como siempre, a la puerta las personas desfavorecidas.

Jesús no fue un prestidigitador. Su pan de vida no es un truco de magia, ni un juego escolástico de teoría abstractas sobre sustancias y accidentes. Antes de partir el pan se ha partido a sí mismo, se ha dado y repartido a diario, dejándose comer. Toda su vida fue eucaristía. Su vida entera da significado al partir, compartir y repartir el pan de vida. Comida en Galilea, Cena en Jerusalén, Sangre de Vida en el Gólgota, Eucaristías vivas en tantas y tantas comunidades de base…

Y hoy prosigue su presencia realísima en la vivencia cotidiana de hacer por las personas lo que él hizo, construyendo un mundo sin guerra ni hambre, un mundo de verdad, libertad, paz y justicia. Cuando todo esto se integra en un único acontecimiento liberador, eso es la Eucaristía auténtica, bien diferente de una misa rutinaria.

Tal es la prolongación del Corpus Christi Resucitado: la comunidad heredera y continuadora de su movimiento por el Reinado de la Vida; la comunidad reunida en torno a Jesús por su Espíritu (adorando en Espíritu de Verdad, Jn 4, 22-23), el nuevo lugar de adoración, llamado a sustituir a los templos anacrónicos, ya sean de Jerusalén, de Toledo o de basílicas romanas….

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