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Archive for 30 abril 2008

Una nueva opinión, de Juan Ignacio Calleja en su mirada samaritana, sobre la presencia de sacerdotes en los comités de ética de los hospitales. Este es el tercer comentario que publicamos en este blog.

Las cuestiones derivadas de la laicidad del Estado, de la vida pública en cuanto tal, ¡no de la vida social o de la sociedad civil en general!, nos están planteando nuevos casos, cuya resolución no tardaremos en adivinarlas con cierta naturalidad; pero todo esto nos llevará un tiempo. El instinto de quienes temen el viejo confesionalismo nacionalcatólico es negarle toda racionalidad a la moral, cualquier moral, de inspiración religiosa. ¡Cómo si un creyente pudiera dejar su condición de persona inteligente al referirse éticamente a los problemas humanos, y lo resolviera con una moral de la fe que no fuera coherente y convergente con la búsqueda humana de la verdad moral! (Y si lo hace así, peor para él). Y al contrario, los que no recuerdan con mucho reparo ese nacionalcatolicismo del Estado, tienden a ver laicismo trasnochado en cualquier razonamiento que diga que la moral es un asunto de todas las personas y de todas las cosmovisiones, y no un exclusiva de las religiones (y menos de los curas), sino de éstas con todos los demás, en un diálogo ético de la sociedad civil, el que inspira sus leyes mediante procedimientos democráticos. Lógicamente, a veces con contento para todos, y a veces, no; y algunas veces con grave descontento de muchos, dando lugar a los casos de objeción de conciencia en una democracia, con sus requisitos estrictos y bien claros.

En ese horizonte, parece lógico diferenciar cada caso. Por ejemplo, yo me tenía que referir recientemente en Vida Nueva al caso de la cofrade expulsada de la Cofradía por causa de su “matrimonio del mismos sexo”, y parece lógico que de no haber en juego un derecho humano fundamental, ésta es la cuestión, la Cofradía, ¡asociación privada de derecho eclesiástico”, se pueda regir por sus estatutos, el derecho canónico y la moral católica. Luego está la cuestión de si el trato en el caso concreto es moral en cuanto digno y humano, pero el derecho parece lógico.

Otro supuesto, por ejemplo, es el de los profesores de religión católica que pierden su trabajo por razón de algún comportamiento de su vida privada, por ejemplo vivir en pareja de hecho, plenamente legítimo en cuanto a la ley civil, y que sin tratarse de un derecho humano fundamental, sí que supone que la ley civil, por ejemplo, el Estatuto de los Trabajadores, declina ante una ley eclesiástica, el Derecho Canónico, con efectos en el ámbito laboral, por hechos moralmente no aceptables para la Iglesia Católica. El Tribunal Constitucional ha declarado que esto es así, dando la razón a la Iglesia y sus argumentos en el ámbito de la libertad de enseñanza religiosa y moral. A mí me parece que el Tribunal Constitucional en este caso sentencia con pérdida de la soberanía política del Estado, es decir, las leyes comunes que legitiman el comportamiento privado de esos profesores, no lo olvidemos, “trabajadores del Estado en un espacio público, la escuela”. Ésta es la diferencia con la Cofradía, ámbito privado y confesional.

Y por fin, el caso de los capellanes y su presencia en los CEAs, en las mismas condiciones que otros profesionales del Centro Hospitalario, no veo la dificultad desde la laicidad. Porque la laicidad no consiste en que no aparezca nadie de convicciones religiosas en un comité, el que sea, sino en que argumente con razones que todos puedan entender, discutir y compartir. Si estas personas, “los capellanes”, están muy bien preparadas, genial; si no lo están, las ignorarán como a los demás; si los Acuerdos Iglesia-Estado, crean algún privilegio en el caso, por comparación con otras religiones o grupos de la sanidad, debe corregirse; pero el argumento de que estas personas van a vigilar o controlar la moral por encima de los demás, no lo entiendo; ellos aportarán su punto de vista en el discernimiento, los demás les pedirán que hablen éticamente, es decir, convicciones y pautas razonadas en relación a la dignidad de la persona, y el comité valorará en más o en menos su aportación. Tampoco veo que por ser sacerdote, éste sea el especialista en moral en el comité, sino una voz, que desde una tradición religiosa y eclesial, la cristiano-católica, suma su voz al quehacer ético de la sociedad civil; en este caso, a su expresión como mundo de la sanidad y a sus pautas éticas para la orientación de los profesionales en los supuestos médicos más controvertidos.

De fondo, yo creo que la nueva laicidad tiene que acostumbrase a que en cualquier lugar aparezcan todas las voces sociales, sean o no religiosas, y éstas, nosotros, acostumbrarnos a que nuestras voces morales religiosas tienen que ser también éticas, es decir, argumentadas en clave de igualdad y razón humanas. Esta voz religiosa y moral puede representarla un capellán o un especialista sanitario “creyente” al que se le encomiende tal encargo. Por el contrario, insisto, no veo que la asistencia religiosa, diversa y rica, haya de desaparecer del sistema de salud, si así lo reclama la sociedad, “un derecho fundamental”, y no veo por qué no pueda tener representación en los CEAS. Eso sí, con una voz religiosa y moral que, en cuanto ética, habla también el lenguaje de la moral civil. En caso contrario, nadie la entendería en la laicidad y esa palabra se perdería en un testimonio confesional, pero no confesante de la experiencia de fe, y su inspiración moral, ante la vida, la enfermedad y la muerte.

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¿Es posible perdonar?

X. Picaza escribe este comentario sobre el perdón en su blog

Los tres perdones de los israelitas

Promediaba ya la vida pública de Jesús cuando una tarde, mientras les enseñaba a sus discípulos en Cafarnaún, Pedro le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?” (Mt 18,21).
Los maestros judíos solían discutir la cantidad de veces que una persona tenía que perdonar. Y los Doctores de la Ley habían llegado a la conclusión de que un hombre debía perdonar a su hermano hasta tres veces. Porque, decían, Dios en las Escrituras perdona siempre hasta tres veces, y la cuarta vez castiga. En efecto, en el libro del profeta Amós se anuncia que Dios castigó a varios pueblos por el cuarto pecado cometido. Allí el profeta declara: “Por los tres crímenes de Damasco, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,3). “Por los tres crímenes de Gaza, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,6). “Por los tres crímenes de Tiro, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,9). Y lo mismo va diciendo de Edom, Ammón, Moab, Judá, Israel (Am 1,11.13; 2,1.4.6).
De estas palabras, los israelitas deducían que si el perdón de Dios se limitaba a tres ofensas, no había que pedirle a un hombre que fuera más misericordioso que Dios. Por eso no existía la obligación de perdonar más de tres veces.
Pedro, al proponerle a Jesús perdonar hasta siete veces, lo que hizo fue tomar los tres perdones de los israelitas, multiplicarlos por dos, y agregarle uno. Y así, muy contento y satisfecho, pensaba haber dado un gran paso de generosidad, superando en misericordia a los maestros judíos. Esperaba, pues, escuchar las felicitaciones de Jesús.

Setenta veces siete

Pero Jesús le respondió a Pedro de uno modo inesperado y sorprendente: “No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22).
La expresión “setenta veces siete” no significa 490 veces, como puede parecer si la tomamos literalmente (70 x 7 = 490). Incluso la versión del evangelio de Lucas, tomada textualmente, es aún más extrema: “Si tu hermano peca contra ti siete veces al día, y las siete veces te dice: «Me arrepiento», debes perdonarlo” (Lc 17,4). Siete veces al día, equivalen a ¡2.555 perdones al año!
Lo que Jesús quiso decir con esta frase simbólica es que debemos perdonar “siempre”, sin poner límites. Que el perdón no debe ser una excepción, o un favor que le hacemos a alguien, sino un modo habitual de nuestra vida.
¿Por qué usó Jesús la expresión “setenta veces siete”? Por la historia de Caín y Abel narrada en el Génesis. Allí se cuenta que Caín era tan malvado que cuando alguien le hacía un daño, él no se vengaba una vez sino siete veces (Gn 4,15). Este resentimiento se fue transmitiendo a sus descendientes de tal manera, que uno de sus nietos llamado Lámek adquirió el hábito de vengarse, por cada ofensa que le hacían, setenta veces siete (Gn 4,17-24). Y fue esa violencia creciente la que provocó la ruina de la sociedad de aquel tiempo, con el diluvio universal.
Recordando esta vieja historia, Jesús quiso enseñar que a las ansias de venganza, los cristianos debemos oponer el perdón fraterno. Únicamente con el perdón es posible salvar del desastre a la nueva sociedad de los cristianos. Y para resaltar esta contraposición, utilizó la misma expresión de la historia de Caín.

Qué no es el perdón

Varias veces enseñó Jesús a sus discípulos que debían perdonar. Y para que no olvidaran esta obligación la dejó inmortalizada en el Padrenuestro, cuando enseñó a pedirle a Dios: “Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Lc 11,4). “Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial los perdonará a ustedes; pero si no perdonan a los hombres, tampoco el Padre perdonará las ofensas de ustedes” (Mt 6,14-15).
Sin embargo, y a pesar del énfasis que Jesús puso en este mandato, pocas cosas hay que le cuesten tanto a los cristianos como perdonar. Y eso se debe a que tienen una idea equivocada sobre el perdón.
El primer error consiste en creer que cuando uno perdona le hace un favor a su enemigo. En realidad cuando uno perdona se hace un favor a sí mismo. La misma experiencia nos enseña que cuando guardamos rencor a alguien, o tenemos un resentimiento hacia otra persona, somos nosotros los únicos perjudicados, los únicos que sufrimos, los únicos lastimados; y nos causamos daño, pasando noches sin dormir, masticando odios, envenenando nuestra mente y atormentándonos con ideas de venganzas. Mientras tanto, nuestro enemigo está en paz y no se entera de nada.
Es llamativo cómo la medicina moderna, cada vez más, reconoce que los sentimientos negativos o de odio hacia otra persona producen enfermedades físicas y psíquicas, provocan infartos, disfunciones coronarias, afecciones cardíacas, problemas en los huesos, en la piel y el sistema inmunológico. Incluso muchas de nuestras dolencias – explica la ciencia médica – son en el fondo producto de nuestros rencores ocultos. Es indudable que nuestro enemigo estaría feliz si se enterara del daño que su recuerdo provoca en nosotros.

Para tener más vida

Equivocadamente, pues, solemos creer que el que perdona pierde. En realidad el que perdona gana. Porque perdonar es quitarse uno mismo una espina dolorosa e infectada, capaz de envenenar toda una vida.
El odio causa mayor daño a quien lo tiene que a quien lo recibe. Y el que se niega a perdonar sufre mucho más que aquél a quien se le niega el perdón. Porque cuando uno odia a su enemigo, pasa a depender de él. Aunque no quiera, se ata a él. Queda sujeto a la tortura de su recuerdo, y al suplicio de su presencia. Le otorga poder para perturbar su sueño, su digestión, su salud entera, y convertir toda su vida en un infierno. En cambio cuando logra perdonar, rompe los lazos que lo ataban a él, se libera, y deja de padecer.
Por eso cuando Jesús pidió que perdonemos a los demás, no lo dijo pensando en los demás. Lo dijo pensando en nosotros. Porque dentro del proyecto de Jesús está que sus seguidores sean gente sana, y que puedan vivir la vida en plenitud. Él mismo lo afirmó: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

¿Perdonar es justificar?

La segunda idea errónea que los cristianos tienen sobre el perdón, es creer que perdonar significa justificar. Que si uno perdona, de algún modo es porque “comprende” la actitud del otro, la minimiza. Que perdonar es, en el fondo, una manera de decir “aquí no ha pasado nada”.
Y no es así. A veces es mucho y muy serio lo que ha pasado. Pero si a pesar de ello uno perdona, no es porque cierra los ojos ante la evidencia de los hechos, ni porque le resulta indiferente el mal que se ha producido. Cuando a Jesús le presentaron una mujer sorprendida en pleno adulterio, Jesús la perdonó. Pero no justificó su mala conducta, ni le dijo que estaba bien lo que había hecho. Al contrario. La despidió aconsejándole: “Vete, y de ahora en adelante no peques más” (Jn 8,3-11). Con lo cual el Señor reconoció la gravedad del pecado cometido por la mujer.
Cuando uno perdona, pues, reconoce que el otro ha obrado mal, que ha cometido un hecho más o menos grave; pero aun así, y a pesar de todo, decide perdonarlo para preservar su propia salud y su bienestar interior.
Perdonar, entonces, no es “disculpar”. No es liberarlo de la culpa al otro. No. Aun cuando el otro sea culpable de una mala acción, uno debe buscar perdonarlo, porque de esa manera se está librando de un sentimiento de frustración y tristeza que puede intoxicarlo. Perdonar siempre las ofensas, los agravios y los insultos no es minimizar la diferencia entre el bien y el mal, ni convertirse en cómplice del injusto, sino asumir una higiénica actitud de vida, que produce, a la larga, efectos benéficos y saludables.

¿Perdonar es olvidar?

La tercera idea errónea que los cristianos tienen sobre el perdón, es creer que perdonar implica el olvidar.
Y no es así. Jesús nunca pidió a los cristianos que olvidaran las ofensas recibidas. Y esto por una razón muy simple: porque el olvidar o no algo depende de la memoria que uno tenga. Y la memoria es una facultad que no depende de nuestra voluntad. La misma experiencia nos muestra que muchas veces uno quisiera recordar algo y no puede; y otras veces desearía olvidar ciertas cosas y no lo logra.
Por lo tanto si alguien tiene buena memoria, aunque no quiera, recordará durante mucho tiempo las cosas que le pasaron. Especialmente si fueron desagradables, pues el recuerdo de un hecho depende de su carga afectiva; y los sucesos desagradables tienen una gran carga de emotividad, por lo que se fijan mucho más en el recuerdo.
No es posible, pues, imponer el olvido a voluntad. Sería ciertamente mucho más fácil perdonar si hubiera olvido (como sería mucho más fácil la bondad humana si no hubiera tentaciones). Pero el hecho de que uno no olvide, no significa que no perdone. Porque uno puede recordar espontáneamente los recuerdos más dolorosos y dañinos, y no por eso sufrir el desgaste interior propio de quien guarda un doloroso rencor.

¿Perdonar es restaurar?

La cuarta idea errónea que los cristianos tienen sobre el perdón, es creer que perdonar significa volver necesariamente las cosas a como estaban antes del enojo. Que si uno perdonó a un amigo, debe devolverle la amistad; que si uno perdonó a un empleado infiel, debe devolverle la confianza; que si uno perdonó a alguien con quien convivía, debe aceptarlo nuevamente con él; que si uno perdonó a un ser querido, debe volver a sentir cariño por él.
Pero eso no es así. No siempre se puede devolver toda la confianza a quien nos defraudó, aun cuando se lo perdone. No siempre se puede volver a sentir aprecio o estima por quien nos ha ofendido, ni reanudar la amistad con quien nos ha agraviado. Más aún: a veces resulta una imprudencia restituir la confianza a quien nos ha engañado una vez. No obstante ello, lo puedo perdonar.
El perdón, pues, no implica reponer sentimientos ni afectos; eso nunca lo ordenó Jesús. Tampoco el perdón me impide que yo reclame la restitución de los derechos violados por el ofensor, o la reparación de la injusticia que él cometió, o el digno castigo que él se merece, siempre que yo no busque en ello la venganza personal, sino la justicia.

¿Perdonar es aceptar disculpas?

Un quinto y último error acerca del perdón consiste en creer que, para perdonar a alguien, tengo que esperar a que él se arrepienta y me pida perdón.
Pero no es así. Si así fuera, nuestra posibilidad de perdonar (y por ende de sanarnos interiormente) estaría condicionada por nuestro enemigo. Dependería de que él quiera darnos la oportunidad de que lo perdonemos, viniendo a pedirnos perdón; y en caso de no hacerlo, nuestro perdón se vería frustrado.
Pero el perdón, según Jesús, no está condicionado a nada. Por eso cuando Pedro le preguntó “¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga?”, no añadió “siempre y cuando él me pida perdón”, ni “siempre y cuando él se muestre arrepentido”. Se perdona y basta.
¿Pero acaso para que Dios perdone no hace falta estar arrepentidos de lo que hicimos? ¿No enseña eso la parábola del hijo pródigo? Sí, pero porque el perdón que da Dios y el perdón que dan los hombres son diferentes. Cuando Dios perdona, no lo hace para sanarse Él, sino para sanarnos a nosotros del pecado y devolvernos su amistad; por eso hace falta que estemos arrepentidos y le pidamos disculpas. Pero cuando el hombre perdona, lo hace para sanarse él mismo, y librarse él mismo de las secuelas que le dejó la violencia vivida. Y para eso no hace falta que el otro se arrepienta. Basta con que uno quiera perdonar.

Qué es el perdón

Si perdonar no es favorecer al enemigo, ni justificar su conducta, ni olvidar su agravio, ni restaurar su amistad, ni esperar sus disculpas, ¿en qué consiste entonces el perdón?
El perdón es, ante todo, una decisión. Cada uno la puede tomar o no, según su parecer. Es algo independiente del sentimiento; se puede perdonar aun cuando uno no lo “sienta”. Es algo independiente incluso de lo que haga el otro; aun cuando el ofensor no pida disculpas, ni se arrepienta de lo que hizo, se puede igualmente perdonar. El perdón, pues, no está subordinado a nada, ni depende de que el otro cumpla ciertos requisitos. Uno perdona simplemente porque quiere hacerlo.

En segundo lugar, es una decisión personal. Para ello no es necesario hablar con quien me ofendió. Porque podría ocurrir que éste no quiera escucharme, o que se encuentre lejos, o que haya fallecido, y entonces mi perdón se vería frustrado. El perdón es algo que cada uno lo realiza en su interior, mediante un diálogo con Dios. El evangelio de Marcos cuenta que Jesús, hablando un día de la oración, dijo: “Cuando se pongan de pie para rezar, perdonen si tienen algo contra alguno” (Mc 11,12). O sea que si en el momento de orar en la sinagoga alguien recordaba que tenía un enojo con otro, allí mismo ante los ojos de Dios podía perdonar al agresor y liberarse del odio que conservaba.

El perdón se concede silenciosamente en el corazón, mediante una plegaria que uno realiza (las veces que sea necesario) perdonando al ofensor.

¿Y cómo puede uno saber que ya ha perdonado? Siguiendo ciertos consejos del Nuevo Testamento podemos descubrir algunas pautas. Primero, cuando ya no se le desea el mal al otro, según las palabras de Jesús: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odien, bendigan a quienes los maldicen” (Lc 6,27-28). Segundo, cuando se ha renunciado a la venganza, tal como lo enseña san Pablo: “No devuelvan a nadie el mal por mal; no se venguen de nadie” (Rm 12,17.19). Y tercero, cuando uno es capaz de ayudar a su ofensor si lo ve pasar necesidad; es lo que dice san Pablo: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; haciendo esto amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza” (Rm 12,20). Pueden ser tres señales de que uno ha perdonado.

Perdonar para sanar

En cierta oportunidad, un joven de un pueblo debió viajar hasta la capital. Mientras iba en colectivo, y sin que él se diera cuenta, alguien le sustrajo lo más precioso que tenía: un reloj que su padre le había regalado con mucho sacrificio antes de morir. Cuando cayó en la cuenta, su corazón se llenó de una gran amargura y sintió un profundo odio hacia el desconocido que le había quitado su valioso tesoro. Y desde ese momento sus pensamientos se centraron en el anónimo ladrón. Pensaba en él día y noche, lo odiaba con todo su corazón, y su rencor crecía cada vez que debía mirar la hora en el otro reloj más pequeño que ahora usaba. Había noches en que no dormía de rabia e impotencia. Se volvió irritable e iracundo con su propia familia. Hasta que un día, agobiado por tanto resentimiento, hizo esta oración: “Señor, ya no puedo seguir así. Por eso quiero perdonar a ese ladrón que se llevó mi reloj. Más aún: quiero regalarle mi reloj. De manera tal que cuando ese ladrón muera, Tú no lo juzgues por este robo, porque no hubo ningún robo. Yo ya le regalé mi reloj”. A partir de ese día, el joven fue feliz. Recuperó la alegría que durante meses había perdido, porque ya no trajo más a su memoria aquel hecho torturante. Y desde entonces pudo vivir en paz.
Perdonar es soltar de la mano una brasa encendida, que asimos tontamente en algún momento de la vida, y que nos lacera y nos quita las ganas de vivir. En cambio la falta de perdón es capaz de enfermarnos, envenenarnos, y volvernos malos.
Por eso es muy acertado el consejo de san Agustín: “Si un hombre malo te ofende, perdónalo, para que no haya dos hombres malos”.

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La revista cristiana 21rs ofrece en su número de mayo, coincidiendo con la celebración de su 90 aniversario, una encuesta exclusiva, realizada por Taiss Investigación, a los laicos comprometidos en acciones pastorales de las parroquias. El estudio ofrece un nítido retrato robot de del laico comprometido: fiel a su labor, con conciencia crítica, dispuesto a cambios sensibles como el celibato opcional y que quiere una Iglesia cercana a los más necesitados y abierta al diálogo.

Poco o nada de acuerdo con la afirmación de que los católicos están perseguidos

Sólo 1 de cada 4 encuestados está de acuerdo con la afirmación de que los católicos están perseguidos en España. En concreto, el 18,4% está “bastante de acuerdo” y un insignificante 6% está “muy de acuerdo”. El 47,6% está “nada de acuerdo” y un 28% está sólo “algo de acuerdo”.

Menos partidarios que los sacerdotes de la autofinanciación de la Iglesia

A diferencia de la opinión mayoritaria de los sacerdotes a este respecto, los laicos se muestran mayoritariamente partidarios de que el Estado financie a la Iglesia. Sólo 1 de cada 4 considera que la Iglesia debe financiarse por sí misma y renunciar al dinero del Estado para ser más libre.

Se sienten “valorados y admirados” por la gente

El principal motivo que esgrimen los laicos para pertenecer a un grupo de acción pastoral de su parroquia es “poder entregarse a los demás” (2 de cada 3). Le siguen la realización como persona (57,7%), sentir esa vocación (53,4%)?y el ambito cristiano de la familia (52,1%).
En coherencia con esto, el 53% de los entrevistados señala “el bien que se puede hacer a los demás a través de ese compromiso” como principal satisfacción. Más del 80% de los entrevistados sitúa su nivel de satisfacción entre el 8 y el 10, con una altísima nota de 8,5.
A ello se añade que el 50% sienten que son “valorados y admirados” socialmente por la labor que realizan. Sólo un 17,5% los consideran, a su juicio, “personas raras”.

Los obispos, los peor valorados

Los misioneros y religiosas y religiosos que trabajan al cuidado de enfermos y marginados obtienen la mejor puntuación entre las personas a las que más admiran, mientras que los obispos, en el último lugar de la clasificación, y los laicos pertenecientes a movimientos eclesiales organizados obtienen la peor. Incluso por debajo de aquellas personas “de cualquier tipo y creencia” que trabajan en ONG.

A favor del celibato opcional

2 de cada 3 laicos están a favor del celibato opcional y el 49,4% son partidarios del sacerdocio femenino. Datos superiores a los ofrecidos por los sacerdotes, pero en clara coherencia.

Poco formados

A menor formación académica, mayor compromiso cristiano con las parroquias. Así se deduce de los datos recogidos en la encuesta de 21.
El 32,5% tiene estudios secundarios y el 31,2% tan sólo etudios primarios. Sólo un residual 1,2% es doctor.
A ello se añade que más de la mitad de los consultados declara un déficit de formación cristiana, especialmente en temas como Teología, Biblia, Moral o Doctrina de la Iglesia. Un 10,9% se declara poco formado y un 42,5% ta sólo “algo formado”.
Los que tienen más formación son más partidarios de la autofinanciación de la Iglesia, la opcionalidad del celibato y el sacerdocio femenino. También se muestran más de acuerdo con que el laico asuma más responsabilidades autónomas en la Iglesia y tienen mayor sentido crítico en relación con la esperanza frustrada del Concilio Vaticano II.

Corresponsabilidad con el sacerdote

Casi un 40% de los encuestados opina que sacerdotes y laicos actúan con una responsabilidad compartida y equilibrada. Otro tercio considera que actúan con un grado de autonomía total dentro de su área, aunque con la supervisión última de los sacerdotes. Y al tercio menos numeroso le gustaría asumir más responsabilidades, sin tener que depender de los sacerdotes. Sólo 1 de cada 10 se queja de que los sacerdotes ordenan y los laicos obedecen.

8 de cada 10 apelan a la propia conciencia en cuestiones morales

Los laicos apelan a la propia conciencia a la hora de decidir en cuestiones morales. Así lo hacen 8 de cada 10, pese a que respetan las orientaciones morales del Papa y admiten que las tienen en cuenta. Sólo un 15% trata de seguir totalmente dichas orientaciones sin discutirlas. Y un exiguo 7,4% manifiesta estar en desacuerdo con algunas orientaciones del Santo Padre, en concreto con aquellas que se refieren a moral sexual y matrimonial.
Precisamente en materia de moral sexual se produce un curioso reparto de respuestas en tres tercios muy equilibrados: los que piensan que debe seguirse al pie de la letra (33,7%), los que piensan que la Iglesia no debiera ser tajante en estos temas y dejar la decisión final a la conciencia de cada uno (33%) y los que consideran que “algunas orientaciones de la Iglesia sobre moral sexual parecen desconocer la naturaleza humana, respiran un aire negativo sobre la sexualidad y su cumplimiento a rajatabla puede acarrear graves males en algunos casos” (33,3%).

Sólo 1 de cada 5 laicos considera las orientaciones de los obispos “necesarias y oportunas”

En cuanto a las orientaciones de los obispos españoles, sean éstas morales o no, sólo 1 de cada 5 (19%) laicos las considera “necesarias y oportunas” y trata de seguirlas generalmente.
Un 21% de los encuestados “no suele tenerlas en cuenta en su vida particular” y un 13,3%?más “no lee los comunicados ni está al tanto de dichas orientaciones” . Incluso el 26,4% que manifiesta atender las orientaciones de los obispos, actúa finalmente “según la propia conciencia”. Y un 19% cree que los obispos “no deberían entrar en cuestiones políticas que dividan”.

El mayor reto de la Iglesia: “estar con los pobres y necesitados”

Las actuaciones de la Iglesia que producen mayor satisfacción a los laicos son las que aúnan comprensión-compasión-diálogo-apertura (destacado por el 39,4% de los encuestados) y aquellas acciones más sensibles a los más necesitados (señalado por el 36,3%). Sólo un 14% se identifica especialmente con pronunciamientos de la jerarquía y un 10% muestra su mayor satisfacción cuando comprueba el liderazgo del Papa.
Consideran que el mayor reto de la Iglesia hoy es “estar con los pobres y necesitados” (4 de cada 10 encuestados así lo señalaron). Tan sólo un residual 9% planteó como problema número uno de los católicos la división interna de la Iglesia.

Cuanto más jóvenes, más progresistas

Los más jóvenes son más partidarios de la autofinancicación de la Iglesia, el celibato opcional, el sacerdocio femenino (2 de cada 3 lo apoyan), la asunción de más responsabilidades por parte de los laicos y son los más críticos con las orientaciones del Papa. Exactamente igual que ocurre con las mujeres.

Catalanes y vascos, los más progresistas; madrileños y gallegos, los más conservadores

Si bien la variable autonómica no debe estimarse estadísticamente, en estricto rigor, puesto que no es suficientemente amplia cada submuestra, sí que la proporcionalidad seguida aporta matices ilustrativos a reseñar.
País Vasco y Cataluña resultan ser las comunidades más abiertas a cuestiones como el celibato y el sacerdocio femenino, seguidos por los andaluces, y donde se enfatiza el hecho de que el Concilio Vaticano II fue frenado desde el interior de la Iglesia. En la posición contraria se encontrarían Madrid, Galicia y Valencia. Sin embargo, es precisamente en las comunidades madrileña y gallega donde hay más partidarios de que los laicos asuman mayor autonomía.
Los entrevistados andaluces son los que más destacan el compromiso con los pobres y necesitados como el principal reto de la Iglesia.
Pero el dato que más destaca es que los entrevistados vascos señalen como principal problema de la Iglesia actual “el alejamiento de la realidad social que revelan algunas actuaciones de la Jerarquía”. Así lo afirman el 45,7% de ellos, porcentaje muy superior a los obtenidos en otras comunidades a esta cuestión.

El Vaticano II, frenado desde el interior de la Iglesia

Al igual que se hiciera en la encuesta realizada en 2007 al clero secular, se ha querido preguntar a los encuestados por el Concilio Vaticano II como indicador de una determinada sensibilidad eclesial. Entre los laicos, 4 de cada 10 encuestados considera que ha sido frenado desde el interior de la Iglesia, siendo una gran esperanza frustrada. Sin embargo, destaca que 3 de cada 10 expresan desconocimiento de las aportaciones de este importante Concilio.

Ficha técnica

* Taiss investigación ha realizado, durante los meses de febrero y marzo, entrevistas a través del teléfono o cara a cara a 815 individuos laicos, no pertenecientes a movimientos, vinculados a parroquias. Del total de entrevistas, el 75% corresponde al ámbito urbano, el 52,5% son mujeres, y pertenecen a las siguientes franjas de edad: 18-30 años (10,7%), 31-45 años (25,6%), 46-60 años (29,8%), 61-70 años (24,3%) y más de 71 años (9,6%).

Son extremadamente fieles a la labor que desarrollan: casi la mitad (47,8) lleva más de 8 años en la acción pastoral. En términos de adscripción politica, se sitúan algo más a la derecha que el conjunto de la población general.

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Como decíamos ayer hoy publicamos la opinión de Juan Masiá publicad aen el blog que tiene en periodista digital

En España no se entendería. Un monje budista y un teólogo católico invitados como “miembros legos” a un Comité de Bioética de una institución sanitaria estatal no confesional.

Desde mi experiencia de convivir normalmente con la laicidad secular en un contexto pluralista y tolerante, me choca la noticia sobre la división de opiniones en España acerca de la presencia de personal religioso en Comités de Ética Asistencial.

Mi experiencia positiva en Japón es la no ser ni privilegiado ni excluído como religioso, sino admitido e invitado con normalidad al debate bioético pluridisciplinar. (En Japón no hay acuerdos Iglesia-Estado, ni Convenios como el recientemente cuestionado en Madrid. Es atinadísimo el análisis que hace Francisco Prat, experto en Bioética, de Cristianos en el PSOE, en su artículo “Curas en Comités de Ética Asistencial”, Eclesalia, 25-IV-08).

Entre los “miembros legos” (en inglés, “lay members”, de fuera de la especialidad y de fuera de la institución), una socióloga, un ama de casa, una periodista, un monje budista y un teólogo católico. Naturalmente, se supone que los miembros religiosos no representan ni imponen ninguna postura oficial de su propia pertenencia confesional. Pero sí se espera de ellos que conjuguen competencia ética, capacidad dialogal y perspectiva religiosa personal, que se propone y no se impone.

Ya me gustaría que en España fuera posible esta “normalidad laica, secular, pluralista,y tolerante”. Lo impiden los prejuicios de los dos extremos típicos de las “dos Españas” anacrónicas: 1) la del integrismo eclesiástico-político, y 2) la del anticlericalismo alérgico, ambas acomplejadas por síndromes persecutorios. (Confiemos en que una tercera o cuarta alternativa –la de una gran mayoría de personas en el estado español- prevalezca sobre esas otras dos Españas trasnochadas).

En Japón, donde ni privilegian a la persona religiosa ni la excluyen, es más fácil colaborar con la laicidad secular, sin necesidad ni de ocultar la confesionalidad, pero sin imponer las creencias; por tanto, con mayor libertad y normalidad que en España para participar dialogal y abiertamente en el debate bioético, así como para proponer la propia perspectiva religiosa con libertad a quienes, sin compartirla, son capaces de respetarla.

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ética asistencial

Todos hemos leido y oido las reacciones al acuerdo firmado entre la Comunidad de Madrid y El Arzobispado sobre la presencia de sacerdotes en los Cómites de ética asitenciala en los hospitales.

Como casi siempre las opiniones, sin razones en muchos casos, han sido algo viscerales.
Intentando dar argumentos para tomar una postura inteligente sobre el tema , este blog va a publicar diversos puntos de vista sobre la ética asistencial.

Hoy publicamos el comentario de FRANCISCO PRAT, experto en bioética, Cristianos en el PSOE, publicado en el blog Eclesalia.net, un portal religioso con unos cuantos años a sus espaldas.

Mañana publicaremos un comentario de Juan Masiá, jesuita, que es consultor del Episcopado de Japón, sobre Biología y profesor de dos universidades japonesas.

ética asistencial

CURAS EN COMITÉS DE ÉTICA ASISTENCIAL
FRANCISCO PRAT, experto en bioética, Cristianos en el PSOE
MADRID.

De nuevo, la bioética se convierte en cuestión polémica, controvertida. En este caso, a cuenta de la noticia, aireada la semana pasada, de la presencia de los curas en los Comités de Ética Asistencial en los hospitales públicos de la Comunidad de Madrid. Los medios, con frecuencia, tergiversan la realidad. Así, rezaba un titular que “los comités de Ética Asistencial son los que deciden la aplicación de la sedación o la eutanasia en los cuidados paliativos”. Es inexacto e incierto.

Los Comités de Ética Asistencial (CEAs) son un órgano de carácter consultivo y entre las funciones expresamente excluidas de su competencia está la toma de decisiones vinculantes o el subrogarse en la responsabilidad de quien presenta una consulta. Es decir, las decisiones de carácter clínico le corresponden al médico siempre. El Comité tan solo emite informes no vinculantes a solicitud de un profesional que desea consultarle sobre aspectos éticos. No puede tampoco juzgar la corrección o incorrección ética de la actuación de un profesional.

Respecto a su composición, suele ser plural; es decir, médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales, juristas, expertos en bioética, miembros “legos” ajenos a la institución, etc. En aquellas instituciones en las que se cuenta con asistencia religiosa católica, los curas suelen pertenecer a los CEAs. Entre otras cosas, porque no es fácil encontrar a personas disponibles para participar en esos grupos, y los curas suelen estarlo.

En los hospitales públicos rige un Acuerdo Iglesia-Estado sobre Asistencia Religiosa Católica en los Centros Hospitalarios Públicos de 1985, que se enmarca en los acuerdos entre el Estado y la Santa Sede de 1979. Es en ese contexto en el que se firma el polémico Convenio entre la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid y el Arzobispado madrileño. Dicho Convenio se firmó en 1997 y ahora en 2008. En él se dice que “el Servicio de Asistencia Religiosa, a través de sus legítimos representantes, formará parte del Comité de Ética y del Equipo Interdisciplinar de cuidados paliativos.

¿Deben los curas formar parte de los Comités? La tradición ha atribuido al clero cierto halo de “expertía” en el manejo de los temas morales. De algún modo, la sociedad reconocía a los sacerdotes el papel de “guía moral” o depositarios de la verdad moral. Hoy, en la España del siglo XXI, afortunadamente las cosas han cambiado mucho. La pluralidad de nuestra sociedad hace que convivan diversos “universos morales”, superando el escenario del pasado en el que había un único “código moral” que era, huelga decirlo, el católico. Entonces, nadie ponía en cuestión que los intérpretes del código fueran los sacerdotes. Cosa distinta es que algunos sectores de la Iglesia añoren aquel estado de cosas y deseen volver a esa situación pasada. Es el caso de buena parte de nuestra jerarquía.

La pregunta sobre si deben los curas formar parte de los Comités podría reformularse en estos términos: ¿qué curas en los Comités? Si son curas que se sienten en posesión de la verdad moral, es mejor –mucho mejor- que no formen parte de los CEAs. El sacerdote –el creyente, en definitiva- que quiera tener cierta “autoridad” en temas de bioética y asistencia a la persona enferma, deberá ser creíble por sus actos, por su formación seria y rigurosa en bioética, por su talante abierto y dialogante, por su capacidad de reconocer en el otro, en el que no piensa como él, su “pedazo” de verdad moral, por su capacidad de trabajar en equipo como iguales. Si el cura es así, entonces resultará evidente al resto de los miembros del Comité, que debe seguir perteneciendo al mismo. Y lo será no en cuanto sacerdote, sino en cuanto persona.

Porque, de hecho, los miembros del Comité lo son a título personal y no en razón de su cargo; es decir, cuando un médico habla en un Comité no representa a los médicos, ni cuando una enfermera habla lo hace en nombre del colectivo de enfermería; no es así en los CEAs, sino que, al contrario, cada uno habla desde su experiencia y opinión personalísima. Así, nadie puede pretender ver en la opinión de un médico la opinión de la Medicina. Del mismo modo, nadie debería pretender ver en la deliberación de un cura en un CEA la opinión de la Iglesia Católica. Por tanto, en mi opinión, los curas no deberían pertenecer “de oficio” a los Comités, sino como expertos en cuestiones bioéticas.

El problema es que, en general, pocos –muy pocos- sacerdotes tienen formación en bioética, en habilidades de comunicación con el paciente, en enfermería, en pastoral de la salud. La falta de preparación del clero español en estos temas es alarmante. Y, en muchos casos, por esa posición del falso sabio para quien no es necesario saber otras cosas si se sabe de una sola. Y como saben mucho de “cosas de la Iglesia” poca falta les hace lo demás. Por eso, entonces, son percibidos como alguien que se sitúa por encima de los demás. En mi opinión, es preferible que curas con ese perfil se mantengan fuera de la deliberación moral. Simplemente, porque no están preparados.

Por tanto, el sacerdote en el Comité, sí y no. Sí, en cuanto experto en bioética y no en cuanto representante de una confesión religiosa. Lo que los CEAs necesitan son personas abiertas al diálogo, prudentes y con conocimientos en bioética. Sean o no curas. A efectos del Comité, la condición de uno de sus miembros (casado o soltero, hombre o mujer, cura o laico) debería ser irrelevante. Porque además, otras confesiones religiosas tienen todo el derecho a reclamar que, si hay curas en los Comités en calidad de representantes de una confesión, también haya representantes de la suya.

En esta polémica que os ocupa, toca reconocer el importantísimo papel que la institución eclesial ha jugado y juega en la asistencia sanitaria en nuestro país. Y, desde esa valoración positiva, explorar caminos en pos de una sociedad más democrática y participativa. Ello implica ir implementando el principio de una sana e incluyente laicidad, que respete el hecho religioso como fuente de valores e impulse el diálogo cívico en busca de puntos de acuerdo laicos en los que todos, independientemente de nuestras creencias, podamos vernos reflejados. Y la inclusión de sacerdotes en los Comités en virtud de un Convenio no camina en esa dirección. Camina más bien en la dirección contraria.

Por tanto, desde mi postura de creyente católico y militante socialista de Madrid, comparto la demanda de que se derogue el vigente Convenio entre la Comunidad de Madrid y el Arzobispado. Eso sí, hágase sabiendo por qué y para qué, y no como una visceral reacción anticlerical. Porque si lo hacemos de este modo, tampoco estaremos contribuyendo a una sana e incluyente laicidad.

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carta a un maltratador

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Fernando Orden Rueda de 2.º de Bachillerato, de Ciencias de la Salud. IES Bioclimático, de Badajoz. II Premio del II Concurso Nacional ‘Carta a un maltratador’, convocado por la Asociación ‘Juntos contra la violencia doméstica’.

Para ti, cabrón: Porque lo eres, porque la has humillado, porque la has menospreciado, porque la has golpeado, abofeteado, escupido, insultado… porque la has maltratado. ¿Por qué la maltratas? Dices que es su culpa, ¿verdad? Que es ella la que te saca de tus casillas, siempre contradiciendo y exigiendo dinero para cosas innecesarias o que detestas: detergente, bayetas, verduras… Es entonces, en medio de una discusión cuando tú, con tu ‘método de disciplina’ intentas educarla, para que aprenda. Encima lloriquea, si además vive de tu sueldo y tiene tanta suerte contigo, un hombre de ideas claras, respetable. ¿De qué se queja?

Te lo diré: Se queja porque no vive, porque vive, pero muerta. Haces que se sienta fea, bruta, inferior, torpe… La acobardas, la empujas, le das patadas…, patadas que yo también sufría.

Hasta aquel último día. Eran las once de la mañana y mamá estaba sentada en el sofá, la mirada dispersa, la cara pálida, con ojeras. No había dormido en toda la noche, como otras muchas, por miedo a que llegaras, por pánico a que aparecieses y te apeteciera follarla (hacer el amor dirías) o darle una paliza con la que solías esconder la impotencia de tu borrachera. Ella seguía guapa a pesar de todo y yo me había quedado tranquilo y confortable con mis piernecitas dobladas. Ya había hecho la casa, fregado el suelo y planchado tu ropa. De repente, suena la cerradura, su mirada se dirige hacia la puerta y apareces tú: la camisa por fuera, sin corbata y ebrio. Como tantas veces. Mamá temblaba. Yo también. Ocurría casi cada día, pero no nos acostumbrábamos. En ocasiones ella se había preguntado: ¿y si hoy se le va la mano y me mata? La pobre creía que tenía que aguantar, en el fondo pensaba en parte era culpa suya, que tú eras bueno, le dabas un hogar y una vida y en cambio ella no conseguía hacer siempre bien lo que tú querías. Yo intentaba que ella viera cómo eres en realidad. Se lo explicaba porque quería huir de allí, irnos los dos…Mas, desafortunadamente, no conseguí hacerme entender.

Te acercaste y sudabas, todavía tenías ganas de fiesta. Mamá dijo que no era el momento ni la situación, suplicó que te acostases, estarías cansado. Pero tu realidad era otra. Crees que siempre puedes hacer lo que quieres. La forzaste, le agarraste las muñecas, la empujaste y la empotraste contra la pared. Como siempre, al final ella terminaba cediendo. Yo, a mi manera gritaba, decía: mamá no, no lo permitas. De repente me oyó. ¡Esta vez sí que no!–dijo para adentro-, sujetó tus manos, te propinó un buen codazo y logró escapar. Recuerdo cómo cambió tu cara en ese momento. Sorprendido, confuso, claro, porque ella jamás se había negado a nada.

Me puse contento antes de tiempo.

Porque tú no lo ibas a consentir. Era necesario el castigo para educarla. Cuando una mujer hace algo mal hay que enseñarla. Y lo que funciona mejor es la fuerza: puñetazo por la boca y patada por la barriga una y otra vez…

Y sucedió.

Mamá empezó a sangrar. Con cada golpe, yo tropezaba contra sus paredes. Agarraba su útero con mis manitas tan pequeñas todavía porque quería vivir. Salía la sangre y yo me debilitaba. Me dolía todo y me dolía también el cuerpo de mamá. Creo que sufrí alguna rotura mientras ella caía desmayada en un charco de sangre.

Por ti nunca llegué a nacer. Nunca pude pronunciar la palabra mamá. Maltrataste a mi madre y me asesinaste a mí.

Y ahora me dirijo a tí. Esta carta es para tí, cabrón: por ella, por la que debió ser mi madre y nunca tuvo un hijo. También por mí que sólo fui un feto a quien negaste el derecho a la vida.

Pero en el fondo, ¿sabes?, algo me alegra. Mamá se fue. Muy triste, pero serenamente, sin violencia, te denunció y dejó que la justicia decidiera tu destino. Y otra cosa: nunca tuve que llevar tu nombre ni llamarte papá. Ni saber que otros hijos felices de padres humanos señalaban al mío porque en el barrio todos sabían que tú eres un maltratador. Y como todos ellos, un hombre débil. Una alimaña. Un cabrón.

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Fuente: LA GACETA EXTREMEÑA DE LA EDUCACIÓN.

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Escrito por José Antonio Pagola en eclesalia

ECLESALIA, 23/04/08.- No hay en la vida una experiencia tan misteriosa y sagrada como la despedida del ser querido que se nos va más allá de la muerte. Por eso, el evangelio de Juan trata de recoger en la despedida última de Jesús su testamento: ¿qué van a hacer ahora sin Jesús?

Una cosa es muy clara para el evangelista. El mundo no va a poder «ver» ni «conocer» la verdad que se esconde en Jesús. Para muchos, Jesús habrá pasado por este mundo como si nada hubiera ocurrido; no dejará rastro alguno en sus vidas. Se necesitan unos ojos nuevos. Sólo quienes lo aman podrán experimentar que Jesús está vivo y hace vivir.

Jesús es la única persona que merece ser amada de manera absoluta. Quien lo ama así, no puede pensar en él como si fuera alguien que pertenece al pasado. Su vida no es un recuerdo. El que ama a Jesús vive sus palabras, «guarda sus mandamientos», se va «llenando» de Jesús.

No es fácil expresar esta experiencia. El evangelista la llama el «Espíritu de la verdad». Es una expresión muy acertada, pues Jesús se va convirtiendo en una fuerza y una luz que nos hace «vivir en la verdad». Cualquiera que sea el punto en que nos encontremos en la vida, acoger en nosotros a Jesús nos lleva hacia la verdad.

Este «Espíritu de la verdad» no hay que confundirlo con una doctrina. No se encuentra en los estudios de los teólogos, ni en los documentos del magisterio. Según la promesa de Jesús, «vive con nosotros y está en nosotros». Lo escuchamos en nuestro interior y resplandece en la vida de quien sigue los pasos de Jesús de manera humilde, confiada y fiel.

El evangelista lo llama «Espíritu defensor» porque, ahora que Jesús no está físicamente con nosotros, nos defiende de lo que nos podría separar de él. Este Espíritu «está siempre con nosotros». Nadie lo puede asesinar como a Jesús. Seguirá siempre vivo en el mundo. Si lo acogemos en nuestra vida, no nos sentiremos huérfanos y desamparados.

Tal vez la conversión que más necesitamos hoy los cristianos es ir pasando de una adhesión verbal, rutinaria y poco real a Jesús, hacia la experiencia de vivir enraizados en su «Espíritu de la verdad». (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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