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Archive for 31 marzo 2008

El Papa pide a los salesianos que vigilen su estilo de vida ante el avance de la secularización

El papa Benedicto XVI pidió hoy a los religiosos que “vigilen su estilo de vida” ante una secularización que avanza y “que afecta también a las comunidades de vida consagradas”. Ante este “avance de la secularización”, Benedicto XVI instó a las órdenes religiosas “a vigilar sus formas y estilos de vida, que corren el peligro de debilitar el testimonio evangélico, hacer ineficaz la acción pastoral y frágil la respuesta vocacional”.

Así lo indicó el Papa al recibir hoy en audiencia a los salesianos, que en estos días han celebrado su XXVI Capítulo General y reelegido al mexicano Pascual Chávez Villanueva como rector mayor.

A los miembros de la orden fundada por San Juan Bosco, el Papa les recordó sus “reglas de vida”, basadas en un “tenor de vida austero, pobreza evangélica practicada de manera coherente, el amor fiel a la Iglesia y generoso don de sí mismos a los jóvenes, a los necesitados y a los desamparados”.

Por otra parte, el Papa explicó que la Iglesia está llamada ahora más que nunca “a anunciar el Evangelio, y su carga de esperanza”, ante “un periodo de grandes cambios sociales, económicos, políticos, de conflictos no resueltos entre etnias y naciones”.

Sobre todo, añadió, ante “el llamamiento de los jóvenes (…) respecto a sus intensos deseos de vida plena, amor auténtico y libertad constructiva”.

El Pontífice recordó entonces a los salesianos la carta enviada a los fieles de Roma en la que mostraba su preocupación ante la “gran emergencia educativa” y sobre todo “ante las dificultades de las familias para afrontar los desafíos de la educación”.

Por ello, les pidió que “su predilección y compromiso a favor de los jóvenes, que son características del carisma de Don Bosco, se traduzcan en un mismo compromiso para la implicación en la formación de las familias”.

Ante este “deber”, el Papa instó a que esta Congregación “dé, especialmente a sus miembros, una sólida formación” ya que, añadió, “la Iglesia necesita urgentemente personas con una fe sólida y profunda, con una preparación cultural siempre al día, genuina sensibilidad humana y fuerte sentido pastoral”.

Estas son las palabras con las que el Rector Mayor de los Salesianos, don Pascual Chávez, ha iniciado su mensaje de saludo al Santo Padre Benedicto XVI con ocasión de la audiencia que ha concedido esta mañana a los salesianos capitulares: “Beatísimo Padre: Sentimos una gran alegría y consideramos un estupendo don de Dios poder encontrar a Vuestra Santidad con ocasión de nuestro 26º Capítulo General”

Don Chávez se ha referido en su mensaje también a la recomendación que Don Bosco solía hacer a sus salesianos respecto al sucesor de Pedro y de la Iglesia: “Toda fatiga es poca, cuando se trata de la Iglesia y del Papado”, decía el santo.

“El Capítulo que estamos celebrando –ha subrayado don Chávez- ha focalizado su atención en un importante núcleo carismático de nuestra Congregación Salesiana: “Da mihi animas, cetera tolle”. Esta breve oración es el lema que Don Bosco escogió, desde los comienzos, para su apostolado entre los jóvenes. Él quería expresar así, al mismo tiempo, su total entrega a Dios, una gran pasión apostólica, y la disponibilidad total para toda renuncia, con tal de poder realizar su misión”.

Don Chávez ha reportado también algunos datos sobre el actual empeño educativo de la Congregación: “Hace treinta años el Rector Mayor, don Egidio Viganò había dado origen al “Proyecto África”. Una vasta iniciativa de hermanamientos misioneros ha hecho que nuestra presencia se pudiese multiplicar, extendiéndose hasta llegar a 42 países del continente. Hoy los Hermanos en África son más de 1200 y la mayor parte de ellos son autóctonos.

En América Latina seguimos trabajando con gran empeño en el campo de la educación. Es siempre grande la atención a los jóvenes más pobres de las periferias urbanas, de la calle y también de las zonas menos desarrolladas del continente. En Asia y Oceanía, donde la religión católica está en un porcentaje pequeño, tenemos un gran florecimiento vocacional y la evangelización se lleva adelante con entusiasmo y con fruto, sobre todo entre las poblaciones de origen tribal. Así en India, en Indonesia, en Vietnam, en Timor, hasta las Islas Fiji y Samoa”.

El Rector Mayor se ha referido también a un ‘Proyecto Europa” hacia el cual se está orientando el CG26 “atento a renovar la presencia salesiana con mayor incisión y eficacia en este continente. Es decir, buscar una propuesta de evangelización para responder a las necesidades espirituales y morales de estos jóvenes, que nos parecen un poco como peregrinos sin guía y sin meta”.

Al concluir, don Chávez ha asegurado al Pontífice la “oración constante por sus intenciones, por la Iglesia y por el mundo” y la garantía de acoger “con alegría las indicaciones que más claramente podrán marcar el camino de nuestra Congregación en los próximos seis años, que nos prepararán de manera inmediata a la celebración del bicentenario del nacimiento de Don Bosco.”

La audiencia privada que el Santo Padre ha concedido hoy a los salesianos Capitulares ha sido precedida por una breve peregrinación a la tumba de San Pedro.

Transportados en cinco autocares hasta la plaza de San Pedro los capitulares se reunieron entorno al obelisco de la plaza y de ahí se encaminaron hacia la Basílica de San Pedro. Al frente del grupo han marchado don Pascual Chávez, reelegido Rector Mayor la semana pasada, su Vicario don Adriano Bregolín, y los nuevos Consejeros.

Habiendo entrado a la basílica a través de la puerta central, llamada también “Puerta del Filarete”, los capitulares, asistidos por el servicio del orden de la basílica, han atravesado la grande nave. En el recinto sagrado esperaba al Rector Mayor y a los capitulares el Cardenal Angelo Comastri, Vicario General de su Santidad para el Estado de la Ciudad del Vaticano, Arcipreste de la Basílica Papal de San Pedro en el Vaticano y Presidente de la Fabrica de San Pedro.

Los capitulares se detuvieron ante la estatua de bronce de San Pedro y en ese lugar, dirigiendo la mirada hacia la estatua de Don Bosco, han elevado al cielo la oración escrita para la preparación del CG26 cuyas estrofas fueron recitadas, en forma alternada, en diversas lenguas.

Posteriormente, siembre guiados por el Rector Mayor, los capitulares pasaron al altar de la Confesión donde han renovado la profesión de fe con el rezo del Credo en latín. Terminada esta sencilla pero intensa peregrinación, los capitulares se dirigieron, conducidos por la Guardia Suiza, hacia la sala Clementina para la audiencia con el Papa Benedicto XVI.

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El nuevo Consejero Regional de Europa Oeste ha sido elegido a primera de la hora de tarde. Es Inspector de Sevilla desde el año 2006. Tiene Tiene 44 años y es salesiano desde el año 1983. Es Doctor en Teología Dogmáticas por la Universidad Pontificia Salesiana y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Granada.josemiguel.jpg

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En los últimos días se ha hablado de la conversión al cristianismo de Magdi (Cristiano) Allam, al que el Papa bautizó en la Pascua de este año. Magdi ha escrito una carta al director del periódico en el que trabaja, Corriere della Sera, me ha parecido interesante y más aún cuando habla de su relación con los salesianos, espero que os suceda lo mismo a vosotros.

Estimado director, lo que te estoy por contar se refiere a una elección de fe religiosa y de vida personal que no quiere de ninguna manera involucrar al “Corriere della Sera” del que tengo el honor de formar parte desde el 2003 con el grado de subdirector “ad personam”. Te escribo por tanto como ciudadano particular y protagonista del asunto.

Ayer por la noche, vigilia de Pascua, me he convertido a la religión cristiana católica, renunciando a mi anterior fe islámica.

Finalmente así ha visto la luz por gracia divina, el fruto sano y maduro de una larga gestación vivida en el sufrimiento y en la alegría, entre la profunda e íntima reflexión y la consciente y manifiesta exteriorización.

Estoy particularmente agradecido a Su Santidad el Papa Benedicto XVI que me ha impartido los sacramentos de iniciación cristiana, Bautismo, Confirmación y Eucaristía, en la basílica de San Pedro en el curso de la solemne celebración de la Vigilia de Pascua. Y he asumido el nombre cristiano más simple y explícito: “Cristiano”. Desde ayer en la noche, pues, me llamo Magdi Cristiano Allam.

Para mí es el día más bello de la vida. Adquirir por manos del Santo Padre el don de la fe cristiana en la conmemoración de la Resurrección de Cristo, es para un creyente, un privilegio inigualable y un bien inestimable.

A los casi 56 años, en mi pequeñez, es un hecho histórico, excepcional e inolvidable, que marca un vuelco radical y definitivo respecto al pasado. El milagro de la Resurrección de Cristo se ha reverberado sobre mi alma liberándola de las tinieblas de una predicación donde el odio y la intolerancia respecto a lo “diferente”, condenado acríticamente como “enemigo”, priorizando sobre el amor y el respeto del “prójimo” que es siempre y de todos modos “persona”; así como mi mente se ha liberado del oscurantismo de una ideología que legitima la mentira y la disimulación, la muerte violenta que induce al homicidio y al suicidio, la ciega sumisión y la tiranía, permitiéndome adherirme a la auténtica religión de la Verdad, de la Vida, y de la Libertad. En mi primera Pascua como cristiano no he descubierto sólo a Jesús, he descubierto por primera vez al verdadero y único Dios, que es el Dios de la Fe y Razón.

Mi conversión al catolicismo es el punto de arribo de una gradual y profunda meditación interior a la que no podría haberme sustraído, dado que desde hace cinco años me veo obligado a una vida blindada, con vigilancia fija a casa y escolta de carabineros en cada uno de mis desplazamientos, a causa de las amenazas y de las condenas a muerte a las que me han sentenciado los extremistas y terroristas islámicos, tanto residentes en Italia como los que operan en el exterior.

Me tenía que interrogar sobre la actitud de aquellos que públicamente han emitido las fatwas, los responsos jurídicos islámicos, denunciándome —a mí que era musulmán— como “enemigo del Islam”, “hipócrita porque es un cristiano copto que finge ser musulmán para dañar al Islam”, “mentiroso y difamador del Islam”, legitimando en tal modo mi condena a muerte.

Me he preguntado como podía ser posible que quien, como yo, se ha batido con convicción y con esfuerzo por un “Islam moderado”, asumiéndose la responsabilidad de exponerse en primera persona en la denuncia del extremismo y del terrorismo islámico, haya terminado por ser condenado a muerte en el nombre del Islam y sobre la base de una legitimación coránica.

Así, he debido tener bien en cuenta que, más allá de la contingencia que registra el predominio del fenómeno de los extremistas y del terrorismo islámico a nivel mundial, el origen del mal está enraizado en un Islam que es fisiológicamente violento e históricamente conflictivo.

Paralelamente, la Providencia me hizo encontrar personas católicas practicantes de buena voluntad, que por su testimonio y amistad se fueron volviendo poco a poco en puntos de referencia en el plano de la certeza de la verdad y de los solidez de los valores. Comenzando por tantos amigos de Comunión y Liberación con Julián Carrón a la cabeza; por religiosos simples como el padre Gabriele Mangiarotti, sor María Gloria Riva, el padre, Carlo Maurizi y el padre Yohannis Lahzi Gaid; del redescubrimiento de los salesianos gracias al padre Angelo Tengattini y al padre Maurizio Verlezza culminada en una renovada amistad con el rector mayor, el padre Pascual Chavez Villanueva; hasta el abrazo de otros prelados de gran humanidad como el cardenal Tarcisio Bertone, los monseñores Luigi Negri, Giancarlo Vecerrica, Gino Romanazzi y sobre todo monseñor Rino Fisichella, que me ha acompañado personalmente en el recorrido espiritual de aceptación de la fe cristiana.

Pero indudablemente el encuentro más extraordinario y significativo en la decisión de convertirme ha sido el que tuve con el Papa Benedicto XVI, a quien he admirado y defendido, como musulmán, por su maestría en establecer un vínculo indisoluble entre fe y razón como fundamento de la auténtica religión y de la civilización humana, a quien me adhiero plenamente como cristiano por inspirarme de nueva luz en el cumplimiento de la misión que Dios me ha reservado.

El mío es un recorrido que se inicia cuando, a la edad de cuatro años, mi madre Safeya, musulmana creyente y practicante – por el primero de una serie de “casos” que se revelarán como algo totalmente opuesto al azar y más bien como parte integrante de un destino divino en el cual todos estamos incluidos –, me confió a los cuidados amorosos de sor Lavinia de la orden de los combonianos, convencida de la buena educación que me impartirían las religiosas italianas y católicas establecidas en el Cairo, mi ciudad natal, para testimoniar su fe cristiana a través de una obra dirigida a realizar el bien común.

De ese modo he iniciado una experiencia de vida en el colegio, hecha con los salesianos del Instituto de Don Bosco en las escuelas medias y de liceo, que en conjunto me ha transmitido no sólo la ciencia del saber sino sobre todo la conciencia de los valores. Es gracias a los religiosos católicos que he adquirido una concepción profundamente y esencialmente ética de la vida, donde la persona creada a imagen y semejanza de Dios está llamada a desarrollar una misión que se inserta en el cuadro de un plan universal y eterno dirigido a la resurrección interior de cada uno sobre esta tierra y de la humanidad en su conjunto en el Día del Juicio, que se funda en la fe en Dios y en el primado de los valores, que se basa en el sentido de la responsabilidad individual y en el sentido del deber en relación a la colectividad. Es en virtud de la educación cristiana y de compartir la experiencia de vida con religiosos católicos que yo siempre he cultivado una profunda fe en la dimensión trascendente, así como siempre he buscado la certeza de la verdad en los valores absolutos y universales.

He tenido una temporada en la que la presencia amorosa y el celo religioso de mi madre me han acercado al Islam, que periódicamente he practicado en el plano cultural y al que he creído en el plano espiritual según una interpretación que por entonces – corrían los años sesenta – correspondían en resumen a una fe respetuosa de la persona y tolerante en respecto al prójimo, en un contexto – el del régimen de Nasser – donde prevalecía el principio laico de la separación de la esfera religiosa de la secular.

Mi padre era del todo laico, junto con una mayoría de egipcios que tenían a Occidente como modelo en el plano de la libertad individual, de las costumbres sociales y de las modas culturales y artísticas, incluso si lamentablemente el totalitarismo político de Nasser y la ideología belicosa del panarabismo que apunto a la eliminación física de Israel llevaron a la catástrofe a Egipto y allanaron el camino a la exhumación del panislamismo, al ascenso al poder de los extremistas islámicos y a la explosión del terrorismo islámico globalizado.

Los largos años en el colegio me permitieron también conocer bien y de cerca la realidad del catolicismo y de las mujeres y de los hombres que dedicaron su vida a servir a Dios en el seno de la Iglesia. Ya desde entonces leía la Biblia y los Evangelios y me fascinaba particularmente la figura humana y divina de Jesús. Tuve manera de asistir a la santa misa y sucedió también que, una sola vez, me acerqué al altar a recibir la comunión. Fue un gesto que evidentemente señalaba mi atracción por el cristianismo y mi deseo de sentirme parte de la comunidad religiosa católica.

Seguidamente, a mi llegada a Italia al inicio de los años sesenta entre los mares de la revuelta estudiantil y las dificultades de la integración, he vivido la etapa del ateismo enarbolado como fe, que sin embargo se fundaba también él en el primado de los valores absolutos universales. No he sido jamás indiferente a la presencia de Dios si bien sólo ahora siento que el Dios del Amor, de la Fe y de la Razón se concilia plenamente con el patrimonio de valores enraizados en mí.

Estimado director, me has preguntado si no temo por mi vida, sabiendo que la conversión al cristianismo me causará ciertamente una enésimo, y bastante más grave, condena a muerte por apostasía.

Tienes perfectamente razón. Se al encuentro de que cosa voy, pero afrontaré mi suerte con la cabeza en alto, con la espalda derecha y con la solidez interior de quien tiene la certeza de la propia fe. Y lo seré más después del gesto histórico y valeroso del Papa que – desde el primer instante en que supo de mi intención – aceptó inmediatamente impartirme personalmente los sacramentos de iniciación cristiana.

Su Santidad ha lanzado un mensaje explícito y revolucionario a una Iglesia que hasta ahora ha sido demasiado prudente en la conversión de musulmanes, absteniéndose de hacer proselitismo en los países de mayoría islámica y callando sobre la realidad de los convertidos en los países cristianos. Por miedo. El miedo de no poder tutelar a los convertidos frente a su condena a muerte por apostasía y el miedo a las represalias con los cristianos residentes en los países islámicos.

Pues hoy Benedicto XVI, con su testimonio, nos dice que es necesario vencer el miedo y no tener ningún temor de afirmar la verdad de Jesús también con los musulmanes.

De mi parte, digo que es hora de poner fin al arbitrio y a la violencia de los musulmanes que no respetan la libertad de elección religiosa.

En Italia hay miles de convertidos al Islam que viven serenamente su nueva fe. Pero también hay miles de musulmanes convertidos al cristianismo que son obligados a esconder su nueva fe por miedo a ser asesinados por los extremistas islámicos que están entre nosotros. Por uno de esas “casualidades” que evocan la mano discreta del Señor, mi primer artículo escrito en el “Corriere della Sera” el 3 de septiembre del 2003 se titulaba: “Las nuevas catacumbas de los islámicos convertidos”. Era una investigación sobre algunos neo-cristianos en Italia que denunciaron su profunda soledad espiritual y humana frente a la contumacia de las instituciones del Estado que no tutelan la seguridad de ellos y frente al silencio de la misma Iglesia.

Pues, espero que del gesto histórico del Papa y de mi testimonio ellos tengan la convicción de que ha llegado el momento histórico de salir de las tinieblas de las catacumbas y de afirmar públicamente su voluntad de ser plenamente ellos mismos.

Si no estamos en grado aquí en Italia, cuna del catolicismo, de garantiza a todos la plena libertad religiosa, ‘cómo podremos tener credibilidad cuando denunciemos la violación de tal libertad en otros países del mundo? Ruego a Dios para que esta Pascua especial done la resurrección del espíritu a todos los fieles en Cristo que hasta ahora han estado sometidos por el miedo. Feliz Pascua a todos.

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La revista religiosa 21RS publica el siguiente artículo, firmado por Benjamin Forcano

Creo que es exacto hacernos esta pregunta. Llevamos una legislatura en que el desconcierto de la gente ha ido creciendo. Y ha culminado ante la aparición y declaraciones insistentes de la Jerarquía eclesiástica en contra del Gobierno socialista. Eco de este desconcierto son los tres documentos que acaba de emitir el Foro Curas de Madrid: 1. Laicidad y laicismo. 2. ¿Están algunos de nuestros obispos traicionando la neutralidad política. 3. La formación del clero de Madrid en manos del Partido Popular, en los que se pide a la Iglesia una nueva relación y manera de actuar en la sociedad de hoy, un abandono del poder del pasado desde el que todavía pretenden seguir mandando y una denuncia por estar confiando la formación de los sacerdotes de Madrid, en temas de enorme actualidad, a personas conocidas del Partido Popular.

El caso es que, en España, no hay ningún obispo profeta que disienta y se atreva a hacerlo públicamente. Son, sin embargo, millones los católicos que disienten y se distancian de la cúpula dirigente. Tienen muy claro que sus Pastores no proceden así por más fidelidad al Evangelio y por más amor los pobres.
No deja de resultar significativo que, en una situación democrática donde existen condiciones de libertad como no las hubo antes, han venido algunos obispos denunciando que la “Iglesia” con este Gobierno se siente acosada y perseguida: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia, crecientemente marginada. Lo que estamos viviendo,, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 –III- 2007).
No nos quieren, repetía hace poco uno de los obispos. Pues claro, pero, ¿ por qué no los quieren? ¿La Iglesia son los 80 obispos de nuestro país? Y se les seguirá no queriendo mientras sigan encarnando ese modelo de Iglesia clerical, menospreciativo del pueblo, ajeno a la igualdad, la cercanía y la humildad para contar y aprender del pueblo. La Iglesia -clerical- ha sido mucho maestra y muy poco discípula.
Seguramente es verdad lo que un buen sociólogo me decía: no son creíbles porque viven en otro mundo, añoran hábitos hegemónicos de poder y dominio de otra época, no están dispuestos a despojarse -dejarse morir- para iniciar una adaptación que les haga valorar la nueva situación.
Ha habido en los últimos siglos una positiva evolución de la conciencia social y eclesial que explica la nueva situación. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad. Pero eso no es lo que se daba antes. Antes era la alianza de la Iglesia con los poderes estatales, la primacía de la religión católica, el protagonismo del clero, la supeditación de los saberes humanos al saber teológico, la devaluación de lo terreno y temporal, la desigualdad, la desconfianza frente al mundo y otras religiones, el honor de la Iglesia como tarea prioritaria y no la liberación de los pobres, la obediencia como norma suprema.
Y, cuando el cambio de todo esto ocurre, se dirige la vista a otra parte y se inventa un falso enemigo a quien culpar de todo. Lo que es una situación objetiva irreversible, – hemos pasado de una época teocrática e imperialista a otra humanocéntrica y democrática- se la interpreta como un cúmulo de males, provocados por un partido y un gobierno.
Muchos hechos del presente tienen causa en el pasado. El modelo de Iglesia Tridentino dista mucho del modelo del Vaticano II. Y el del pasado debe ser entendido y explicado a través del modelo del Vaticano II, no al revés, como no pocos pretenden. El cardenal Ratzinger -hoy Papa- en su Informe sobre la Fe de 1985 afirmaba: “Resulta incontestable que los últimos veinte años del posconcilio han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia… Una reforma de la Iglesia presupone un decidido abandono de aquellos caminos equivocados que han conducido consecuencias indiscutiblemente negativas”.
El cardenal Ratzinger pudo, como timonel durante 23 años en el Pontificado de Juan Pablo II, dedicarse a reconducir esos equivocados caminos.
Por tanto, los desasosiegos y los anatemas de la Jerarquía se deben a que sufren una descolocación con el tiempo en que vivimos. Es significativo que en la Iglesia -jerarquía y pueblo- sea tan notable el desentrenamiento para vivir en una situación democrática. Vivir en democracia es algo que le ocurre por primera vez. Y los hábitos democráticos no se improvisan, hay que aprenderlos, cultivarlos, amarlos.
El Concilio vivió un conflicto entre una minoría conservadora y una gran mayoría renovadora. Lo que esa minoría perdió entonces lo fue ganando posteriormente, contando con la aportación del entonces definidor de la fe, y hoy Papa, que parecía proponer hacer tabla rasa de todo y comenzar de nuevo.
Todo parece indicar que la Iglesia de Benedicto XVI con los vientos a favor camina hacia el preconcilio: da trato de favor a los neoconservadores, pone en entredicho el diálogo ecuménico, se sitúa de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, pospone, frente a problemas internos que han sido ya replanteados, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.
Ese modelo de Iglesia autoritaria y neoconservadora, no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente.

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El mexicano Pascual Chávez Villanueva ha sido reelegido rector mayor de los Salesianos para el sexenio 2008-2014, ha informado hoy el gabinete de prensa de esa orden religiosa.

Chávez Villanueva fue reelegido hoy en la primera votación para la designación del rector mayor durante el XXVI Capítulo General de los Salesianos, que se celebra en Roma desde el 3 de marzo.

De esa forma, Chávez Villanueva, que nació en Real de Catorce, en el estado de San Luis Potosí, renueva la confianza que obtuvo el 3 de abril de 2002, cuando fue elegido por primera vez para el cargo, también en aquella ocasión en primera votación.

El religioso salesiano nació hace sesenta años e ingresó en la congregación el 16 de agosto de 1964, para ser miembro perpetuo desde 1970.

Entre otros cargos, fue docente y director del Instituto Teológico de San Pedro Tlaquepaque de 1980 a 1988; después fue inspector de la orden en la provincia mexicana de Guadalajara, entre 1989 y 1994.

Al terminar su mandato, obtuvo el doctorado en Teología Bíblica en la ciudad española de Salamanca.

En el Capítulo General XXIV de la orden, fue llamado por el entonces rector mayor, Juan Edmundo Vecchi, para cubrir el cargo de Consejero para la región Interamérica.

De acuerdo con el comunicado de prensa difundido por la orden religiosa, “en su primer sexenio Chávez ha manifestado la fuerte necesidad de llevar el carisma salesiano hacia niveles espirituales cada vez más auténticos”.

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Domingo de Pascua

Os presente hoy la homilía del Papa, Benedicto XVI con motivo de la Pascua.

Su lectura puede ayudar a entender las lineas de su papado.

“Resurrexi, et adhuc tecum sum. Alleluia! He resucitado, estoy siempre contigo. ¡Aleluya!”. Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: es el anuncio pascual. Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud.

“Resurrexi et adhuc tecum sum – He resucitado y aún y siempre estoy contigo”. Estas palabras, entresacadas de una antigua versión del Salmo 138 (v.18b), resuenan al comienzo de la Santa Misa de hoy. En ellas, al surgir el sol de la Pascua, la Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, colmado de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca. Así también podemos comprender de modo nuevo otras expresiones del Salmo: “Si escalo al cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro… Por que ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día; para ti las tinieblas son como luz” (Sal 138, 8.12). Es verdad: en la solemne vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Ha cambiado el curso de la historia, infundiendo un indeleble y renovado sentido y valor a la vida del hombre.

“He resucitado y estoy aún y siempre contigo”. Estas palabras nos invitan a contemplar a Cristo resucitado, haciendo resonar en nuestro corazón su voz. Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de modo que ahora podemos introducirnos también nosotros en el diálogo misterioso entre Él y el Padre. Viene a la mente lo que un día dijo a sus oyentes: “Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). En esta perspectiva, advertimos que la afirmación dirigida hoy por Jesús resucitado al Padre, – “Estoy aún y siempre contigo” – nos concierne también a nosotros, que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria (cf. Rm 8,17). Gracias a la muerte y resurrección de Cristo, también nosotros resucitamos hoy a la vida nueva, y uniendo nuestra voz a la suya proclamamos nuestro deseo de permanecer para siempre con Dios, nuestro Padre infinitamente bueno y misericordioso.

Entramos así en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento sorprendente de la resurrección de Jesús es esencialmente un acontecimiento de amor: amor del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo; amor del Hijo que se abandona en la voluntad del Padre por todos nosotros; amor del Espíritu que resucita a Jesús de entre los muertos con su cuerpo transfigurado. Y todavía más: amor del Padre que “vuelve a abrazar” al Hijo envolviéndolo en su gloria; amor del Hijo que con la fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido de nuestra humanidad transfigurada. Esta solemnidad, que nos hace revivir la experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús, es un llamamiento a convertirnos al Amor; una invitación a vivir rechazando el odio y el egoísmo y a seguir dócilmente las huellas del Cordero inmolado por nuestra salvación, a imitar al Redentor “manso y humilde de corazón”, que es descanso para nuestras almas (cf. Mt 11,29).

Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano. Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20). Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a la humanidad, también en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla al profeta: Él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los débiles y proclama la libertad a los esclavos, quien consuela a todos los afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en lugar de un corazón triste (cf. Is 61,1.2.3). Si nos acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con Él una relación vital en una auténtica comunión de amor, que colme de su mismo amor nuestra existencia y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto la humanidad necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, “fuimos salvados” (cf. Rm 8,24)

Cuántas veces las relaciones entre personas, grupos y pueblos, están marcadas por el egoísmo, la injusticia, el odio, la violencia, en vez de estarlo por el amor. Son las llagas de la humanidad, abiertas y dolientes en todos los rincones del planeta, aunque a veces ignoradas e intencionadamente escondidas; llagas que desgarran el alma y el cuerpo de innumerables hermanos y hermanas nuestros. Éstas esperan obtener alivio y ser curadas por las llagas gloriosas del Señor resucitado (cf. 1 P 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos, siguiendo sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor, se comprometen activamente en favor de la justicia y difunden en su alrededor signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los conflictos y dondequiera que la dignidad de la persona humana continúe siendo denigrada y vulnerada. El anhelo es que precisamente allí se multipliquen los testimonios de benignidad y de perdón.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de este Día solemne; abrámonos con sincera confianza a Cristo resucitado, para que la fuerza renovadora del misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros, en nuestras familias y nuestros Países. Se manifieste en todas las partes del mundo. No podemos dejar de pensar en este momento, de modo particular, en algunas regiones africanas, como Dafur y Somalia, en el martirizado Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, en Irak, en Líbano y, finalmente, en Tibet, regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones que salvaguarden el bien y la paz. Invoquemos la plenitud de los dones pascuales por intercesión de María que, tras haber compartido los sufrimientos de la Pasión y crucifixión de su Hijo inocente, ha experimentado también la alegría inefable de su resurrección. Que, al estar asociada a la gloria de Cristo, sea Ella quien nos proteja y nos guíe por el camino de la solidaridad fraterna y de la paz. Éstos son mis anhelos pascuales, que transmito a los que estáis aquí presentes y a los hombres y mujeres de cada nación y continente unidos con nosotros a través de la radio y de la televisión. ¡Feliz Pascua!

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¿Piensan los jovenes?

La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos a os como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que “no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios”.

Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la ense anza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. “Quien piensa se raya” –dicen en su jerga–, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar –vienen a decir– si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.

En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento –por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura– exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta a os. “Ni quiero una chaqueta para toda la vida –escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog– ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos “te quiero” demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida”.

El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que “el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos”. Esto sucede –explicaba Arendt– cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad –a ado yo– vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.

De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal. No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.

Resulta muy peligroso –para cada uno y para la sociedad en general– que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.

Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empe arnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos –como aspiraba Wittgenstein– a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra ense anza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.

Jaime Nubiola Profesor de Filosofía Universidad de Navarra

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