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Archive for 31 diciembre 2007

Patente de corso


Permitidme tutearos, imbéciles

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno.

Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera.

No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía.

De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas.

De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia.

Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña.

Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico».

O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos».

Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante.

Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet.

La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.

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Leo la retórica laudatoria de las sacralidades de la familia, en el marco de convocatorias de manifestaciones sospechosamente ambiguas por su guiño al electorado de la crispación, y me acuerdo de la frase de Unamuno: “Cuando oigas alabar exageradamente algo, pregunta contra quién va esa alabanza”. Pero mejor evocar a María, José y Jesús, Epifanía de la Vida, como familia liberada y liberadora. Y dejémonos de manifestaciones crispantes.

Con sólo doce años ya se va de casa Jesús para meterse en el “lío del Abba” (Lc 2,49), que desembocará en el “lío de las redes” (Irse a pescar personas vivas para la Vida: Lc 5, 10). Pero María y José no son posesivos. Son familia que deja crecer. Años después, María, quizás ya viuda, lo tendría difícil. Jesús ha de marcharse camino del Jordán. ¿Familia liberada o acomplejada? Sus hermanos y hermanas menores (Mc 6,3) creen que el predicador se ha vuelto loco y los parientes quieren ir a recluirle (Mc 3,21). Pero él dice, señalando al “grupo de las redes”: “Estos son mi madre y mis hermanos” (Mc 3, 34-35). Uno le quería seguir a medias y Jesús le dice: “El que se queda en el círculo estrecho de la familia no vale para meterse en el lío de mi movimiento de redes por el Reino de los cielos” (cf. Mt 8, 22).

Son exigentes estos pasajes sobre la familia. ¿Los habrán meditado los dirigentes eclesiásticos que predican retóricas sobre la sagrada familia para enardecer a públicos “neo-con”? Pero dejemos a un lado la anomalía de la iglesia en el estado español y volvamos la vista a la “Galilea de los gentiles”. Prefiero recordar hoy concretamente algunas“liberadas familias”.

He visitado a cuatro familias amigas (las llamaré A., B., C. y D., protegiendo su intimidad), que tienen en común el ser atípicas, pero normales y corrientes, además de muy liberadas. Uso intencionadamente la palabra “atípica”, lo más neutralmente posible, sin el mínimo rasgo de discriminación, y subrayo, para mayor garantía de ecuanimidad, que son cuatro familias normales y corrientes.

La pareja A no tiene descendencia. Se plantearon en su día la fecundación in vitro, pero desistieron al cabo del tiempo y optaron por la adopción. En el contexto japonés, esto es atípico, porque la sociedad ve con prejuicio la esterilidad, exagera la vinculación genética y no favorece la adopción. Pero ellos son normales y corrientes. Ella como bioeticista y él como ginecólogo ayudan, de hecho, a parejas que eligen un programa de reproducción asistida; pero en su propio caso, por razones personales, han hecho otra opción por la que no se sienten acomplejados. Y tienen derecho a que se les respete…

La pareja B tiene tres hijas y un hijo. Tener más de dos es completamente atípico en Japón; pero el ser atípicos no les impide ser una familia normal y corriente, en el mejor sentido de la palabra. Crecen y dejan crecer. Y tienen derecho a que se les respete…

La pareja C no tiene hijos. Son una pareja estable de igual sexo. Hubieran querido una adopción para formar familia homoparental, pero tropezaron con dificultades legales. En el entorno social son indudablemente una pareja atípica, porque la sociedad no se ha liberado de prejuicios contra las parejas de igual orientación sexual y no ve bien este tipo de uniones; pero la comunidad católica con la que comparten la eucaristía no discrimina, conviven allí normal y corrientemente.Y tienen derecho a que se les respete…

La pareja D es un caso que merece narrarse con más detalle. Bauticé al bebé de la inmigrante surasiática en Tokyo. Abandonada por el marido en su país, trabajaba en un bar y ahorraba para enviar dinero a su madre. Queda embarazada de un cliente japonés, que le exige aborto, pero ella no quiere, desea dar a luz a la criatura. Él se desentiende y la abandona. En su cuarto realquilado y estrecho, veinte personas apretujadas compartimos una pobre comida para celebrar el bautizo del bebé que vió la luz en familia monoparental. Ella conoce meses después a un chico de su país, trabajador en Tokyo, de la misma iglesia y también separado. Él la acepta como es, con su criatura. Merecería llamarse José. Habrá nueva boda. Dice el párroco: ¡Vaya lío sobre los papeles, esto no hay manera de que lo aprueben los canonistas! (“ratos y consumados” los matrimonios anteriores, y por la iglesia ambos). Responde el coadjutor: Pero es la vida. E ironiza ante el teólogo: ¿Qué dicen tus alumnos seminaristas en el examen ante un caso como éste? Pero el teólogo era un dinosaurio postconciliar y contesta: No se arregla con papeles, sino con sentido común y evangélico. ¿Y si frunce el ceño algún doctor canonista, graduado por Navarra? Pues le echamos un latinajo para calmarlo: diremos que se arregló in foro conscientiae, como decía el P. Häring; o sea, que lo que no se puede arreglar de otro modo, se arregla ante Dios en el foro de la conciencia, porque “Dios quiere que vivamos en paz”, como decía Pablo (1 Co 7,15).

El recuerdo de estas cuatro familias liberadas me anima en estos días, precisamente cuando se celebra el misterio de María, José y Jesús, Epifanía de la Vida: la Liberada Familia. Pero leo por internet noticias de mi país donde se reúnen convocados por los obispos bajo el títulus coloratus de exaltar la familia y, de paso, ganar votos para la oposición. Bueno, anomalías de la iglesia en el estado español, que no acaba de hacer la transición, después de más de tres décadas de democracia…

Juan Masiá

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Nochebuena en Roma

La homilía del Papa en la misa de nochebuena de la Natividad del Señor, en la Basilica Vaticana, 25 de diciembre de 2007

por Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

«A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ‘Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ‘Para aquel que sufre y necesita ayuda? ‘Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ‘Tenemos tiempo y espacio para Dios? ‘Puede entrar Él en nuestra vida? ‘Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo. Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel. En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono –la Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ‘Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo? Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s). Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada. Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico –siempre según los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de san Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: “Padre nuestro que estás en los cielos”, él se pregunta: ‘qué es esto del cielo? Y ‘dónde está el cielo? Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: “El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado” (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado “tierra”, así, por el contrario, el justo puede llamarse “cielo”» (Serm. in monte II 5,17). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.

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Un nuevo comentario de Juan Masiá, publicado en Periodista digital.

Os invito a leerlo con atención y a reflexionarlo.

Acostumbrados a contar la “Adoración de los Magos” infantilizando el relato en nuestras homilías, se nos escapa su fuerza revulsiva para estimular la fe adulta, actualizada y liberadora. Los peregrinos de Oriente (ni tres, ni reyes, ni magos) simbolizan una Navidad subversiva y una Epifanía crítica.

Reto 1: ¿Dónde y a quiénes se manifiesta Jesús? En Belén, no en Jerusalén. A los de fuera, antes que a los de dentro. Hallan al Salvador unos peregrinos extranjeros, antes que y en vez de Herodes y los pontífices, representantes del poder político y religioso.

Reto 2: Contraste con los pastores. No tienen que moverse mucho los pastores para encontrar a Jesús, que se manifiesta donde está el pueblo sencillo. Si Herodes y los pontífices quisieran encontrarlo, tendrían que salir de sus palacios y capital, viajar y abajarse hasta la aldea. ¿Dónde estamos nosotros? ¿Está nuestra iglesia con los pastores o con los pontífices?
Reto 3: Ofrenda de oro e incienso. El evangelista pone del revés un himno nacional. Se decía (en tono de “nacional-religionismo”): “Vendrán de todas partes a Jerusalén trayendo oro e incienso”. Mateo da la vuelta a ese exclusivismo centralista: en vez de acudir de todas partes a la capital, hay que salir de ella y de cuanto ella representa. En vez de ofrecer oro e incienso en palacios reales, será en una casa sencilla de aldea, donde un joven matrimonio corriente acuna al bebé recién engendrado por ellos como su primogénito.
Reto 4: La estrella. Se decía: “La estrella vendrá a Jerusalén”. Según Mateo, al llegar a Jerusalén se oculta. Luces de consumo en la capital encandilan, no se ve cielo estrellado. La Palabra nos saca de los centros del poder, el dinero, la propaganda y la evasión. No es Jerusalén, sino la aldea, el centro de la historia, al que apunta una estrella (hacen falta ojos de honradez y poesía para percibirla). No brilla en la Casa Blanca o Bruselas, en Moncloa o en San Pedro, en los Campos Elíseos o en la Almudena… sino en medio del Atlántico sobre unos cayucos…
Reto 5: Encuentran al niño con María, su madre. En una época y sociedad en que la mujer no contaba, donde todo lo era el padre, al que se solía mencionar primero, Mateo pone a María por delante. Sin comentarios…
Reto 6: Preguntan por el rey de los judíos. Irónica y paradójicamente, un rey sin poder real. Predicará un reino sin fronteras. Su reino no será de este mundo, pero sí para liberar a este mundo y construirse en este mundo. Jesús romperá el muro entre los de dentro y los de fuera, rechazará el exclusivismo de pueblo escogido. ¿Por qué ha de preocuparle hoy a su iglesia de tener peso e influjo social o ser poder fáctico en la sociedad? Más vale trabajar por construir en este mundo (pero no al estilo de este mundo) el reinado sin fronteras, las “redes cristianas” de Jesús, para pescar vivas a las personas para la Vida…
Reto 7: Volved por otro sendero, se dice a los peregrinos. Para que no crean ingenuamente que se construye el Reino de los cielos haciendo compromisos político-diplomáticos (acuerdos o concordatos para asegurar financiación que ata) con Herodoes y los pontífices. Que no negocie la iglesia con los poderes como si fuera uno de ellos. Que seamos minoría humilde, voz de los sin voz, liberada y liberadora con la fuerza del Evangelio. Y retornar a casa por otro camino, sin entrar al trapo en el juego de Herodes, ni para negociar con él, ni para atacarle… Por el camino encontraremos acompañantes de la “cuarta vía”, venidos de Oriente y Occidente, ecumenismo sin fronteras en la era de las espiritualidades unidas.
Tales son los siete retos de ese pasaje, que no es cuento y leche para la infantilidad, sino manjar fuerte para la adultez creyente. Que nos ayude Mateo a redescubrir lo subversivo de la Navidad, lo crítico de la Epifanía, la fuerza liberadora de los peregrinos de Oriente.

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la esperanza

LA ESPERANZA

La esperanza es hallar el bien que hay en los demás,
en lugar de indagar en el posible mal.
La esperanza abre las puertas
allí donde la desesperación las cierra.

La esperanza descubre lo que puede hacerse,
en lugar de lamentarse por lo que es imposible.

La esperanza recibe su fuerza
de la profunda confianza en Dios
y en la fundamental bondad humana.

La esperanza enciende una candela en la oscuridad,
en lugar de imprecar contra las tinieblas.

La esperanza considera
los grandes o pequeños problemas de la vida
como oportunidades.

La esperanza se propone grandes ideales y metas
y no se rinde por las repetidas dificultades y derrotas.

La esperanza empuja hacia delante
cuando sería más fácil abandonar y olvidarse de todo.

La esperanza se contenta con pequeñas victorias
sabiendo que aun el viaje más largo
empieza siempre por un pequeño primer paso.

La esperanza acepta las incomprensiones
como precio que hay que pagar
por el bien mayor de otros.

La esperanza sabe perder
porque se fundamenta en la certeza divina
de la victoria final.

James Keller

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Dos noticias

Una colegial, siguiendo con el cincuentenario esta tarde a las 20 horas tendrá lugar en el Teatro del Colegio Salesiano de Úbeda una conferencia con el titulo ” Educación y liderazgo” que pronunciará D. Juan José Almagro García, doctor en derecho y director General de MAPHRE en Comunicaciones y Relaciones Sociales.

La segunda, eclesiástica, este modesto blog tiene desde ayer colgada en sus páginas la nueva enciclica del Papa Benedicto XVI, Salvados en la esperanza.

Siguiendo el link podéis leerla o imprimirla para leerla.

enciclica-del-papa.pdf benedicto-mano.jpg

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