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Archive for 28/10/07

¿Qué es ser laico?

Pepe Sala

    Este artículo ha sido escrito por una persona no creyente que intenta acercarse con simpatía a sus amigos creyentes. No se le debe pedir rigor académico o terminológico. Pero Pepe analiza con honradez la información que puede encontrar y saca de ella una tremenda pregunta de fondo: ¿puede una iglesia decir que acepta la modernidad mientras mantiene una separación esencial entre cristianos ordenados (clero) y no ordenados (laicos)?

LAICISMO: “doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa”. El “laico” (Laikós) deriva de “laos” = pueblo y se utiliza por los Sententa para calificar al pueblo de Israel como pueblo de Dios. Su plural “laoí” define a los pueblos corrientes aparte de Israel. En el N.T. no aparece la palabra “Laikós” (los gentiles), en cambio sí aparece varías veces la palabra Klêros (clero) y es Clemente quien utiliza el término en una carta a los Corintios dando el sentido de laicos= grupo de creyentes.

Desde el principio se establece la separación: los laicos viven fuera del templo, en el mundo, en el siglo (de siglo proviene el término SEGLAR). La separación era sagrada y ello llevó a lógica conclusión de Urbano II (1092): “… se establecen dos formas de vivir para la iglesia, una (el clero) para sostener a los débiles en su debilidad, otra (los laicos) para reforzar la suerte de los fuertes…”.

Pero la problemática de la relación entre la Iglesia y los laicos proviene desde mucho antes; en los libros de los hechos de los Apóstoles ya se determina el lugar que le corresponde a cada uno: en Hech. 5 Ananias y Safira pagan con su vida el intentar salirse de las normas establecidas. El debate de Pablo de Tarso con Santiago en el primer Concilio de Jerusalén entra de lleno en la problemática; Pablo sale victorioso de aquel Concilio y se acuerda que sí, que la salvación también es para los gentiles (además de que se gana por la fe en la obra de Jesucristo en la cruz). Pero con ciertas condiciones: (2Co.10,6) “…doblegando todo pensamiento a la obediencia de Cristo, prontos a castigar toda desobediencia y a reduciros a la perfecta obediencia”.

La relación Iglesia-laicos se puede considerar irregular en el transcurso de los tiempos, llegando a ser traumática en algunas épocas; así en la baja edad media renace la tendencia de los laicos a independizarse de la tutela de la Iglesia, aunque la solución que proponen no parece la mejor posible: la Monarquía Feudal es, por utilizar un término coloquial, salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. Enrique IV, Federico Barbarroja, o Felipe el Hermoso fueron algunos de sus máximos representantes.

En el Renacimiento el laicismo adquirió mucha fuerza, y encontró un buen apoyo en el Protestantismo que reconoce a los fieles como los verdaderos sacerdotes. En el siglo XIX se agudiza aún más (sobre todo en Francia) la pugna entre los Estados laicos y la Iglesia; pero llega el siglo XX y los Estados totalitarios. El término laico pierde su sentido polémico, puesto que la connivencia entre Iglesia-Estado es absoluta y lo único que resta hacer es dar pautas de comportamiento a los laicos para que sean útiles a la iglesia. Volvemos al punto de partida con Ananias y Safira.

La Iglesia echa mano de sus herramientas y nos muestra con el mayor desparpajo (Gal. 3—26,27) “Todos sois, pues, hijos de Dios por la fe en Cristo.—puesto que cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo”. Pero no nos dicen a qué edad nos bautizaron, las consecuencias sociales que hubiera tenido no haberlo hecho, ni las dificultades insalvables que se ponen por si alguien quisiera deshacer lo que hicieron sin su permiso.

El sentido común nos dicta que si asumimos como válidas las enseñanzas de Pablo en su carta a los Gálatas, nosotros, los laicos bautizados, tenemos que ser guiados por nuestros “pastores”; y ellos se sienten en la “santa obligación” de guiarnos, exhortarnos, canalizar nuestros razonamientos humanos hacia el único fin verdadero: conseguir la verdadera sabiduría y el conocimiento de Dios a través de la fe. Ya lo decía Agustín de Hipona en su tratado De doctrina christiana: “omnibus rebus est anteponendus” (se ha de anteponer a todas las demás cosas), (el temor de Dios es el principio de la sabiduría)

En la carta a los Romanos (Rom. 12- 4,5) nos aclara lo que se entiende por el cuerpo místico de la Iglesia: “pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo; pero cada miembro está al servicio de los otros miembros.” Ya solo falta regular y colocar a cada uno donde le corresponde sin olvidarse de las conclusiones a las que llegó Urbano II en el año 1092, ni la sagrada separación entre Klêros y Laoí.

El laicado es considerado como una prolongación de la jerarquía eclesiástica dentro del mundo, en el siglo (seglares). León XIII y sobre todo Pío XII exhortan a los laicos a tomar parte activa en la sociedad a través de la Iglesia (encíclica Mediator Dei). A los laicos se les considera tan integrados que, por primera vez, son dignos de ser nombrados en el encabezamiento de una encíclica: en 1943 Pío XII dirige su Enc. Divino afflante Spíritu, además de a los preceptivos Patriarcas, Obispos, etc. a “todos los fieles cristianos del orbe”. Con el terreno perfectamente abonado y propicio llegamos al Concilio Vaticano II, y sin pensárselo dos veces nos espetan: “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos”; pero cuidado: “ los sagrados pastores…. encárguenles, con confianza, tareas en servicio de la Iglesia…..consideren atentamente en Cristo, con amor de padres, las iniciativas, las peticiones y los deseos propuestos por los laicos…..De este trato familiar entre laicos y pastores son de esperar muchos bienes para la Iglesia”. (Doc. del Concilio Vaticano II )

Quisiera pensar que poco, o nada, me importaría quien maneje la situación, si al fin y al cabo la meta que se persigue entre todos está en consonancia con mi modo de interpretar la justicia social y la solidaridad en el mundo; pero nuevamente me sorprende el uso que se hace con el trabajo de los laicos: “A éstos envió Cristo, primero a los hijos de Israel, luego a todas las gentes para que con la potestad que les entregaba, hiciesen discípulos suyos a todos los pueblos, los santificasen y gobernasen”. No me gustaría saber que cualquier tipo de ayuda en la que yo haya contribuido ha servido para influir en la gobernabilidad de algún país. A los países se debe de ir para ayudar, no para gobernarles.

En un último esfuerzo de buena voluntad trato de engañarme pensando que todo esto está muy lejano ya y que actualmente las cosas han cambiado, o al menos hay síntomas de que las cosas no están tan dogmáticas; qué iluso….

La última encíclica que he leído, dirigida a los Obispos con motivo del eterno debate entre la razón (laicos) y la fe (clero) disipa todas mis dudas al respecto: “Se confirma una vez más la armonía fundamental del conocimiento filosófico y el de la fe: la fe requiere que su objetivo sea comprendido con la ayuda de la razón; la razón, en el culmen de su búsqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta”.( Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio). No estoy seguro de que los filósofos modernos piensen lo mismo; los antiguos seguro que no, salvo los que empiezan por SAN.

Me reconozco hombre de ninguna fe, si hablamos de la fe teológica y dogmática con la que han saturado nuestras mentes; y confieso que me gusta razonar e intentar llegar al fondo de las cosas; quizás por eso me cuesta comprender a las personas que parecen tener una inteligencia suficiente y sin embargo tragan ruedas de molino, tragan humo, tragan ignorancia sin ningún atisbo de rebeldía. ¿Tan domesticadas han quedado nuestras mentes

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