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Archive for 4/10/07

el camino de Teresa

Xavier Mas de Xaxàs | Publicado en La Vanguardia

 

La fe y la chafardería han sido, a lo largo de la historia, dos motores de las relaciones humanas,y ambos suelen ganar fuerza en periodos decadentes como el que ahora nos rodea. La decadencia es cultural y política. Decae nuestra capacidad de atención, de concentración, a medida que el espectáculo del cotilleo y la chanza se alarga hasta altas horas de la madrugada en las televisiones que se ven desde la cama. El ritmo del entretenimiento es fuerte, los cambios de registro, constantes. Tan alta es la densidad de los mensajes mediáticos que perdemos la memoria. Sin poder profundizar en ninguno, al poco rato nos olvidamos de casi todo, del título de la película, del tema de la conferencia, de la reflexión del líder de opinión. Este vacío, causado por la ausencia de reflexión, lo ocupa la pasión. La pasión por la ideología política, la patria mitificada y el consumo vinculado al lujo.

En este contexto, nuestro contexto, la historia de la madre Teresa de Calcuta, de su falta de fe, de sus más de 50 años sin sentir a Jesús, la presencia de Dios, es memorable. Memorable porque para ella era fundamental y porque guardó silencio y no renegó del catolicismo. Desde que llegó a Calcuta en 1948 para ayudar a los enfermos y moribundos, Jesús se convirtió para ella en un referente intelectual, en ningún caso, en un ser vivo, alguien a quien sentir. Su alma se llenó de dolor y oscuridad. Se sentía desconectada de Dios. No tenía fe y, aún así, en este vacío, intensificó su lucha a favor de los deshauciados. Y lo hizo sin orgullo, es decir, sin publicitarlo, porque estaba convencida de que su esfuerzo tenía sentido, un sentido práctico y otro espiritual, en la oscuridad y el sufrimiento.

En la época de la fe y la chafardería, la no fe de Teresa de Calcuta y su consiguiente silencio marcan un camino, no hacia la obtención de la fe –que considero más vinculada a la emoción que a la razón, y que, además, yo no tengo, ni busco- sino hacia el florecimiento de una nueva realidad, donde el hombre recupere la iniciativa intelectual, que hoy está en manos del mercado y la política. Una realidad, en definitiva, sin atributos decadentes y, en este sentido, más primitiva, más verdadera, más creíble y más racional.

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