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Archive for 29 septiembre 2007

Publicado por Rafael Aguirre en el periódico El Correo

rafa_aguirre.jpegRafael Aguirre

Dos factores se han juntado para explicar el fulgurante éxito de ventas del reciente libro de Benedicto XVI. Primero, el tema del libro, la figura de Jesús de Nazaret, que suscita un interés renovado en nuestros días. En segundo lugar, resulta novedoso que un Papa escriba un libro a título personal, sin considerarlo un acto del magisterio propio de su cargo, admitiendo explícitamente que «cada cual es libre de contradecirle» y pidiendo sólo «a los lectores y a las lectoras una disposición de simpatía sin la cual no puede haber comprensión alguna».

En los tiempos modernos nadie ha llegado a Papa poseyendo previamente una personalidad tan perfilada y una proyección pública tan notable como Ratzinger. Por eso es muy explicable que su libro encuentre a priori críticas acerbas y elogios entusiastas, detractores apasionados y turiferarios serviles. Sería triste que los prejuicios impidiesen la lectura reposada de una obra muy valiosa. Pero temo, sobre todo, a los más papistas que el Papa, a los que ya están enarbolando y citando su libro como expresión oficial de la fe cristiana. En las líneas que siguen quisiera expresarme con la simpatía reclamada por el autor, que no me cuesta cuando de un libro sobre Jesús se trata, con espíritu crítico y libertad, sin las cuales mejor es no empuñar la pluma, y con claridad, evitando tecnicismos, para no agobiar a los benévolos lectores.

¿Es acertado que un Papa vierta sus opiniones personales en un campo teológico tan importante? ¿No se pueden confundir las reflexiones teológicas de Joseph Ratzinger con el magisterio pontificio de Benedicto XVI? Al de poco de comenzar su lectura se comprende que Ratzinger no haya querido renunciar a escribir este libro, que había comenzado a preparar en el verano de 2003, para el que ha sacado tiempo siendo ya Papa y que, como él mismo afirma, «responde a un largo itinerario interior». En efecto, este libro no es el resultado de una investigación académica, sino el destilado de la reflexión de toda una vida de estudio sí, pero también de experiencia espiritual y de preocupación por la situación del cristianismo en Europa especialmente, muy condicionada, como es obvio, por visiones y opciones muy particulares.

Me parece que en este libro late una preocupación que el autor manifestó siendo aún cardenal y que ha reiterado una vez Papa: hay una exégesis científica de la Biblia -unos estudios críticos- muy sofisticados, acreditados académicamente, pero que en vez de sacar a la luz la relevancia religiosa actual de los textos los diseccionan analíticamente y los dejan en su pasado. Cita Ratzinger la novela de Vladimir Solovyev ‘Relato sobre el Anticristo’, en la que el Anticristo ha recibido el doctorado honoris causa por la Universidad de Tubinga y es un gran experto en Biblia. Expresa así el malestar que le produce buena parte de los estudios bíblicos actuales: «Los libros más destructores de la figura de Jesús y desmanteladores de la fe se han basado en presuntos resultados de la exégesis». Ratzinger es duro, pero matiza. Afirma que los métodos de la exégesis científica de la Biblia, que buscan determinar el sentido de los textos atendiendo a los géneros literarios y a la mentalidad de la época en que se escribieron, son imprescindibles, pero no bastan. Sin entrar en mayores profundidades, lo que propugna es una lectura creyente de estos textos teniendo en cuenta el conjunto de la fe de la Iglesia. Se lamenta Ratzinger de que incluso los mejores especialistas católicos recientes sólo hayan dado visiones parciales e hipotéticas sobre el Jesús de la historia. Él intenta colmar este vacío con su libro, que es una reflexión espiritual y teológica sobre Jesús de Nazaret, escrito de forma bella, elegante y clara.

Me voy a permitir tres apreciaciones sintéticas. Ratzinger-Benedicto XVI (así viene firmado el prólogo de la obra) tiene razón si lo que pretende es salir al paso de unos estudios bíblicos sensacionalistas, que convierten hipótesis frágiles en postulados científicos; también es verdad que los estudios de los textos bíblicos no pueden ser la sala de disección de unos cadáveres. Todo texto clásico tiene una capacidad de evocación y sugerencia, que va más allá de la intención expresa de sus autores. Y esto vale muy especialmente para muchos textos bíblicos. Pero en el libro del que estamos hablando no se ve la relación entre unos estudios críticos -que en teoría se aceptan y que, en mi opinión, son el intento más colosal por introducir la razón de la modernidad en el seno de la fe religiosa- con las reflexiones teológicas que parten de esos textos. Quizá una de las mejores y más aceptadas aportaciones de los estudios históricos sobre Jesús ha sido iluminar el contexto en que se movió: pienso en los estudios históricos y arqueológicos sobre Galilea, el avance en el conocimiento del judaísmo, las aportaciones de la antropología sobre los valores y la mentalidad de aquel tiempo. Todo este bagaje, que no procede fundamentalmente del mundo germánico, muy importante para situar y conocer mejor a Jesús, no es tenido en cuenta en el libro y ni siquiera es mencionado en la bibliografía.

La preocupación del autor es otra y muy legítima por cierto: hacer ver que sin penetrar en la peculiar experiencia religiosa de Jesús no se puede entender nada de su persona ni de su mensaje. El libro pretende mostrar que la fe posterior que proclama a Jesús Hijo de Dios de forma única e insuperable hunde sus raíces en la historia misma del Nazareno. Jesús no era el profeta de una utopía social ni predicaba una mera moral humanista. Él hablaba de Dios, de su cercanía gratuita y amorosa a los seres humanos y, al mismo tiempo, se presentaba a sí mismo en una relación íntima y no parangonable con ese Dios a quien llama Padre. Pienso que, contra lo que promete el título, nos encontramos no con un libro sobre Jesús, preocupado por su historia, sino con una reflexión sobre Dios a partir de elementos centrales que un creyente confiesa en Jesús. Ratzinger hace, como de pasada, frecuentes e interesantes referencias a la actualidad y hay una que se repite especialmente: la gran tentación de la cultura contemporánea es olvidarse de Dios y esto lleva indefectiblemente al empobrecimiento del sentido de la vida. Así, por ejemplo, critica las ayudas de los países ricos al Tercer Mundo porque «han prescindido de las estructuras religiosas, morales y sociales existentes y han introducido su mentalidad técnica en el vacío. Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en vez de pan».

Ratzinger critica brevemente las utopías sociales que pretendían sustituir a Dios, porque han fracasado y son cosa del pasado; en cambio considera de mayor actualidad la filosofía de Nietzsche, que ataca la moral del cristianismo como «crimen capital contra la vida». El filósofo alemán afirma: «No queremos para nada el reino de los cielos. Somos, por fin, hombres; queremos el reino de la tierra». El Sermón del Monte, con el elogio de la misericordia, de los pobres, de los mansos, es una moral de resentimiento que intenta vengarse de los fuertes y de quienes han tenido éxito. Tiene razón Ratzinger: mucha de esta mentalidad nietzscheana ha penetrado en nuestra cultura y condiciona en gran parte la forma de valorar la vida. En este punto el libro raya a gran altura y afronta un gran tema cultural de nuestro tiempo. Es verdad que Jesús propone una alternativa al curso que espontáneamente toma una historia en manos y al servicio de los poderosos. El Sermón del Monte desvela los caminos alternativos del amor y la verdadera vocación del hombre.

No sería justo valorar el libro de Ratzinger desde un punto de vista estrictamente histórico, pero sí hay un elemento que echo en falta y afecta a su decidida presentación teológica de Jesús: la poca presencia de los pobres, de los marginados, de las mujeres despreciadas, de las gentes oprimidas del campo galileo, que no aparecen prácticamente en su forma de hablar de Dios y de la experiencia religiosa de Jesús. Se puede explicar por la sensibilidad del autor y por la insuficiente contextualización del ministerio de Jesús. Quizá el intelectual germano, preocupado por lo universal y racional -desde ahí reivindica a Dios en la cultura europea- no ha dado suficiente importancia a algunos datos incuestionablemente históricos: Jesús acoge a gente de mala fama y comparte la mesa con ellos, cura a los enfermos, da de comer a los hambrientos, proclama que Dios está especialmente cercano de los pobres y de quienes sufren. La interpretación crítica de la Biblia supone un reto a la fe de la Iglesia, pero la hace culturalmente viable y, sobre todo, la llama a conversión y la pone en movimiento. Lo que falta en este libro es la articulación de su profunda y bella meditación teológica con la toma en consideración de los resultados críticos sobre la historia de Jesús.

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Hace tiempo Blaise Pascal escribió: “la multitud que no actúa como una unidad es confusión”. Pero en el mismo sitio escribió inmediatamente después: “esa unidad que no tiene su origen en la multitud es tiranía”. Lo que se traduce como: la multitud necesita unidad, pero la unidad, para ser real, exige el asentimiento de la multitud.

Entender la conjunción de estas dos ideas –la confusión en la incertidumbre y la tiranía como sustituto del consenso– puede que nunca haya sido más importante que ahora. Si un país, o un grupo religioso, no puede desarrollar una visión común, las probabilidades de que pueda, no ya ser eficaz, sino simplemente sobrevivir, son pocas en el mejor de los casos. Estamos a punto de comprobar dolorosamente esta afirmación en la Comunión Anglicana*. Ninguno de nosotros debemos alegrarnos de que esto les pase a otros y no a nosotros. Por el momento.Muchos piensan que el cisma amenaza a la delicadamente estructurada Comunión Anglicana, dividida por las tensiones internas entre las diferentes iglesias nacionales de todo el mundo surgidas a causa de la cuestión de la homosexualidad del clero. Algunos dirían “si no te gusta, márchate”. Este grupo “nosotros-somos-la-iglesia” se erige en norma de la fe. Y califica de “malos” o “disidentes” o “desleales” a aquellos que no están de acuerdo, que se atreven a cuestionar cualquier cosa, que reabren temas que otros pensaban que ya estaban cerrados para siempre. Por ejemplo, los católicos que aceptaron la idea de la separación de la iglesia y el estado sufrieron durante años bajo la sombra de la sospecha. La pérdida del estado teocrático después de la Reforma Protestante fue un golpe para la teología del poder y la autoridad. Hasta el Concilio Vaticano II la iglesia no aceptó la idea de gobiernos no confesionales como teológicamente aceptable.

El debate sobre la no confesionalidad del estado nos parece irrisorio ahora, pero era todavía cuestión muy seria cuando John F. Kennedy** se presentó como candidato a la presidencia. La principal cuestión política de aquel momento era si realmente se podía confiar en que un presidente católico lideraría el gobierno para el bien de todos, católicos o no, o si, por el contrario, acataría las órdenes del papa –como hacían los reyes medievales.

Está claro que la teología y el gobierno no son instituciones paralelas. Son interactivas. Lo que afecta a una ciertamente afectará a la otra. Y aquí la segunda idea de Pascal es la otra cara de la moneda: “La unidad que no tiene su origen en la multitud es tiranía”. O dicho de otro modo, los grupos mismos deben participar en la redacción de las leyes para que el conjunto se unifique en vez de ser reprimido.

La cuestión que la Comunión Anglicana se plantea ahora, en nuestro lugar, es muy clara: ¿qué le sucede a un grupo, a una iglesia, que se enfrenta a elegir entre la confusión y la tiranía, entre la anarquía y el autoritarismo, entre la unidad y la uniformidad? Realmente, ¿sólo hay dos posibles opciones en un momento como éste? ¿No hay ningún terreno intermedio?

La lucha que está teniendo lugar en la Comunión Anglicana sobre la ordenación de sacerdotes homosexuales y el reconocimiento del modo de vida homosexual como un estado natural no es exclusiva del Anglicanismo. Este tema está en el aire que respiramos. Los anglicanos simplemente han llegado antes que los demás. Y, de esta manera, pueden convertirse en un modelo para todos de cómo tratar estas cuestiones. Si el tipo y la velocidad de los cambios sociales, biológicos, científicos y globales continúa a este ritmo, todos los grupos religiosos se pueden encontrar, más bien pronto que tarde, en el punto de ruptura entre “tradición” y “ciencia”.

Abundan las cuestiones teológicas forzadas por los nuevos descubrimientos científicos, las nuevas realidades sociales, las nuevas posibilidades tecnológicas. ¿Es moral utilizar células de una persona para el tratamiento de otra si todas las células humanas potencialmente pueden dar lugar a la vida? ¿Es esto destruir la vida? Si la homosexualidad es “natural”, es decir de nacimiento, ¿por qué es inmoral que los homosexuales vivan en uniones homosexuales –aunque sean obispos? Después de todo, ¿no es eso lo que dijimos –y, de hecho, hicimos– cuando argumentábamos “científicamente” que los negros no podían ser ordenados porque no eran tan humanos como los blancos? Y así les excluíamos de nuestros seminarios y nos llamábamos “cristianos” al hacerlo. Sin ni siquiera tener la delicadeza de sonrojarnos.

Lo que pone a prueba una iglesia no es si nos consideramos morales. Quizá la medida de nuestra propia moralidad es hasta qué punto hemos estado seguros de nuestra inmoral moralidad a través de la historia. Esto nos debe poner en guardia. En una época dijimos que cobrar interés en los préstamos era gravemente inmoral, que era pecado mortal no ir a Misa un domingo, que no se podían leer los libros del Índice, que las personas divorciadas no podían volver a casarse. Y no tolerábamos que se cuestionaran ninguna de estas cosas. La gente estaba dentro o fuera, eran buenos o malos, religiosos o no, según que estuvieran en un extremo u otro de estos espectros.

Está claro que el problema no es que las definiciones de moralidad puedan cambiar a la luz de datos nuevos o realidades sociales nuevas. El problema está en que no parece que sepamos cómo tratar las situaciones que preceden a estas nuevas percepciones. Parece que pensamos que sólo tenemos dos opciones: el modelo autoritario que exige uniformidad intelectual y la llama “comunidad”, o una especie de anarquismo intelectual que destruye el tejido de la tradición en un mundo en cambio. El problema está en que, amenazados por el cambio, nos inclinamos más por suprimir la cuestión profética que por encontrar el tipo de estructuras que puede liberar el Espíritu, que nos puede conducir más allá de la sumisión ciega mientras, a la vez, honramos la tradición y ponemos a prueba los espíritus.

No es una tarea fácil. Y hemos tenido suficientes cismas para demostrarlo. Es interesante constatar que el catolicismo ha sabido preservar las diferencias teológicas mejor de lo que se supone. A las diferencias les llamábamos “tradiciones antiguas” o “ritos” étnicos, o “costumbres”, o “terreno privado”. La iglesia reconocía que había situaciones o culturas para las que algunos ideales sencillamente no eran ciertos. Pero todo esto funcionaba en un mar de uniformidad, en culturas esencialmente monocromáticas y en países fundamentalmente unidimensionales en idioma e historia.

Pero ahora vivimos en una avalancha de conciencia, de interacciones culturales, de posibilidades científico-tecnológicas. En este momento, adoptar una postura con demasiada certeza y demasiado pronto puede destrozar los grupos. En todos los lugares, las iglesias están polarizadas. En un estudio que se hizo en Minnesota en 1983 entre personas que iban a la iglesia con regularidad, los católicos conservadores y los luteranos conservadores tenían más en común que los católicos conservadores y los católicos liberales. Pero en semejante clima social, ¿cómo mantenemos lo mejor de lo de antes y admitimos lo mejor de lo de ahora? El ser tajantes, las actitudes absolutistas, el insulto y la difamación lisa y llana han envenenado la atmósfera, convierten la búsqueda en impura, han atascado el diálogo.

Los conservadores, volcados en lo que consideran ser una verdad inmutable, asumen la fidelidad al pasado. Los liberales, decididos a explorar las dimensiones morales de las situaciones nuevas, se consideran fieles a la visión de futuro del Vaticano II. Pero lo cierto es que el compromiso con lo que subyace a los cambios y a la renovación es lo que desarrolla una tradición y le vuelve a dar forma. No son opuestos. Son dos caras de la misma moneda y, si todos tenemos que sobrevivir juntos, debemos aprender a respetarnos unos a otros hasta que llegue el amanecer y brille la luz.

Desde mi punto de vista, necesitamos personas que puedan desarrollar un modelo de fe en tiempos de incertidumbre en los que se aprecie la tradición y se honre lo profético. A menos que queramos vernos abocados a la tiranía o a la anarquía, más nos vale rezar por los anglicanos para que ellos nos muestren cómo debemos hacerlo.

Joan Chittister, OSB, pertenece a las Hermanas Benedictinas de Erie, PA, USA

    *La Iglesia Episcopaliana (que es la Iglesia Anglicana en Estados Unidos) tiene de plazo hasta el 30 de septiembre para decidir, inequívocamente, que no ordenará más obispos homosexuales ni autorizará la bendición de uniones de personas del mismo sexo. El artículo completo se puede leer en este enlace de la NCR.** John F. Kennedy (1917-1963) fue el único presidente católico (hasta la fecha) de Estados Unidos, elegido en 1960.

[La H.. Ella es conferenciante y autora conocida internacionalmente.

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profundizar la democracia

 La revista religiosa Éxodo publica en su último numero este editorial. Me parece una magnífica reflexión sobre el momento que vivimos. Sería interesante leer vuestras opiniones.

 

“CUANDO te parezca que las cosas van mejor, es que se te ha pasado algo por alto”, nos advierte un corolario de Murphy. Y la oposición política española, secundada por la jerarquía católica, se lo han tomado tan en serio que cada día nos obsequian con alguna solícita advertencia del tenor siguiente: estad alerta, porque “nada es tan malo nunca como para que no pueda empeorar”. Quizás lleven algún punto de razón, pero no es bueno pasarse de la raya porque te pueden tomar, como ya está ocurriendo, por el aguafiestas de turno. Pues, en situaciones como esta, la gente tiende mayormente a dar crédito a la filosofía del propio Murphy que dice: ” no discutas nunca con un tonto, puede que la gente no aprecie la diferencia”.

“Profundizar, como pretendemos, la democracia” en nuestro país cuando los comportamientos y las instituciones se están devaluando, parece una tarea ímproba y urgente. Ímproba porque, instalados como estamos en la bronca permanente, esto nos va a exigir un esfuerzo sobrehumano para vencer las resistencias y urgente porque una buena terapia como la que socialmente estamos necesitando no se puede aplazar “sine die” sin poner en peligro la misma convivencia.

Un buen diagnóstico de lo que nos está pasando nos encamina directamente a las causas. Y en este camino no valen atajos que, frutos de la ideología o de la pasión, nos impidan un análisis riguroso. Partir apresuradamente de la convicción de que el deterioro actual de la democracia se debe exclusivamente a los “cuadros dirigentes”, por mayoritario que parezca, no deja de ser un mal punto de partida. Ni todos los dirigentes son iguales ni todos buscan exclusivamente su propio interés.

Tampoco se explica la crispación y malestar actual echando la culpa a la imperfección de “las mediaciones institucionales”. Es verdad que todo colectivo político o religioso tiende por naturaleza a institucionalizarse y a convertir los nobles fines que inspiraron su nacimiento en defensa de su propia permanencia. En este sentido, no se puede disimular fácilmente el lamentable espectáculo que en ocasiones ofrecen los partidos políticos, los sindicatos y las mismas iglesias defendiendo casi borreguilmente intereses corporativos.

Las mediaciones constitucionales sobre las que se asienta la democracia necesitan evidentemente un bautismo transformador para ponerse al ritmo de las exigencias y cambios sociales. Esto es verdad. Y quizás los obispos también necesiten alguna pasada por el Evangelio.

Pero, ¿es esto todo? ¿Explican estas cusas toda la realidad? Creemos que no. Los síntomas están apuntando a un mar más de fondo. Muy brevemente, digamos que la terapia política o religiosa, aplicada en otros tiempos y en otras situaciones, ya no basta. Ni valen ya los acuerdos que hicieron posible la instauración de la democracia, ni en la Iglesia los intentos de renovación surgidos al calor del Vaticano II son hoy suficientes. La nueva realidad, surgida después de treinta o cuarenta años, está exigiendo otro tipo de respuestas. Se acabó el continuismo, es preciso poner en marcha la imaginación.

Traigamos ante los ojos tres síntomas que, a nuestro modo de ver, apuntan a la base de la actual debilidad de la democracia y del conflicto ideológico existente: el rescate de “la memoria histórica”, tanto en la sociedad como en la Iglesia, para hacer justicia a los que sucumbieron defendiendo la legalidad y la dignidad de la conciencia, en primer lugar. Ya no se puede escribir hoy la historia de este país sin integrar la memoria de nuestros vencidos. Por otra parte, tampoco será posible construir un proyecto político o religioso que sirva para todos y todas sin “integrar las diversas identidades” que reclaman un reconocimiento en el marco estatal o eclesial. Y, finalmente, “nuestras alianzas políticas o religiosas” con el mundo exterior ya no pueden establecerse de espaldas a la justicia y a la paz.

Porque a estas alturas, ni el imperio, ni el Vaticano, dada su trayectoria, merecen sin más nuestra confianza.

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una asignatura polémica

Glosario sobre una asignatura polémica, publicado en la revista El Ciervo
 
Josep M. Margenat
Jesuita y profesor de Filosofía Social en ETEA

El debate sobre la educación para la ciudadanía sigue este otoño, aunque algunos empezamos a estar cansados. Los argumentos no son fáciles, porque hay una parte oculta que cuesta entender. Con argumentos educativos y éticos se dirimen cuestiones de estrategia político-cultural. Unos quieren forzar el laicismo, otros aunar catolicismo y conservadurismo; la mayoría busca mejorar el compromiso cívico de los alumnos y/o una formación moral más profunda de acuerdo con los valores evangélicos. Se oye más a los dos primeros que a la mayoría. En este breve –y discutible– glosario digo algunas cosas de forma apresurada. Ya el Concilio Vaticano II nos recordó que con frecuencia los católicos tenemos posiciones diferentes sobre temas seculares; lógicamente pretendemos que nuestras posiciones son las más conformes a nuestra fe. Hemos de hacer un esfuerzo para reconocer, sin embargo, el legítimo pluralismo católico, y no apropiarnos de ese nombre para defender nuestras ideas; son sólo unas de las posibles. Este glosario puede servir para el diálogo pluralista. Así lo espero.

Educación para la Ciudadanía. Hace falta, sin duda. Es un proyecto que desde hace tiempo vienen promoviendo muchas personas y grupos muy serios y preocupados por el déficit de cultura democrática (responsable y participativa). Cuando el PSOE ganó las elecciones de 2004 y quiso aprobar una nueva, e innecesaria, ley de educación, encontró esta estrella entre las pocas que podían justificarla. Desde el principio levantó sospechas y resistencias entre muchos sectores cristianos, y también en cierta izquierda radical. Cuando se fue configurando, los sectores conservadores eclesiásticos cargaron contra ella. La batalla se desató en febrero cuando estos sectores defendieron la que ellos llamaban objeción de conciencia contra la asignatura. Algunos grupos más laicistas han aprovechado para introducir su agenda y promover una deseducación ciudadana (algunos lo han confesado) o para meter sus agendas particulares: laicismo ideológico, movimientos queer y genre (aquí lo llaman ideología de género). Para algunos se trata de hacer presente en la escuela lo que algún sociólogo ha definido como vida líquida (también lo han reconocido). Otros piensan que la escuela debe equilibrar la desestructuración de la postmodernidad. El gobierno con los sectores sociales moderados, cristianos y otros, ha llegado a acuerdos. La propuesta ministerial es aceptable, no la ideal, pero muy conveniente para afrontar el reto. Hay que apoyarla críticamente. En lugar de azuzar la polémica y extremismos, los católicos podríamos liderar el desarrollo de esta educación. Sería bueno para todos.

Integristas. Son una parte del problema. Para ellos el error no tiene derechos, y sólo cabe la defensa de la verdad íntegra (como ellos la entienden). Sardà i Salvany, nuestro integrista más conocido, arremetía en El liberalismo es pecado (1884) contra los católicos liberales (mestizos). Una parte pequeña, pero vociferante, del mundo católico, es integrista. Por eso afirman que colaborar con una asignatura como ésta es un mal objetivo, algunos han llegado a vislumbrar al demonio. Parecen textos tomados a Sardà, pero menos inteligentes y sabrosos que los del cura de Sabadell, que años después se retractó.

Laicistas. Varios grupos pueden meterse bajo este paraguas. No son el gobierno. El gobierno, como todos los gobiernos, gobierna, está en el centro, es responsable y no quiere demasiados problemas de gestión. Le pagamos para que haga las cosas bien, es decir, lo mejor que pueda. Intenta acuerdos. Pero luego están los laicistas, poquitos pero jaraneros, en el PSOE y fuera. Quieren aprovechar la ocasión para introducir una especie de “religión laicista”. Lógicamente los grupos religiosos están con la mosca detrás de la oreja. También hay otros laicistas serios que quieren profundizar en la laicidad de un Estado no confesional y se preocupan al ver las actuaciones de algunos sectores católicos. Tienen razón y son necesarios. Veremos qué pasa.

Legalidad. La ley debe ser acatada y cumplida. Si la ley ha sido aprobada por un parlamento democrático con todas las garantías jurídicas, más a favor de esa presunción. Rechazar abiertamente el cumplimiento de una ley es muy grave; desde luego, dice muy poco de la calidad ética y ciudadana de quien lo hace. Si quedase la sospecha de que una institución social, reconocida constitucionalmente, no cumple la ley, se produciría un daño muy grave para la convivencia democrática. ¿Puede una institución social fundamental promover la objeción de conciencia?

Liderazgo. Una buena dirección y organización de la educación para la ciudadanía es la mejor manera de neutralizar muchos de los efectos negativos posibles y desviaciones inducidas. Estamos a tiempo de que alguien se lo tome en serio. Hay que preparar buenos profesores, elaborar buenos libros y materiales curriculares, diseñar buenos planes de formación, realizar buenos proyectos. Pueden ejercerlo los mestizos, es decir los cristianos dialogantes. Debe hacerlo, en su campo, todas las administraciones públicas responsables. Integristas y neocon alimentan las posiciones extremistas de los laicistas, y viceversa. Hay que hacer que el gobierno gobierne y los maestros y profesores eduquen. Nada más. Todos deben aceptar la legalidad vigente.

Maestros y profesores. La inmensa mayoría son honestos profesionales que buscan el bien de los alumnos con seriedad. Son la clave que necesita un buen liderazgo institucional. Hay que confiar en ellos, por principio, como en los religiosos en la enseñanza.

Mestizos. Así (nos) llaman los integristas a todos los que creyendo en el Evangelio (ellos también dicen creer; no lo parece, se mueren de miedo, por eso no son capaces de creer) y buscando un humanismo integral, practicamos la misericordia (Juan XXIII), la agenda del diálogo (Pablo VI) y el encuentro con la sociedad contemporánea (Concilio Vaticano II). Buena parte de la dirigencia eclesiástica, del alto clero, de los líderes seglares de organizaciones y movimientos y de los católicos, tanto los ilustrados como las mayorías del mundo popular (parroquial, etc.) somos mestizos, es decir, simplemente “conciliares”. Los mestizos creemos que hay que dialogar, avanzar gradualmente, sumar, defender crítica y abiertamente las posiciones, pero sin agresividad ni seguidismos políticos.

Neocon. En el catolicismo español actual hay un sector importante, pequeño aunque creciente, heredero del peso que tuvo durante años el conglomerado llamado nacionalcatólico. Ahora ya no lo es, claro. Entonces, aquellos católicos, abundantes pero no los únicos, controlaban todos los aparatos estatales. No hay que confundir a estos grupos con los integristas. Nuestros neocon actúan como brazo agitador de los grupos políticos más conservadores. Es lógico, pero no necesariamente cristiano, tampoco inteligente para la Iglesia. Los neocon tienen sus teólogos armados.

Objeción de conciencia. La objeción que actualmente promueven grupos variados del catolicismo conservador no lo es. Lo que ellos promueven se llama, desde un punto de vista individual, insumisión, y desde un punto colectivo, desobediencia cívica o resistencia civil. Los integristas la entienden como parte de su “politique du pire” (agudizar problemas y tensiones, provocar contraposiciones fuertes: es la antigua estrategia paleomarxista que hoy defienden también los neocon) a la que están muy acostumbrados desde mediados los años 1920. Quizá se les escape de las manos.

Religiosos en la enseñanza. Los religiosos y religiosas son titulares de muchos y acreditados colegios. Llevan siglos enseñando, a veces en condiciones difíciles. Desde el siglo xvi vienen haciéndolo, entre otros, los jesuitas y los escolapios, desde el xvii la compañía de María, las “irlandesas” (o “alemanas”) de la congregación de Jesús y los hermanos de las escuelas cristianas, desde el xviii las “dames du Sacré-Coeur” y ya en el xix las escolapias o las “vedrunas”, entre otros. Parece que saben hacerlo aceptablemente bien, pues han sido y son capaces de afrontar problemas difíciles con creatividad. Decir que no saben acomodar esta educación para la ciudadanía a su “carácter propio” suena a torpeza. Pensarlo sería más grave. Quizá la torpeza no es reflexiva, pero los integristas son así. No piensan demasiado, pues ellos “poseen” toda la verdad. Eso dicen. Los religiosos merecen que confiemos en su buen hacer.

Teólogos armados. La expresión es de los años 1930, para referirse a un bando en guerra. Algunos parecen ser la avanzadilla guerrillera de las divisiones pesadas partidistas que luego vendrán en manifestaciones o en elecciones. ¿Deben dedicarse los eclesiásticos a dejar la tierra quemada? A quienes pensamos que la Iglesia debe estar más presente, y mejor, en la plaza pública, nos gusta que el trabajo político plural lo hagan los partidos, y que la Iglesia ordenada se dedique a orientar los horizontes de emancipación y a estar cerca de los que sufren y buscan. Estos teólogos armados hablan en nombre de todos, pero no representan a nadie. Su política tampoco, salvo a los neocon.

Vida líquida. Es otra parte del problema. Cuando el hombre no es sólo la medida de todas las cosas, sino el centro de todo el mundo afectivo y axiológico y cuando no hay verdades que fundamenten la existencia, ésta se escapa como el agua (líquida): todo es posible e imposible al mismo tiempo. Algunos dicen que se está construyendo una “identidad a la carta”, donde todo es elegible incesantemente. Otros estamos cansados de tanta vida líquida (como la llama Zygmunt Bauman). La educación para la ciudadanía, según algunos, puede servir para aumentar esta desorientación, en lugar de enderezarla.

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PUEDE parecer muy fuerte, pero creo que puede ser interesante ver como se vive el cristianismo en otros lugares y en otras perspectivas.


Nancy Cardoso Pereira

El Instituto de Teología y Política (ITP), de Münster, invitó a la teóloga brasileña Nancy Cardoso Pereira, integrante de la Comisión Pastoral de la Tierra de la Iglesia Católica Romana de Brasil, para participar en talleres y actividades que se realizan contra el G-8. Damos a conocer el discurso que Nancy Cardoso Pereira pronunciará en la manifestación anti G-8 del 2 de junio en Heiligendamm.

Compañeras y compañeros: Con las luchas aprendemos que existen cinco maneras de decir la verdad. Traigo acá la memoria de los escritos revolucionarios de Bertold Brecht. La gran verdad de nuestra época es que las grandes mayorías populares y el planeta están obligados a vivir en estado de barbarie.

El capitalismo globalizado se mantiene por la fuerza de la guerra, de la explotación y de la humillación. Fuerza, violencia, cinismo y represión para el mantenimiento de las relaciones capitalistas de propiedad de los medios de producción como garantizadores del lujo de las minorías mundiales.

El modelo de civilización occidental y capitalista se sostiene en la explotación de unos seres humanos por otros seres humanos, así como por la intensa explotación de la naturaleza por una restringida elite mundial; se mantiene y se reproduce en sistemáticas guerras de ocupación e intervención, en al idolatría del consumo, y es el principal responsable por el calentamiento global y por la miseria del mundo

Por eso es necesario tener:
1. El coraje de decir la verdad, aunque ella se encuentre escamoteada en los números mentirosos de las señoras y señores del G8.
2. La inteligencia de reconocer la verdad aunque ésta se presente siempre disfrazada por los falsos discursos de gobernantes y capitalistas y sus juegos de democracia burguesa.
3. La capacidad crítica y organizativa de manejar a la verdad como un arma defensiva y ofensiva, creando formas solidarias e internacionalistas de lucha.
4. La capacidad de construcción de nuevas formas de poder a partir de los pobres, de las trabajadoras y trabajadores. Será necesario escoger en las manos de quién la verdad tendrá la fuerza de enfrentamiento y destrucción del capital.
5. ¡Astucia y osadía! La fuerza de divulgar esta verdad nacida en el combate de los pueblos contra el capital; difundir, como ejercicio cotidiano de la lucha contra el G8, la globalización capitalista y las democracias de mentira, pero también la posibilidad de construcción de un otro mundo posible.

De modo especial, nosotros, militantes cristianos, hombres y mujeres, asumimos el compromiso con nuestro pueblo y con ustedes de:
1. Denunciar las relaciones históricas y actuales del cristianismo hegemónico con el capitalismo.
2. Denunciar el cristianismo aprisionado por los intereses de las elites mundiales a cambio de favores que dan soporte a la acumulación y concentración de riqueza, que legitiman las formas sistemáticas de explotación del trabajo humano y de la naturaleza.
3. Denunciar y renegar todo tipo de adoración del capital, toda religión de consumo y todo fundamentalismo occidental que se esconde y se alimenta de los espacios teológicos y comunitarios cristianos.
4. Rechazar toda instrumentación de la fe cristiana y de la Biblia como justificaciones para la guerra, para la destrucción de otras religiones y modos de vida.
5. Afirmarnos como una religión entre otras, un pueblo de fe entre otros pueblos de fe, y llamamos a todas/os las/os cristianos a que luchen por la justicia, amen la misericordia y caminen humildemente con su Dios (Miqueas 6,8).

¡Sabemos que es muy difícil no inclinarse ante los poderosos! ¡Nosotros no nos inclinamos!

¡Puede ser muy ventajoso continuar engañando a los débiles! ¡Nosotros no nos vendemos!

¡La verdad que nos reúne aquí no es un concepto, ni un episodio más en medio del verano europeo! ¡No son rezagos del pasado! Nuestra verdad es fruto del análisis, del estudio y de la autocrítica. Nuestra verdad es fruto de nuestra conciencia de clase. Nuestra verdad no está acabada fuera de nosotros… sino que es el resultado crítico y creativo de nuestra capacidad de lucha y de organización.

Nuestra verdad es la lucha por la tierra, por el agua, por la semilla. En África, en América Latina, en Asia…en Europa también. Nuestra verdad es la lucha de campesinas y campesinos, indígenas y quilombolas, contra las grandes empresas multinacionales. Nuestra verdad es el trabajo de base, de formación política y de educación popular que hacemos en el día a día de nuestras organizaciones. Nuestra verdad está en el suelo de las fábricas y las escuelas. Nuestra verdad está en la lucha por el derecho del emigrante, nuestra verdad está en las calles contra las guerras imperialistas de Bush y las excusas confortables de los europeos. Nuestra verdad está en el rechazo de continuar con la entrega a las minorías de nuestros granos, bosques, agua… Nuestra verdad está en el fortalecimiento de los movimientos sociales sur-sur y en la creación de estrategias de enfrentamiento internacionalista con los movimientos sociales del norte.

Termino repitiendo con Brecht: “Desconfía de lo más trivial, de las apariencias. Y sobretodo examina lo que parece habitual. No aceptes lo que es habitual como cosa natural, pues en tiempo de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural, nada debe parecer imposible de cambiar”.

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Noticias que sorprenden, es un tema delicado y que se ha comentado en diversas ocasiones, pero nunca procedente de una orden religiosa. Espero  vuestros comentarios.

LOS dominicos holandeses hacen un llamamiento para que los laicos celebren la misa

La orden de los dominicos en los Países Bajos ha realizado una recomendación radical: ministros laicos, escogidos por sus feligreses, deberían poder celebrar la eucaristía si no hay sacerdotes ordenados disponibles.En un boletín enviado por correo a todas las 1.300 parroquias del país, afirma que la Iglesia debería modificar su modelo de misa, centrado alrededor de la figura del sacerdote, por otro construido alrededor de una comunidad que comparte el pan y el vino en la oración.

“El hecho de que sean mujeres o hombres, homosexuales o heterosexuales, casados o solteros, no viene al caso. Lo que es importante es una actitud infecciosa de fe” dice el boletín, que tiene el visto bueno de los líderes holandeses de la orden.

Sin embargo, la Conferencia Episcopal Holandesa manifestó enseguida que el boletín parecía estar “en conflicto con la fe de la Iglesia Católica Romana”. Dijo que no tuvo conocimiento anterior del proyecto y que tenía que estudiar el texto en más detalle antes de pronunciarse.

El boletín de 38 páginas, “Kerk en Ambt” (Iglesia y Ministerio) fue escrito por 4 dominicos que incluyen al Padre André Lascaris, teólogo del Centro de Estudios Dominico para la Teología y la Sociedad de Nijmegen. El Padre Lascaris estuvo involucrado en trabajos a favor de la paz en Irlanda del Norte entre 1973 y 1992 y ha publicado numerosos artículos y libros acerca de conflictos, la violencia, el perdón y la reconciliación.

Los demás co-autores son el Padre Jan Nieuwenhuis, director jubilado del centro ecuménico dominico de Amsterdam, el Padre Harrie Salemans, párroco en Utrecht y el Padre Ad Willems, profesor jubilado de teología en la Universidad de Radboud en Nijmegen.

El boletín refleja las opiniones del teólogo dominico belga Edward Schillebeeckx. En 1986 la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo el Cardenal Joseph Ratzinger advirtió al Padre Schillebeeckx que sus comentarios sobre la eucaristía y el ministerio eran “erróneas” pero no realizó ninguna acción en su contra.

El boletín afirma que muchos católicos holandeses están frustrados, que la unión de parroquias y el cierre de iglesias es la respuesta principal al reto de la disminución de los clérigos. “La Iglesia está organizada alrededor de los sacerdotes y considera el sacerdocio más importante que las comunidades de la fe”, comentó el Padre Salemans en una entrevista colocada en el sitio web de la orden holandesa. “Esto es fatal para las feligresías locales”.

Siguiendo el modelo de la Iglesia primitiva, dice el boletín, una feligresía podría elegir su propio ministro laico para presidir las celebraciones. El ministro y la congregación recitarían las palabras de la consagración juntos. “Recitar estas palabras no es el derecho ni el poder exclusivo del sacerdote”, dice el boletín. “Se trata de la expresión consciente de fe de toda la congregación.”

El número de dominicos holandeses se ha menguado al igual que los otros clérigos y ahora quedan sólo 90 varones. Desde 2000 se han cerrado unos 200 parroquias en los Países Bajos debido a la falta de sacerdotes y la caída de la asistencia en las celebraciones.

William Jurgensen

    [Noticia publicada el 8 de septiembre de 2007 en el semanario católico inglés THE TABLET ]

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la educación sentimental


Mikel Agirregabiria Agirre (*) Publicado en la revista Fusión

Es indudable la mejoría de la formación de nuestra juventud, tanto en lo referente al desarrollo de la inteligencia cognitiva, como –también, aunque en menor grado- de la inteligencia emocional. Pero la “educación en valores”, y particularmente la “educación sentimental” es un déficit para el pleno desarrollo personal y colectivo de las generaciones futuras.
Con ánimo educativo y sin pretensiones de categorizar, se relacionan algunos consejos que se han demostrado útiles para orientar a jóvenes con incertidumbres y pesares en tan sensible problemática, que a veces conduce a la infelicidad de una vida solitaria o mal acompañada. El método nemotécnico podríamos denominarlo “CEDA”, por las iniciales de los verbos implicados.
Comprometerse. La búsqueda de una pareja exige decisión y empeño. Lo primero es determinar si se busca “un ligue” o un compromiso mayor. Es exigible que las dos partes tengan el mismo propósito. Este esquema se orienta más hacia quienes desean y pretenden un compromiso estable y duradero. Esta etapa es esencial, pero a menudo se olvida y luego es fuente de desengaño.

La educación en valores y particularmente la educación sentimental, es un déficit para el pleno desarrollo de las generaciones futuras

Elegir. Es preciso comprender que escoger una potencial pareja no es lo mismo que tomar parte en un jurado de “Miss o de Mister”. No se trata de buscar la candidatura óptima… para no se sabe quién. Escoger bien es hallar alguien que te convenga… y que tú le convengas a esa persona. Porque alguien que te “conviene a ti” debe ser alguien a quien “tú también convengas”. Repetimos: Si tú no le convienes a esa persona, esa persona no te conviene a ti. Puede parecer muy prosaico, pero éste es el quid de una buena selección. El objetivo es encontrar una pareja que se hagan y se sientan bien mutuamente.
Declinar. Todo lo anterior resultaría insuficiente si no aseguramos nuestra capacidad de rechazar opciones que no cumplan con generosidad y rigor lo planteado anteriormente. Hay que aprender a romper lo que no ha empezado bien, o lo que empeora. La gente cambia, es cierto, pero una relación con dificultades de entendimiento o compromiso desequilibrado con el tiempo suele ir… a peor. Sólo desde un análisis frío, incorporando opiniones de quienes nos quieren incondicionalmente (como la familia), y desde la libertad de poder romper… se puede dar el último paso…
Aceptar. Que es mucho más que decir “SÍ” en un momento; es aceptarse y disfrutarse de cómo sois ambos, y aceptar que podéis amaros aún más. No sólo hay que aceptar las diferencias que puedan existir, también hay que adorarlas desde ambos lados. Significa apostar por la pareja, por encima de uno mismo. Hacer que la primera dicha buscada no sea la tuya, sino la de tu cónyuge. Aceptar significa pensar en el medio y largo plazo, no en lo inmediato. Aceptar es amar, profundamente y para siempre. Aceptar el amor es… asumir la vida y descubrir la felicidad. §

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