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Archive for 31 agosto 2007

 

 

«No vamos a contestar, en primer lugar porque la carta no ha sido dirigida aquí, sino a cada obispo. Y, en segundo, porque en realidad poco podemos decir». Esta fue la reacción de fuentes oficiales de la Conferencia Episcopal ante la carta enviada por las escuelas católicas a los cardenales y obispos españoles, de la que ayer dio cuenta ABC, y en la que se solicitaba al Episcopado que cesaran las injurias vertidas por Federico Jiménez contra FERE-CECA y sus representantes a través de los micrófonos de la cadena Cope, según cuenta Jesús Bastante en Abc.

Y es que la enésima polémica generada por el locutor de la emisora propiedad de los obispos ha vuelto a poner de manifiesto las «diferencias» existentes entre la visión de la mayoría de los prelados de nuestro país y la identidad de algunos programas y locutores de la Cope. De hecho, en el seno de la Conferencia Episcopal cada vez son más los que disienten, «en el fondo y en la forma», con los ataques de Federico Jiménez.

Después de recibir esta misiva, alrededor de una veintena de prelados se han dirigido, a través del teléfono o por carta, a los responsables de los colegios católicos de sus diócesis para, como solicitaban los religiosos en su carta, manifestar que «en absoluto participan de las injurias y las descalificaciones que sobre ellos ha vertido el señor Jiménez Losantos en sus programas».

Aunque en buena parte del Episcopado «duelen» los «ataques» a la escuela católica, fuentes de la Casa de la Iglesia reiteran que «desde aquí no podemos hacer nada», puesto que, pese a que todo lo relacionado con la emisora es responsabilidad del Comité Ejecutivo, éste ya avaló en su día la decisión del presidente del Consejo de Administración de Cope, Alfonso Coronel de Palma, de renovar al locutor -así como a César Vidal- por un año más.

Apoyo a las escuelas católicas

Entre los prelados que, en los últimos tiempos, han mostrado su apoyo a las escuelas católicas tanto en su misión educativa como en la labor realizada para paliar, en lo posible, el impacto de la LOE en lo referente a la enseñanza religiosa y el ideario cristiano de los centros, se encuentran el obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez; el obispo de Málaga y actual presidente de la Comisión de Enseñanza y Catequesis, Antonio Dorado (quien en una reciente entrevista a este diario afirmó que «FERE ha sido tratada injustamente»); el cardenal de Sevilla, Carlos Amigo, o el arzobispo de Santiago, Julián Barrio, en cuya sede episcopal se han celebrado encuentros con motivo del cincuenta aniversario de la FERE.

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Otoño caliente

Articulo publica por José María Castillo en el periódico Ideal de Granada

Se nos avecina un otoño caliente. No por causa del cambio climático, sino con motivo de la campaña pre-electoral que va a empezar pronto. Si desde el 14 M, la crispación política y religiosa han ido en aumento, se puede pensar razonablemente que en las próximas semanas la convivencia entre los españoles se va a caldear más.

Confieso que lo que más me preocupa de este probable calentamiento es la previsible participación que en él van a tener no pocos “hombres de Iglesia”. Los temas seguramente más polémicos ya están sobre la mesa. La asignatura de educación para la ciudadanía será, según parece, el tema estrella. Pero no sólo eso. En octubre, el papa va a beatificar en Roma a cerca de quinientos mártires de la guerra civil. Que yo sepa, nunca subieron a los altares tantas personas a la vez. Lo van a hacer cuando tenemos las elecciones generales a la vista. Y en el momento en que la ley de la “memoria histórica” pone más nerviosa a mucha gente. En esas condiciones, va a ser difícil evitar que muchos ciudadanos vean una provocación en el hecho de que, de tantos miles de víctimas de la guerra civil, precisamente los que se oponen a la ley de la memoria histórica glorifican a sus muertos, al tiempo que se indignan porque se quiere sacar de las fosas comunes a los muertos del bando contrario.Así están las cosas. Pero me temo que se van a complicar en cuanto empiece el curso escolar. Sobre todo, si empezamos con los objetores de conciencia que se niegan a que sus hijos asistan a las clases de educación para la ciudadanía. Y luego, a partir de octubre, las solemnes celebraciones que van a honrar la memoria de los mártires que dieron su vida “por Dios y por España”, al tiempo que, quienes tengan poder para hacerlo, seguirán poniendo pegas para que los hijos y nietos de quienes fueron fusilados por los “nacionales” puedan dar con los restos mortales de padres o abuelos y rendirles el reconocimiento que hasta ahora no han podido ofrecerles.

Estando en el poder un gobierno del PSOE, que es quien ha introducido en los planes de estudio la asignatura de educación para la ciudadanía y quien ha aprobado en el parlamento la ley de la memoria histórica, es evidente que la Ley no ampara a quienes proyectan impedir o dificultar que esas leyes se pongan en práctica. El problema está en que los obispos, y la derecha en general, cuando se oponen a las mencionadas leyes, no invocan argumentos jurídicos o legales. Porque saben que por ahí llevan las de perder. Por eso echan mano de argumentos éticos apelando a la conciencia. Lo cual es una estrategia bien montada. Porque, como sabemos, la Iglesia es experta en manejar y, a veces, manipular conciencias. Tiene experiencia de siglos en ese oficio. De ahí que obispos, clérigos y sus seguidores incondicionales se sienten cómodos cuando plantean los problemas ciudadanos en el terreno de la ética y, por tanto, en el ámbito de las conciencias. Ahí llevan las de ganar. Un buen ejemplo, en este sentido, es lo que dijo el papa actual el 24 de junio de 2005: “Es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen de acuerdo con las normas que les son propias”. Pero el papa añadió: “sin excluir sin embargo las referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. La autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión del hombre y de su eterno destino” (“L’Osservarores romano”, 25.VI.05, p. 5). Este texto es programático y expresa toda una mentalidad. El papa admite la laicidad del Estado. Pero sólo admite la laicidad “sana”. Es decir, la que no excluye “las referencias éticas”. Una fórmula inteligente desde el punto de vista de un buen dirigente religioso. Porque, desde el momento en que apela a las referencias éticas, está sacando al Estado de sus competencias específicas y lo está llevando a un ámbito que “encuentra su último fundamento en la religión”, según el criterio del papa.

A la vista de este razonamiento pontificio, se entiende la lógica del discurso episcopal. Los obispos admiten el Estado laico y sus leyes. Pero con tal que todo eso sea “sano”. Y sano es solamente el Estado que acepta como “último fundamento” del bien y del mal lo que dictamina la religión, es decir, el papa y los obispos. El conflicto, por tanto, está servido. Porque muchos ciudadanos están convencidos de que la religión no tiene por qué ser el “último fundamento” del comportamiento ético. Hay mucha gente profundamente religiosa que no es precisamente ejemplar en su conducta. De la misma manera que hay ateos honrados, ejemplares y hasta heroicos. Además, si hablando de quien dictamina sobre el bien y el mal, el papa y los obispos tuvieran las manos limpias, su discurso tendría una credibilidad inapelable. Pero, ¿qué crédito moral puede tener una institución (la Iglesia) que exige respeto al derecho de los padres para educar a sus hijos, pero a estas alturas aún no ha firmado los tratados internacionales sobre los derechos humanos? ¿Qué ética manejan los obispos que ocultan a curas pederastas, que expulsan sin explicaciones a profesores de religión, que no dan cuenta cada año hasta del último céntimo que cada diócesis gasta? En cualquier caso, los principios éticos por los que se debe regir un Estado no confesional no pueden ser los que provienen de una confesión religiosa. Porque si el Estado hace eso, ¿qué les puede decir a los ciudadanos que no creen en ninguna religión?

Si la Iglesia quiere colaborar a la pacífica convivencia de los españoles, lo mejor que puede hacer es promover lo que nos une, no lo que nos enfrenta. Sobre todo cuando lo que nos enfrenta es bastante discutible desde no pocos puntos de vista.

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Cuenta Jesús Bastanta en Abc que la Junta Directiva Confederal de Escuelas Católicas -organismo que aglutina a FERE-CECA y Educación y Gestión- envió el pasado 10 de julio una carta «a los señores cardenales, arzobispos y obispos» españoles en las que muestra su «profunda desazón y malestar» ante «las palabras ofensivas que desde la cadena COPE ha pronunciado el periodista Federico Jiménez Losantos en su programa «La Mañana» con motivo de la polémica sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía».

En la misiva, los representantes de la escuela concertada y privada católica muestran al Episcopado «algunos sentimientos e inquietudes», al tiempo que reclaman a los obispos que cesen «los ataques del citado periodista» a FERE-CECA. La carta comienza agradeciendo a la Conferencia Episcopal «su preocupación creciente por la escuela católica», puesta de manifiesto en el documento aprobado por la Casa de la Iglesia «La escuela católica. Oferta de la Iglesia en España para la educación en el siglo XXI», documento que las escuelas católicas «recibimos con satisfacción». En este sentido, los religiosos de la enseñanza apuntan que «es un compromiso de FERE-CECA y EyG la educación integral de nuestros alumnos, basada en el ideario y carácter propio de nuestros centros».

Identidad en el Evangelio

«Nuestra identidad -recuerdan las escuelas católicas-, fundamentada en una concepción cristiana de la persona, de la educación y del mundo, tiene como referente los valores del Evangelio y la comunión eclesial». Precisamente por esta motivación, el principal objetivo de la carta a los obispos no es otro que «expresarles el asombro y la profunda desazón y malestar que han producido en nuestras instituciones las palabras ofensivas que desde la cadena COPE ha pronunciado, los días 5 y 9 de julio, el periodista Federico Jiménez Losantos en su programa «La Mañana», con motivo de la polémica sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía».

La arenga del locutor -que las escuelas católicas envían, en documento adjunto, a los obispos- tenía como protagonista al secretario general de este organismo, Manuel de Castro, quien, en una entrevista a ABC, publicada el 9 de julio, se reafirmaba en su negativa a promover la objeción de conciencia en sus centros. Federico Jiménez acusó a Manuel de Castro de «mentir de una manera desvergonzada» y, a los colegios religiosos, de seguir un ideario «de todo a cien» y de «sumisión» al Gobierno «por dinero».

«Precisamente en el año de nuestro cincuentenario -prosigue la carta remitida por la escuela católica al Episcopado-, estas palabras resultan especialmente dolorosas e injustas, viniendo de un medio de comunicación de la Iglesia que se debiera caracterizar por el respeto a las personas e instituciones. En FERE-CECA llevamos mucho tiempo padeciendo los ataques del citado periodista sin dar respuesta, pero no podemos seguir callando cuando se arremete contra toda la enseñanza concertada, minusvalorando su labor e injuriando a sus representantes en términos objetivamente inaceptables».

«Ignorancia absoluta»

Tras mostrar la seguridad de que «los comentarios realizados no cuentan con su beneplácito», las escuelas católicas indican a los obispos españoles que «un ataque tan furibundo a los conciertos educativos y a FERE-CECA ha generado desorientación en no pocos miembros de nuestras comunidades educativas y de la Iglesia», además de «dar argumentos a los que, por otros motivos, son contrarios a la enseñanza privada concertada en general y a la católica en especial».

Por ello, los responsables de la escuela concertada católica solicitan a los prelados españoles que «manifiesten a los religiosos y religiosas que se dedican a la educación que en absoluto participan de las injurias y las descalificaciones que sobre ellos ha vertido el señor Jiménez Losantos en sus programas».

En cuanto a las acusaciones vertidas por el locutor contra la financiación de los centros concertados, la carta recuerda a los obispos que «el sostenimiento de los centros privados con fondos públicos ha posibilitado la presencia de la Iglesia en el mundo de la educación de la infancia y de la juventud, sin discriminaciones por razones económicas».

Por esta razón, «entender, como manifiesta Losantos en la cadena COPE, que la escuela debe ser privada o pública, y ésta última para los «pobres», además de poner a la emisora al servicio del más puro liberalismo, atenta gravemente contra la libertad de enseñanza y contra nuestra opción por estar abiertos a todas las familias, con independencia de su renta o patrimonio».

Finalmente, la misiva sostiene que «afirmar que nuestros colegios no roban porque hay controles, o que a cambio de que los centros obtengan unos beneficios se venden al Gobierno de turno, además de resultar injurioso, demuestra una ignorancia absoluta sobre la insuficiencia del módulo de conciertos y el esfuerzo que hacen las instituciones y los padres para seguir manteniendo esta oferta educativa».

La carta volvió a generar el debate en el Episcopado acerca de la conveniencia o no de apoyar determinadas «estrategias comunicativas y de presión», especialmente en lo referente a Educación para la Ciudadanía. Los obispos recibirán, en breve, un documento, elaborado por varios juristas , en el que se consignan las opciones para oponerse a Ciudadanía.

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849734636x.jpg«He intentado presentar al Jesús de los Evangelios como el Jesús real, como el “Jesús histórico” en sentido propio y verdadero. Estoy convencido, y confío en que el lector también pueda verlo, de que esta figura resulta más lógica y, desde el punto de vista histórico, también más comprensible que las reconstrucciones que hemos conocido en las últimas décadas. Pienso que precisamente este Jesús —el de los Evangelios— es una figura históricamente sensata y convincente.

Sólo si ocurrió algo realmente extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y expectativas de la época, se explica su crucifixión y su eficacia. Apenas veinte años después de la muerte de Jesús, encontramos en el gran himno a Cristo de la Carta a los Filipenses (cf. 2,6-11) una cristología de Jesús totalmente desarrollada, en la que se dice que Jesús era igual a Dios, pero que se despojó de su rango, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte en la cruz, y que a Él corresponde ser honrado por el cosmos, la adoración que Dios había anunciado en el profeta Isaías (cf. 45,23) y que sólo Él merece.

La investigación crítica se plantea con razón la pregunta: ¿Qué ha ocurrido en esos veinte años desde la crucifixión de Jesús? ¿Cómo se llegó a esta cristología? En realidad, el hecho de que se formaran comunidades anónimas, cuyos representantes se intenta descubrir, no explica nada. ¿Cómo colectividades desconocidas pudieron ser tan creativas, convincentes y, así, imponerse? ¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, pensar que su grandeza resida en su origen, y que la figura de Jesús haya hecho saltar en la práctica todas las categorías disponibles y sólo se la haya podido entender a partir del misterio de Dios?»

“Parece que Juan el Bautista, y quizás también Jesús y su familia, fueran cercanos a este ambiente (de los esenios). En cualquier caso, en los escritos del Qumrán hay numerosos puntos de contacto con el mensaje cristiano”. Ni revolucionario ni liberal, pero sí influido por la secta de los esenios, consciente de su divinidad, ejecutado por blasfemo y no por razones políticas y con algunos discípulos pertenecientes al movimiento liberacionista de los zelotes.

Estos son algunos de los aspectos más llamativos del retrato que Benedicto XVI hace de Jesucristo en su libro, “Jesús de Nazaret”

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Munich – Hay personas que, sumidas en el apuro y en el trajín, en el ajetreo y en la actividad incesante de la vida cotidiana, sólo en día domingo van a poder leer y reflexionar con calma meditaciones teológicas como ésta. ¿No deberíamos aprovechar al menos el domingo -que puede ser también algo así como un respiro del hombre en medio de su cotidianidad- la oportunidad de esbozar algunas reflexiones sobre una teología de la vida cotidiana, de poner bajo la luz de la fe cristiana y de considerar como preguntas a la teología algunos asuntos de cada día, como el trabajo y el descanso, el comer y el dormir y todas aquellas cosas que pertenecen a ese ámbito? Naturalmente, siempre con la reserva de que en unas pocas palabras se puede decir muy poco, incluso sobre estas cosas sencillas, ya que lo más fácil suele ser en verdad lo más difícil para la teoría y la praxis.

Por ahora digamos tan sólo algo breve sobre la teología de la vida cotidiana en general.

Lo primero es que tal teología no puede pretender que ella pueda hacer de lo cotidiano un feriado. Esta teología dice ante todo: “deja tranquila a la vida cotidiana ser cotidiana”. Ni por los elevados pensamientos de la fe ni por la sabiduría de la eternidad se puede o se debe convertir a la vida cotidiana en un feriado. Lo cotidiano debe ser mantenido como tal, sin dulcificaciones ni idealizaciones. Sólo así será para los cristianos lo que debe ser: el espacio de la fe, la escuela de la sobriedad, la ejercitación de la paciencia, el santo desenmascaramiento de las palabras grandilocuentes y de los falsos ideales, la silenciosa oportunidad de amar de verdad y de ser fiel, la verificación del realismo que es la semilla de la más plena sabiduría.

Lo segundo es, empero, que la simple cotidianidad, asumida honestamente, esconde en sí el milagro eterno y el callado misterio que llamamos Dios y su gracia sigilosa, precisamente cuando y en la medida en que lo cotidiano permanece como tal. Puesto que todo ello constituye la vida cotidiana del ser humano, y donde está el ser humano éste es allí aquel que en su actuar libre y responsable abre las profundidades recónditas de la realidad. Pues también las pequeñas cosas cotidianas son o deberían ser verdaderamente como una porción interna de lo esencial, inserta en una vida realmente humana, es decir, en una vida que por la fe, la esperanza y el amor dirigidos a Dios con la completa y más radical libertad, tiene el peso del Dios eterno al que ella se aferra. A Él lo tenemos, en último término, no por nuestros ideales, ni por nuestras elevadas palabras, ni por la contemplación de nosotros mismos, sino por la acción que nos arranca de nuestro egoísmo, por la preocupación por los demás que nos hace olvidarnos de nosotros mismos, por la paciencia que nos hace mansos y sabios. Quien como ser humano acoge el tiempo, que es tan breve, en el corazón de la eternidad que lleva dentro de sí, capta de golpe que también las pequeñas cosas tienen profundidades inefables, que son heraldos de la eternidad, que son siempre más que ellas mismas, como gotas de agua en que se refleja la totalidad del cielo, como signos que indican más allá de sí, como mensajeros que se anticipan y que, como arrebatados por el mensaje que portan, preanuncian la infinitud adveniente, como sombras, que ya se nos vienen encima, de la verdadera realidad, porque, en efecto, lo verdaderamente real ya está cerca.

Y por todo ello vale lo tercero: hay que estar siempre como si fuera domingo, bien dispuestos para las pequeñeces y las humildes cosas deslucidas de la vida cotidiana. Ellas nos irritan sólo si las enfrentamos irritados; nos tornan obtusos sólo si no las comprendemos; se nos hacen rutinarias y banales sólo si no las entendemos bien y las tratamos de manera equivocada. Nos vuelven sobrios, tal vez nos cansan y nos decepcionan, nos hacen modestos y serenos. Pero ello es precisamente lo que debemos llegar a ser, lo que tenemos que aprender aunque este aprendizaje nos resulte difícil; es lo único que nos puede disponer para encaminarnos hacia la auténtica fiesta de la vida eterna que la gracia de Dios, y no nuestra propia fuerza, nos prepara. Las cosas cotidianas, en todo caso, no tienen que volvernos amargados ni malignamente escépticos. Porque lo pequeño es la promesa de lo grande, y en el tiempo se va gestando la eternidad. Pero esto vale para los días de semana tanto como para el domingo.
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Karl Rahner, S.J.
Teólogo, académico y escritor.

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Vivir juntos es el objetivo al que están llamados cristianos y musulmanes para «colaborar amistosamente en el servicio del bien común», sugiere el islamólogo Maurice Borrmans.
El sacerdote de la Sociedad de los Misioneros de África (Padres Blancos) aclara en un breve libro en italiano, «ABC per capire i musulmani», San Paolo, 2007 («ABC para entender a los musulmanes»), conceptos como «sharia» o ley, «jihad» o esfuerzo, y religión, sociedad y Estado o «Dîn», «Dunyâ» y «Dawla».

En Italia los musulmanes representan un 1% de la población, unas 500.000 personas, apunta el padre Borrmans.

Doctorado por la Sorbona de París, el misionero vivió veinte años en Argelia y Túnez antes de trasladarse a Roma, donde enseñó en el Pontificio Instituto de Estudios árabes y Islámicos (PISAI). Actualmente reside en Lyón (Francia).

Su nuevo vademécum sobre los musulmanes está articulado en cuatro secciones: en primer lugar, presenta la historia del Islam; a continuación profundiza en la religión musulmana según sus dos fuentes: el libro o Corán y la tradición o Sunna, con su culto y espiritualidad.

Borrmans, que en el PISAI enseñó árabe, derecho islámico y espiritualidad musulmana durante más de treinta años, ofrece en el opúsculo una tercera sección sobre el derecho, la cultura y la política en el Islam, y concluye con otra sección sobre las grandes líneas del diálogo islamo-cristiano.

En sus páginas, el padre Borrmans brinda el ejemplo de los últimos pontífices ante el Islam y habla en este sentido del «desafío cristiano», que requiere un «discernimiento teológico» y un «compromiso profético».

Antiguo consultor del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, el padre Borrmans es también autor de «Gesucristo e i musulmani del secolo XX», San Paolo, 2000 («Jesucristo y los musulmanes del siglo XX»).

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Publicado por Juan G. Bedoya en El Pais.

El silencio de Dios que acusa en sus cartas privadas la beata Teresa de Calcuta -mirar al Cielo y no ver, escuchar y no oír- está en el principio de los tiempos religiosos. No hay debate teológico de altura que no haya buscado su propio lenguaje sobre esa realidad misteriosa que los creyentes llaman Dios, Alá, Yahvé, Buda, etc. De ser cierto que Teresa de Calcuta flaqueó en su fe, ello no quita sino que añade valor a una vida dedicada a los pobres con un tesón admirado en todo el mundo -premios de todas partes, incluido el Nobel de la Paz. Sencillamente, no tenía lo que en España llamamos “la fe del carbonero”. Loada sea.

Hablamos, además, del sufrimiento humano. Cómo vivir entre pobres; mejor dicho, cómo sufrir injusticias, violencias o tragedias sin preguntarse adónde está Dios, o por qué calla.

Lo hizo incluso Benedicto XVI durante su visita al campo de concentración de Auschwitz: “¿Por qué, Señor, has tolerado esto?”. Y lo preguntó de otra bella manera el filósofo alemán Teodoro Adorno: “¿Es posible hacer poesía después de Auschwitz?”.

El problema de fondo es, para los creyentes, la incompatibilidad de dos atributos de Dios, de su dios: el de la bondad y el de la omnipotencia. Lo planteó el griego Epicuro, en una formulación que angustia siempre a los estudiantes de teodicea, en primero de seminario: Dios, frente al mal, o quiere eliminarlo pero no puede (1); o no quiere (2); o no puede y no quiere (3), o puede y también quiere (4). En el primer caso, Dios no sería omnipotente, en el segundo no sería bondadoso o moralmente perfecto, en el tercero no sería ni omnipotente ni bondadoso o moralmente perfecto, y en el cuarto Epicuro plantea la pregunta acerca de cuál es el origen de los males y por qué Dios no los elimina. Voltaire se preguntó lo mismo tras el terremoto que destruyó Lisboa en 1755.

Teresa de Calcuta debía pensar algo parecido ante la falta de respuesta a sus clamorosas llamadas de solidaridad. Dicen que era testaruda y muy malhumorada, a veces. Fue lo que más impresionó a Juan Pablo II, que inició con ella el proceso de santificación más rápido de la historia pontificia. El papa mismo recibió reproches por vivir en lujos. “Dar hasta que duela, y cuando duela dar todavía más”, era el lema de Madre Teresa. Como para triunfar en Roma, o en un sistema capitalista que ni siquiera da a los pobres lo que le sobra.

Así que, ¿dónde está Dios cuando el hombre sufre? La pregunta está en la noche de los tiempos. La hace el propio fundador cristiano en la cruz, cuando grita: “Señor, señor, por qué me has abandonado”. Y es, ahora dirigido a la jerarquía del catolicismo, el reto de los castigados teólogos de la Liberación, por los que Teresa de Calcuta declaró antipatía. Ahora se ve que se hizo las mismas preguntas, y que tenía iguales desánimos por el silencio del Dios liberador. Quizás pensó, también, como el poeta peruano César Vallejo, en nombre de todos los atropellados del mundo: “Yo nací un día / que Dios estaba enfermo / grave”.

Los teólogos de la liberación claman contra el silencio de Dios, pero se duelen sobre todo por la falta de conciencia de la humanidad (jerarquías, poderosos, acomodados). Son rebeldes con causa sobrada. En cambio, Madre Teresa defendió, antes que nada, la fidelidad al magisterio de Roma. Debió sufrir mucho, como descubren sus cartas. También ella encontró la mayor pobreza moral, no en los arrabales de Calcuta, sino en los países ricos.

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