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Archive for 28 junio 2007

seguir

Las primeras generaciones cristianas nunca olvidaron que ser cristiano es «seguir» a Jesús y vivir como él. Así de claro y sencillo. Por eso le da Lucas tanta importancia a tres dichos de Jesús.

A Jesús no se le puede seguir buscando seguridad, pues él «no tiene donde reclinar la cabeza». Para seguir a Jesús, hay que olvidarse de otras obligaciones pues lo primero es «anunciar el reino de Dios». A Jesús no se le puede seguir «mirando hacia atrás» pues quien le sigue así, «no vale para el reino de Dios».

«Seguir» a Jesús es una metáfora que los discípulos aprendieron por los caminos de Galilea. Para ellos significa en concreto: no perder de vista a Jesús; no quedarse parados lejos de él; caminar, moverse y dar pasos tras él. «Seguir» a Jesús exige una dinámica de movimiento. Por eso, el inmovilismo dentro de la Iglesia es una enfermedad mortal: mata la pasión por seguir a Jesús compartiendo su vida, su causa y su destino.

El instinto por sobrevivir en medio de la sociedad moderna nos lleva hoy a los cristianos a buscar seguridad. La jerarquía se afana por recuperar un apoyo social que va decreciendo. Las comunidades cristianas pierden peso y fuerza para influir en el ambiente. No sabemos «dónde reclinar la cabeza». Es el momento de aprender a seguir a Jesús de manera más despojada y vulnerable, pero también más auténtica y real.

En la Iglesia vivimos con frecuencia distraídos por costumbres y obligaciones que provienen del pasado pero no ayudan hoy a generar vida evangélica. Hay pastores que se sienten como «muertos dedicados a enterrar muertos». Es el momento de volver a Jesús y buscar primero el reino de Dios. Sólo así nos colocaremos en la verdadera perspectiva para entender y vivir la fe cristiana como quería él.

Pero quienes miran sólo para atrás, no valen para el reino de Dios. Cuando se ahoga la creatividad, se mata la imaginación evangélica y se controla toda novedad como peligrosa, se está promoviendo una religión estática que impide el seguimiento vivo a Jesús. Es el momento de buscar una vez más «vino nuevo en odres nuevos». Lo pedía Jesús.

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El pasado día 21 el obispo emérito de San Sebastían, José María Setién, presentó en Madrid su libro Laicidad del Estado e Iglesia editado por PPC. En él reclama el diálogo y el acuerdo para acabar con los enfrentamientos originados en materias como la educación. El obispo ve la necesidad de aclarar conceptos como el de la laicidad, que debe ser entendida como “el derecho que la comunidad política tiene de disponer de sí misma y de gestionar desde sí misma los asuntos que le afectan, sin injerencia de otra autoridad ajena”.A partir de esta visión de la laicidad “la autoridad religiosa carecía de toda competencia jurisdiccional sobre la autoridad del Estado y sobre su actuación”. De ahí que haga hincapié en la separación de los poderes del Estado y de la Iglesia, sin olvidar que lo religioso existe, “quiéralo o no el Estado y así se ha de reconocer este anteriormente a cualquier toma de posición ideológica y política”.

Después de escuchar a Mons Setión, he recordado que ya en 1971 él mismo escribió en la revista Selecciones de Teología nº 38 lo siguiente: “la idea fundamental del nacionalcatolicismo consiste en hacer de la fe y de la vida religiosa de la comunidad un elemento constitutivo de la unidad política y cultural de la nación”.

Digo esto, porque veo un claro indicio de la añoranza del nacionalcatolicismo en la actitud beligerante que ha tomado el sector conservador de los obispos españoles frente al Estado. Ignoran que el Concilio Vaticano II terminó con el nacionalcatolicismo y se abrió al diálogo con el mundo moderno laico y secularizado de hoy. Los que no aceptan esto están incapacitados para comunicarse con el hombre actual que mayoritariamente no entiende el lenguaje religioso metafísico o abstracto alejado de la realidad del mundo.

La polémica contra la laicidad y secularidad de este sector de obispos es opuesta a la de los teólogos y obispos presentes en el Vaticano II. Así el Teólogo Yves Congar, después hecho cardenal por Pablo VI, que coordinaba el tema teológico en el Concilio, estaba convencido de que la laicidad, lejos de perjudicar la misión de la Iglesia, la favorecía. La Iglesia, escribe, no es ella misma en toda su pureza más que en un mundo secular, es decir, cuando tiene alrededor suyo un mundo sobre el que no puede ejercer ningún poder que empañe su misión. Y concluye: “Nunca ha tenido la Iglesia una visión tan clara de su misión en el mundo como en esta época de laicidad“.

Por otra parte, a propósito de la batalla que el mismo sector de obispos y sus acólitos han declarado a la asignatura Educación para la ciudadanía y derechos humanos, dice asimismo Congar: “Con la noción de mundo y la nueva apreciación del orden temporal que aporta el Vaticano II, desaparece el antiguo régimen de cristiandad que mantenía al mundo en estado infantil, porque lo absorbía la Iglesia”. En consecuencia, ha desaparecido el peligro de “agustinismo político, que consiste en hacer depender la validez de las estructuras y las actividades temporales de su conformidad con la fe y el orden sobrenatural” (Y. Congar-M Peugmaurd, Vaticano II Iglesia en el mundo de hoy 3 (Madrid 1970) 17-49.

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sumando puntos de vista

Ante la dura nota del episcopado en contra de la asignatura Educación para la Ciudadanía y, en la que pronto podremos ver en la sección documentos,  algunas a aportaciones de varias entidades que pueden ayudarnos a ver luz en este enfrentamiento Iglesia – Estado os dejo hoy una reflexión muy interesante del jesuita  José Ignacio Calleja.

23-Junio-2007    José Ignacio Calleja Bueno, la suerte está echada, parece que aquí todo el mundo tiene que opinar sobre la Educación para la Ciudadanía como nueva asignatura en la escuela. Y, claro, una vez conocida la Nota de la Comisión Permanente del Episcopado Español, poco margen de maniobra parece quedarnos a quienes nos movemos en la órbita del catolicismo.

Consideremos lo primero, el fondo de la cuestión: ¿Puede un Estado Democrático exigir en la Escuela una Asignatura con claros contenidos filosóficos, políticos y morales? Pues yo creo que sí. (Luego veremos qué pasa con los contenidos y quiénes los formulan y enseñan). Así se ha pensado en el Consejo de Europa. La idea de que el Estado Democrático es un ente ajeno a nosotros, una institución que soportamos a la fuerza, y que tiene su propia ley de desarrollo hasta el abuso, lejos de la voluntad de la sociedad civil, es cuando menos exagerada, y por cierto “marxista” y “anarquista”. Cualquier reflexión moral cristiana sobre el bien común y sobre la autoridad en la sociedad deja al denudo este “individualismo postmoderno” que piensa en las personas y los grupos como realidades sin sociedad política, y en principio, con sus defectos, democráticamente organizada desde el bien común. Esta es la primera cuestión, si aceptamos que estamos viviendo en una sociedad democrática, porque si no, el problema es otro. Esta posibilidad de que un Estado Democrático reclame de todos unos valores morales compartidos, ¡sin admitir que la libertad de conciencia nos libre de respetarlos cuando está en juego el bien común!, y escuchada la sociedad, hechos ley, se nos ha planteado en España, en relación, por ejemplo, a si podía exigirse la condena de la violencia política a todo político que pretendiera concurrir a unas elecciones democráticas. También aquí se apela, en el País Vasco, a que no se puede forzar la libertad de conciencia, a la hora de expresar o no una opinión moral, y yo veo claro que una sociedad como la nuestra, que vive con angustia la amenaza del terror, sí puede exigir de sus políticos profesionales una declaración pública y expresa de rechazo a la violencia, antes de admitirlos como candidatos o gobernantes. Es un ejemplo de que cualquier apelación a la libertad de conciencia por el individuo no es absoluta frente al Estado Democrático y su ley, al cabo, frente al resto de la sociedad. Luego, primera idea, el Estado Democrático, y su sociedad civil tras él, sí puede en circunstancias como las actuales impulsar una asignatura de educación para la ciudadanía; y al cuestión es según cómo, qué y con quiénes. Pero el fondo exige también mirar a qué contenidos. Lógico que estos sean acordados por todas las fuerzas sociales, la sociedad civil y religiones en ella, con las dificultades y excepciones que el caso requiera. De ahí, el derecho a acomodar los contenidos de la asignatura al proyecto educativo de un centro, siempre que éste actúe y eduque en el marco de los derechos humanos fundamentales, el bien común, contenido primero de la ley y de la moral civil que necesariamente crece a nuestro alrededor. No podemos escaparnos de este marco cívico. Es lógico denunciar y controlar los casos en que haya un protagonismo descarado de Fundaciones laicistas en la prefiguración de los contenidos del temario o de la ley, y de Fundaciones “neoconfesionales” en su defensa. Estoy pensado, por ejemplo, en Cives, y, en su contra, en FAES. Pero denunciar y controlar no es ignorar los derechos y deberes de la sociedad civil y, a través de ésta, de su Estado.

Y luego está la forma. Una asignatura obligatoria en el sistema escolar. Si se han pactado los contenidos y se han pactado unos mínimos en cuanto a la autonomía de los centros, y si quienes la van a impartir están acreditados por un título universitario reconocido, no veo un problema que no pueda superarse. Por otro lado, muchos han dicho que la enseñanza religiosa confesional en la escuela es legítima porque no es catequesis, sino una información; no veo por qué no puede hacerse lo mismo con otra materia del ámbito ético-político. Y si es desde la sociedad civil, hecha Estado, puede ser para todos, obligatoria.

Por tanto, posiciones críticas, vigilantes y exigentes, sí, desde luego; pero posiciones de absoluta oposición a una inmoralidad evidente, no; porque no hay tal inmoralidad insalvable, objetivamente hablando; la inmoralidad potencial o supuesta, admite otros recursos menos peligrosos con bienes comunes, como la ley y la moral civil compartidas, para llegar a salidas escolares y particulares respetuosas de la moral católica. Luego está la conciencia de cada cristiano o ciudadano, que respeto, pero que no debemos confundir con lo que cabe decir de la ley a partir de unos hechos valorados con equilibrio moral. Y esto, sin entrar en la argumentación de que con la negativa absoluta a la EpC, podemos provocar males mayores que los bienes que queremos preservar. El equilibrio de la moral compartida por nuestra sociedad es muy precario, (antes he puesto el ejemplo de la violencia y su condena), y nos jugamos mucho para el futuro de una sociedades, claramente amenazadas de fragmentación en su toma de conciencia de los mínimos de justicia. Con la pretensión de salvar lo mejor, repito, “los máximos de la virtud religiosa”, podemos amenazar que se lleguen a compartir “los mínimos de nuestra humanidad común”. Y no es que yo confíe demasiado en que la moral pueda aprenderse en la escuela, o que sea siempre claro lo exigido por la “humanidad común”, o la “ley natural”, pero, de ahí, a su privatización más absoluta va un abismo.

O, ¿tal vez queremos para nosotros, las Iglesias, el monopolio de la creación y formación moral de las sociedades plurales y democráticas? ¿Nos sentimos sociedad civil como los demás, no sólo los individuos católicos, sino la Iglesia Católica misma? ¿O es todo un juego de poder cultural, también del Estado y de los partidos políticos, para asegurarse una sociedad donde sea más fácil su reproducción, la derecha como derecha, y la izquierda por igual? Ésta sería otra cuestión. Sólo digo que cada uno de nosotros, allí donde no podemos engañarnos, respondamos en serio qué intereses políticos, sí, económicos, sí, e ideológicos, sí, nos mueven y condicionan en las posiciones que tomamos ante la EpC. Claro que el bien y el mal no pueden ser objeto de pacto democrático, pero su acogida legal en una sociedad plural, sí. Y no hay otro modo mejor de moralizar el procedimiento legal y de corregir sus excesos.

José Ignacio Calleja

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La rebelión a vivir

¿Quizás puede ser?
La Voz del Alma
La voz de la razón
La voz de todos los sentidos
La voz de la “Locura”
La voz de todas la injusticias
La voz del inconformismo
La Voz de todo Deseo
La voz del Amor
La voz de toda “Búsqueda”
La voz del/la incompredido/a
La Voz del Silencio, de quién no tiene Voz
Quizás sea la Voz de la Transcendencía…
Y de la pequeñez todo ser,
¡Quizás! Sea la Voz de toda la Miseria
Que nos embarga.
¡Quizás! La Mistica es la Rebelión a vivir En este mundo incomprendidos/as, Querer estar ¡Ya! Donde no sabemos
Intuimos que se Vive y sé está mejor ¡Vivo sin Vivir en mi!

Vuelven esta noche las Estrellas, cada una de ellas,
Vienen precedidas de un halo luminoso de millones de dudas…
Renacen en la oscuridad de mi almohada, a mi pesar,
Y en cada silencio roto de la cintura curvada de la Luna,
Ellas se asoman cimbreantes en cada una de mis pestañas.
Surtiéndolas de sonoros tic tac, de danzas invisibles,
de cadenciosos bailes en torno al sicómoro en la verde estepa.
¡Quizá! El infinito nunca sepa de silencios y de tiempos,
Quizás, el infinito junto a todos los infinitos ¡Jamás! Sepan
Como se siente el Alma cuando mi infinito está completo
de espacios vacíos…
¡Quizás! Mis estrellan brillan
cuando el sol sella a la noche vacía de toda Ausencia
¡Quizá! Mi Dios-a, Tú algún “dia” de nuevo me quieras

La mística es redescubrir, poner voz de cuanto ignoramos de uno-a mismo
Sé, que volveré a soñar, con los mil besos de tu boca,
Con los oceánicos pleamares resentidos en cada ausencia tuya,
Sé, que los ancestrales oasis, son puertas de tus labios…
Sé, que adentrándome aún más adentro, intuiré el remoto Paraíso,
Sé, que escondo de cada sentimiento, palabras desconocidas y nuevas,
más sin locución y sin voz, mi sien dolida huye,
de la nostalgia plañidera.
Sé, Amor, que te guardas en la celada oscuridad, para ocultar
El rostro más amado y perfecto, aquel que sin huella y nombre
Te califican, te encaraman en los géneros de nobleza.
Soñaré, esta tarde de bucólicas palabras, en los rincones
Donde se guardan los besos a escondidas,
Y así despertar en el respaldo de tu placido seno.

Carmen

Publicado en el blog de Xavier Picaza en Periodista digital

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      QUINTÍN GARCÍA GONZÁLEZ, El País 17/06/2007

    Quintín García González es sacerdote dominico y periodista, autor de Carne en fulgor, último premio Kutxa de Poesía Ciudad de Irún 

    ¿Es que acaso son iguales el grupo humano que participó, presidido por el cardenal Rouco, en la misa de Estado de la boda del príncipe y el grupo humano que forma y celebra la eucaristía en la parroquia de San Carlos Borromeo del barrio de Entrevías? En la boda del príncipe estaban todos los principales del país (creyentes o no en las bienaventuranzas de Jesús de Nazaret, practicantes o no de las mismas, todos obligados por cargo o invitación regia). En la parroquia de Entrevías se suelen mover cristianos de extracción y conciencia popular, personas del ámbito de la marginación –adolescentes, jóvenes, emigrantes…-, Madres contra la droga, Traperos de Emaús, Escuela de marginación, profesionales del derecho y de la acción social, excluidos sociales, cristianos de sensibilidad evangélica y liberadora…

    ¿Son semejantes este grupo humano que frecuenta San Carlos y el que, presidido por el cardenal Rouco, celebró la eucaristía de la boda de la hija del señor Aznar en el regio Escorial, formado por muchos de los peces gordos del poder económico, político, financiero, la llamada gente guapa y pija de la sociedad nacional e internacional, a los que oímos luego en los periódicos y telediarios hacer confesión de fe económica y social nada evangélicas, y en las revistas y programas del corazón hacer exhibición de sus grandes e injustas fortunas, de sus fiestas, despilfarros y hasta de sus obras de caridad insultantes?

    ¿Se parecen en algo este grupo social de Entrevías y el ingente rosario de cardenales, arzobispos, obispos, monseñores de roquete y cuello rojo, monaguillos de primero, segundo, quinto, sexto grado, guardias suizos vestidos de gala, caballeros de no sé cuántas órdenes militares, banqueros y cuerpo diplomático del Estado Vaticano, expertos en marketing, diseñadores de magnificentes ceremonias religiosas egipcias en honor del faraón dios, Jefes de todos los Estados del mundo –la cámara volvía una y otra vez sobre el señor Bush y señora y yo me acordaba de los masacrados en la guerra de Irak, condenada por inmoral e injusta por el difunto de cuerpo presente-, de los grandes medios de comunicación del mundo, de las grandes agencias de turismo del mundo, de los grandes movimientos de espiritualidades neoconservadoras y papistas del mundo, que ponen a disposición de la mayor honra y gloria del Vaticano y su culto a la personalidad sus grandes plataformas, altavoces y medios y recursos humanos para llenar plazas, estadios y magnificar actos con multitudes cautivas?

    ¿Son los mismos quienes asisten a la eucaristía ilegal, rara –por sencilla, original, creativa, viva, expresiva, inteligible y provocadora…- y los miles y miles de fieles –tampoco tantos a lo que se va viendo por los bancos vacíos y las estadísticas- que asistimos en las parroquias de catolicismo sociológico a la repetida y repetida misa de 12 dominical, costumbrista, cumplidora en la mayoría de los casos –no en todos-, desgranada en un lenguaje oficial e impuesto, amputados y amordazados sus participantes y agentes pastorales por leyes y rúbricas litúrgicas ajenas, simples repetidores de ritos y oraciones inadaptadas y angelicales, sin conexión apenas con la memoria del maestro Jesús?

    ¿Visten igual, comen igual, se preocupan por lo mismo, tienen los mismos o parecidos horizontes laborales, disfrutan de los mismos o cercanos sueldos, viviendas, etc, se expresan con los mismos gestos y maneras, tienen las mismas sensibilidades, ideas sociales, económicas, políticas? ¿Usan, por ventura, los mismos templos; invierten en sus instalaciones y palacios y catedrales y basílicas las mismas millonarias cantidades; tienen las mismas riquezas en vasos sagrados, en oros y platas, en pinturas, esculturas, ropas recamadas, misales dorados, peritos, comisiones y comisiones de peritos, de abogados, de constructores, de cuentas bancarias, de periódicos, radios, revistas?

    ¿Tiene el cardenal Rouco –condenador del lenguaje y las formas celebrativas propias de la comunidad de S. Carlos-, miembro de esas élites que celebran las misas de Estado y similares, que vive en su palacio del centro de Madrid rodeado de su círculo de eclesiásticos y civiles de alto nivel, ocupado todos los días en altas reuniones de gobierno, viajes a la Roma imperial, preocupado en refundir todos los días el ideario cristiano de la COPE para adaptarlo a las exigencias mediáticas y políticas y económicas de sus principales voceros y grupos de presión, tiene, digo, Rouco, la misma sensibilidad y lenguaje de los sectores populares y excluídos de Entrevías? ¿O al menos conocimiento y capacidad para entender esos lenguajes? ¿Tiene, acaso, la misma experiencia, identidad, conocimiento, entrega, pertenencia, disponibilidad a lavar los pies y a curar, la misma disponibilidad para la misericordia, que José, Javier y Enrique, sacerdotes de la comunidad de Entrevías?

    Con la simple luz de las apresuradas radiografías sociológicas expuestas y los muchos testimonios oídos estos días en los medios de comunicación, creo que hay que decir que no son iguales, ni parecidos en sus formas de vida, en su cultura, en sus sensibilidades, en sus lenguajes en suma (usando la tercera acepción de la Real Academia: forma de expresarse), los miembros asiduos de la comunidad cristiana de S. Carlos y los usuarios de la boda principesca, o los amigos del señor Aznar y su hija, o el mismo señor cardenal, o los participantes en primera, cuarta, octava fila del esplendente y magnificente entierro de Juan Pablo II y la consiguiente –y también magnificente y esplendente- entronización del actual papa reinante. Incluso, supongo, que de la gran mayoría de los que vamos a las misas de doce los domingos y fiestas de guardar.

    Y si somos tan distintos -insisto, tan distintos-, ¿cómo entonces poder recitar, unos y otros, el mismo credo de Nicea, con su redacción alambicada y sus formulaciones y conceptos filósóficos que no entendemos ni quienes hemos sido forjados a hierro en las viejas categorías escolásticas? ¿Cómo pedir perdón con las mismas palabras y gestos el fariseo y el publicano, el ladrón de alto standing, civil o vaticano –asunto Banco Ambrosiano-, participante en una de las misas antes citadas o el chaval que roba en un supermercado cajas de bombones o un reloj de mercadillo para vender y comprar luego mierda con que inyectarse e ir apagando la poca luz de su vida? ¿Cómo hacer los mismos gestos, decir las mismas expresiones de especialistas, usar los mismos símbolos, si queremos que estos digan algo, signifiquen algo, expresen algo, provoquen algo en el alma de personas tan distintas? ¿Cómo experimentar la fraternidad unos y otros con intereses tan contrapuestos y sin que las palabras evangélicas o la memoria del maestro Jesús quede domesticada y devaluada y convertida en pamplina para hacerse un bonito álbum familiar con ocasión de bodas y bautizos, o de magnas, hieráticas, faraónicas retransmisiones televisivas urbi et orbe. ¿Cómo las clases populares conscientes y los excluidos sociales pueden revivir esa memoria de Jesús bajo las formas estériles, rutinarias del rito brillantemente ejecutado, cantado y perfumado de inciensos y cirios de colores?

    Si somos tan distintos ¿cómo no entender, y aceptar, y respetar, y hasta aplaudir por parte de los altos servidores de la comunidad católica el derecho personal y grupal al lenguaje propio, creativo, expresivo? Por coherencia sociológica, linguística e intelectual, pero sobre todo por fidelidad al Cristo que enseñó la necesidad de expresarse con el lenguaje más íntimo y personal en la relación con el Padre en aquellas frases: “no seáis palabreros…, métete en tu cuarto y rézale allí a tu Padre que está en lo escondido…”, lejos de tanta cháchara oficialista de los templos.

    El cardenal ha dado para anular oficialmente las celebraciones de la comunidad de Entrevías –¡cómo separar actividad misericordiosa y celebración y compromiso!- razones administrativas y litúrgicas. Estoy convencido de que la condena de S. Carlos no ha sido por razones litúrgicas, al fin y al cabo absolutamente relativas y cambiantes, adaptables a culturas y tiempos (Vaticano II)-, sino de espiritualidad, es decir, por una forma de vivir, sentir y expresar la herencia del Señor Jesús. Y esa espiritualidad de Entrevías escuece y duele, cuestiona y discierne las espiritualidades de los sanedrines eclesiásticos. Y las de Anás y Caifás. Y las de cuantos estamos instalados en este catolicismo de misa de 12 reglada y repetitiva, aburrida, bodas de Estado y privilegios históricos; en esta religiosidad precristiana del Templo, de la Ley y del Sábado por encima del hombre. (Hemos acabado fabricándonos un Dios de ritos y ceremonias).

    Aún una pregunta final: ¿qué misas se parecen más a la Cena Última del Señor Jesús, que sería el criterio primero de evaluación?: ¿las misas de Estado arriba señaladas o las de la comunidad de S. Carlos? ¿Quién cumple mejor la herencia del Maestro: “haced esto en memoria mía”, después de lavarles los pies? San Carlos, sin ninguna duda. Y, encima para más inri, ellos –populares y excluidos, sencillos de corazón, niños evangélicos, bienaventurados– no se atreven a prohibir al cardenal sus misas de Estado.
    Ni sus palacios.

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    El papel de la religión en EE.UU.

    Escrito por  Joan Chittister

    Pensé, sinceramente, que las preguntas no sólo no daban en la diana, sino que trivializaban el tema que pretendían tratar.

    En el programa nacional de TV les preguntaron a Hillary Clinton, Barack Obama y John Edwards* “¿Cómo reza Ud.?”. “¿Cuál es el pecado más grande que Ud. ha cometido en su vida?”, quería saber la entrevistadora. “¿Ud. cree en la evolución?”, preguntó, “y si es así, ¿las confesiones religiosas que creen en la evolución están equivocadas?”, siguió insistiendo. “¿Qué le ayudó a superar la infidelidad de su marido?”, continuó preguntando. “¿Es esta una nación cristiana?”, volvió a preguntar mientras millones de telespectadores esperaban las respuestas correctas conteniendo la respiración.

    No, no estábamos viendo un grupo local compartiendo su fe con el auditorio. Era parte del proceso televisado de la elección del presidente de los EEUU de América.

    ¿Dónde quedaban el resto de las preguntas? Por ejemplo: ¿puede Ud. dormir a la noche sabiendo que cuanto más tiempo tarden en hacer algo para terminar la guerra de Irak morirá mucha más gente? O, ¿le remuerde la conciencia saber que cuanto más dinero se dedique a la guerra, a más niños en este país les faltará la comida, la educación o los medicamentos? O, ¿reza Ud. alguna vez para que se dediquen fondos a guarderías para que muchas mujeres no se vean en la necesidad de abortar? O, ¿alguna vez le pide perdón a Dios por apoyar la tortura en nombre de la seguridad nacional?

    La religión, ciertamente, se ha convertido en el tema del momento. Por lo menos, la religión de los demócratas, ya que los presidenciables republicanos lamentablemente brillaban por su ausencia en este escrutinio moral. Hoy día, para ser elegido presidente, los candidatos demócratas no sólo deben ser capaces de prometer que su religión les guiará en sus vidas personales, sino que también deben ser capaces de demostrar que harán todo lo posible para que sus creencias religiosas determinen cómo tratarán a la religión de los demás.

    Analizando la cuestión de la fe en la vida de los candidatos presidenciales después del debate televisado, Ralph Reed, ex-director de la Coalición Cristiana (organización conservadora cristiana, de base), resaltó que no es suficiente con citar las Escrituras. Dedujo que los demócratas no son realmente sinceros en cuestiones de religión. Insistía en que los demócratas liberales con su compromiso de volver a subir los impuestos [nota: los republicanos bajaron los impuestos significativamente en las últimas elecciones, y nunca han sido partidarios de subir los impuestos para mejorar prestaciones sociales básicas], de seguridad social para todos [nota: no existe en los EEUU seguros de salud para los que no pueden comprarlo] y de retirarse de golpe de la guerra de Irak no serán nunca aceptados por los votantes evangélicos para quienes “las acciones hablan más fuerte que las palabras”. Lo que realmente importa son las acciones morales, no la palabrería espiritual. Pero, ¿qué acciones morales?

    Parece que los comportamientos que importan son los que están más relacionados con las posturas personales sobre cuestiones morales individuales –homosexualidad, investigación con células madre, matrimonio entre personas del mismo sexo y aborto– que las acciones relacionadas con la dimensión moral del comportamiento público de la nación.
    Puede que Ralph Reed tenga razón. Las encuestas nos dicen que cuanto más a menudo va la gente a la iglesia más conservadores son en las cuestiones sociales. Para estas personas la moralidad privada parece que tiene más peso que las responsabilidades sociales que las Escrituras resaltan y que Jesús nos demostró una y otra vez.

    En general los candidatos republicanos han basado sus campañas electorales en cuestiones de moralidad privada. Por el contrario, los demócratas se han centrado más sobre cuestiones sociales.

    Por tanto, con frecuencia se desconfía del carácter religioso de los candidatos demócratas, mientras que el de los republicanos parece aceptarse sin ponerlo en duda. Como consecuencia, la cuestión más importante es cuál es el compromiso religioso que responde a las preguntas políticas del momento. Si las preguntas que les estamos haciendo a nuestros candidatos a la presidencia son un indicio de lo que pensamos que es la religión, Jesús no saldría bien parado en estas elecciones.

    A la mujer adúltera –la mujer está a punto de ser lapidada por un comportamiento sexual prohibido por la ley– Jesús le dice que se vaya con una exhortación.

    Pero Jesús cura al inválido –en un mundo en el que la enfermedad se considera como castigo por el pecado. Jesús resucita de entre los muertos a la mujer marginada –en un mundo en el que las mujeres eran invisibles y prevalecía la discriminación. Jesús toca al leproso rechazado por la sociedad –en un mundo que rehuye a los enfermos. Jesús da de comer a sus discípulos saltándose el Sábado en un mundo en el que la ley del Sábado está por encima de los inconvenientes que causa a las personas.

    Los signos que Él da para reconocer el nuevo Reino que nos trae son “los ciegos ven, los sordos oyen, a los pobres se les anuncia la Buena Nueva”. Él se responsabiliza de aquellos que la sociedad margina en un mundo en el que estas personas no son solamente marginadas sociales, sino que también se les considera moralmente impuros. No hace preguntas, no impone castigos, no hace ninguna excepción. No les desprecia, no les niega su puesto en el orden social. No les criminaliza. No les llama pecadores.

    Lo que nos lleva a la ironía de todo esto. ¿Qué tipo de sociedad produce cada una de estas definiciones morales contradictorias? ¿Cuál es, realmente, la más religiosa? ¿Qué valores religiosos debemos realmente cuestionar: aquellos que predican un evangelio de poder y riqueza para los ricos y poderosos, o aquellos que proclaman los derechos de los pobres, tanto aquí como en cualquier otro lugar, en una sociedad en la que se venera la riqueza?

    Empezamos a ver lo que sucede. Y otra pequeña noticia, poco aireada, pero sorprendente, nos proporciona una clave para responder a esta pregunta en los EEUU de hoy. Según el Índice de Paz Global publicado por The Economist el pasado 29 de mayo, los EEUU están entre las naciones del mundo menos pacíficas (ver www.visionofhumanity.com; por curiosidad, España ocupa el lugar 21). De las 121 naciones evaluadas, los EEUU ocupan el lugar 96, entre Yemen e Irán. El informe cataloga a Irak como la menos pacífica de todas, después de Rusia, Israel y Sudán. En vez de medir simplemente la presencia o ausencia de guerra como un índice de armonía y seguridad pública, el nuevo Índice de Paz Global tiene en cuenta 24 indicadores designados a examinar lo que sus creadores llaman ‘la textura de la paz’.

    Los indicadores del estudio ‘internos al país’ incluyen ‘el nivel de crímenes violentos, el nivel de respeto a los derechos humanos, el número de asesinatos por cada 100.000 personas, el nivel de sus gastos militares, la facilidad de conseguir pequeñas armas de fuego, sus relaciones con los países vecinos y el nivel de desconfianza entre los ciudadanos’. El utilizar palabras grandilocuentes para ensalzar la guerra, el convertir la guerra y la moralidad personal en la medida del nivel moral de la nación mientras se ignoran el ambiente doméstico, las necesidades humanas y los derechos humanos de la propia nación, no contribuyen a construir una nación moral.

    Parece ser que hay una pregunta sobre la calidad de la religión en este país para los de ambos lados. A aquellos que nos liderarán en el futuro se les puede preguntar, con razón, si los principios religiosos guiarán sus comportamientos públicos o no. Pero los que ahora nos lideran también tienen que contestar algunas preguntas. Si nos guiamos por la calidad de vida en los EEUU para todos sus ciudadanos y por nuestro comportamiento hacia el resto del mundo, las respuestas a esas preguntas son ciertamente de igual importancia, si no de mayor trascendencia, que fijarnos en el comportamiento privado como determinante de nuestra moralidad pública.

    Desde mi punto de vista, el modelo de Jesús está claro. Una vida religiosa se define por algo más que por las posturas personales morales. Exige acciones destinadas a hacer un mundo mejor para todos. Aquellos que se digan cristianos deberán recordarlo cuando se dispongan a elegir presidentes guiados por sus ‘principios cristianos’.

      Nota al pie: *Presidenciables demócratas que aspiran a ser elegidos por su partido ‘candidato demócrata’ para las elecciones presidenciales de noviembre de 2008.

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    Un rabino discute con el Papa. Y lo que los divide siempre es Jesús
    El rabino es Jacob Neusner, el mismo al quien Benedicto XVI dedica muchas páginas de su último libro. A juicio de ambos, las disputas entre judaísmo y cristianismo deben no ocultar sino sacar a la luz las respectivas pretensiones de verdad

    por Sandro Magister

    ROMA, 11 de junio del 2007 – En el libro “Jesús de Nazaret” escrito por Joseph Ratzinger antes y después de su elección como Papa, hay un autor vivo citado y discutido más que otros. En el capítulo cuarto dedicado al Discurso de la Montaña, Ratzinger se detiene en él por lo menos a lo largo de quince páginas.

    Este autor es un hebreo observante y rabino, Jacob Neusner. Vive en los Estados Unidos y enseña historia y teología del hebraísmo en el Bard College, Annandale-on-Hudson, Nueva York. En 1993 publicó un libro que impresionó muchísimo al entonces cardenal Ratzinger: “A Rabbi Talks with Jesus”.

    En “Jesús de Nazaret” el Papa explica por qué este libro lo impresionó tan positivamente. En él “el autor toma lugar en medio del grupo los discípulos en la ‘montaña’ de Galilea. Escucha a Jesús […] y habla con Jesús mismo. Es tocado por la grandeza y por la pureza de sus palabras y sin embargo lo intranquiliza la inconciliabilidad final que encuentra en el núcleo del Discurso de la Montaña. Acompaña después a Jesús en su camino hacia Jerusalén […] y siempre vuelve a hablar con Él. Pero al final decide no seguir a Jesús. Permanece fiel a lo que él llama el Israel eterno”.

    El nudo crucial que retiene al rabino para no creer en Jesús es su revelarse como Dios: que es justamente el mismo escándalo que llevó a Jesús a la muerte. A juicio de Ratzinger, precisamente allí está el valor del libro de Neusner. El coloquio imaginario entre el rabino hebreo y Jesús “deja trasparentar toda la dureza de las diferencias, pero ocurre en un clima de gran amor: el rabino acepta la alteridad del mensaje de Jesús y se despide con una separación que no conoce odio y, aún en el rigor de la verdad, tiene siempre presente la fuerza conciliadora del amor”.

    Para Benedicto XVI ésa es la vía del diálogo entre judíos y cristianos. No ocultar las respectivas pretensiones de verdad, sino sacarlas a la luz en la comprensión y en el respeto recíproco.

    Y es este también el pensamiento de Neusner:

    “En los Estados Unidos desde hace dos siglos el diálogo judío-cristiano ha servido como un medio para políticas de conciliación social, no ha sido una investigación religiosa sobre las convicciones del otro. […] Con el libro ‘Jesús de Nazaret’ las disputas judío-cristianas entran en una nueva era. Estamos en grado de encontrarnos los unos a los otros en un promisorio ejercicio de razón y de critica”.

    Neusner ha comentado el libro del Papa en un artículo que salió el 29 de mayo en el diario israelí “The Jerusalem Post”.

    El suyo es el primer comentario importante a “Jesús de Nazaret” de parte de un autorizado exponente religioso no cristiano. Más aún, por parte de uno perteneciente a la fe judía. Aquí lo tienen, en traducción nuestra:

    Mi debate con el Papa

    por Jacob Neusner

    En el Medioevo los rabinos fueron forzados a trabarse en disputas con sacerdotes en la presencia de reyes y cardenales, acerca de cuál era la verdadera religión, el judaísmo o el cristianismo. El resultado estaba predeterminado. Los cristianos ganaron; ellos tenían las espadas.

    Pero en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, las disputas dieron paso a la convicción de que las dos religiones decían la misma cosa y las diferencias entre ambas se desechaban como asuntos de poca importancia. Ahora, en cambio, ha comenzado un nuevo tipo de controversia en la cual la verdad de las dos religiones está sometida a debate. Ello marca el retorno a las viejas disputas, marcadas con la fuerte importancia dada a la verdad religiosa y con la disposición a hacer preguntas difíciles y a esforzarse por hallar las respuestas.

    Mi libro, “A Rabbi Talks with Jesus” – Un rabino habla con Jesús – fue un ejercicio contemporáneo de esas disputas y ahora, en el 2007, el Papa en su nuevo libro “Jesús de Nazaret” ha recogido el reto punto por punto. Imaginen mi asombro cuando me dijeron que una respuesta cristiana estaba expuesta en su totalidad en la réplica que el Papa Benedicto XVI hacía a “Un rabino habla con Jesús” en el capítulo cuatro de su libro “Jesús de Nazaret”.

    ¿Los Papas involucrados en diálogos teológicos judío-cristianos? En los tiempos antiguos y medievales las disputas referentes a proposiciones de verdad religiosa definían la finalidad del diálogo entre las religiones, particularmente judaísmo y cristianismo. El judaísmo arguyó vigorosamente, reuniendo argumentos rigurosos construidos sobre hechos de la Escritura común a ambas partes en debate. Narrativas imaginarias, como “Kuzari” de Judah Halevi, construyeron un diálogo entre judaísmo, cristianismo e islam, un diálogo conducido por un rey que buscó la verdadera religión para su reino. El judaísmo ganó la discusión ante el rey de los Khazars, al menos según lo formula Judah Halevi. Pero el cristianismo no menos agresivo buscó aliados en el debate, confiado en el resultado de la confrontación. Tales debates atestiguan a favor de la fe común de ambas partes en la integridad de la razón y en los hechos de las Escrituras que comparten.

    La controversia se salió de las formas cuando las religiones perdieron la confianza en el poder de la razón para establecer la verdad teológica. Entonces, como en “Nathan the Wise” de Lessing, se hizo afirmar a las religiones una verdad común, y las diferencias entre las religiones eran desestimadas como triviales y no importantes. Un presidente americano dijo: “No importa lo que creas mientras seas un buen hombre”. Entonces los debates entre las religiones perdieron su urgencia. La herencia del Iluminismo con su indiferencia por la pretensión de verdad de las religiones impulsó la tolerancia religiosa y el respeto recíproco en lugar del debate religioso y la pretensión de conocer a Dios. Las religiones aparecían como obstáculos para el buen orden de la sociedad.

    En los dos últimos siglos el diálogo judío-cristiano sirvió como medio para una política de conciliación social, no para la investigación religiosa de las convicciones del otro. La negociación sustituyó al debate y se pensó que la pretensión de verdad en nombre de la propia religión violaba las reglas de buena conducta.

    En cambio, en “Un rabino habla con Jesús” tomé en serio la afirmación de Jesús según la cual la Tora se cumplía en Él y sopesé esta afirmación con las enseñanzas de otros rabinos, en un tipo de coloquio entre maestros de la Tora. Y explico, de una manera lúcida y en absoluto apologética, por qué – si hubiese vivido en la Tierra de Israel del primer siglo y hubiese estado presente en el Discurso de la Montaña – no me habría unido al círculo de los discípulos de Jesús. Estoy seguro de que hubiera disentido – espero que de manera cortés – con sólida razón, argumentos y hechos.

    Si hubiera escuchado lo que dijo en el Sermón de la Montaña, por buenas y sustanciales razones no me hubiera vuelto uno de sus discípulos. Eso es difícil de imaginar, pues es difícil pensar en palabras más profundamente grabadas en nuestra civilización y sus más hondas afirmaciones que en las enseñanzas del Sermón de la Montaña y otros pronunciamientos de Jesús. Pero, también es difícil imaginar escuchar esas palabras por primera vez, como algo sorprendente y exigente y no como meros clichés de la cultura. Eso es precisamente lo que me propongo hacer en mi conversación con Jesús: escuchar y argumentar. Escuchar las enseñanzas religiosas como si fuera la primera vez y responder a ellas con sorpresa y asombro: he ahí la recompensa del debate religioso en nuestros días.

    Escribí mi libro para dar un poco de luz al porqué, mientras los cristianos creen en Jesucristo y la buena nueva de sus enseñanzas sobre el Reino de los Cielos, los judíos creen en la Tora de Moisés y forman en la tierra y en su propia carne el Reino de Dios de sacerdotes y pueblo santo. Y esa creencia requiere de judíos con fe que discrepen de las enseñanzas de Jesús, basados en que esas enseñanzas en puntos importantes contradicen la Tora.

    Donde Jesús se desvía de la revelación de Dios a Moisés en el Monte Sinaí, o sea la Tora, está equivocado y Moisés tiene razón. Al sentar las bases para este disenso no apologético, quiero alentar el diálogo religioso entre los creyentes, cristianos y judíos por igual. Por mucho tiempo, los judíos ensalzaron a Jesús como rabino, un judío como nosotros, verdaderamente; pero para los cristianos que tienen fe en Jesucristo esa afirmación es irrelevante. Y por su parte, los cristianos han ensalzado el judaísmo como la religión de la que Jesús vino, lo que difícilmente para nosotros será un cumplido.

    Hemos evitado poner al descubierto los puntos de sustancial diferencia entre nosotros, no sólo en respuesta a la persona y afirmaciones de Jesús, sino especialmente, en relación a sus enseñanzas.

    Él afirma reformar y mejorar: “Se os ha dicho… pero yo os digo…” Nosotros mantenemos, y yo argumento en mi libro, que la Tora era y es perfecta, sin necesidad de mejoras; y que el judaísmo fue construido sobre la Tora y los profetas y los escritos, las partes originalmente orales de la Tora escritas en la Mishná, el Talmud y el Midrash – ese judaísmo, era y sigue siendo la voluntad de Dios para la humanidad.

    En base a ese criterio, propongo plantear una discrepancia judía en algunos puntos importantes de las enseñanzas de Jesús. Es un acto de respeto hacia los cristianos y de honor para su fe. Ya que sólo podemos discutir si nos tomamos recíprocamente en serio. Sólo podemos dialogar si nos honramos a nosotros mismos y al otro. En mi debate imaginario trato a Jesús con respeto, pero es también mi intención discutir con Él sobre las cosas que dice.

    ¿Qué cosa está en juego aquí? Si tengo éxito al crear un retrato vívido del debate, los cristianos verán las decisiones que hizo Jesús y encontrarán una renovación para su fe en Jesucristo, pero también respecto al judaísmo. Quiero resaltar las decisiones que el judaísmo y el cristianismo enfrentan en las Escrituras que tienen en común. Los cristianos comprenderán el cristianismo cuando reconozcan las decisiones que han tomado, y lo mismo para los judíos con el judaísmo.

    Quiero explicar a los cristianos por qué yo creo en el judaísmo, y eso debe ayudarlos a ellos a identificar las convicciones fundamentales que los traen a la iglesia todos los domingos. Los judíos fortalecerán su compromiso con la Tora de Moisés, pero también su respeto al cristianismo. Quiero que los judíos entiendan por qué el judaísmo requiere de asentimiento, “el Todo Misericordioso busca el corazón”, “la Tora fue dada solamente para purificar el corazón del hombre”. Ambos, judíos y cristianos deben encontrar en “Un rabino habla con Jesús” las razones a afirmar, porque cada parte encontrará allí los puntos importantes sobre los que reposan las diferencias entre judaísmo y cristianismo.

    ¿Qué me hace sentir tan seguro del resultado? Que yo creo que cuando ambos lados entienden de la misma manera el asunto que los divide, y ambos con sólidas razones afirman sus respectivas verdades, entonces todos podrán amar y rendir culto a Dios en paz – sabiendo que es el único y el mismo Dios a quien juntos sirven – con sus diferencias. Entonces, es un libro religioso acerca de una diferencia religiosa: una discusión sobre Dios.

    Cuando mi editor me pidió sugerencias de colegas a quienes solicitar que recomendaran el libro, sugerí al Rabino Jefe Jonathan Sacks y al cardenal Joseph Ratzinger. El Rabino Sacks me había impresionado desde hacía mucho por su astuto y bien articulado modo de escribir sobre temas de teología, siendo el mejor apologista contemporáneo del judaísmo. He admirado los escritos del cardenal Ratzinger sobre el Jesús histórico y le escribí para hacérselo saber. Él me respondió e intercambiamos escritos y libros. Su buena disposición para discutir sobre la cuestión de la verdad, no sólo de políticas y doctrina, me impresionó como valiente y constructiva.

    Pero ahora Su Santidad ha dado un paso más adelante y ha respondido a mi crítica en un creativo ejercicio de exégesis y teología. En su “Jesús de Nazaret” el debate judío-cristiano entra en una nueva era. Somos capaces de encontrarnos unos a otros en un prometedor ejercicio de razón y crítica. Los retos del Sinaí nos conducen conjuntamente hacia la renovación de una tradición de 2000 años de antigüedad de debates religiosos al servicio de la verdad de Dios.

    Alguien alguna vez me llamó la persona más contenciosa que jamás había conocido. Ahora he encontrado mi contrincante. El Papa Benedicto XVI es otro buscador de la verdad.

    Estamos viviendo tiempos interesantes.

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