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Archive for 29 abril 2007

    Una entrevista interesante la realizada por el periódico La Vanguardia de Barcelona al abad de Montserrat que ,merece la pena leerse.

    ENRIC JULIANA / ORIOL DOMINGO – Montserrat. La Vanguardia, 27 Abril 2007.

Josep Maria Soler, abad de Montserrat, ha recibido a La Vanguardia con sutileza romana. Sutileza del Aventino, la colina donde se halla el centro intelectual de la orden benedictina, el pontificio ateneo de San Anselmo. Amablemente, el abad pone el pie en el freno, cuando, de entrada y sin mucho prólogo, le preguntamos sobre las vicisitudes visigóticas de la Iglesia española. Primero quiere hablar de Montserrat. Y de 1947.

– ¿Por qué fueron importantes las celebraciones de 1947? A muchos lectores jóvenes, la entronización de la Virgen en un nuevo camarín seguramente no les dice nada en especial.

– Destacaría tres aspectos de aquel 27 de abril de 1947. El primero, que fue un movimiento popular en toda Catalunya de devoción a la Virgen. El segundo, que la preparación de aquellas celebraciones fue muy participada por medio de una comisión que llevaba el nombre de Abad Oliba, el fundador del monasterio de Montserrat; en esta comisión y en sus secciones locales participaron personas que en la Guerra Civil habían estado en los dos bandos, lo cual llevó a una reconciliación y a una colaboración entre ellas. En tercer lugar, destacaría que, después de su prohibición al final de la guerra, fue la primera vez que se utilizó en público la lengua catalana con bastante amplitud. Estos tres aspectos suscitaron una cierta esperanza de que la situación de la lengua y la cultura catalanas se normalizaría; pero no fue así. De todos modos, aquella efeméride sembró unas semillas que dieron su fruto en la transición democrática.

– Se habla, reiteradamente, de la crisis de la práctica religiosa, más que de la religiosidad. ¿Baja el número de visitantes a Montserrat?

– No. El número de visitantes ha aumentado respecto a los años anteriores; en el 2006 han sido 2,3 millones, de Catalunya, de toda España, del mundo entero. No todos, por supuesto, han subido primariamente por motivos religiosos. Pero durante este año ha habido varios casos de personas que se han reencontrado con Dios en su visita a este santuario mariano y en su diálogo con algún monje.

– En la primera entrevista que usted concedió a la prensa después de ser elegido abad, hace casi siete años, declaraba a La Vanguardia sentirse muy influido por la personalidad de Pablo VI. ¿Se puede ser montiniano y a la vez un buen intérprete del Papa Ratzinger?

– Se trata de dos personalidades distintas, pero no alejadas entre sí. Fue Pablo VI quien hizo arzobispo y luego cardenal a Joseph Ratzinger. Además, los dos, cada uno en su contexto histórico, han establecido un diálogo con el mundo contemporáneo, con el pensamiento laico, y han tratado de hacer comprensible para la mentalidad actual la buena nueva que hemos recibido los cristianos. Les es idéntico el deseo ecuménico y la voluntad de diálogo con las otras religiones. Están en la misma línea en lo que se refiere al compromiso por los derechos de la persona humana contemplada en su dimensión trascendente, la justicia y la búsqueda de la paz mundial. Para los dos es fundamental la comunión eclesial.

– ¿Hasta dónde llegan actualmente las discrepancias y las divisiones en el seno de la Iglesia católica española?

– Estamos hablando de la Iglesia española; es decir, del conjunto de sus miembros, no solamente de la jerarquía. Pues bien, en lo nuclear de la fe, no hay divisiones notables. Todos recitamos el mismo credo en la misa del domingo. Sí hay visiones bastante distintas sobre el modo de afrontar los temas; posiciones más preocupadas por los problemas que plantea el mundo actual y que desean establecer un diálogo sobre ellos, y otras que se centran más en mantener la identidad; visiones más comprensivas y que se fijan en lo positivo del momento actual, y otras más críticas con él. También hay variedad de sensibilidades en lo referente a la organización social. Es un abanico muy amplio, y los retos por afrontar son muy serios. Si sabemos dialogar entre las diversas sensibilidades y mentalidades que hay dentro de la Iglesia, todos saldremos enriquecidos. En cambio, si esto nos divide, haremos más difícil la vida interna de la Iglesia y menguará nuestra aportación a la sociedad.

– La visita de Benedicto XVI a Valencia sorprendió a muchos por su moderación. Es evidente que descolocó al Gobierno. Y a un sector de la propia Iglesia. Algunos miembros de la jerarquía española parecen más papistas que el Papa.

– No creo que ningún miembro de la jerarquía quiera serlo de modo consciente; en cambio, sí puede suceder alguna vez que en su intento de fidelidad al pensamiento del Papa se exceda en el celo. Comprendo las preocupaciones que puedan llevar a ello, porque aunque estemos en una época de pensamiento débil, los tiempos son recios por lo que está en juego y por las batallas solapadas que se libran para imponer ciertos criterios contrarios no sólo a la doctrina de la Iglesia, sino a lo que podríamos llamar el humanismo de raíz cristiana. Creo que la actitud de Benedicto XVI en Valencia, en julio pasado, marca unas pautas importantes, por lo que dijo, por lo que silenció y por lo que hizo. La reciente pastoral de los obispos de Catalunya, con motivo del año jubilar de Montserrat, por ejemplo, va en esa línea.

– Se dice que el monasterio de Montserrat mantiene una óptima relación con el actual secretario de Estado de la Santa Sede, Tarzisio Bertone, antiguo arzobispo de Génova. ¿Catalunya vuelve a Roma?

– No hay que magnificar las cosas. La realidad es muy simple. El cardenal Bertone en diversas ocasiones ha visitado Montserrat e incluso ha pasado algunos días en el monasterio, conoce nuestra realidad, hay una estima mutua; yo mismo le había visitado en Génova. Además, conoce bastante bien la realidad de Catalunya. Hay, pues, una buena relación que se ha manifestado incluso después de asumir el cargo de secretario de Estado. Pero esto no significa que por estos hechos la Catalunya católica tenga más presencia, o más peso, si intuyo bien el sentido de la pregunta, en Roma.

– Por lo tanto, cuando el abad de Montserrat afirma que “es faltar a la verdad decir que la Iglesia católica está perseguida en España” (declaraciones suyas al diario El País a finales del pasado mes de agosto), ello debe ser analizado con lupa en los dicasterios romanos. Nos consta que en algunas diócesis de la España central temblaron algunos cimientos. Se lo habrán hecho saber.

– Aquella entrevista fue el resumen de tres horas de conversación y sin algunas matizaciones que yo había hecho. Hablé desde un gran amor a la Iglesia y desde la preocupación por la imagen distorsionada que muchos tienen de lo que es el cristianismo y más concretamente el catolicismo; en mis respuestas quise destacar mi vivencia de la comunión eclesial, manifestando alguna crítica a partir de las inquietudes de muchos peregrinos de Montserrat y de la experiencia monástica, que supone vivir, por decirlo así, entre el carisma y la institución. Concretamente, con la frase que acaban de citar, pretendía decir que, a mi modo de ver, la Iglesia en España tiene libertad para hablar, para manifestarse, para anunciar el Evangelio, para estar presente en el espacio público, etcétera. Una cosa es la persecución y otra distinta tener que afrontar críticas, incomprensiones, tergiversaciones, posiciones opuestas a lo que defiende la Iglesia, incluso por parte de las administraciones. El debate es duro y la antropología que está en juego en el momento actual es muy importante. Por ello, la voz y la experiencia humana milenaria de la Iglesia debe también ser escuchada en el debate social. Unos y otros debemos aprender a situarnos en el diálogo democrático.

– ¿Está usted de acuerdo con quienes sostienen que el Gobierno socialista español es hoy un temible adversario de la Santa Sede?

– El cardenal Jubany solía decir que quien no lo sabe todo no sabe nada. Yo no tengo toda la información respecto al tema que ustedes plantean. Sí puedo decir que por ellas mismas y por la repercusión que puedan tener en otros países de mayoría católica, en la Santa Sede se ven con preocupación ciertas posturas del Gobierno español y otras situaciones de la política española. Pero también sé que, en Valencia, en la entrevista entre el Santo Padre, el presidente del Gobierno y la vicepresidenta, algo cambió, algunos resultados están a la vista, aunque queden todavía puntos de desavenencia serios, particularmente en el campo de la educación.

– ¿Tiene margen la Iglesia católica para disputar en España la batalla de las ideas y los valores sin caer en el tremendismo?

– Yo creo que sí. El concilio Vaticano II nos da las pautas para que la Iglesia se sitúe en una sociedad democrática, en la que hay separación entre Iglesia y Estado.

– En importantes sectores, especialmente entre los jóvenes, determinados mensajes de la Iglesia llegan distorsionados por el rigorismo. ¿Qué les falla?

– Probablemente fallan diversas cosas. Reconozco que los que estamos llamados a transmitir el mensaje cristiano no siempre sabemos encontrar la manera adecuada de hacerlo; nos cuesta conectar con el lenguaje y la mentalidad de muchos, particularmente de los jóvenes. A este respecto, hay que estudiar cuáles son los métodos de transmisión del mensaje más adecuados, teniendo en cuenta las nuevas tecnologías de la comunicación. Pero también falla, a veces, el proceso de transmisión del mensaje; no es fácil para los medios de comunicación dar la información precisa de lo que dice la Iglesia, a causa de los matices o de la complejidad de las cuestiones, por ejemplo cuando se trata de temas éticos.

– Hace siete años, en aquella primera entrevista, usted decía: “Catalunya corre el peligro del narcisismo y de quedar demasiado encerrada en sí misma”. Perdone, abad Soler, pero parece que tiene usted dotes proféticas. ¡Acertó!

– No era profecía. Era intuición a partir de unos indicios.

– ¿Cuál es hoy su diagnóstico?

– No es fácil preservar la propia personalidad, la propia cultura, la propia lengua cuando es incomprendida o atacada, y al mismo tiempo abrirse a otras realidades. Creo que todo el debate en torno al Estatut no ha facilitado las cosas y todos hemos salido perdiendo. Se ha perdido credibilidad y ha aumentado la tensión en la convivencia. Unos se han encerrado en una visión estrecha, intransigente, de España o de Catalunya, y otros han optado por una práctica disolvente de la realidad catalana. Según las opciones que se tomen, la identidad de Catalunya será una u otra en un futuro no muy lejano. Estamos en un periodo muy importante, que pide reflexión, mucha pedagogía, menos partidismos y menos disputas bizantinas. Y una mente abierta.

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Dale vida al mundo


Tema del encuentro que reunió a cerca de 500 jovenes de centros salesianos en la Inspectoria de Madrid.
Del 28 al 29 de abril se ha celebrado el encuentro de Oratorios y Chiquicentros, de la Inspectoría Salesiana de Madrid. El encuentro, en el que participarán cerca de 500 chicos y chicas entre los 7 y 12 años, se celebrará en la obra salesiana de Ciudad de los Muchachos, situada en el madrileño barrio de Vallecas.

Con el término oratorio o chiquicentro, se entiende el ambiente de formación en el tiempo libre y de crecimiento en la fe en el que participan chavales hasta los 12 años. Una vez al año, los chavales de distintos oratorios de Salesianos Madrid, que comprende las obras salesianas de Salamanca, Guadalajara, Madrid, Ávila y Ciudad Real, se dan cita para convivir y favorecer el ambiente de fiesta, alegría y participación.

El encuentro de este año se desarrollaró bajo el lema “Dale vida al mundo” y con él se pretendía mentalizar a los chicos y chicas participantes sobre los valores de la ecología y del cuidado del medio ambiente, utilizando además los valores de la naturaleza para fomentar otros valores que ayuden al crecimiento humano y cristiano de los muchachos.

Reciclaje, respecto por la naturaleza, ahorro de energía, etc., serán ideas que se trabajen a través de juegos, talleres o gymkhanas. Y todas las actividades confluirán hacia los momentos de oración y la celebración de la eucaristía, donde se invitará a los chavales a contemplar a Dios creador, Padre, del que somos colaboradores en el cuidado de la Creación.

Además del aspecto lúdico y festivo de este tipo de encuentros, se cuida el aspecto formativo a través de actividades, talleres y reuniones de grupo donde se reflexiona sobre aquellos valores necesarios para el crecimiento humano y cristiano.

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la vida oculta de Jesús

Permitidme hoy, amigos lectores, que haga un breve comentario sobre el contenido de un libro mío que acaba de aparecer, y que quizá pueda interesar a alguno. Se trata de una reedición, de un antiguo libro de hace -nada menos- que trece años.

Quiero desarrollar brevemente dos puntos:

1. En qué consiste esta obra, qué partes tiene, qué ofrece
2. Cuál es su propósito.

La obrita es la siguiente:

“Jesús. La vida oculta, según los Evangelios rechazados por la Iglesia”
Editorial ESQUILO
c/ Acebo 25
06011 BADAJOZ.
202 páginas
ISBN: 978-9898092-04-05


1. En qué consiste esta obra y qué partes tiene, qué ofrece

Como dije, esta obra es la reedición, arreglada, reescrita en algunas partes, y sobre todo aumentada de El otro Jesús. Vida de Jesús según los evangelios apócrifos, de la que se hicieron en España dos ediciones y varias reimpresiones, y de la que se vendieron unos siete u ocho mil ejemplares. Esta obrita se ha traducido a varias lenguas: alemán, francés, portugués, italiano. En Italia especialmente ha tenido cierto éxito. Il Corriere della sera acaba de vender la versión italiana de este libro -ilustrado con más de cien obras de arte de Jesús, María y los Evangelios apócrifos- con su periódico en un fin de semana: la salida al público era de 35.000 ejemplares… como final de una colección de libros de Biblia: algo parecido a lo que está haciendo aquí el ABC: vender en fascículos la “Biblia de Jerusalén” y luego algunos libros más. En Italia ha sido sólo la Biblia de Jerusalén en 12 fascículos y luego, como colofón Il altro Gesù…


Ha parecido conveniente al editor de Esquilo reeditar esta obra, pues hacía mucho tiempo que –aun no estando descatalogada- no estaba presente en el mercado y apenas se vendían una decenas o un centenar de libros por año.

La idea ha sido hacer una reedición en toda regla. Se ha añadido una primera parte, ausente del todo en la obra anterior, que expone al lector el marco de la vida oculta de Jesús según los evangelios aceptados por la Iglesia, dividida a su vez de dos secciones:

a) antecedentes y nacimiento de Jesús,
b) su familia y su educación.

Para estas dos secciones las fuentes son los evangelios canonizados por la Iglesia: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Pero eso no significa, naturalmente que el historiador acepte sin filtro o crítica alguna todos su datos, sin más. Como sabemos bien, si ya los evangelios en sí, en el bloque que trata del ministerio de Jesús, que abordan temas de la vida del personaje que podían ser más o menos conocidos, son fuentes a veces sospechosas de ser en gran parte rearreglos, con fines propagandísticos de la fe religiosa de los primeros cristianos…, cuánto más en el caso de los dos primeros capítulos de Mateo y de Lucas. En efecto, estos tratan de momentos del personaje Jesús por los que la Iglesia primitiva no mostró el menor interés en un principio y de los que quizá tenía muy poca idea. Como están escritos 60 o 70 años después de que pasaran los acontecimientos, y su atmósfera es o bien legendaria, o bien una evocación de episodios del Antiguo Testamento, la crítica ha de estar aún más perspicaz para obtener de ellos algún núcleo histórico.

De todos modos, sí se pueden obtener algunos datos, pocos, que sean fiables sobre esta primera parte de la vida, oculta, del Nazareno. Así, en esta primera parte del librito se responde a temas como dónde y cuándo nació Jesús y quiénes eran sus antepasados, a saber si nos podemos fiar en algo de las genealogías del personaje ofrecidas por los evangelios.
Luego se trata de los padres de Jesús, qué formación pudieron dar a éste, si sabía o no leer y escribir, qué lengua, o lenguas, hablaba y cuál era su presumible oficio. Naturalmente, la cuestión de los hermanos de Jesús ocupa algunas páginas en las que expreso ante todo el parecer de la Iglesia antigua y cómo ésta se preocupó poco o nada del tema hasta bien entrado el siglo III.

Esta parte es una síntesis suficiente, creo, de lo que puede saberse realmente de Jesús en estos temas.

La parte segunda recoge casi todo lo que escribía hace trece años y que puede mantenerse:
cómo pintan la vida oculta de Jesús los evangelios rechazados por la Iglesia. Aquí pongo en realidad poca cosa de mi imaginación, sino que soy fiel a lo que dicen los textos apócrifos. Probablemente lo meritorio de esta parte sea la selección, ordenación y sistematización de las “noticias” proporcionadas por los evangelios apócrifos. Creo que ahorro bastante tiempo al lector, y le agilizo la tarea con cierto deleite, de leer cientos de páginas repetitivas y poco interesantes, puesto que los evangelios apócrifos son en muchas ocasiones un batiburrillo indigesto. Yo se lo doy al lector ordenado y breve, sin omitir nada que pueda ser o parecer interesante.

Y por último he reescrito muy a fondo algunos capítulos como el de “Jesús y las mujeres” y especialísimamente el prólogo y el epílogo, haciéndolos un poco más largos y más claros a propósito de lo que propone y lo que procura este libro. Esto no quedó suficientemente claro –al parecer- en la obra anterior por algunas anécdotas que me han ocurrido a lo largo de mi vida. Sobre todo dos, y encima relacionadas con miembros de mi familia o amigos íntimos.

La anécdota que afedcta a mi familia es terrible: en dos ocasiones -y refiriéndose a la aparición entonces de “El otro Jesús”, el mismo individuo cuyo nombre no voy a dar, a voz en cuello, en sendas reuniones familiares por boda o funeral, gritaba que yo “era un blasfemo”, que cómo me atrevía a decir semejantes cosas de Jesús en un libro, que debía darme vergüenza pisar una iglesia para un acto tan solemne como un funeral, siendo “el diablo en persona”… A mí, pobrecito, que no había hecho más que resumir lo que dicen textos muy antiguos –por otro lado editados modernamente por miembros bendecidos de la Iglesia (véase la edición de Aurelio de Santos Otero para la “Editorial Católica”- que tienen más de 18 siglos de antigüedad.

Y la otra anécdota: de un amigo, que me dijo que había dejado de leer el libro… y lo había tirado… (“El otro Jesús”), pues no le gustaba que “nadie le cambiara sus ideas…” sobre Jesús…

2. Entonces: ¿Cuál es el propósito de esta reeedición?

¿Es que realmente trato yo de cambiar las cosas o pronunciar blasfemias sobre Jesús para forrarme los bolsillos? Esta pregunta me introduce en la segunda parte: ¿cuál es en realidad la intención de este librito?

A decir verdad está escrito por el fastidio que me suponía oír una y otra vez, -yo, que todo el mundo sabe que no soy creyente, y que soy un empedernido racionalista- decir a algunos que en los Evangelios apócrifos se encuentra la verdad sobre Jesús…, que la Iglesia intenta ocultar los textos, que tiene algunos escritos escondidos en lo profundo de los sótanos del Vaticano…, y que si se supiera de verdad el contenido de estas obras “en mala hora apócrifas” aparecería una figura de Jesús muy distinta, muy hermosa y a disgusto de la Iglesia, que ha mentido sobre ella a sabiendas, que la ha distorsionado para mal, y que –como digo- si se conocieran… ¡se le caerían a la Iglesia todos los palos del sombrajo!

Me dije: vamos a verlo. Y escribí esta vida de Jesús según esos evangelios ocultos, ante los que la Iglesia tiembla…, según dicen una y otra vez. Y el resultado pueden leerlo ahora todos los lectores que quieran…

A este propósito me permito otra breve reflexión: todos los que edcribimos libros somos hombres y mujeres de la comunicación. Nuestro deber es encontrar siempre el lado interesante de lo que tenemos entre nuestras manos y así procurar encantar al lector, el cual en el futuro nos seguirá leyendo. ¡Cierto! Pero creo que para ello no es necesario distorsionar la realidad y presentar algo falso a sabiendas de que es falso pero que nos parece más interesante. Por ejemplo el caso de… y no voy a citar nombres, de muchos que escriben libros sobre Jesús y María Magdalena a sabiendas -porque están muy bien informados- que lo que están sacando para el público son puras mentiras.

¡En absoluto debe procederse así! La realidad, la verdad histórica en cuanto puede saberse, a la larga es mucho más interesante y rentable que la mentira. En el mundo de la religión casi nada, o nada, es como parece… Basta con que intentemos descubrir la verdad, lo que subyace a las apariencias, para que presentemos cosas realmente atractivas y novedosas. A largo plazo, con lo que honestamente creemos que es la verdad, incluso si en algún momento parece que vamos a perder audiencia, saldremos ganando…, en mi opinión.

Pues bien, esto es lo que he intentado. Presentar de una vez qué imagen de Jesús ofrecen estos evangelios ante los ojos de los hablan mucho, pero nunca los han leído, por lo menos a fondo y todos. ¿Que esa imagen es fea? Pues tanto peor para ella. Pero el público sabrá que se ha actuado sinceramente, y que al siguiente libro podrá seguir fiándose de mí. Yo así lo digo en el epílogo: esta imagen de Jesús es muy poco atractiva… aunque conocerla es interesantísimo… incluso para saber que a lo mejor nunca podremos reconstruir una imagen completa del personaje.

Así que yo doy muchas gracias al editor de Esquilo por la posibilidad de presentar de nuevo al gran público estos temas con la reedición de esta obrilla sobre la vida oculta de Jesús.

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Creo haber leído en algún sitio esta provocación: En un mundo donde nadie espera un futuro verdaderamente nuevo, lo único importante es saber dónde pasaremos las próximas vacaciones o qué haremos en el puente festivo más cercano. Seguro que es una conclusión exagerada, porque el ser humano siempre alberga esperanzas mayores que éstas, pero ¿verdad que tiene algo de sospechosamente cierto? En alguna otra ocasión leí que, cuando sólo lo sorprendente y espectacular es noticia, casi todo lo demás nos pasa desapercibido; en concreto, las quejas de los más necesitados es como si no existieran.
Esa desesperanza cultural y este desprecio de lo pequeño, tampoco habría de sorprendernos de manera absoluta. Se ha instalado por todas partes y se ha adueñado de más de un rincón de nuestras almas. En el caso de los creyentes parece premonitorio que la Sagrada Escritura se “abra” y se “cierre” con la pregunta por el prójimo más inmediato y la resistencia a reconocerlo en la vida cotidiana. “¿Qué es de tu hermano?” Le pregunta Yahvé a Caín y su respuesta, “¿Acaso soy yo guardián de la suerte de mi hermano?”. Y en el Nuevo Testamento, la llamada de Jesús a la compasión y la fraternidad, empezando por los más pobres y débiles, hace que un experto le pregunte por el prójimo, buscando quizá una complicación moral que el asunto no tiene: “¿Y quién es mi prójimo?”

Este par de reflexiones iniciales no hacen sino ponernos ante un “dilema histórico” extraordinario. Si perdemos la esperanza en las posibilidades de mejora profunda del mundo, si quedamos paralizados en una visión de las cosas conformista; si nuestra mirada se atiene a la experiencia privilegiada de los grupos más cualificados de una sociedad rica, es muy difícil compartir que “otro mundo es posible” y que “lo es más que nunca para esta generación”. He hablado de un dilema histórico, pero esta expresión es grandilocuente en exceso. Mejor decir que nos pone ante un reto personal y comunitario muy importante. Es mejor concebir los retos en clave personal y comunitaria para que no se evaporen en una especie de metateoría de la historia. Me acuerdo de aquello de “piensa globalmente y actúa localmente”, y su correspondiente, piensa en contacto con la realidad más próxima y actúa en coherencia con la realidad más global.

Mantener la esperanza en todo lugar y tiempo, hacerlo con la modestia de quien aporta una experiencia personal limitada, respetuosa de otras y nada dogmática, firme y exigente y, a la vez, pacificadora, es una necesidad vital en nuestros días. Reconocer el valor de las situaciones normales en que vive la gente común, la necesidad de verdad y de justicia de las gentes con problemas sin mayor peso político y económico, incluso sin eco público, puede parecer un esfuerzo insignificante, pero es tan valioso como lo que más, y traduce de manera inapelable el dar de comer al hambriento y beber al sediento a la altura de nuestro tiempo. ¿En qué otra cosa ha de consistir la misericordia de Dios?

Otro mundo es posible y lo puede lograr más que nunca esta generación, decimos; por conocimiento de la realidad, por medios materiales a nuestra disposición y por facilidad en las comunicaciones de ideas, personas, cosas y capitales. La voluntad política de abordarlo, la voluntad práctica de quererlo y de compartirlo, la voluntad moral de aceptar los resultados contablemente costosos para todos, ¡en proporción a las posibilidades y con suficiencia para todos!, éste es el problema. De ahí la importancia que tiene regalarnos esperanza unos a otros, no ensoñaciones o palabras dulzonas, no quimeras ideológicas, sino esperanza con pies y ojos en la tierra; esperanza que no se resista al recuento de noticias e injusticias, sino que por el contrario se inspire en lo aprendido entre los más necesitados e injustamente tratados. Y de ahí la importancia, tan ridiculizada hoy, de concienciar-nos. ¿Ridiculizada? Sí, claro, se ridiculiza a los “militantes” como “mitineros” o “sociopijos”, “progres insoportablemente tontos”, para defender la libertad de elegir entre dos formas de vestir, o disfrutar de dos cosas igual de caras y de poco útiles, además de insostenibles, o para dar por bueno el modelo social porque “es mejor que otros ya superados”. Más aún, como esas cosas son riqueza, bienestar, progreso y PIB, ya son buenas. ¡Qué pobres razones!

A mi juicio, la tarea de constituir minorías que compartan convicciones morales y sociales justas y sostenibles, es más importante que cualquier otra. Cierto que no creemos, ni queremos, en vanguardias que lo saben todo para todos y que interpretan para todos la verdad de un proceso histórico. Esto es ridículo. Los grupos y las personas siempre deberíamos aspirar a que nuestro mensaje social se haga mayoritario y poder público. Pero rechazamos, igual de firmes, la invitación de los que proponen, ¡con aparente desinterés y cientificidad!, una libertad y justicia a la medida de esta ideología moralmente raquítica: “Otro mundo mejor que éste es cosa del libre mercado. Nunca lo toquéis, ni poco ni mucho, que es como poner vuestras sucias manos en el pan”!

Por el contrario, nosotros, hecho el examen de conciencia sobre nuestras vidas, atentos a la palabrería y a los silencios cómplices, sabemos que lo importante es mantener la certeza, no sólo la esperanza, sino la certeza de que ahora sí, otro mundo es posible, y lo es más que nunca. Y lo es con colaboración de todos los que lo ven, lo desean y lo necesitan. Y lo es, reconociendo la necesidad de llegar hasta la política y las mayorías que la “rigen” (debieran). Y si la política se compromete a algo, por poco que sea, tiene mucha fuerza para llevarlo a cabo. Es verdad que también lo absorbe todo y lo asimila, lo metaboliza y lo transforma en otra cosa, pero ahí estamos para retomar el fruto y seguir con el empeño forzando a los Estados. Con todo, si ellos se mueven desde la ONU, al grito de ¡levántate contra la pobreza!, es un empujón nada despreciable. Se aprovecha su impulso y a seguir de frente.

Y por eso son vitales la gente de esperanza; esperanza firme y adulta, histórica y realista, vivida y comprometida, informada y pensada, la gente de esperanza, porque la esperanza, “es un activo necesario para resolver los grandes problemas… Cuando está viva, es capaz de lograr casi lo imposible. Cuando está muy mermada, paraliza las energías sociales por el abatimiento y la pasividad… su fermento (para los cristianos) es la Cruz y la Resurrección de Jesús”.

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Parece claro hoy día por el sentir medio de la investigación histórica sobre los Evangelios y en concreto sobre los últimos momentos de la vida de Jesús que el relato de su pasión no puede considerarse absolutamente histórico. Por eso es prácticamente imposible asignar una fecha exacta a la muerte de Jesús, Sin embargo es posible escoger entre un par de ellas que parecen probables.

Voy a exponer mi opinión al respecto en dos momentos:

1. Explicar las razones de por qué hay que ser pruedente y escéptico respecto a los resultados en esta cuestión (Primera entrega).

2. Exponer la opinión que me parece más probable (Segunda entrega)

Expongo, pues, hoy brevemente las razones que llevan a esta conclusión y nos incitan a un cierto escepticismo:


1. No quedan actas ningunas de los dos procesos, judío y romano, contra Jesús.

2. Es muy inverosímil la acumulación, o compresión de acontecimientos, en un espacio tan breve de tiempo: apenas una semana tal como lo cuentan los Evangelios para un buen monto de hechos y enseñanzas de Jesús (véase más abajo la cronología de los evangelistas).

3. La historia de la pasión está empedrada de alusiones y citas a textos del Antiguo Testamento considerados profecías mesiánicas al menos por los cristianos: en total unos 80/90 pasajes de la Escritura judía aparecen citados o aludidos claramente en la Historia del Pasión. Este notable monto de acciones y dichos de Jesús hace al menos sospechar que algunos eventos:

• Hayan sido acomodados para que cumplan con el esquema mental “promesa (Antiguo Testamento) / cumplimiento (Jesús)”.
• Hayan sido creados expresamente a partir de algunos de esos textos de las Escrituras considerados mesiánico-proféticos.

4. Hay claros signos de dramatización, o teatralización en general, por parte de los evangelistas de relatos que se pueden razonablemente suponer que eran al principio mucho más simples.

5. La historia de la Pasión contiene detalles que chocan con el derecho romano de la época.

6. Y sobre todo: la historia sinóptica de la Pasión –con sus dos procesos, judío y romano-transcurre en una fecha absolutamente inverosímil: todo ello tiene lugar nada menos que en el día de la fiesta más solemne del judaísmo, la Pascua.

7. La existencia de episodios claramente legendarios en la Historia de la Pasión.

8. Es muy probable que la primitiva Historia de la Pasión fuera guiada por motivos litúrgicos, es decir, que este relato tuviera un primer y fundamental “contexto vital”, en los oficios litúrgicos de los cristianos primitivos y en la predicación.

9. Es también muy posible la hipótesis de que la historia de la Pasión sea la compresión literaria en una semana, buscando la unidad de “tiempo, acción y lugar”, de eventos que duraron bastante más tiempo, pues algunos textos del relato de la Pasión contienen indicios de que las acciones narradas pudieron ocurrir en un momento diferente a la escasa semana previa al 14/15 de Nisán

A. El episodio de la entrada en Jerusalén y las palmas con las que los asistentes acogen a Jesús, que apunta a septiembre, a la Fiesta de los Tabernáculos, a la que asistió Jesús según el EvJn 7,1-52

B. El episodio –al día siguiente de la entrada triunfal- en el que Jesús busca algo de comer entre los hojas de una higuera (Mc 11, 12-14). Este episodio, so pena de tener a Jesús por un imprudente que desconocía lo más elemental de la vida del campo, es muy improbable en marzo/abril, que no es época de higos, y sí probable en septiembre

C. La reunión del Sanedrín en la que se toma la decisión de condenar a muerte a Jesús es colocado por el Evangelio de Juan unas cuantas semanas antes –no se puede precisar más- antes de la semana de Pasión (Jn 12).

D. La acción de Jesús contra el Templo y su “purificación”, narradas por el Evangelio de Juan al principio y no al final del ministerio público de Jesús (Jn 2, 13-22), indica al menos que la fecha de estos acontecimientos no era absolutamente segura.

Estas cuatro últimas consideraciones, unidas al argumento de la posible compresión de un número casi imposible de eventos ocurridos en breve espacio de tiempo y de la tendencia a la dramatización en las narraciones evangélicas de estos días trágicos, nos parece que hacen plausible una entrada de Jesús en Jerusalén no una semana antes de la Pasión, sino en la fiesta de los Tabernáculos.

No es posible aquí un desarrollo conveniente de este argumento, que ha de dejarse necesariamente para un espacio más amplio que lo permitido por nuestro blog. Pero basten estos apuntes y las consideraciones (1. a 9) arriba expuestas para adoptar respecto a la cuestión de la fecha de la muerte de Jesús una postura de reserva y de cierto escepticismo sobre la posibilidad de alcanzar una fecha absolutamente segura.

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Benedicto XVI ha decidido retomar la línea más clásica de la Iglesia resucitando la idea del infierno, desestimada hace años por Juan Pablo II, sobre el que ha dicho que existe “y es eterno”.

Hasta hace casi ocho años, cuando en 1999 el Papa Juan Pablo II se desmarcó de la concepción clásica del infierno, la idea de la salvación se había basado siempre en una dualidad “bien-mal“: existe gente buena porque existe gente mala, y existe premio porque existe castigo; al menos, esa era la base sobre la que se edificaba la idea de “salvación” en la religión cristiana.

Pero Wojtila lo ligó más a un estado espiritual que a un castigo físico con estas palabras: “El infierno indica más que un lugar, la situación en la que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios, fuente de vida y de alegría”.

El debate del Vaticano sobre el limbo

El Vaticano, tras años de debate interno, también ha resuelto eliminar la idea de “limbo“, un lugar “sin tormento pero alejado de Dios”, al que iban los niños recién nacidos que no recibieron el sacramento del bautismo.

La muerte no suponía, hace unos años, un trámite doloroso desde el punto de vista cristiano: con el cielo como objetivo y el limbo como consolación, no existía un castigo para el pecado; ahora el Papa Ratzinger ha decidido enmendar la situación y ha restituido la situación clásica, aunque sin el limbo: o te salvas, o te condenas.

La salvación desde el punto de vista cristiano

El limbo tenía su explicación teológica en una suerte de “estado permanente” para quienes las aguas del bautismo no habían lavado las culpas del “pecado original” del hombre en el Paraíso, pero suponía para los teólogos “una visión restrictiva” de la salvación, por lo que de ahora en adelante, los bebés no bautizados “se salvan”.

Mucho se ha escrito sobre qué es el infierno, una de las principales obsesiones del hombre a lo largo de la Historia; los relieves de las catedrales románicas plasman con todo lujo de detalles el miedo al Juicio Final y a su consecuente castigo a los pecadores, y eran reflejo de una fe vivida desde el temor a Dios y a la culpa de los hombres.

¿Qué es el infierno?

Etimológicamente la palabra “infierno” viene del latín “infernus”, que se relaciona con “inferior” en el sentido de un lugar tradicionalmente ubicado bajo la tierra o dentro de ella; y en lo referente a la fe, según la traducción de la Enciclopedia Católica, es un lugar “oscuro, escondido y alejado de Dios”.
La representación más conocida del infierno es la que Dante Alighieri imaginó en “La Divina comedia”, con nueve círculos con distintos castigos en función de la gravedad del pecado cometido, muy en la línea de la visión Helénica del Hades, un infierno escondido tras la laguna Estigia.

Pero la idea de este lugar no es exclusiva de la religión cristiana, sino que otras creencias la han desarrollado: sin ir más lejos, los otros dos grandes cultos monoteístas tienen su propio Averno, el “sheol” en los inicios del judaísmo, más vinculado a la “oscuridad tras la muerte” que a un castigo por las malas acciones, mientras que en el Corán existen múltiples referencias.

Las grandes religiones y las culturas históricas

En la antigüedad también se temió al infierno: así los egipcios describían en el “Libro de los muertos” algunos rituales para salvar al difunto; existen también representaciones del juicio a los muertos en presencia de Anubis, que escoltaba las almas y las protegía de Osiris.

En las culturas precolombinas también existió el infierno: para los mayas Ah Puch era el dios de la muerte, su regente, con cabeza de calavera y el cuerpo en descomposición, muy en la línea del dios azteca de la muerte, Mictian.

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una iglesia a medida


Monseñor Juan del Río Martín, obispo de Jerez de la Frontera (España) Escribe esta reflexión,

Hoy estamos asistiendo al fenómeno de querer tener un cristianismo sin Iglesia. En otras palabras, se pretende una fe en Dios sin mediaciones, y un autodenominado seguimiento a Cristo, prescindiendo de la estructura ministerial de la que el Señor dotó a la comunidad de sus discípulos.

Para unos la Iglesia Católica aparece como la institución del «no», como un reducto del pasado que no se acomoda a los postulados de la modernidad, como un gran colectivo que va contra el progreso. Para resaltar esta caricatura se sobredimensionarán los pecados de los miembros de la Iglesia, y se relegará a un segundo plano, desconocido por ocultado, la inmensa vida de santidad, caridad y heroísmo que se da cada día en el más absoluto anonimato. En cambio, otros tienen la impresión de que la Iglesia está a punto de traicionar su especificidad, de venderse a la moda del tiempo y, de este modo, sumirlos en la confusión: es la desilusión del amante traicionado.

Además, en amplios sectores de la sociedad se ha instalado la dicotomía maniquea entre la Iglesia de base y la oficial, entre la Iglesia de los pobres y la del Vaticano, entre la Iglesia carismática y la ministerial. Estas divisiones, repletas de ideologías extrañas a la fe, son utilizadas por los enemigos de la Iglesia para ir en contra de su estructura sacramental y jerárquica, la que le hace ser la verdadera Esposa de Cristo.

Lo curioso es que, en ocasiones, algunos católicos entran en ese juego para ir contra la propia «Madre». Puede suceder que, al igual que los corintios, también nosotros corramos el riesgo de dividir la Iglesia en una disputa de partidos: conservadores y progresistas, evangélicos y jerárquicos. ¿Qué hemos de hacer para no entrar en estas batallas, que tanto daño causan, porque son esquemas puramente humanos, resultado de pasiones? Todo comienza por tener claro que no hay fe verdadera en Cristo si se prescinde de la Iglesia. Es más, el ser cristiano católico no consiste en la elección de un programa que satisfaga, o en la simpatía por un cenáculo de amigos. La fe es conversión, que me trasforma a mí y a mis gustos, mediante la adhesión a la persona de Cristo vivo en su Iglesia (cf. Lc 17,5-6; 1 Jn 3,23; Gál 1,7-9). Por eso, la Iglesia no es un club, ni un partido, ni tampoco una especie de estado paralelo religioso, sino el Cuerpo encarnado de Cristo en la historia. De ahí que, como dice Benedicto XVI: «no necesitamos una Iglesia inventada por los hombres, producto de consensos y pactos. No es una Iglesia más humana la que nos salva, sino una Iglesia más divina, porque sólo entonces será también verdaderamente humana» (J. RATZINGER, «La Iglesia. Una comunidad siempre en camino», Madrid 2005, p. 133).

La Iglesia será espacio de salvación para los pobres en la medida en que nuestra atención esté centrada en lo que viene de su Cabeza, Cristo. Él sólo nos da la vida, la «vida en abundancia», que se nos comunica mediante la Palabra, los sacramentos y el testimonio de amor de los cristianos. Los grandes testigos de la fe y de la caridad, como por ejemplo Teresa de Calcuta, no necesitaron de ningún sincretismo litúrgico, ni de faltar a la comunión con los sucesores de los apóstoles, para servir a los más menesterosos y excluidos. Y es claro que tocaron fondo en la desgracia humana. Todo lo contrario, sacaron su fuerza de la oración y de la liturgia. Los santos se sintieron siempre «hijos de la Iglesia», y la sirvieron como Ella «quiere ser servida» en cada momento. Eso fue posible porque tuvieron corazones humildes y aceptaron plenamente la cruz.

Por último, en la obediencia de la fe y en la comunión eclesial está la garantía de nuestra libertad. A la vez, es antídoto para que el mensaje global cristiano no corra el riesgo ni caiga en el peligro de un reduccionismo y aprisionamiento de lo particular y no se arriesgue a proponer una especie de inculturación en los que se reduzca el cristianismo a unos contenidos de mínimos cayendo en ideologías de todo género o en meras propuestas socio-políticas y culturales.

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