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Archive for 30 noviembre 2006

 Sorprende levantarse una mañana y leer en el periódico, de boca del portavoz de los obispos, que “el Estado no tiene competencia para definir el bien y el mal moral”. Lo dice a propósito de la nueva asignatura llamada Educación para la ciudadanía. Y como monseñor se malicia que en la escuela se va a hablar “del bien y del mal moral”, amenaza con un motín católico, pues, en ese caso, señala, “los padres tendrían pleno derecho a ejercer su objeción para que sus hijos no tuvieran que cursar una asignatura que contradice sus convicciones morales y religiosas”. Pero, vamos a ver: ¿desde cuándo no se puede hablar en la escuela del mal y del bien, es decir, de valores? A los obispos españoles les cuesta entender que la democracia no es solo una organización técnica de la vida social, sino también una forma de convivencia basada en valores como la libertad, la igualdad y la solidaridad. Y es lógico, por tanto, que en la Educación para la ciudadanía se tome partido por la tolerancia, la responsabilidad o la justicia. En la escuela democrática se instruye al alumno en técnicas o conocimiento que le servirán para ganarse la vida y, también, se le educa en valores. La escuela es instrucción y educación, por eso hay que explicar en qué se fundamenta la tolerancia o cuál es el alcance de la responsabilidad o de qué hablamos cuando predicamos los derechos humanos o por qué el antisemitismo es una tentación que sigue vigente. ¿Por qué les cuesta a los obispos españoles entender algo tan elemental? Ellos tienen en su poder los borradores de los contenidos básicos de esta asignatura en sus distintos cursos. Y en ellos se habla ciertamente de la familia, que parece ser el caballo de batalla. Ahora bien, lo que ahí se dice es lo siguiente: “Relaciones humanas. Familia y relaciones entre hombres y mujeres. Relaciones intergeneracionales. Cuidado de las personas dependientes. Valoración crítica de la división social y sexual de trabajo y de los prejuicios sexuales”. ¿En qué ofende eso a la moral? Nótese que la programación estatal no dice cómo tratar esos asuntos, sino que se traten. ¿Acaso no se puede hablar de la familia en la escuela? Sin duda temen los obispos que los profesores no hablen de la familia como ellos hablan, pero desde cuándo la libertad de cátedra es una inmoralidad? El texto en cuestión es decidido a la hora de plantearse los valores sobre los que descansa la Constitución, y es prudente en los discutibles. Esta asignatura no es una religión para laicos, por eso no puede ser, como quiere Juan Antonio Martínez Campos, el portavoz episcopal, una alternativa a la clase de religión. Lo que ahí se trata afecta e importa a todos los alumnos. El mundo al revés. Los obispos, en vez de plantearse si tiene cabida, dentro de las visiones del mundo, que se pueda presentar en la escuela la visión católica, niegan a la escuela el derecho a presentar visiones del mundo que no sean la suya. Les vendría bien leer y viajar, es decir, enterarse de cómo se han planteado estos asuntos otros episcopados más experimentados en convivencia con el sistema democrático. Por ejemplo, el alemán. Ellos sí provocaron un debate sobre la necesidad de que en la escuela se hablara a los alumnos de visiones del mundo y convencieron a la sociedad de que la visión cristiana del mundo tenía su sitio en la escuela. Pero no se les pasó por la cabeza hacerse un sitio negando el derecho a los demás. Estaban convencidos de que disponían de argumentos sólidos para defender los valores cristianos, contrastarlos con otros y salir bien librados. Es la diferencia entre un catolicismo reconciliado con la democracia y otro que recela de ella. El recelo de la Iglesia católica española contra la democracia está alcanzando cotas alarmantes. Un día es la escuela, otro la unidad de España o la negativa a financiarse como Dios manda. No se trata, en absoluto, de cuestionar su legítimo derecho a la crítica en nombre de valores superiores. Lo que no se entiende es que cuestione reglas básicas del juego democrático en nombre de principios políticos pre o antidemocráticos, como esta idea peregrina de que la escuela no puede hablar de valores. Quienes estamos convencidos de que la política, sobre todo la democracia, necesita retroalimentarse de tradiciones como el cristianismo, lamentamos que la Iglesia católica gaste su capital en batallas que desacreditan su propia causa. Precisamente para consolidar los valores que defiende la asignatura Educación para la Ciudadanía es necesario la aportación del cristianismo. La humanidad ha aprendido en esa fuente algunas de sus más grandes lecciones en humanidad. Cuando Hannah Arendt desarrolla su teoría del perdón político, acude a Jesús de Nazaret; cuando los politólogos modernos, como Alain Badiou o Giorgio Agamben, quieren hablar de fraternidad humana acuden a Pablo de Tarso, el mismo que decía que “ya no hay más judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón ni hembra, pues todos vosotros hacéis uno”. Es la Biblia el primer lugar en el que el extranjero deja de ser un bárbaro para convertirse en uno de casa. Occidente es impensable sin el cristianismo: ¿por qué dilapidar esa herencia universal con peleas tan ramplonas?

Reyes Mate es Director del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Este artículo fue publicado en “La voz de Asturias”.

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CREDO

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Creemos en un Dios, que por amor ha creado todo el Universo, sus leyes, su belleza y su misterio. De su amor infinito han brotado la grandeza de las estrellas y la humilde belleza de las flores. Que nos ha dado en regalo este bellísimo planeta azul que han contemplado los astronautas desde la luna como una hermosa joya flotando en los espacios infinitos, para que lo cuidemos y amemos. Creemos en un Dios que es infinitamente más que Padre y Madre, porque aunque una madre pudiera abandonar al hijo de sus entrañas, Él nunca nos abandonará.

Creemos en Jesucristo, que nos fue enviado por el Padre para que conociéramos que Dios es Amor. Que fue verdadero hombre y dio testimonio del Padre con su vida y con su muerte para que en el mundo pueda hacerse presente el verdadero Reino de Dios, reino de verdad y de justicia, reino de paz y de amor. Dios le glorificó resucitándole de entre los muertos y dándole un nombre que está sobre todo nombre, Señor del mundo y de la historia.

Creemos en el Espíritu de Jesús y del Padre que vela por toda la comunidad de los creyentes, haciéndole avanzar a través de la historia como los israelitas por el desierto.

Creemos en la Iglesia como la reunión en el tiempo y en el espacio de los que intentamos ser seguidores de Jesús de Nazaret. Creemos en ella como un pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal donde no hay ni superiores ni inferiores porque todos somos hermanos, hijos del mismo Padre. Una Iglesia que queremos que sea signo de unión, de hermandad, de servicio a los marginados, de defensa de la justicia y los derechos humanos ante el mundo entero. Lamentamos los pecados personales e institucionales de los hombres que componemos la Iglesia, tanto en el pasado como en el presente. Estos pecados velan el verdadero rostro de Dios ante el mundo.

Creemos que el odio, la injusticia y la violencia no podrán vencer la fuerza del amor, la razón y la paz. Creemos en un mundo donde definitivamente triunfarán las fuerzas del bien que como pequeñas semillas Dios ha sembrado en cada uno de los corazones de los hombres y las mujeres de todos los tiempos. Creemos que la vida y la muerte de Jesús no han sido un fracaso, ni tampoco lo serán las vidas de todos los hombres que han luchado, luchan y lucharán como Jesús por un mundo más justo, un mundo en el que todos podamos llamarnos hermanos y serlo en realidad, donde Dios sea todo en todos.

Tomás Maza

Publicapo en Eclesalia

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empezar un nuevo día

Cuando suena el despertador, medio en sueños, nos vemos iniciando un día nuevo, y aún sin ni acabar de despertar ofrecemos a Dios cuanto vamos a vivir en esta hoja ahora en blanco del libro de nuestra vida, de nuestro día.306489498_79ddcbc58c.jpg

Puede parecer que cada día volvemos a la rutina, lo que vivimos ayer, hoy se volverá a dar, y en algunas cosas esto es cierto. Pero ocurre que ningún un día es igual que el anterior ni que el siguiente, cada día tiene su propia personalidad, su originalidad y como nos dicen muchos salmos de laudes, cada día podemos cantar a Dios un cántico nuevo, quizás con las mismas palabras, gestos o acontecimientos de ayer, pero todo es nuevo porque la gracia de Dios que nos da la vida lo convierte todo en nuevo.

Por esto, ya al empezar la jornada es bueno dar gracias a Dios por cuanto viviremos a lo largo de día nuevo. Así por la noche, al revisar el día tenderemos de nuevo motivos de acción de gracias y de petición de perdón porque nunca acabamos de saber vivir todo aquello que Dios en su misericordia nos ofrece. Texto: Sor Carmen Solé. Foto: Hna. Conchi García.

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Me parece interesante ofreceros estas dos reflexiones y puntos de vista divergentes sobre el celibato de los sacerdotes.

El celibato  por Jose María Castillo ( teólogo )

 

 

Según cuentan los evangelios, Jesús no impuso a ninguno de sus apóstoles la obligación de vivir soltero. San Pablo dice que aquellos apóstoles vivían con una mujer cristiana y añade que tenían derecho a eso (1 Cor 9, 5). En las cartas a Timoteo (1 Tim 3, 2-5) y a Tito (Tit 1, 6), al explicar las cualidades que debía tener un obispo, se dice que debía ser fiel a su mujer y saber gobernar bien su casa y a sus hijos. Porque “uno que no sabe gobernar su casa, ¿cómo va a cuidar de la Iglesia de Dios?” (1 Tim 3, 5). Así estuvieron las cosas hasta el s. IV. Se sabe que en el concilio de Nicea (año 325) algunos obispos quisieron “introducir una nueva ley” para que los “ordenados” (obispos, presbíteros, diáconos) “no durmiesen con sus esposas”. Ante esta petición, el obispo Pafnucio “gritó bien alto que no se debía imponer a los hombres consagrados ese yugo pesado, diciendo también que es digno de honor el acto matrimonial e inmaculado el mismo matrimonio” (Sócrates, Hist. Ecl. I, 9). Y el concilio de Gangres (año 345) condenó a los que decían que no se debía comulgar de manos de un presbítero casado.

Sin embargo, a principios del s. IV, precisamente aquí en Granada, en el concilio de Elvira, se impuso a los clérigos, no la ley de celibato, sino la ley de la continencia, es decir, no podían usar del matrimonio a partir del momento de su ordenación. Esta disciplina se mantuvo así durante siglos. Lo que fue motivo de serias complicaciones. Por ejemplo, el concilio de Toledo I (año 397-400) dispuso que las mujeres de clérigos, que pecaren con alguno, debían ser castigadas severamente por sus maridos con tal de no causarles la muerte. Y el concilio de Toledo III (año 589) decidió que las mujeres de los clérigos que pecaban con otro debían ser vendidas como esclavas y que el precio se diera a los pobres. En el Oriente cristiano la disciplina fue distinta: el concilio Trullano (año 692) fijó la ley que sigue vigente en aquellas iglesias y que permite a los clérigos casarse. “Las nupcias son honorables y el matrimonio inmaculado”. Por eso no es cierto que la ley del celibato sea una ley de la Iglesia universal. Es una ley de la Iglesia latina.

¿Desde cuándo se puede decir que existe la ley del celibato? Fue el papa Inocencio II quien en el concilio II de Letrán (año 1139) declaró oficialmente que el matrimonio de los sacerdotes estaba no solamente prohibido, sino que además era inválido. A partir de entonces, los sacerdotes (en la Iglesia latina) quedaron incapacitados para contraer matrimonio. ¿Por qué se llegó a esta decisión? En el caso de los obispos fue decisivo el criterio económico: había el peligro de que un obispo casado dejara en herencia a sus hijos los bienes de la Iglesia. Pero el criterio determinante fue el principio de la “pureza ritual”. Así lo demostró el mejor estudio histórico que se ha hecho sobre este punto concreto (R. Gryson, “Les origines du célibat ecclésiastique”, Duculot, Gembloux, 1970). Según este principio, “sólo los que son puros pueden tener acceso a la esfera de lo sagrado”. Pero desde tiempos inmemoriales se tuvo el convencimiento de que las relaciones sexuales contaminan y manchan. Así lo enseñaron los griegos (Pitágoras, Empédocles) antes del cristianismo. Y así lo vivieron los sacerdotes judíos, que estaban casados, pero cuando debían servir en el Templo tenían que permanecer en el Templo, sin relación con sus mujeres. Un argumento que se utilizó en Roma cuando, en el s. IV, se impuso la celebración diaria de la eucaristía. Por eso en ese tiempo también se impuso la obligación de la continencia a los clérigos.

Esta manera de entender la sexualidad, como algo que impurifica, no resulta aceptable en la cultura actual. Por eso se suele echar mano de otros argumentos para justificar el mantenimiento de la ley del celibato. Argumentos que deben ser matizados. Porque si se dice que quien no se casa, por eso ama más a Dios, en realidad lo que se está diciendo es que Dios puede ser el celoso rival de un amor humano. Pero Dios no es (ni puede ser) así. Lo que Dios más quiere es que el amor entre los humanos sea lo más intenso y lo más auténtico posible. Otra razón, que se suele aducir, es que quien no se casa se puede dedicar más plenamente al apostolado. Lo cual es verdad en algunos casos. Pero no es cierto que los sacerdotes le dediquemos más tiempo y más ilusión a nuestra tarea que el tiempo y la ilusión que ponen en su trabajo muchos profesionales, empresarios o artistas, por ejemplo. Entonces, ¿por qué se mantiene esta ley eclesiástica? La experiencia nos enseña, y los psicólogos lo avalan, que quien controla la vida afectiva y sexual de una persona, tiene asegurada la obediencia de esa persona. Probablemente esta razón, aunque muchos no se den cuenta de ello, es más fuerte de lo que imaginamos.

Por lo demás, yo no creo que, si la Iglesia permitiese el matrimonio de los curas, por eso iba a entrar más gente en los seminarios y noviciados. La crisis de vocaciones tiene raíces más profundas que no es éste el momento de explicar. No pocas iglesias protestantes tienen la misma crisis de pastores. Y sabemos que los pastores protestantes pueden casarse. Más bien habría que recordar que el instinto sexual no tiene más que tres posibles salidas: o se realiza o se reprime o se sublima. Pero ocurre que la represión acarrea problemas muy serios a quien se ve forzado a vivir así. Y la sublimación por motivos religiosos es, por supuesto, un don admirable. Pero no resulta fácil de entender que una experiencia tan sublime pueda ser vivida por tantos cientos de miles de personas como en la Iglesia la tienen que vivir quienes desean dedicarse a un ministerio apostólico. De ahí las “dobles vidas”, los escándalos… Por eso yo pienso que sería mejor suprimir un ley que cada día resulta más difícil mantener.

Aquí teneis la segunda versión, lamento no poder decir quien es el autor, pero está sacada de : El celibato

El celibato sacerdotal

¿Por qué los sacerdotes no se casan?

En la Iglesia Latina, los sacerdotes y ministros ordenados, a excepción de los diáconos permanentes, «son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato “por el Reino de los cielos” (Mt 19,12)» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579). En efecto, todos los sacerdotes «están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato» (Código de Derecho Canónico c. 277).

¿Por qué decimos que el celibato es un don de Dios?

Este celibato sacerdotal es un «don peculiar de Dios» (Código de Derecho Canónico c. 277), que es parte del don de la vocación y que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella. Conlleva también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don.

¿Para qué se vive el celibato?

Para estar más capacitado para cumplir la misión encomendada. El celibato permite al ministro sagrado «unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres» (Código de Derecho Canónico c. 277). En efecto, como sugiere San Pablo (1Cor 7,32-34) y lo confirma el sentido común, un hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de los demás hombres si tiene al mismo tiempo una familia por la cual preocuparse y de la cual es responsable.

¿Qué se busca con el celibato?

Queda claro por lo anterior que el celibato no es una renuncia al amor o al compromiso, cuanto una opción por un amor más universal y por un compromiso más pleno e integral en el servicio de Dios y de los hermanos. Es la opción por un amor más pleno.

¿Por qué decimos que el celibato es también un signo?

El celibato es un también un «signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579) y que él ya vive de una manera particular en su consagración. El sacerdote, en la aceptación y vivencia alegre de su celibato, anuncia el Reino de Dios al que estamos llamados todos y del que ya participamos de alguna manera en la Iglesia.

¿Cuál es el origen del celibato sacerdotal?

El celibato practicado por los sacerdotes encuentra un modelo y un apoyo en el celibato de Cristo, Sumo Pontífice y Sacerdote Eterno, de cuyo sacerdocio es participación el sacerdocio ministerial.

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gracias

Hola Hermanos:

Daros las GRACIAS a todos por las oraciones que habeis echado por mi madre, se han notado en todo momento.

Deciros que todo va evolucionando muy positivamente, se esta recuperando bien, la operación aunque fue larga no tuvo complicaciones, se notó que las manos de Mª Auxiliadora iban guiando las de los neurocirujanos que la operaron.

Gracias a todos os hemos sentido muy cercanos.

Un saludo LIDIA y Familia Gámez-Rodríguez.

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El Cristo de la fe

Managua – La cristología es, dentro del cristianismo, el punctum dolens de los desafíos teológicos que la nueva situación de pluralismo de principio conlleva. La visión clásica tradicional (el exclusivismo) y la visión reciente, actual (el inclusivismo) se fundamentan ambas en el dogma cristológico clásico, destacando la unicidad y absoluticidad de Jesucristo como la pieza esencial, central e intocable del edificio del cristianismo. Se ha dicho con frecuencia, con mucha razón, que los cuatro grandes concilios –llamados “ecuménicos”– de la antigüedad sustituyeron en la Iglesia cristiana a los cuatro evangelios. Hoy, afortunadamente, hace tiempo que recuperamos los evangelios, pero el constructo teológico cristológico que en cierto sentido los sustituyó sigue ocupando el centro del cristianismo como un enclave de fundamentalismo que se resiste a su estudio y reinterpretación, y mucho más a su reformulación. Pero esta pieza esencial e intocable del cristianismo es la que está crujiendo presionada por la nueva presencia del pluralismo religioso y la transformación de perspectivas teológicas a las que nos estamos refiriendo.

Es éste el punto más sensible, porque es un elemento que ha sido considerado, sencillamente, el elemento “esencial”: la identidad cristiana se ha hecho depender tradicionalmente de la afirmación íntegra y literal del dogma cristológico en todos sus elementos. Es cristiano quien lo acepta indiscutidamente. No es cristiano quien pone en duda o reinterpreta cualquiera de sus elementos. Quien reinterpreta el dogma cristológico no es ya cristiano: está fuera del cristianismo. O tal vez está “más allá”, tal vez es “poscristiano”: ha dejado de ser cristiano.

¿Cuáles son los elementos principales del dogma cristológico que sufren ese efecto de presión que ejerce el pluralismo religioso, y que se ven abocados hacia una reconsideración teológica? En primer lugar, está bajo una fuerte presión el “inclusivismo cristocéntrico” (visión en la cual Cristo es el centro decisivamente único de la salvación de la humanidad, y aunque se dan elementos salvíficos en otras religiones, no son sino presencias de la misma y única salvación ganada por Jesucristo). Prácticamente, la mayor parte de las Iglesias cristianas han evolucionado en el último medio siglo, a partir de la multisecular tradición exclusivista (la que decía “fuera de la iglesia no hay salvación”), hacia el inclusivismo. Hoy, la pluralidad multirreligiosa pide dar un nuevo paso adelante, hacia una posición teológica más consecuente, el “pluralismo” (por contraposición al exclusivismo y al inclusivismo), a saber, admitir que la Salvación no sólo se da fuera y más allá del cristianismo, sino que pueda darse separadamente de Cristo y su mediación, procediendo directamente de Dios. Cristo sería único –a su manera– y absoluto dentro del cristianismo, pero no constitutivo o normativo universalmente.

Esta posición escandaliza a los inclusivistas acérrimos –que a nivel profundo son, claro está, partidarios de un exclusivismo crístico–, pero hay que recordar que no es cierto que en el ensalzar a Cristo no hay límite posible: “En nuestra teología puede haber, como recordó a menudo Congar, un cristocentrismo que no es cristiano. Quién sabe si no es también uno de los sentidos del secreto mesiánico. Cualquier cristianismo que absolutice al cristianismo (incluso a Cristo) y su revelación, sería idolatría”.

Dado el “exagerado cristocentrismo de la teología occidental” este punto suscita una excitada hipersensibilidad por parte de ese exaltado cristiano que todos llevamos dentro. La confesión de amor a Jesucristo de Dowstoiewski, tan apasionada como irracional, no es el mejor modelo para este momento”.1christfaith.jpg

En segundo lugar, el “gran relato de la encarnación”. John Hick, presbiteriano, a partir de su propia experiencia religiosa de entrega a Jesucristo y de su experiencia de pluralidad religiosa en los barrios de su ciudad Birmingan, comenzó a cuestionarse el relato mismo de la encarnación. Sus estudios y reflexiones le llevaron a la publicación de un primer libro, The myth of God incarnate, en 1977, que causó un profundo shock en las Iglesias de Inglaterra y EEUU. Tras 25 años de debates y polémicas, ha ofrecido una posición final sobre el tema, en la cumbre de su vida, madurada y matizada, en el libro La metáfora del Dios encarnado (Abya Yala, colección “Tiempo axial”, Quito 2004). En síntesis, Hick propone la reconsideración de la encarnación “como metáfora, no como metafísica; como poesía, no como prosa”.

Esto hay que completarlo con los estudios del origen mismo del dogma cristológico, con el desarrollo concreto de su construcción, para ver si se han dado saltos epistemológicos cualitativos indebidos, que no nos permitan instalarnos sobre una interpretación considerada como supuestamente eterna e irreformable. En tercer lugar, convergentemente con los dos elementos anteriores, la expresión “Hijo de Dios” hace ya tiempo que está siendo reconsiderada. Estamos asumiendo el hecho llamativo antes nunca atendido de que el lector actual del Evangelio entiende la expresión “Hijo de Dios” en un sentido que no tuvo nunca en los evangelios sinópticos. En la mente del oyente actual, la expresión está ya “ocupada” por una determinada interpretación (la de “Hijo de Dios” como segunda persona de la Santísima Trinidad), que reviste a todos los textos evangélicos con una interpretación anacrónicamente forzada. Se hace necesario también aquí reexaminar el significado de la expresión. Pero revisar este significado, o resignificar la expresión, es tocar la pieza más sagrada y central del cristianismo. La condena, por parte de la Iglesia Católica, del libro de Robert Haight (febrero de 2005, por el cardenal Ratzinger), que se centra precisamente en este tema, puede indicar lo altamente sensible que resulta.

Obviamente no podemos abordar aquí a fondo cada uno de estos problemas. Tratamos sólo de presentarlos y plantearlos. Con lo dicho basta para observar que se trata de temas de alto calado, que necesitan un tratamiento cuidadoso, y, por eso mismo, detenido y dedicado.

Por otra parte, es obvio que son problemas que no tienen respuesta adecuada en este momento. Apenas están siendo planteados. Es tiempo de exploración todavía. Las respuestas definitivas tal vez tarden varias generaciones en ser encontradas. El cristianismo histórico se tomó tres siglos para elaborar su respuesta a la pregunta de Jesús: “¿Y ustedes quién dicen que soy yo?”. En esta nueva época histórica, tal vez se necesiten también varias generaciones para que podamos elaborar nuestra respuesta.

Si Cristo es el centro del cristianismo, podemos decir que si modificamos la imagen o el “concepto” de Cristo, modificamos el cristianismo que en Él se fundaría. Reconceptuar la cristología es mutar la identidad del cristianismo. ¿Nos encaminará esta reflexión hacia un cristianismo distinto, hacia un “postcristianismo”? En todo caso, sobre todo en el campo cristológico, la actitud teológica pluralista es anatematizada oficialmente como “identitariamente transgresora”: transgrede los límites tolerados, está en peligro de salirse de la identidad cristiana y dejar de ser cristiana. Es fácilmente imaginable la crisis que el afrontamiento de esta problemática teológica supone. Por lo demás, la crisis apenas está empezando.
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José María Vigil
Estudió Teología en Salamanca y Roma, y Psicología en Salamanca, Madrid y Managua. Entre sus libros figuran Espiritualidad de la liberación, con Pedro Casaldáliga Su último libro es Teología del pluralismo religioso. Publica anualmente la “Agenda Latinoamericana”. Trabaja en Internet desde los “Servicios Koinonía”

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Matrimonios homosexuales

 

Un paso más en el camino de la libertad y la tolerancia

Publicado en EXODO, Nº 85, “La sociedad dividida” 

Autor: Benjamín Forcano

Teólogo Moralista

1. La realidad toma la palabra

Me refiero naturalmente a la realidad humana. Porque humana ha sido siempre la realidad homosexual. Desde siempre, en casi todos los pueblos y culturas, ha existido esa realidad auque no en todas ha sido idéntica la manera de valorarla.
Nos encontramos aquí con un tema que, de inmediato, nos asombra. Ha sido una constante su existencia y, sin embargo, han sido muchos los siglos de encubrimiento y de dolor. Al fin, parece amanecer un una nueva luz, que la estudia y reconoce.
Es cierto que la cultura heredada o dominante determina en gran parte los comportamientos de la sociedad. ¿Pero, qué ha ocurrido para que hoy, a poca distancia de lo anterior, las cosas comiencen a verse de otra manera?
La sociedad española -y el resto del mundo- se ha dividido en torno al tema del matrimonio homosexual: unos a favor y otros en contra. El sustrato de esa división está en la cultura, que alberga dos visiones distintas de percibir y entender. La división estaba latente, ha venido creciendo, pero ha sido hoy cuando el estudio histórico y la evolución cultural han permitido su manifestación pública.
La realidad de los sujetos sufrientes se ha hecho palabra, ha podido ser escuchada y ha originado debates, cuestionamientos y ha obligado a repensar el mundo heredado. El efecto del enfrentamiento –tanta veces ejercido negativamente en la historia- desaparece si se cambia la causa cultural que lo produce. No hay conflictos sin ideas que los sustenten. Afortunadamente, el clima de una mayor libertad y pluralidad, los estudios históricos y científicos, nos han hecho salir del rechazo mutuo y del dogmatismo para encaminarnos a la escucha mutua y el diálogo. Es la hora del encuentro, del escuchar y comprender, del reflexionar y del activo respeto a las razones del otro. La verdad es de todos y entre todos debe ser fijada.

2. La práctica de la homosexualidad en la Europa premoderna

Sé que a muchos este punto les va a sorprender y, naturalmente, manifestarán inmediato rechazo. Pero, se impone aludir a él por ser rigurosamente histórico y servir para rectificar la imagen dogmática de que la homosexualidad ha sido siempre prohibida por el cristianismo. Rectificar en este punto, se nos ha dicho con palabras oficiales, sería capitular como nunca en uno de los puntos clave de la doctrina cristiana. La traición a la Biblia, a la Tradición y al Magisterio tendría aquí su grado máximo de postración.
Casi como preámbulo imprescindible, considero importante registrar la investigación realizada por John Boswell, – 12 años de trabajo- publicada en sus dos volúmenes “La Boda de las Semejanzas”, con un total de 606 páginas (Muchnik Editores).

John Boswell , apoyado en fuentes documentales extraordinarias, presenta una tesis estremecedora: “La iglesia primitiva (siglos VI al XIII) no sólo era tolerante con las relaciones románticas y eróticas entre varones, sino que las santificaba ceremonialmente”.

Expongo algunos de sus puntos fundamentales.

Un lector moderno tiene una preocupación prácticamente obsesiva por el amor romántico y las pautas del emparejamiento en las sociedades antiguas. Pero, muy pocas de las culturas premodernas convendrían en admitir que “el fin de un hombre es amar a una mujer y el fin de una mujer es amar a un hombre” , sería esto una pobrísima medida del valor humano. De igual manera, el lector moderno supone casi universalmente que el amor romántico va unido inextricablemente al matrimonio, lo cual es un error histórico.
En el Occidente moderno es notable el horror ante la homosexualidad, a partir sobre todo del siglo XIV. Pocas culturas han convertido la homosexualidad en ese tabú moral primario y singular que ha sido para la sociedad occidental: “el pecado innombrable”, “el vicio inmencionable”, “el amor que no se atreve a pronunciar su nombre”. La magnitud de esta repulsión llega a considerar los actos homosexuales como más horribles que el mismo asesinato, el matricidio, el abuso de menores, el incesto, el canibalismo, el genocidio, e incluso deicidio, pues estos son mencionables, en tanto que los actos homosexuales no lo son y expresan categoría moral inferior. Debido a su condición de tabú los actos en cuestión no eran nombrados ni analizados, eran los pecados peores.
Son históricamente innegables las uniones litúrgicas entre personas del mismo sexo, por más que la sociedad occidental propenda en términos generales a excluirlas por pensar que el matrimonio es esencialmente unión de macho y hembra. A quienes están habituados a rechazar esas uniones entre personas del mismo sexo, les resultará difícil entender que esas uniones no son en la tradición occidental una aberración extraña.

En la investigación de Boswell encontramos algunas claves para la comprensión del tema.

2. 1. El matrimonio no es declarado sacramento hasta el siglo XIII.

Antes del año 1000, la bendición (eclesiástica) de un matrimonio contraído de manera laica se consideraba un favor. La Iglesia no interfería en las bodas, las ceremonia eclesiástica era vista como un simple corolario de la boda pública, lo cual daba lugar a una gran flexibilidad de formas rituales y diversidades regionales. Los seres humanos de las sociedades cristianas se casaban, pero seguían las costumbres étnicas antiguas, algunas equivalentes a las leyes romanas y de las cuales derivó el derecho de la Iglesia.
En la Edad Media el motivo del matrimonio no era precisamente el amor, aun cuando existiera conexión entre uno y otro. Aunque a regañadientes, fue aceptado el concubinato y era corriente el divorcio. El divorcio y el nuevo matrimonio tras la muerte de un cónyuge fue oficial. Sólo posteriormente comenzaron a prohibirlos los primeros teólogos y fueron ellos y los canonistas quienes se esforzaron en cierta medida en exhortar al pueblo bajo que el matrimonio heterosexual era la única relación erótica legítima entre un hombre y una mujer y que debían hacerlo mediante un pacto exclusivo y permanente. De hecho, la Iglesia tuvo que esperar hasta el cuarto concilio Lateranense (1215) para declarar al matrimonio sacramento y elaborar reglas canónicas en el modo de celebrarlo.

2.2. La ceremonia de unión es entre personas del mismo sexo

La ceremonia de unión entre personas del mismo sexo “es cierto que tienen lugar en colecciones manuscritas de todo el mundo cristiano –desde Italia a la isla de Patmos y el monasterio de Santa Catalina en el monte Sinaí- y se encuentran en algunos de los manuscritos litúrgicos griegos más antiguos de que se tiene noticia. Sin embargo, en la época en que esos manuales se imprimieron , el prejuicio en Occidente contra cualquier forma de interacción entre personas del mismo sexo muy pronunciado.
La ceremonia durante el siglo XII, época de florecimiento de ceremonias matrimoniales litúrgicas, se transformó en un oficio completo durante el cual se encendían las velas, ambas partes colocaban las manos sobre los Evangelios, unían la derecha, las manos eran atadas con la estola del sacerdote (o se cubría con esta ambas cabezas, además de incluir una letanía introductoria (como la de Barberini 1) , la coronación, la plegaria del Señor , la Comunión , un beso y, veces, un paseo alrededor del altar. Lo más probable es que dichas ceremonias se desarrollaran a través del incremento de la práctica local y de clérigos individuales elocuentes.

La ceremonia tiene lugar en una amplia variedad de contextos, pero el más corriente, con mucha diferencia, es el del matrimonio, por lo general en el orden siguiente: esponsales heterosexuales, ceremonia de un primer matrimonio heterosexual, ceremonia de un segundo matrimonio heterosexual, (oficio diferente, con énfasis menor en la procreación), y oficio de unión entre personas del mismo sexo. Alrededor del treinta por ciento de los manuscritos consultados para este estudio el matrimonio heterosexual aparece inmediatamente antes o inmediatamente después de la ceremonia de unión entre individuos del mismo sexo” ( Cfr. Las Bodas de la Semejanza, pp. 321-323).
En esta ceremonia cabe resaltar tres elementos importantes: 1º) Solemnizan una unión voluntaria y emocional entre dos personas. 2º) La ceremonia es homosexual en el sentido más obvio de esta palabra (de un solo sexo). Si lo era con sentido erótico es tan difícil de responder como en el caso de parejas heterosexuales sin hijos: “El vivir juntos por un largo tiempo y el compartir un hogar debieron ser determinantes decisivos de una pareja compuesta por un hombre y una mujer en su contexto social concreto (es decir, entre vecinos, amigos y parientes), tuvieran o no hijos o hubieran o no participado en un servicio religioso en la Iglesia. Y en el caso de la ceremonia de unión entre personas del mismo sexo , lo más probable es que, a ojos de los cristianos corrientes, el que ambas personas permanecieran ante el altar con las manos unidas (símbolo tradicional del matrimonio) , el que fuesen bendecidas por el sacerdote, compartieran la comunión y ofrecieran luego un banquete a la familia y los amigos –todo ello, parte de la unión entre individuos del mismo sexo en la Edad Media- significase un matrimonio” (Idem, pp. 327-330).

Todo esto nos dice que, por inesperada e inquietante que parezca, es innegable la antigua ceremonia cristiana de unión entre personas del mismo sexo, que tenía lugar en iglesias y era oficiada por sacerdotes.

Aunque no es fácil, por encontrarse agotado, recomiendo a los lectores acercarse a las 114 páginas de la obra del Boswell, que recogen 18 TEXTOS, con rigurosa anotación de los Documentos en que aparecen, y comprobar en ellos el desarrollo de la ceremonia matrimonial entre personas del mismo sexo: cómo los recibe el sacerdote, donde se colocan los que se unen, los gestos que unos y otros hacen, las lecturas, oraciones, himnos o salmos que recitan, etc. etc.

3. La práctica homosexual en el Occidente moderno

Nuevo hecho: obsesión contra la homosexualidad

“A partir del siglo XIV, escribe Boswell, Europa occidental fue dominada por una furiosa obsesión contra la homosexualidad, considerada como el más horrible de los pecados” (Idem, p. 447).
La unión entre personas del mismo sexo comenzaron a ser consideradas como sospechosas y, en muchos lugares, a ser prohibidas y castigadas por la cárcel y la pena capital. La evolución hacia la prohibición y desaparición fue muy lenta, pues se trataba de un ritual antiguo, muy arraigado y que, pese a todo, seguía practicándose en muchas partes con la misma naturalidad que el matrimonio heterosexual. Más que argumentos en contra, operaba una especie de repulsión visceral y, en virtud de ella, las ceremonias fueron poco a poco reprimidas y en los rituales litúrgicos se observaban hojas arrancadas, mutiladas o deformadas.
Por otra parte, la mayor parte de los antropólogos hasta fechas relativamente recientes, se vendaron los ojos para no analizar estos hechos históricos, que les parecían desconcertantes y lanzaron pantallas de humo que oscurecían sus aspectos más inquietantes.

A partir de los finales del siglo XX “Los estudiosos ya no pueden presumir de una investigación social seria sobre la base del supuesto, moral o empíricamente erróneo, de que los sentimientos o la conducta homosexuales son “anormales” , peculiares, o intrínsecamente improbables. En las primeras décadas del siglo XX fue un hecho corriente en Europa afirmar que existen culturas que no incluyen el erotismo entre individuos del mismo sexo; los avances científicos de los años cuarenta y cincuenta fueron debilitándolas y en la actualidad los científicos sociales las consideran con escepticismo y sólo como prueba de un patrón cultural inusual, que requiere una comprobación verdaderamente sólida. No obstante, gran parte de los datos antropológicos acumulados antes de las últimas décadas llevan estampado , y de forma muy visible, el sello de la mojigatería, la ignorancia o la reticencia a este respecto, y a menudo dan la impresión de que en las culturas no industriales la homosexualidad era desconocida” (Idem, Pg. 464-465).

4. Influencia del papel ideológico de la Iglesia en la Europa moderna

No deja de sorprender, después de lo expuesto anteriormente, cómo es posible haber llegado a nuestros días con esa furiosa obsesión contra la homosexualidad y los homosexuales. Lo hemos experimentado con ocasión de la aprobación de la Ley de Matrimonios Homosexuales (1 de julio de 2005) en nuestro país. ¡Qué cosas no se dijeron y qué juicios no se vertieron por algunos jerarcas católicos sobre esta ley! El punto culminante fueron las movilizaciones públicas con plástica presencia de numerosos obispos, nunca sin embargo presentes en la calle para denunciar otras injusticias graves o reivindicar derechos humanos lesionados.
La polvareda pasó y es hora de ordenar y esclarecer un poco la verdad de los hechos. Urgente cometido porque todavía siguen resonando, en una y otra parte, palabras oficiales, que resultan obviamente duras: “La particular inclinación de la persona homosexual , aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia , más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. La inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales”, 3, – I-X-1986-).

5. Fidelidad a la Sagrada Escritura, a la Tradición y al Magisterio

La Iglesia católica enseña que Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio van entrelazados, pero la Sagrada Escritura es la fuente primaria de la cual beben la Tradición y el Magisterio. Obviamente, es tarea de la Iglesia transmitir la enseñanza de la Escritura. Pero esa transmisión se perfecciona gracias a que aumenta la comprensión de las cosas y nunca llega a su plenitud. La Iglesia nos advierte (DV, 12) que una interpretación de la enseñanza bíblica requiere hoy conocer los géneros literarios y el contexto global del momento y lugar en que se produce esa enseñanza. La Biblia no cae sobre el pueblo de Israel como un meteorito fulgurante que le proporciona las enseñanzas como salidas directamente de la boca de Dios. Más bien es la elaboración de un pueblo que refleja su caminar histórico, su modo de relacionarse y creer en Dios y las consecuencias que de ahí saca para organizar su convivencia y establecer sus relaciones cono los demás pueblos.

Enseñanzas, leyes y ritos recogen esa fe y los dirigentes se preocupan de que esa fe inspire y guíe la vida del pueblo. Pero no hay que olvidar que , en la vivencia de esa fe, se interpone como mediación irremediable la búsqueda histórica, racional, ética y política del pueblo de Israel, evolutiva por definición, y compartida en muchos elementos con los pueblos y culturas circundantes. Y a nadie, espero, se le ocurrirá pensar que esa mediación hay que entenderla al pie de la letra, darla como acabada y asumirla como perfecta. El Antiguo Testamento es perfeccionado por el Nuevo y el Nuevo deja abiertas mil cuestiones al estudio y progreso humanos. Es lo que ocurre con la homosexualidad y la unión de personas del mismo sexo.

En este sentido, querer deducir la inmoralidad de la homosexualidad por una serie de textos del AT y algunos del Nuevo, sin tener en cuenta el momento histórico y cultural de entonces y los posteriores avances de la conciencia y ciencias humanas, es fundamentalismo bíblico, el cual tiende a deducir que en esos textos aparece clara la voluntad de Dios. La formulación de los textos del AT reflejan un momento de la revelación divina, pero esa revelación no se ha acabado y debe ser respetada y reconocida en las aportaciones posteriores de la investigación histórica y del saber humano.

Atendiendo a los textos bíblicos sobre el tema: ( Gen 9,18-27; 19, 1-29; Jue 19,1-30; Dt 23,18-19; 1 Re 14, 22-24; Job 36, 13-14; Lev 18, 22; Mt 10, 14-15/11,23-24; Lc 10,12; 17,29; 1Pe 2,4-8; Judas 6-7; Rom 1,18-32; 1 Cor 6,9-11; 1Tim 1,8-11), una recta y moderna interpretación, según la doctrina de la Iglesia:

5. 1. Entiende que la Biblia es palabra de Dios y palabra humana al mismo tiempo. Hay que distinguir entre lo que es mensaje fundamental de la revelación y sus condicionamientos históricos.

5.2. Dios nos habla y se revela, antes que anda, en la vida, (hechos, historia, ) y se revela también en los escritos de la Biblia para ayudarnos a entender mejor el sentido de la vida. La lectura de la Biblia está orientada toda ella a la vida, a anunciar y garantizar la vida plena del pueblo: su felicidad y libertad.

5.3. Los textos de la Biblia no son para ser usados como respuesta única y segura a nuestros problemas. El discernimiento de cuál sea para nosotros la voluntad de Dios hay que buscarlo en esos textos ciertamente, pero sin olvidar que es imprescindible el estudio del avance de las ciencias, de los signos de los tiempos y nuestra propia responsabilidad. Un cristiano, que quiera proceder con perfecta hermenéutica, debe saber que puede haber mucha gente –por lo común ilustrada y docente- que presume de saber y proclamar cuál es la voluntad de Dios y las normas que la manifiestan, pero en realidad de verdad el criterio seguro es otro: practicar el amor hacia el pobre, abatido y necesitado, aun cuando muchos que esto hacen –frecuentemente incultos, menospreciados, incluso herejes- desconozcan las leyes. Las leyes, si atendemos al mensaje de Jesús, no existen ni deben ser recordadas para ofender, humillar y producir muerte sino para liberar y dar vida. La Escritura no es cumplida por quien sabe mucho de leyes sino por quien la cumple con corazón misericordioso. El sacerdote y el levita sabían muy bien lo que debían hacer con el prójimo asaltado y maltrecho, pero sólo el samaritano lo cumplió correctamente.

5.4. A la hora de interpretar los textos sagrados, es prioritario y de primera importancia el Evangelio. No hay otro que tenga igual valor. Y, en referencia a la homosexualidad, no encontramos ningún texto evangélico que muestre a Jesús condenando la homosexualidad.

5.5. En el Antiguo Testamento se lee: un hombre puede vender a su hermana como esclava (Ex 21, 7); no se puede tener contacto con ninguna mujer que esté en su período de impureza menstrual (Lv 15,19-24); puedo tener esclavos mientras sean de naciones extranjeras (Lev 25, 44); el que trabaja en sabat debe recibir la pena de muerte (Ex 35, 2); comer marisco es una abominación (Lev 11,10); no te puedes acercar al altar de Dios si tienes un defecto de vista (Lev 21, 20); si tocas la piel de un cerdo muerto te conviertes en impuro (Lev 11, 6-8); no se puede llevar un vestido de dos tejidos diferentes ni se puede maldecir ni blasfemar, y quienes tales cosas hagan deben ser lapidados por el pueblo (Lev 19,19).

. ¿Me es lícito realizar, porque así está escrito en el AT, algunas de esas cosas indignas e intolerables y debo recibir los castigos enumerados por no cumplir otras no menos indignas?

6. La ley, expresión y garantía de respeto a la realidad

Las leyes, para que sean válidas y vinculantes, tienen que contener y promulgar valores que atañen al bien del ser humano, individual o comunitario. Una verdadera ley nunca es vacía o arbitraria, no nace de la voluntad del que manda. Eso sería establecer como fuente del bien y del mal -de los valores- la voluntad humana, justificando toda suerte de despotismo. Las leyes no son buenas o malas por quien las manda, sino por lo que manda: no son buenas porque están mandadas, ni malas porque están prohibidas; sino que porque son buenas están mandadas y porque son malas están prohibidas.

La ley tiene como base y contenido la realidad, mayormente humana: ella es portadora de moralidad. Un primer nivel, el más profundo, es el que llamamos ley natural. Esa ley contiene lo más íntimo de uno mismo, todo lo que uno es y vale como persona. El valor de esa ley natural es hondo y universal y consiste fundamentalmente en amar: reconocer y estimar la dignidad de todos como la de cada uno: “Lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás”.

Un segundo nivel de la moralidad humana viene contenido y expuesto en la ley positiva: leyes civiles. Un nivel más indeterminado éste, que requiere, para poder convivir, ser precisado con el máximo de estudio, experiencia, sabiduría y empeño de todos.

7. La ley de matrimonios homosexuales

“-La relación y convivencia de pareja , basada en el afecto, es expresión genuina de la naturaleza humana y constituye cauce destacado para el desarrollo de la personalidad, que nuestra Constitución establece como uno de los fundamentos del orden político y la paz social.
-En la diferencia de sexo se ha encontrado tradicionalmente uno de los fundamentos del reconocimiento de la institución por el derecho del Estado y por el derecho canónico. Por ello, los códigos de los dos últimos siglos, reflejando la mentalidad dominante, no precisaban prohibir, si siquiera referirse, al matrimonio entre personas del mismo sexo, pues la relación entre ellos en forma alguna se consideraba que pudiera dar lugar a una relación jurídica matrimonial.
-La convivencia como pareja entre personas del mismo sexo basada en la afectividad ha sido objeto de reconocimiento y aceptación social creciente y ha superado arraigados prejuicios y estigmatizaciones.
-La historia evidencia una larga trayectoria de discriminación basada en la orientación sexual, discriminación que el legislador ha decidido remover”.

(Ley de matrimonios homosexuales, I – Exposición de motivos)

Al fondo de la nueva ley sobre matrimonios homosexuales, promulgada por el Gobierno,
subyace una pregunta fundamental: ¿la homosexualidad es una enfermedad, una desviación, una perversión o una condición normal de muchas personas? ¿Es o no portadora de valores morales?
Para muchos, la homosexualidad es una variante legítima de la sexualidad humana.
Ni científica, ni ética ni teológicamente puede demostrarse que el contenido de la sexualidad humana es únicamente el heterosexual. Históricamente no se puede asentar que la relación y matrimonio heterosexual hayan sido el único existente, razón por la que no se puede erigir en modelo único y obligatorio para todos.

Un criterio de valoración podría ser este: la sexualidad humana, incluso la heterosexual, no tiene su razón de ser en la procreación, sino en la fusión y complementariedad de la pareja para un proyecto de vida en común, que conlleva la potencialidad de ser fecunda como consecuencia de su amor. Pero esa potencialidad puede quedar sin actuar, por diversas razones y, no obstante, la pareja sigue teniendo plena razón de ser: “La comunidad matrimonial heterosexual, dice el Concilio Vaticano II, es una comunidad íntima de vida y de amor” (GS, 50) No, pues, un contrato para procrear, como se decía en el código de Derecho Canónico. Del mismo modo, un proyecto de unión homosexual es una comunidad íntima de vida y amor, actualizable desde las condiciones básicas de un amor interpersonal, sin posibilidad obviamente, de paternidad o maternidad biológicas, pero sí de otras fecundidades.

8. Competencia del Estado sobre las leyes humanas

El Gobierno actual ha aprobado un proyecto de Ley que equipara a los matrimonios homosexuales con los heterosexuales, sin pretender con ello herir o rebajar la dignidad del matrimonio heterosexual. El denominado matrimonio homosexual no es un hecho de ahora, más bien queda demostrado como pacíficamente implantado y bendecido en la cristiandad de la Edad Media.
Hoy, las ciencias declaran como normal la condición homosexual, el Consejo de Europa
insta a los Gobiernos a suprimir cualquier tipo de discriminación en razón de la tendencia sexual y Constitución Española declara que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de sexo” (Art. 14).
El poder político se propone con esta ley asegurar la protección social, económica y jurídica de las personas. Sólo quien siga pensando en la homosexualidad como algo pernicioso y detestable se opondrá.
La modernidad nos ha traído la posibilidad de vivir en una sociedad laica y democrática.
Ningún católico, que yo sepa, deja de ser laico y demócrata por el hecho de ser católico. Y acepta gustoso que, en nuestro país, las leyes de la convivencia sean elaboradas y aprobadas por las Cortes Generales. Por lo común, las leyes en una sociedad moderna y democrática son expresión de la voluntad de los ciudadanos, los cuales en debate público han expuesto sus razones y han logrado asentimiento mayoritario. Y, una vez aprobadas, esas leyes son espejo de una realidad que nos la recuerdan para cumplirla.
Resultan, por ello, sorprendentes las palabras, que en su momento, pronunció Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española: “ Todas las cosas del hombre son objeto de la Teología. El Magisterio de los obispos abarca todas las cuestiones de fe y moral… El Parlamento no es una autoridad moral, es una institución política. Nadie más puede legislar que él, y sus leyes deben cumplirse si son justas, pero no es una institución moral”.
Una de las funciones de todo gobierno democrático es legislar, de acuerdo al Bien Común y con la garantía de un consenso democrático mayoritario. Las leyes, ciertamente, no bajan del cielo ni vienen de la nada. Son expresión de lo que una sociedad -en este caso democrática- piensa debe hacer para respetar la dignidad humana y garantizar los derechos y deberes de todos. Los legisladores tratan de elaborar leyes escrutando y sancionando las exigencias de la persona.

“El establecimiento de un marco de realización personal , que permita que aquellos que libremente adoptan una opción sexual y afectiva por personas de su mismo sexo puedan desarrollar su personalidad y sus derechos en condiciones de igualdad, se ha convertido en exigencia de los ciudadanos de nuestro tiempo, una exigencia a la que esta ley trata de dar respuesta” .
( Ley de Matrimonios homosexuales, I – Exposición de motivos).

En ese sentido, las leyes -si son leyes de verdad- no pueden ser neutras, amorales o inmorales, no tienen más valor que el que los legisladores con todos sus medios y conocimientos extraen de la realidad de la persona. La persona limita toda extralimitación o abuso, que pretenda atribuirse cualquier instancia legislativa. Y, en ese sentido también, las instancias que legislan no son neutras, inmorales o amorales , más bien se revisten de autoridad moral, aquella que les confiere su título de ser conocedores e intérpretes responsables de la realidad de la persona.
Leer (legere, lex, ley) la realidad, conocerla, para luego promulgarla en leyes y hacerlas respetar, es lo que hacen los legisladores. En ese sentido, tienen autoridad moral, porque hacen de conocedores e intérpretes, de mediadores entre la realidad estudiada y los ciudadanos.

9. La Iglesia no tiene el monopolio de interpretación sobre las leyes humanas

¿En virtud de qué el magisterio episcopal habría de tener el monopolio sobre todas las cuestiones que atañen a la moral? La realidad natural de la persona, como fuente de moralidad, es anterior e independiente de la intervención del magisterio episcopal, posee un significado y una autonomía que no depende de la voluntad de dicho magisterio y sobre ella las sociedades tienen competencia de inquirir, deducir y establecer su significado, sea a través de los parlamentarios, de los obispos o de cualquier otro grupo, pero sin exclusividad. En esa búsqueda, confieren autoridad moral los argumentos de quienes mejor y más acertadamente describen el conocimiento y respeto de esa realidad.
El concilio Vaticano II aporta sobre esto un magisterio cristalino. El significado y leyes de que están dotadas todas las cosas creadas no están a merced de la manipulación de nadie, son intrínsecamente consistentes, nadie las puede expropiar de ese significado que hay que profundizar desde la constante evolución del saber, que nos va precisando su sentido, sus exigencias y las contradicciones que con ellas, por ignorancia, fanatismo y otras razones, hemos ejercido a lo largo de la historia. Ese reconocimiento corresponde a la voluntad divina, de modo que oponerse a él o negarlo es ir contra Aquel que nos ha dotado de la ley dinámica del conocimiento.
Aquí es obvio el cruce entre el saber racional y el de la fe, pero no tiene por qué ser excluyentes, pues el creyente debe moverse con naturalidad dentro del saber racional y el no creyente puede acceder al campo de la fe y potenciar seguramente aspectos comunes de esa verdad.
Los obispos tienen derecho a opinar sobre todas las cuestiones humanas.. Pero deben entender y respetar que otras personas, católicas o no, puedan opinar de otra manera, si se trata de cuestiones humanas, en las que cabe un pluralismo legítimo y sobre las que ni los mismos católicos vienen obligados a expresar un pensamiento uniforme. Es el caso de la ley sobre los matrimonios homosexuales. En esa cuestión, la Iglesia católica no puede aducir que posee una normativa moral específica, que va más allá de la norma racional, pues como muy bien dice el gran teólogo Schillebeeckx: “ En lo que respecta a la homosexualidad, no existe una ética cristiana. Es u n problema humano, que debe ser resuelto de forma humana. No hay normas específicamente cristianas para juzgarlas” (Soy un teólogo feliz, Madrid, 1994, Pg. 124).
Por lo tanto, resulta impropio que dirigentes eclesiásticos pretendan intimidar las conciencias de fieles recordándoles que sobre este punto existe una doctrina católica que están obligados a seguir y, en virtud de la cual, pueden y deben hacer objeción de conciencia.
Cualquier católico, incluidos por su puesto los obispos, puede ejercer objeción de conciencia contra esta ley, si tienen motivos para ello, pero no presentar y mucho menos imponer la propia opinión como opinión general de la Iglesia: “In dubiis libertas” , “En las cosas dudosas, libertad”.
10.Una ley de valores “constitucionales”.

Después de todo lo expuesto, no encuentro mejor manera de calificar la nueva ley promulgada que transcribir estos párrafos de la misma:

“-La Constitución, al encomendar al legislados la configuración normativa del matrimonio, no excluye en forma alguna una regulación que delimite las relaciones de pareja de una forma diferente en la que ha existido hasta el momento. Fundamentos constitucionales de esta ley son: la igualdad efectiva de los ciudadanos en el libre desarrollo de su personalidad, la preservación de la libertad en lo que a formas de convivencia se refiere y la instauración de un marco de igualdad real en el disfrute de los derechos sin discriminación alguna por razón de sexo, opinión o cualquier otra condición personal o social. -En este contexto, la ley permite que el Matrimonio sea celebrado entre personas del mismo o distinto sexo, con plenitud e igualdad de derechos y obligaciones cualquiera que sea su composición”.
( Ley de matrimonios homosexuales, I – Exposición de motivos).

Benjamín Forcano
Teólogo moralista

 

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