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Estudiar la doctrina de la Iglesia 11 Julio , 2007

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Tarea para el verano: volver a estudiar la doctrina sobre la Iglesia
Es lo que prescribe un nuevo documento de la congregación para la doctrina de la fe. Ortodoxos y protestantes son advertidos: la Iglesia católica es la única en la que subsisten los “elementos constitutivos esenciales” de la Iglesia querida por Cristo. Perturbaciones a la vista en el diálogo ecuménico

por Sandro Magister

ROMA, 10 de julio del 2007 – Partiendo ayer de vacaciones a los Alpes, Benedicto XVI ha dejado una tarea a la congregación para la doctrina de la fe: la tarea de hacer repasar a los obispos, fieles y sobre todo a los teólogos algunos puntos controversiales de la doctrina sobre la Iglesia, para despejar “errores y ambigüedades”.

La congregación ha asumido esta tarea con el documento publicado hoy, reproducido por completo aquí más abajo.

El documento esta formulado en cinco preguntas y respuestas. Las primeras tres hacen hincapié en que la Iglesia católica “gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él” es la única que se identifica plenamente con la Iglesia instituida por Jesucristo en esta tierra.

La cuarta y la quinta respuesta explican en qué medida las Iglesias ortodoxas de Oriente y las “comunidades eclesiales” protestantes carecen – las segundas más que las primeras – de “elementos constitutivos esenciales” de la Iglesia querida por Cristo.

Sobre estos temas, tocados por el Concilio Vaticano II, en las décadas pasadas “han corrido ríos de tinta”. La congregación para la doctrina de la fe lo hace notar, en un artículo de comentario difundido hoy junto con el documento.

Pero es improbable que el documento logre cerrar la discusión, dentro y fuera de la Iglesia católica. Basta pensar en las polémicas que siguieron a un anterior documento emitido por la congregación para la doctrina de la fe con la misma finalidad de aclarar un punto esencial de la enseñanza de la Iglesia, la declaración “Dominus Iesus” del 2000.

La controversia incidirá más que nada sobre el diálogo ecuménico entre católicos, ortodoxos y protestantes. La congregación para la doctrina de la fe lo sabe, y lo escribe.

Pero escribe también – reflejando a plenitud el pensamiento de Benedicto XVI – que “para que el diálogo pueda ser verdaderamente constructivo, además de la apertura a los interlocutores, es necesaria la fidelidad a la identidad de la fe católica”

He aquí, pues, completo, el documento de la congregación y el artículo que lo comenta:

Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia

Congregación para la doctrina de la fe

Introducción

El Concilio Vaticano II, con la Constitución dogmática “Lumen gentium” y con los Decretos sobre el Ecumenismo (Unitatis redintegratio) y sobre las Iglesias orientales (Orientalium Ecclesiarum), ha contribuido de manera determinante a una comprensión más profunda de la eclesiología católica. También los Sumos Pontífices han profundizado en este campo y han dado orientaciones prácticas: Pablo VI en la Carta Encíclica “Ecclesiam suam” (1964) y Juan Pablo II en la Carta Encíclica “Ut unum sint” (1995).

El sucesivo empeño de los teólogos, orientado a ilustrar mejor los diferentes aspectos de la eclesiología, ha dado lugar al florecimiento de una amplia literatura sobre la materia. La temática, en efecto, se ha mostrado muy fecunda, pero también ha necesitado a veces de puntualizaciones y llamadas de atención, como la Declaración “Mysterium Ecclesiæ” (1973), la Carta “Communionis notio” (1992) y la Declaración “Dominus Iesus” (2000), publicadas todas por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

La vastedad del argumento y la novedad de muchos temas siguen provocando la reflexión teológica, la cual ofrece nuevas contribuciones no siempre exentas de interpretaciones erradas, que suscitan perplejidades y dudas, algunas de las cuales han sido sometidas a la atención de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ésta, presuponiendo la enseñanza global de la doctrina católica sobre la Iglesia, quiere responder precisando el significado auténtico de algunas expresiones eclesiológicas magisteriales que corren el peligro de ser tergiversadas en la discusión teológica.

RESPUESTAS A LAS PREGUNTAS

Primera pregunta: ¿El Concilio Ecuménico Vaticano II ha cambiado la precedente doctrina sobre la Iglesia?

Respuesta: El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más ampliamente.

Esto fue precisamente lo que afirmó con extrema claridad Juan XXIII al comienzo del Concilio. (1) Pablo VI lo reafirmo, (2) expresándose con estas palabras en el acto de promulgación de la Constitución “Lumen gentium”: «Creemos que el mejor comentario que puede hacerse es decir que esta promulgación verdaderamente no cambia en nada la doctrina tradicional. Lo que Cristo quiere, lo queremos nosotros también. Lo que había, permanece. Lo que la Iglesia ha enseñado a lo largo de los siglos, nosotros lo seguiremos enseñando. Solamente ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y en parte era controvertido». (3) Los Obispos repetidamente manifestaron y quisieron actuar esta intención. (4)

Segunda pregunta: ¿Cómo se debe entender a afirmación según la cual Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica?

Respuesta: Cristo «ha constituido en la tierra» una sola Iglesia y la ha instituido desde su origen como «comunidad visible y espiritual» (5). Ella continuará existiendo en el curso de la historia y solamente en ella han permanecido y permanecerán todos los elementos instituidos por Cristo mismo. (6) «Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica […]. Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él». (7)

En la Constitución dogmática “Lumen gentium” 8 la subsistencia es esta perenne continuidad histórica y la permanencia de todos los elementos instituidos por Cristo en la Iglesia católica, (8) en la cual, concretamente, se encuentra la Iglesia de Cristo en esta tierra.

Aunque se puede afirmar rectamente, según la doctrina católica, que la Iglesia de Cristo está presente y operante en las Iglesias y en las Comunidades eclesiales que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica, gracias a los elementos de santificación y verdad presentes en ellas, (9) el término “subsiste” es atribuido exclusivamente a la Iglesia católica, ya que se refiere precisamente a la nota de la unidad profesada en los símbolos de la fe (Creo en la Iglesia “una”); y esta Iglesia “una” subsiste en la Iglesia católica. (10)

Tercera pregunta: ¿Por qué se usa la expresión “subsiste en ella” y no sencillamente la forma verbal “es”?

Respuesta: El uso de esta expresión, que indica la plena identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica, no cambia la doctrina sobre la Iglesia. La verdadera razón por la cual ha sido usada es que expresa más claramente el hecho de que fuera de la Iglesia se encuentran “muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica». (11)

«Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia». (12)

Cuarta pregunta: ¿Por qué el Concilio Ecuménico Vaticano II atribuye el nombre de “Iglesias” a las Iglesias Orientales separadas de la plena comunión con la Iglesia católica?

Respuesta: El Concilio ha querido aceptar el uso tradicional del término. “Puesto que estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, por los que se unen a nosotros con vínculos estrechísimos”, (13) merecen el título de «Iglesias particulares o locales» (14), y son llamadas Iglesias hermanas de las Iglesias particulares católicas. (15)

“Consiguientemente, por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios” (16). Sin embargo, dado que la comunión con la Iglesia universal, cuya cabeza visible es el Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, no es un simple complemento externo de la Iglesia particular, sino uno de sus principios constitutivos internos,aquellas venerables Comunidades cristianas sufren en realidad una carencia objetiva en su misma condición de Iglesia particular (17).

Por otra parte, la universalidad propia de la Iglesia, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, halla precisamente en la división entre los cristianos un obstáculo para su plena realización en la historia (18).

Quinta pregunta: ¿Por qué los textos del Concilio y el Magisterio sucesivo no atribuyen el título de “Iglesia” a las Comunidades cristianas nacidas de la Reforma del siglo XVI?

Respuesta: Porque, según la doctrina católica, estas Comunidades no tienen la sucesión apostólica mediante el sacramento del Orden y, por tanto, están privadas de un elemento constitutivo esencial de la Iglesia. Estas Comunidades eclesiales que, especialmente a causa de la falta del sacerdocio sacramental, no han conservado la auténtica e íntegra sustancia del Misterio eucarístico, (19) según la doctrina católica, no pueden ser llamadas “Iglesias” en sentido propio (20).

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la audiencia concedida al suscrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha aprobado y confirmado estas Respuestas, decididas en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sean publicadas.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 29 de junio de 2007, solemnidad de los Stos. Apóstoles Pedro y Pablo.

William Cardenal Levada
Prefecto

Angelo Amato, S.D.B., Arzobispo titular de Sila
Secretario

__________

(1) JUAN XXIII, Discurso del 11 de octubre de 1962: «… el Concilio… quiere transmitir pura e íntegra la doctrina católica, sin atenuaciones o alteraciones… Sin embargo, en las circunstancias actuales, es nuestro deber que la doctrina cristiana sea por todos acogida en su totalidad, con renovada, serena y tranquila adhesión…; es necesario que el espíritu cristiano, católico y apostólico del mundo entero dé un paso adelante, que la misma doctrina sea conocida de modo más amplio y profundo…; esta doctrina cierta e inmutable, a la cual se le debe un fiel obsequio, tiene que ser explorada y expuesta en el modo que lo exige nuestra época. Una cosa es la sustancia del “depositum fìdei”, es decir, de las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa, siempre, sin embargo, con el mismo sentido y significado»: AAS 54 [1962] 791; 792.

Ven con nosotros, compañero 7 Julio , 2007

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companeros.gifVen con nosotros, COMPAÑERO. Adéntrate en nuestra ruta y haz con nosotros un trecho de camino. La luz de tus ojos iluminará nuestra senda; tu palabra, pronunciada en confidencia, desvelará el último rincón de nuestra hechura. Ven con nosotros, COMPAÑERO. Tu presencia fiel y amiga alentará cada instante nuestros pasos, dispersará en la tarde nuestras dudas y echará hacia adelante nuestros miedos. Ven con nosotros, COMPAÑERO. Orienta nuestra vida peregrina hacia el punto polar de nuestro encuentro, y hablaremos así: de amigo a amigo, sobre tantos misterios sobre tantos secretos sobre tantos deseos como pueblan la historia y nuestros días. Ven con nosotros, COMPAÑERO, Tú, que lo fuiste plenamente de la mujer samaritana, en el brocal del pozo; de Nicodemos, en la noche; de los de Emaús, en el camino; y de tantos y tantos peregrinos, soñadores de mundos y verdades. Ven con nosotros, COMPAÑERO, y alumbra el fuego chispeante del diálogo en el hogar de dentro. Ángel Esteban cmf

pensar la EpC desde el consenso 6 Julio , 2007

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Esta cuestión afecta a la misma raíz espiritual de nuestra sociedad. La cultura, la política y la religión están implicadas inexorablemente en ella. Hay que comenzar enumerando tres preguntas fundamentales previas: ¿Cuáles son el sujeto, los contenidos y el contexto histórico de la educación?

¿Quién y dónde se educa al hombre como persona, como ciudadano, como posible creyente? Hasta ahora los educadores eran personas e instituciones con nombre y rostro (madre, familia, escuela, grupo, iglesia…). Hoy educan los poderes anónimos que constituyen la sociedad. ¿Qué responsabilidad tiene el Estado ante la actual situación de anomia y desinterés social en los alumnos?

La segunda pregunta son los contenidos de la educación escolar. ¿Qué se debe y se puede enseñar en las instituciones escolares? La respuesta parece clara: aquellos que decantados a lo largo de la historia han alcanzado un consenso universal entre los humanos respecto de su eficacia trasformadora (ciencia y técnica), respecto de la relación social (derecho), respecto de nuestra trayectoria en lugar y tiempo (ciencias sociales e historia), respecto de los problemas fundamentales como seres con sentido y esperanza (filosofía, ética, religión). Esta es la condición esencial: tales saberes tienen que ser universales, no particulares, no propios de un grupo social, de un partido político o de una comunidad religiosa. No todo lo que se puede enseñar, se puede enseñar en la escuela.

Tercera cuestión: la educación no acontece en un vacío de ideas, esperanzas, temores o sospechas sino en un contexto muy concreto donde vigen unas aspiraciones y se rechazan unos proyectos a la vez que se anhelan otros. La educación se encuentra hoy en Europa afectada por desafíos culturales, sociales y religiosos: la confrontación con la diversidad, la debilitación del sentido jurídico, la pertenencia nacional entre la indiferencia y el nacionalismo… El Islam es sólo el botón de muestra. Lo que está ocurriendo en Francia, Inglaterra y Alemania nos obliga a repensar las relaciones entre política, cultura y religión. Todo esto hace especialmente significativa la “Educación para la Ciudadanía”.

¿Cuáles han sido las reacciones ante esta asignatura impuesta por el Gobierno? Son tres: la que defiende la asignatura y el programa con que el Ministerio la propone; la que rechaza asignatura y programa; la que acepta la asignatura pero propone modificación o cambio de programa. ¿Cuáles son las razones aportadas por cada uno de estos grupos? Quienes la defienden afirman que la educación debe ser integral y no sólo aprendizaje de conocimientos y destrezas; por ello es esencial una educación en valores. La escuela tiene que ser beligerante ante la violencia, la desigualdad social, la discriminación. El Estado tiene la responsabilidad y por ello el derecho y el deber de crear los medios para conseguir tal fin. Reclaman una asignatura especial porque la trasversalidad se habría demostrado insuficiente. Algunos añaden que hasta ahora en España ha educado la Iglesia y que ahora tiene que educar el Estado.

Quienes rechazan asignatura y programa ofrecen razones diversas. Unos rechazan por principio cualquier asignatura que confiera al Estado la capacidad de trasmitir convicciones últimas de sentido, verdad e identidad. Todos los Estados que han querido imponer una ideología nacional o revolucionaria lo han hecho con sangre y muerte. La memoria de Alemania, Rusia e incluso España está aún muy viva y un sentido de libertad absoluta se vuelve contra todo aquello que sea o se parezca a un adoctrinamiento político. La educación, como el conjunto de palabras, ideas e ideales que confieren último sentido a la vida humana compete a quienes han engendrado a una persona, a la que tienen que habilitar para la existencia no sólo con la capacidad física sino con los recursos intelectuales y morales necesarios para que sea un sujeto en la historia.

Aquí se sitúa también el rechazo de profesionales de la enseñanza, para quienes la materia está heterogéneamente construida con materiales que ya estaban presentes en las asignaturas de Ética, Filosofía, Ciencias Sociales y en la trasversalidad de otras asignaturas. No había demanda social para ella sino que su propuesta surge de un partido que quiere trasvasar su propio proyecto. Se la hace pasar por universal, cuando es particular; el Estado sustituye a las familias y pone a los profesores ante el dilema de rechazarla o de impartir contenidos que violentan su conciencia. Se quita horas a otras materias más importantes. Pero el problema más grave es que, dada la heterogeneidad de materias indicadas en el programa del Ministerio, se mezclan realidades totalmente distintas: las que podrían pertenecer legítimamente a una ética cívica y otras como son “la condición humana”, la “identidad personal”, “la educación afectivo-sexual”, “la construcción de la conciencia moral”, que son de otra naturaleza, y sólo pueden ser ofrecidas por quienes tienen la responsabilidad primera, es decir los padres. El Estado podría ofrecerla pero nunca imponerla como obligatoria.

La tercera posición reconoce al Estado la legitimidad para ofrecer esa materia que prepare a los alumnos para existir en sociedad, para que conozcan el entramado de realidades en medio de las que viven y con las que tienen que convivir De mi vieja escuela yo recuerdo todavía un libro: El Ciudadano. Lo que allí se decía nos despertaba el gozo de sabernos protagonistas de un destino y responsables de una situación histórica. Pero, aceptada la legitimidad fundamental, éstos se oponen al programa como totalidad ya que en él se mezclan reales tareas de una educación cívica con cuestiones de mayor calado y que exceden la autoridad del Estado. La primera educación es la de la persona, después la del ciudadano, y luego la de otras actitudes. Lo primero y esencial es la persona; de cómo se comprenda ella a sí misma se deriva incluso la forma de comprender y realizar su ciudadanía. Ésta no monocorde; hay muchas formas de realizarla auténticamente a la luz de la actitud última de cada uno ante la existencia. La ciudadanía no puede ser dictada a nadie por ningún Estado, partido o iglesia.

Los partidarios de esta tercera postura se diferencian a su vez: unos creen posible una refundición del programa, quitando aquellas cuestiones antes aludidas que exceden la competencia del Estado. Porque no vale decir que los textos que ya tenemos no entran a ellas. Aquí, como decía Aristóteles de la filosofía, hay que repetir que ante tales problemas todos tomamos postura: con el silencio o con la palabra, con la afirmación o la negación. Otros, yo entre ellos, consideran que eso no es tan fácil y proponen una solución más radical y objetiva: centrar la materia en el estudio de la Constitución Española, que ofrece todos los presupuestos de ideales, valores, derechos, deberes y responsabilidades del ciudadano, completándola con las Declaraciones internacionales de derechos humanos. Con uno y otro elemento se abarca la doble intención de la materia tal como la ha recomendado la UE y la realizan otras naciones de Europa. Sus contenidos no son particulares ni partidistas, sino universales y normativos.

Ahora surge la cuestión vidriosa: ¿se puede imponer una materia que lleva consigo tales problemas objetivos, que encuentra una nación dividida mitad por mitad, que remeje viejas cuestiones viscerales? Yo veo tres razones para no imponerla y repensar toda la cuestión desde el consenso. En primer lugar la memoria histórica de España: cada vez que se ha impuesto algo semejante, sea en la II República sea en la España de Franco, los resultados han sido nefastos. No valen ni el rechazo irresponsable ni el trágala violento. En segundo lugar la experiencia de un institución tan vieja como la Iglesia en sus concilios desde Nicea (325) al Vaticano II (1962-1965). Para las cuestiones de procedimiento o método se siguió siempre regla de meras mayorías, pero cuanto se trataba de contenidos doctrinales nunca se decidía como obligatorio en la fe algo que no fuera compartido por la inmensa mayoría o casi unanimidad moral. La tercera razón es el ejemplo de las grandes naciones como Alemania, en las que las materias que afectan al fondo del país, como la educación y la política exterior, se consideran cuestiones de Estado y se resuelven por consenso entre los grandes partidos.

Estamos ante un gravísimo desafío moral. Sólo la magnanimidad, el respeto y la generosidad pueden librarnos de este abismo que no se supera con mera matemática democrática. Y las palabras son importantes; las de algún cardenal por un lado, y las de la vicepresidenta y ministra por otro amenazando, no han echado aceite sobre las heridas. Hay que saltar sobre los propios límites, pensar en los destinatarios, en la sociedad entera, en una serena paz del país. Y sobre todo no quedarnos en esta única cuestión dejando en olvido otros grandes puntos negros de nuestro sistema educativo.

Olegario González de Cardedal

como educar respetando la diversidad 1 Julio , 2007

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PD/Europa Press

Sábado, 30 de junio 2007

El obispo emérito de San Sebastián, José María Setién, consideró hoy que ‘la cuestión no es si puede haber una educación ética de la ciudadanía, sino cómo hay que hacerlo a fin de que se respeten los derechos de la diversidad de opinión en el orden ético’ ya que, en caso contrario, ‘tendríamos que ser ciudadanos tal como el Estado quisiera, hasta que vengan otros señores que manden de otra manera y nos digan cómo tenemos que ser ciudadanos’.

En declaraciones a Radio Euskadi, recogidas por Europa Press, Setién se pronunció de esta manera sobre la polémica suscitada por la implantación de la asignatura de Educación de la Ciudadanía e indicó, en este sentido, que ‘no se puede decir que el Estado no puede imponer obligaciones morales’, si bien ‘otra cosa distintas es cuál tiene que ser ese fondo ético, moral, que el Estado puede imponer a fin de que se convierta a una exigencia legal de una manera de resolver los problemas éticos, que no tienen por qué ser comunes a toda la sociedad en la que estamos’.

José María Setién consideró que ‘éste es un asunto que se ha llevado mal‘ y destacó que, ’sin abordar la problemática que plantea el pluralismo de una sociedad en la que existe una libertad de pensamiento y de opción en cuanto al sentido de la vida’, no se pueden hacer ‘unas afirmaciones sin que efectivamente cuando se imponen unos imperativos éticos de parte del Estado se respeten también al mismo tiempo otras exigencias éticas que no están suficientemente recogidas en ese imperativo ético’.

‘Si la ética de los ciudadanos se redujera a esa éticas de la Educación para la Ciudadanía, sería la creación de un modelo ético de funcionamiento que el Estado no tiene derecho a imponer’, añadió.

En cualquier caso, insistió en que ‘la cuestión no es si puede haber una educación ética para la ciudadanía, sino cómo hay que hacerlo a fin de que se respeten los derechos de la diversidad de opinión en el orden ético, que es un derecho que el Estado tiene que reconocer también, porque, si no, tendríamos que ser ciudadanos tal como el Estado quisiera hasta que vengan otros señores que manden de otra manera y nos digan cómo tenemos que ser ciudadanos’.

‘Evidentemente -concluyó- eso no es serio y lo que sí hay que hacer es plantear las cosas respetando la dimensión ética de las normas jurídicas también, pero al mismo tiempo ver dónde se limita el alcance de la competencia del Estado’.